Zaragoza: El último confidente Los confidentes no existen
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Los confidentes no existen

Navarro recuperó las llaves antes de que llegáramos a la escalera.

—No vas a conducir mi coche.

—Entonces conduce rápido.

—Sergio te ha dicho que no vayas.

—Sergio lleva años diciéndome lo que le conviene.

Ríos cerró la habitación 312 y guardó la llave en la bolsa de pruebas. La libreta verde quedó dentro, sobre la mesa, vigilada por dos agentes que acababan de subir.

—La llamada se rastrea primero —dijo.

—Cuando la rastreéis, ya habrá terminado.

—Puede que eso sea lo que quieren.

La miré.

—¿Quiénes?

Ríos sostuvo la puerta abierta.

—Tú eres quien habla siempre en plural.

Bajamos. El ventilador de recepción seguía haciendo chocar las llaves contra la pared. La mujer del mostrador evitó mirarnos.

Navarro sacó mi teléfono.

—Sergio llamó desde su número. La antena lo sitúa en Salamanca.

—Entonces no está aquí.

—O su teléfono no está aquí.

Cogí el móvil. Navarro no lo soltó.

—Voy a llamar.

—No.

—No te lo estoy consultando.

—Y yo no te estoy pidiendo permiso.

Tiró del aparato. La herida de mi palma se abrió contra la carcasa. Una línea de sangre quedó sobre la pantalla.

Ríos nos separó con el antebrazo.

—Se acabó.

Navarro guardó el teléfono.

—Volvemos a comisaría.

Tomé una decisión.

—Antes quiero hablar con alguien que sepa qué significa la libreta.

Navarro soltó una risa seca.

—Tú has escrito en ella.

—Precisamente.

Ríos miró hacia la habitación cerrada.

—¿Quién?

—Un policía que estaba allí antes que Salcedo.

—Nombre.

—Emilio Ferrer.

Navarro dejó de sonreír.

—Ferrer está jubilado.

—Los recuerdos no.

—Tiene setenta y cuatro años y no colabora con nadie.

—Conmigo lo hará.

—¿Por qué?

Me limpié la sangre en el pantalón.

—Porque me debe una mentira.

Ferrer vivía en un edificio sin ascensor cerca de la plaza San Francisco.

Navarro subió delante. Ríos detrás de mí. En el segundo piso, el olor a comida vieja se pegaba a las paredes.

La puerta se abrió antes de que llamáramos.

Ferrer llevaba una camiseta blanca y un bastón que no apoyaba en el suelo. El tiempo le había estrechado la cara, pero seguía mirando como cuando interrogaba: primero las manos, luego los ojos.

Se detuvo en mí.

—Tardabas.

Navarro mostró la placa.

—Inspector Navarro.

—Ya veo que siguen dándoselas a cualquiera.

—Necesitamos hacerle unas preguntas.

Ferrer se apartó.

—Entonces no necesitáis entrar.

Puse la mano en el marco antes de que cerrara.

—Pardo está muerto.

El bastón tocó por fin el suelo.

Una vez.

—Ese nombre no me dice nada.

—Te ha temblado la rodilla.

Ferrer miró mi mano.

—Y tú sigues confundiendo dolor con inteligencia.

Abrió más la puerta. Entramos.

El salón tenía las persianas bajadas. Un reloj de pared marcaba una hora distinta a la de mi teléfono. Ferrer retiró una caja de medicamentos de una silla y se sentó.

—No voy a firmar nada.

—Aún no ha dicho nada —respondió Navarro.

—Por eso.

Ríos dejó una fotografía de Pardo sobre la mesa.

Ferrer no la tocó.

—Lo encontraron esta mañana en el Canal Imperial.

—La gente acaba en sitios peores.

—Llevaba el nombre de Barral —dijo Navarro.

Ferrer me miró.

—Eso también le ha pasado a gente peor.

Navarro se inclinó sobre la mesa.

—¿Conocía a Francisco Pardo?

—No.

—¿A Tomás Salcedo?

—Tampoco.

—¿Y a Julio Barral?

Ferrer cogió el mando del televisor y lo dejó en otro lugar.

—A ese intento olvidarlo.

Decidí sentarme frente a él.

—Hemos encontrado una libreta.

El bastón quedó atrapado entre sus rodillas.

—En Zaragoza hay muchas papelerías.

—Verde. Con pagos, iniciales y nombres tachados.

Ferrer levantó la vista hacia Navarro.

—Los confidentes no existen.

Nadie respondió.

El reloj de pared dio un golpe dentro de la caja. Solo uno.

Ríos sacó su libreta.

—Explíquelo.

—No hay nada que explicar.

—Pardo trabajaba para la policía.

—Entonces tendría contrato.

—No juegue conmigo.

Ferrer apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Usted ha venido a mi casa. El juego lo ha elegido usted.

Navarro señaló la foto.

—Un hombre ha muerto.

—Mueren muchos.

—Este conocía a Barral.

—Eso reduce las posibilidades de una muerte tranquila.

Levanté la fotografía y la acerqué a Ferrer.

—Míralo.

—Ya lo he visto.

—No lo suficiente.

—Lo vi cuando estaba vivo. Suele ser bastante.

Navarro dio un paso hacia él.

—Acaba de decir que no lo conocía.

Ferrer se encogió de hombros.

—También he dicho que los confidentes no existen.

Ríos cerró la libreta.

—Estamos perdiendo el tiempo.

—No —dije—. Está hablando.

Ferrer sonrió.

—Sigues oyendo más de lo que te dicen.

—Y tú sigues diciendo menos.

Apoyé la fotografía sobre sus piernas.

—¿Quién llevaba la libreta?

Ferrer la apartó con el bastón.

—Nadie.

—Mi letra aparece dentro.

