Zaragoza: El último confidente Zaragoza en agosto
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Zaragoza en agosto

Cinco horas después, Navarro estampó una fotografía contra la mesa.

—Dime dónde está.

La imagen mostraba a Tomás Salcedo saliendo de la estación de Delicias. Camisa clara. Bolsa pequeña. La misma cicatriz cruzándole la mejilla. La hora impresa en la esquina era de aquella mañana.

Me incliné sobre la foto.

—Si lo supiera, no seguiría aquí.

La sala olía a café recalentado. El aire acondicionado soltaba golpes secos detrás de una rejilla. Navarro llevaba la camisa pegada al cuello y la paciencia gastada.

—Podrías estar detenido.

—Pero no lo estoy.

—Aún.

Cogió la fotografía y la guardó en una carpeta. Mi teléfono descansaba junto a su codo. Había dejado de vibrar hacía dos horas.

Tomé una decisión.

—Llévame a Delicias.

Navarro se quedó quieto.

—No trabajas para mí.

—Tú tampoco para quien está enviando los mensajes. Aunque todavía no lo hayas entendido.

La puerta se abrió. Entró una mujer con el pelo recogido y una acreditación colgada del cinturón. Dejó una bolsa de pruebas sobre la mesa.

Dentro estaba la llave marcada con el número 312.

—Ningún hotel de Zaragoza reconoce el modelo —dijo.

Navarro señaló una silla.

—Inspectora Marta Ríos. Homicidios.

Ríos no se sentó.

—Ya sé quién es Barral.

—Eso suele ahorrar tiempo —dije.

—No siempre.

Empujó la bolsa hacia mí. La llave golpeó el plástico.

—Las iniciales no son de Salcedo.

Miré las letras grabadas.

T. S.

—¿De quién?

Ríos abrió una libreta.

—Transportes Segura. Una empresa de consignas que trabajó en Delicias hasta 2011.

Navarro me observó como si hubiera esperado que mintiera antes de respirar.

—¿Lo conocías?

—No.

—Piénsalo mejor.

Toqué el plástico con la yema del dedo. La llave era antigua, dentada, demasiado corta para una habitación de hotel. Yo había querido ver el 312. Ellos también.

El número nos había llevado a Sevilla porque alguien sabía que lo haría.

—Buscad la consigna —dije.

Ríos cerró la libreta.

—El local fue reformado hace quince años.

—Las cerraduras no desaparecen porque cambien el cartel.

Navarro cogió mi teléfono.

—Vamos.

El sol seguía clavado sobre Zaragoza cuando salimos. El asfalto despedía un olor agrio. Navarro abrió un coche sin distintivos y me señaló el asiento trasero.

—Delante.

—Detrás.

—No eres un detenido.

—Entonces no elijas por mí.

Me senté junto a Ríos. Ella dejó la bolsa de la llave entre los dos y cerró la puerta con el codo. Navarro arrancó sin esperar a que termináramos de abrocharnos.

—Pardo estuvo en Zaragoza tres días —dijo Ríos—. Durmió en una pensión de la calle Manifestación.

—¿Solo?

—Pagó dos desayunos.

Navarro miró por el retrovisor.

—El segundo huésped usó un nombre falso.

—Todos los nombres son falsos hasta que alguien los comprueba —dije.

Ríos me tendió una hoja.

El registro mostraba una firma torcida: Daniel Moreno. La letra D tenía una línea doble en la base. La había visto antes.

Doblé la hoja.

—Para el coche.

Navarro no redujo.

—¿Por qué?

—Para el coche.

Giró hacia una calle lateral y frenó junto a un contenedor. El cinturón me cortó el pecho.

—Habla.

Saqué la fotografía de Salcedo que había guardado Ríos en la carpeta. Le di la vuelta y apoyé ambas imágenes sobre mis rodillas.

En el reverso de la foto alguien había escrito la fecha.

La D tenía la misma línea doble.

—La misma mano —dijo Ríos.

Navarro cogió los papeles.

—Salcedo firmó en la pensión.

—O alguien quiere que lo creamos.

Ríos recuperó la hoja.

—La recepcionista vio a un hombre mayor.

—Eso describe media ciudad.

Navarro abrió la puerta.

—Cambio de plan. Primero la pensión.

Decidió bien. No se lo dije.

La mujer de recepción nos esperaba detrás de un mostrador estrecho. Un ventilador movía el aire caliente y hacía temblar las llaves colgadas en la pared.

—Ya se lo conté a los otros —dijo.

Navarro mostró la placa.

—Ahora me lo cuenta a mí.

La mujer miró mi mano vendada.

—Él no es policía.

—Por eso escucha mejor —respondió Ríos.

Navarro colocó la fotografía de Salcedo sobre el mostrador.

—¿Era este hombre?

La mujer se ajustó las gafas. Tocó la imagen con una uña pintada de rojo.

—Más delgado.

—¿Sí o no?

