El nombre que Julio reconoce
Navarro hizo repetir el mensaje tres veces.
No porque no lo hubiera entendido, sino porque necesitaba fingir que todavía controlaba algo.
—No lo saquéis del agua —leyó de nuevo—. Julio sabe por qué.
La científica permanecía junto a la lona, con los guantes manchados de barro. El teléfono de Pardo seguía dentro de la bolsa transparente. La pantalla ya se había apagado, pero todos continuaban mirándola.
—¿Lo sabes? —preguntó Navarro.
Me limpié la sangre de la palma contra el pantalón.
—Sé que quien ha escrito eso quería que lo leyéramos.
—No te he preguntado qué quería.
—Pues formula mejor las preguntas.
Navarro se acercó hasta quedar a un palmo de mí. Tenía la respiración acelerada por la carrera, pero no parecía cansado. Parecía furioso.
—Un muerto aparece con tu nombre, tu antigua dirección y una fotografía tuya. Debajo de la lengua lleva una imagen de Topas. Después llama alguien diciendo que habrá un segundo. Y ahora recibimos un mensaje que asegura que tú sabes algo.
—Buen resumen.
—¿Por qué no debíamos sacarlo del agua?
Miré hacia el canal.
El cuerpo de Francisco Pardo ya no estaba dentro. Lo habían dejado sobre la lona, con los brazos pegados al torso y el rostro vuelto ligeramente hacia el cielo. El agua seguía avanzando detrás de él, indiferente, empujando espuma y ramas contra el muro.
Me acerqué de nuevo.
—Dale la vuelta.
La científica miró a Navarro.
—¿Por qué? —preguntó él.
—Porque todavía no lo habéis hecho bien.
—El forense viene de camino.
—Entonces cuando llegue podrá corregirnos.
Navarro no se movió.
La científica sí. Se arrodilló, llamó a otro agente y entre los dos giraron el cadáver con cuidado. La camisa mojada se pegó a la espalda. Pardo tenía una marca oscura entre los omóplatos.
No era un golpe. Era una palabra.
NAVARRO.
El inspector se quedó quieto.
La científica apartó la tela con unas pinzas. Las letras estaban trazadas con tinta negra directamente sobre la piel. Desiguales. Algunas casi borradas por el agua.
—Eso no estaba en el informe inicial —dijo ella.
—Porque nadie había mirado —respondí.
Navarro tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Por qué mi nombre?
—No es tu nombre.
—Sé leer.
—Es una orden.
Se volvió hacia mí.
—Explícate.
Me agaché junto al cuerpo.
La tinta había penetrado en los pliegues de la piel. Habían escrito la palabra antes de arrojarlo al agua. Quizá horas antes.
—En los años noventa había confidentes a los que se les asignaba una palabra de control. No figuraba en ningún documento. Servía para saber quién podía moverlos, interrogarlos o retirarlos de una operación.
—¿Retirarlos?
—Sacarlos de circulación.
Navarro miró otra vez su apellido en la espalda del muerto.
—¿Y “Navarro” era una de esas palabras?
—No lo sé.
—Acabas de decir que no era mi nombre.
—He dicho que puede ser una orden.
—¿Qué clase de orden?
No respondí enseguida.
Había recuerdos que no llegaban como imágenes. Llegaban como sensaciones. Un zumbido bajo la piel. El sabor metálico de una noche mal dormida. La certeza de que ya habías estado en aquel lugar aunque no supieras cuándo.
Francisco Pardo sentado en un bar de carretera.
Una taza de café sin tocar. Los ojos clavados en una puerta. Y una voz a mi espalda.
—Navarro.
No era un hombre. No era un apellido.
Era una forma de decir: se acabó.
Me puse en pie.
—Significaba que el confidente ya no pertenecía a nadie.
—Eso no tiene sentido.
—Claro que lo tiene. Mientras un informador está vinculado a un agente, ese agente responde por él. Cuando lo marcas como “navarro”, queda libre.
—¿Libre?
—Abandonado.
La científica dejó de observar el cadáver y me miró.
—¿Eso es lenguaje policial?
—No oficialmente.
—Conveniente —dijo Navarro—. Todo lo que sabes parece no existir oficialmente.
—Así funcionaba.
—¿Y tú formabas parte?
La pregunta quedó suspendida.
La cinta policial se movía con el viento. Un agente alejaba a los curiosos. Al otro lado del camino, la furgoneta blanca ya había desaparecido.
—Conocí a Pardo en 2004 —dije.
Navarro sacó una libreta.
—Habla.
—No te emociones. No es una declaración.