—Tu letra aparecía en demasiados sitios.

—¿Quién decidía los pagos?

—No había pagos.

—¿Quién tachaba los nombres?

—No había nombres.

Navarro golpeó la mesa con la palma.

—Basta.

Ferrer ni siquiera parpadeó.

—Eso decíais siempre cuando empezaba lo interesante.

La frase me rozó por dentro.

Una habitación sin ventanas. Un hombre sentado con las manos abiertas. Ferrer de pie junto a la puerta. Yo empujando una carpeta sobre la mesa.

No recordaba el rostro del hombre.

Sí recordaba mi voz. Hasta que nos dé algo.

Cerré los dedos sobre la rodilla.

—Tú me enseñaste a hacerlo.

Ferrer ladeó la cabeza.

—Yo te enseñé a rellenar informes.

—Me enseñaste a dejar cosas fuera.

Navarro miró de uno a otro.

—¿Qué cosas?

Ferrer tocó el suelo con el bastón.

—Las que no existían.

—Personas —dije.

El reloj volvió a golpear.

Ferrer se levantó con esfuerzo y caminó hacia la ventana. Levantó una esquina de la persiana. La luz le cortó la cara.

—Un confidente no era un agente —dijo—. Tampoco un testigo. No tenía derechos dentro de una operación porque oficialmente estaba fuera.

Ríos volvió a abrir su libreta.

—¿Quién lo autorizaba?

—Nadie.

—¿Quién lo controlaba?

—El que pudiera.

—¿Y si algo salía mal?

Ferrer dejó caer la persiana.

—Entonces nunca había estado allí.

Navarro se acercó.

—Eso no responde quién manejaba la libreta.

—Porque la pregunta es infantil.

—Pruebe con una respuesta adulta.

Ferrer señaló hacia mí.

—Pregúntele a él.

El aire se quedó pegado al techo. Me levanté.

—Yo no la llevaba.

—No.

—No decidía quién entraba.

—Tampoco.

—Entonces deja de mirarme.

Ferrer apoyó el bastón contra mi pecho.

—Tú decidías quién salía.

Navarro no se movió.

Ríos dejó de escribir.

Aparté el bastón.

—Mientes.

—Eso también lo aprendiste rápido.

—Pardo vino a pedirme ayuda.

—Pardo vino a pedirte que lo sacaras.

—No era mío.

Ferrer soltó una risa corta.

—Ahí está.

La garganta me raspó.

—¿Qué?

—La frase.

Golpeó mi zapato con la punta del bastón.

—No era mío.

Volvió a sentarse.

—Así os protegíais. Si el hombre servía, era vuestro. Si pedía ayuda, era de otro. Si aparecía golpeado, nadie lo conocía. Y si acababa muerto, nunca había existido.

Navarro sacó el teléfono.

—Voy a grabar esto.

Ferrer levantó una mano.

—Entonces dejo de hablar.

—Puede declarar en comisaría.

—Puede intentarlo.

Ríos tocó el brazo de Navarro.

—Déjalo.

Navarro guardó el móvil, pero no se sentó.

—¿Quién tachó a Pardo?

Ferrer miró la fotografía.

Esta vez durante más tiempo.

—No lo sé.

—¿Quién podía hacerlo?

—Cualquiera con miedo.

—Eso no sirve.

—Era lo único que servía.

Me acerqué hasta quedar frente a él.

—¿Salcedo está vivo?

Ferrer se frotó una mancha del pantalón.

—Salcedo siempre supo desaparecer.

—Lo han fotografiado esta mañana.

—Las fotografías también mienten.

—Tú lo ayudaste.

Su mano se detuvo.

Navarro lo vio.

—¿A desaparecer?

Ferrer agarró el bastón.

—He terminado.

Ríos bloqueó el camino hacia la puerta.

—No.

—Apártese.

—Pardo ha muerto y otro hombre puede estar en peligro.

Ferrer la miró con cansancio.

—Siempre había otro.

—Esta vez se llama Sergio.

El bastón resbaló entre sus dedos y golpeó el suelo.

No fue mucho. Pero bastó.

Tomé una decisión.

—Conoces el término “hombre útil”.

Ferrer recogió el bastón.

—No sé de qué hablas.

—La libreta llama así a Sergio.

—Entonces la libreta quiere que corras.

—¿Hacia dónde?

—Lejos de lo que importa.

Navarro se inclinó.

—¿Qué importa?

Ferrer me sostuvo la mirada.

—Quién escribió las correcciones.

—Ya lo sabemos —dijo Ríos—. Barral.

—No todas.

La piel de la espalda se me tensó bajo la camisa.

—¿De quién era la otra letra?

Ferrer se puso de pie.

—Fuera.

Le agarré el brazo.

—Nombre.

El bastón cayó. Ferrer no intentó recogerlo.

—Suéltame.

—Dime quién escribía conmigo.

Sus ojos bajaron hacia mi mano.

—No escribía contigo.

—Entonces, ¿qué hacía?

Ferrer acercó la boca hasta casi tocarme el oído.

—Te corregía.

Aflojé los dedos.

Navarro dio un paso.

—¿Quién?

Ferrer miró la puerta.

Después a Ríos.

Por último, a mí.

—Pardo.

El nombre cayó sin fuerza. Por eso dolió más.

Negué una vez.

—Pardo no dirigía operaciones.

—No.

—No podía darme órdenes.

—Tampoco.

—Entonces no tiene sentido.

Ferrer recogió el bastón y señaló la fotografía.

—Pardo no trabajaba para ti, Julio.

Abrió la puerta.

—Tú trabajabas con la información que él decidía darte.

Nadie salió.

Ferrer golpeó el suelo.

—Y cuando descubrió que podías ser útil para algo más, empezó a escribir tu nombre en su propia libreta.