La libreta verde
A las siete de la mañana, Navarro dejó la libreta abierta delante de mí.
No había dormido. Él tampoco. La luz blanca de la sala le había borrado el color de la cara y el café olía a ceniza mojada.
—Empieza por la primera página —dijo.
Me senté. La libreta estaba dentro de una funda transparente. Habían fotografiado cada hoja durante la noche. Las copias ocupaban tres carpetas.
—Ya la has leído.
—Quiero oír cómo la lees tú.
Ríos cerró la puerta y dejó una grabadora sobre la mesa. No la encendió. El gesto bastaba.
Miré la primera hoja. Fechas. Cantidades. Iniciales. Nada que pudiera llevarse ante un juez sin explicar antes por qué existía.
—Doscientos euros —dije—. Información sobre un vehículo.
Navarro apoyó un bolígrafo junto a mi mano.
—¿Cómo lo sabes?
—La marca junto al pago.
—Parece una cruz.
—No lo es.
Cogí el bolígrafo y dibujé dos líneas sobre un folio. Una corta. Otra inclinada.
—Matrícula confirmada.
Ríos acercó una de las copias.
—¿Quién usaba ese código?
—Nosotros.
—¿Quiénes sois “nosotros”?
Dejé el bolígrafo.
—Los que no queríamos escribir lo que hacíamos.
Navarro pasó la página.
—Sigue.
Había otro pago. Ciento cincuenta. Una inicial encerrada en un círculo. Al lado, mi letra.
REPETIR.
La palabra se me quedó detrás de los dientes.
—¿Qué significa? —preguntó Ríos.
—Que la información no bastaba.
—Eso ya lo sabemos.
—Entonces no preguntes.
Navarro giró la carpeta hacia él.
—No significa eso.
Lo miré.
—¿Desde cuándo sabes leer códigos que no existen?
—Desde que tú llevas veinte minutos evitando uno.
Tocó la inicial con el bolígrafo.
P.
—Pardo —dijo.
—Puede ser cualquiera.
—En seis páginas aparece seis veces. Siempre con pagos. Siempre antes de una anotación tuya.
Ríos abrió otra carpeta.
—Y siempre aumenta la cantidad después de que tú escribes.
El aire acondicionado se encendió con un golpe. La funda de plástico vibró sobre la mesa.
—No fijaba los pagos —dije.
—Pero pedías más —respondió Navarro.
No contesté.
Ríos empujó hacia mí una fotografía ampliada. La anotación ocupaba toda la hoja.
P. 150
REPETIR
P. 300
—¿Qué tenía que repetir? —preguntó.
El bolígrafo seguía entre mis dedos. Lo giré hasta que el plástico crujió.
Una habitación. Pardo sentado frente a mí.
Una bolsa de deporte en el suelo.
—No vuelvo —decía.
Yo señalaba la puerta.
—Entonces devuelve el dinero.
El recuerdo se cortó.
Dejé el bolígrafo.
—Una entrega.
Navarro no apartó la vista.
—¿De qué?
—No lo recuerdo.
—Conveniente.
—No tanto como crees.
Ríos encendió la grabadora.
El piloto rojo quedó entre nosotros.
—Vuelve a decirlo.
Me incliné hacia ella y la apagué.
—Cuando tengas una pregunta, la enciendes. No antes.
Navarro me agarró la muñeca. No apretó. Ya no necesitaba hacerlo.
—Aquí no mandas tú.
Aparté su mano.
—Eso es lo que estás intentando demostrar desde ayer.
Ríos volvió a encender la grabadora.
Esta vez la dejé.
—¿Obligaste a Pardo a repetir una entrega? —preguntó.
Miré la copia.
—Le dije que volviera.
—No es lo mismo.
—Para él sí.
Navarro se recostó. El respaldo de la silla chirrió.
—¿Se negó?
—Sí.
—¿Y tú?
La pared tenía una mancha oscura junto al interruptor. Alguien había apoyado allí demasiadas manos.
—Le recordé que había cobrado.
Ríos bajó la mirada a la libreta.
—Eso no es una respuesta.
—No buscaba responder.
Navarro abrió la segunda carpeta. Había separado las páginas donde aparecía mi letra.
Once.
No parecían muchas hasta que las puso en fila.
REPETIR.
APRETAR.
ESPERAR.
NO PAGAR.
PRESIONAR MÁS.
—No eran informes —dijo—. Eran órdenes.
—Eran notas.
—Las órdenes siempre parecen notas cuando nadie quiere firmarlas.
Cogió una copia y la golpeó contra la mesa.
—¿Qué significaba “no pagar”?
—Que la información era falsa.
—¿O que ya no era útil?
Le quité la hoja.
Debajo del texto había una fecha. Diecisiete años atrás. Recordé un teléfono sonando en una mesa metálica.
Pardo no lo cogía.
Yo sí.
—¿Quién es? —preguntaba una voz.