—No me hable así.

Apartó la foto. Yo cogí la hoja del registro y señalé la firma.

—¿Lo vio escribir?

—Le di la ficha.

—No es lo mismo.

La mujer dejó de mover los dedos.

—Entró con los datos escritos.

Navarro se inclinó.

—Antes dijo que había firmado aquí.

—Dije que entregó la ficha.

—No.

La mujer miró hacia una puerta cerrada detrás del mostrador. El ventilador hizo chocar dos llaves.

Tomé una decisión. Abrí la puerta.

—¡Oiga!

Navarro me agarró del hombro, pero ya había visto el interior.

Una silla caída. Un cable arrancado de la pared. Y una mancha oscura junto al rodapié.

Ríos apartó a la mujer.

—¿Quién está ahí?

—Nadie.

—Abra.

—Es el almacén.

Navarro empujó la puerta con el pie.

Dentro no había nadie. Solo cajas de detergente, toallas dobladas y un monitor de vigilancia con la pantalla rota. Del plástico salía un olor leve a quemado.

Me agaché junto al cable. Lo habían cortado aquella mañana.

—¿Dónde se guardan las grabaciones? —preguntó Ríos.

La mujer se apretó las gafas contra la nariz.

—En el ordenador.

—¿Cuál?

Señaló debajo del mostrador.

Navarro sacó la torre. El lateral estaba abierto. Faltaba el disco duro.

—¿Cuándo lo vio por última vez?

—No lo sé.

—Pruebe otra vez.

La mujer tragó saliva.

—Ayer vino un técnico.

—Nombre.

—No lo dejó.

Ríos levantó el teléfono para pedir una patrulla.

Yo miré las llaves de la pared. Faltaba una.

El gancho tenía una etiqueta blanca.

La arranqué.

—La consigna no está en Delicias.

Navarro siguió mi mirada.

—Está aquí.

La recepcionista retrocedió.

Ríos bloqueó la salida con el brazo.

—¿Qué abre?

—Nada.

Navarro dejó el ordenador en el suelo.

—Se acabaron las respuestas cómodas.

La mujer apretó los labios. Después señaló hacia arriba.

—Una habitación cerrada.

—¿Desde cuándo?

—Desde que compramos el edificio.

—¿Quién tiene la llave?

Miró la bolsa de pruebas.

Nadie habló.

Subimos por una escalera estrecha. El tercer piso estaba vacío. La luz del pasillo se encendía tarde, cuando ya habíamos dado dos pasos en la oscuridad.

La puerta 312 no tenía pomo exterior.

Ríos cortó el precinto de la bolsa y entregó la llave a Navarro.

—Tú abres —dijo él.

—La prueba es vuestra.

—Y la historia, tuya.

Cogí la llave. Entró a la primera.

Dentro había una mesa, una silla y un archivador metálico. Nada más. El aire olía a papel húmedo.

Navarro encendió la luz.

Sobre la mesa descansaba una libreta verde.

Ríos cerró la puerta detrás de nosotros.

—No la toques.

No hizo falta. En la portada estaba escrito mi apellido.

BARRAL.

Navarro se puso guantes. Abrió la libreta por la primera página.

Había fechas. Iniciales. Cantidades. Pagos pequeños. Nombres tachados.

Pardo aparecía seis veces.

Salcedo, ninguna.

—Esto es un registro de confidentes —dijo Ríos.

—No —respondí.

Navarro pasó otra página.

Reconocí mi letra. No toda. Solo las correcciones.

Flechas. Círculos. Dos palabras junto a un nombre.

PRESIONAR MÁS.

La punta de la lengua se me pegó al paladar.

—¿Lo escribiste tú? —preguntó Navarro.

Toqué el borde de la mesa. La madera se hundía bajo una quemadura antigua.

—Esa parte sí.

Ríos levantó la vista.

—¿Y el resto?

—No.

Navarro siguió pasando hojas.

En cada página había decisiones tomadas por alguien. A quién pagar. A quién retirar. A quién amenazar. Mi letra aparecía entre ellas como una firma que hubiera intentado esconderse.

Hasta que llegó a la última hoja. Solo había una fecha. La de tres días después.

Debajo, un nombre.

SERGIO.

Navarro leyó la línea siguiente.

—“Segundo hombre útil”.

Mi teléfono vibró en su bolsillo. Esta vez era Sergio.

Navarro activó el altavoz.

—¿Dónde estás? —pregunté.

Al otro lado sonó una respiración rota. Después, tres golpes. Secos.

La misma señal que el hombre del reloj azul usaba para hacer callar a Pardo.

Sergio susurró:

—Julio, no vengas a buscarme.

Algo pesado cayó cerca del teléfono.

Una voz distinta ocupó la línea.

—Ya ha tomado su decisión.

La llamada se cortó.

Navarro miró la libreta. Yo le quité las llaves del coche de la mano.

—Ahora tomamos la nuestra.