—El que paga.
El recuerdo desapareció antes de reconocer al otro hombre.
Doblé la copia.
—Pardo vendió información dos veces.
Ríos dejó de escribir.
—¿A quién?
—No lo supe.
—¿Qué hiciste?
—Le corté el pago.
Navarro sonrió sin alegría.
—Eso no fue todo.
Sacó otra fotografía.
La última línea de aquella página estaba casi borrada. La científica había aumentado el contraste.
RETENER HASTA QUE HABLE.
La letra era mía.
El café me subió amargo a la boca.
—¿Dónde lo retuviste? —preguntó Ríos.
—No lo sé.
—Mientes peor cuando estás cansado —dijo Navarro.
Me levanté.
La silla chocó contra la pared.
—Se acabó.
Navarro no se movió.
—Si sales, firmo una diligencia diciendo que ocultas información en una investigación por homicidio.
—Hazlo.
—Y pido que te retengan.
—Pídelo.
Ríos puso una mano sobre la libreta.
—Siéntate, Julio.
No lo hizo con autoridad. Lo hizo como quien aparta un vaso antes de que caiga.
Volví a la silla.
Navarro deslizó la fotografía hacia mí.
—¿Dónde?
La imagen temblaba apenas bajo mis dedos.
Paredes amarillas. Una tubería vista. El ruido de un extractor. Pardo golpeando una puerta.
—No podéis dejarme aquí.
Yo estaba al otro lado. No solo. Ferrer fumaba junto a la ventana.
—Una hora —decía.
Yo miraba el reloj.
—Hasta que hable.
Tragué saliva.
Costó.
—Un almacén.
Ríos acercó la grabadora.
—¿Dónde?
—No lo recuerdo.
Navarro abrió una carpeta distinta.
—Sí lo recuerdas.
Dentro había una fotografía actual. Una nave abandonada junto a una carretera. Fachada gris. Ventanas tapiadas.
—Ferrer nos dio la dirección después de que saliéramos de su casa —dijo.
Levanté la vista.
—Ferrer dijo que había terminado.
—Contigo.
Ríos señaló la puerta lateral de la nave.
—La policía local ha entrado esta madrugada.
—¿Qué habéis encontrado?
Navarro dejó otra fotografía.
Una silla atornillada al suelo. Una cadena corta. La pintura amarilla de las paredes se desprendía en placas.
Mis dedos se cerraron sobre la mesa.
—No usábamos cadenas.
Navarro me miró.
—No te he preguntado eso.
La frase quedó entre nosotros.
Ríos cambió la fotografía. En la pared había nombres arañados. Fechas. Marcas de uñas.
Y una palabra repetida tres veces.
BARRAL.
—Eso puede haberlo escrito cualquiera —dije.
—Claro —respondió Navarro—. Todo puede haberlo hecho cualquiera.
Abrió la tercera carpeta.
—Hasta que aparece algo que solo podía escribir una persona.
Sacó una bolsa pequeña. Dentro había una hoja arrancada de la libreta verde. El papel estaba doblado cuatro veces. Había aparecido bajo una tabla del almacén.
Navarro se puso guantes y la desplegó.
No contenía pagos. Ni códigos. Solo tres líneas.
Pardo pide salir.
Dice que lo están usando.
Barral niega la retirada.
Leí la última frase otra vez. La letra no era mía.
—¿Quién escribió eso? —preguntó Ríos.
No respondí.
Reconocía la inclinación. Las erres abiertas. La presión desigual al final de cada palabra.
Navarro acercó la hoja.
—¿Quién?
Toqué el borde del papel.
—Sergio.
Ríos apagó la grabadora.
Navarro permaneció inmóvil.
—Entonces sabía lo de Pardo.
—Sí.
—Y mintió cuando dijo que apenas lo conocía.
—Sí.
—¿Por qué protegió esa hoja?
Miré la frase.
Barral niega la retirada.
El recuerdo volvió sin pedir permiso. Pardo delante de mí. La cicatriz abierta.
—Me van a matar.
Yo cerraba una carpeta.
—Eso decís todos cuando queréis salir.
La mesa dejó de estar bajo mis manos.
Ríos tocó la hoja.
—Julio.
Levanté la vista.
—La fecha.
Navarro la buscó en la esquina inferior.
No había una fecha completa. Solo día y mes. Tres de noviembre.
Ríos abrió el expediente de Pardo.
—Ese día no consta ninguna operación.
—Porque no existía —dije.
Navarro sacó mi teléfono de su bolsillo. La pantalla se iluminó antes de que pudiera entregármelo.
Había llegado un mensaje de Sergio.
Solo una fotografía. Pardo, sentado en la silla del almacén. Yo estaba detrás de él. Mi mano descansaba sobre su hombro.
En la esquina aparecía la fecha completa. Tres de noviembre.
Doce años atrás.
La noche anterior a la muerte de David Mena.