—Eso lo decidiré yo.
Lo miré.
—Entonces apunta bien.
Pardo no había sido mi confidente al principio.
Trabajaba para un policía llamado Salcedo, un subinspector destinado en Salamanca que conocía cada bar, cada desguace y cada sala de apuestas de la provincia. Pardo le conseguía matrículas, nombres, horarios. Nada grande. Nada que llegara a un juzgado con su firma.
Una noche, Salcedo desapareció. No murió. No lo trasladaron. Simplemente dejó de acudir a la comisaría.
Durante dos semanas nadie preguntó por él. Después llegó una circular interna diciendo que había solicitado una excedencia.
Era mentira.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Navarro.
—Porque tres días antes había pedido protección.
—¿Por qué?
—Dijo que alguien estaba usando a sus confidentes para fabricar pruebas.
Navarro dejó de escribir.
—¿Quién?
—Nunca lo dijo.
—¿Y Pardo?
—Pardo apareció en mi coche una semana después.
Recordé el olor. Tabaco húmedo. Sudor. Miedo.
Yo había abierto la puerta del conductor y él estaba sentado detrás, en la oscuridad. Tenía la cicatriz bajo la oreja todavía abierta.
—Me pidió ayuda —continué—. Dijo que Salcedo había cometido un error. Que había entregado información a alguien que no debía.
—¿Qué información?
—Nombres de funcionarios. Agentes. Jueces. Personas que cobraban por hacer desaparecer informes.
Navarro cerró la libreta.
—Eso conecta con Topas.
—Todavía no.
—Pero acabará conectando.
—Todo acaba conectando con Topas si miras durante suficiente tiempo.
La científica hizo una fotografía de la palabra escrita en la espalda.
El flash iluminó el cuerpo. Durante un instante vi otra cosa. Una habitación pequeña. Paredes amarillas.
Pardo de pie frente a mí.
—No puedo hacerlo —decía.
—Ya lo has hecho antes.
—Esto es distinto.
—No hay nada distinto.
—Hay un hombre que puede acabar en prisión.
—Entonces que no hubiera firmado.
La imagen desapareció.
Me llevé una mano a la sien.
—¿Te encuentras bien? —preguntó la científica.
—Perfectamente.
Navarro me observaba.
—¿Qué acabas de recordar?
—Nada.
—No era cara de nada.
—No sabía que fueras especialista.
—No lo soy. Pero reconozco a un mentiroso.
Me acerqué a él.
—Entonces debes pasar mucho tiempo frente al espejo.
Navarro sostuvo mi mirada. Después señaló el cuerpo.
—Pardo te conocía. Llevaba tu nombre. Alguien quiere obligarte a recordar algo. Y tú acabas de admitir que trabajaste con él.
—He admitido que vino a buscarme.
—¿Lo convertiste en tu confidente?
No contesté.
Navarro sonrió sin humor.
—Eso es un sí.
El forense apareció al otro lado de la cinta. Un hombre bajo, con gafas oscuras y una mochila colgada de un hombro. Mientras se acercaba, la científica le explicó lo de la palabra escrita y el negativo fotográfico.
Yo miré la cicatriz de Pardo.
La primera vez que la vi, él me contó que se la había hecho un hombre al que debía dinero. La segunda vez dijo que había sido Salcedo. La tercera no quiso hablar.
Nunca averigüé cuál de las tres versiones era verdad.
—Hay algo más —dije.
Navarro se volvió.
—¿Qué?
—Pardo no sabía nadar.
El inspector miró el canal.
—Eso explicaría que muriera ahogado.
—No murió ahogado.
—Aún no tenemos autopsia.
—No la necesito para eso.
—¿Por qué?
Me acerqué a los zapatos del muerto. La suela seguía cubierta de barro seco, oscuro, casi negro. No era el barro claro de la orilla.
—Porque le aterraba el agua. No se acercaba a ríos. No cruzaba puentes andando. Ni siquiera se duchaba con la puerta cerrada.
—Eso suena absurdo.
—Lo era.
—¿Entonces qué estás diciendo?
—Que quien lo mató lo conocía.
—Eso ya lo sabemos.
—No. Quien lo mató no conocía sus datos. Conocía sus miedos.
El forense empezó a examinar el cuello.
Navarro volvió a abrir la libreta.
—Dame el nombre de Salcedo.
—Tomás Salcedo.
Escribió despacio.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿No lo buscaste?
—Sí.
—¿Y?
—Encontré su coche en un aparcamiento de Valladolid. Limpio. Cerrado. Sin una huella.
Navarro levantó la cabeza.
—¿Cuándo?
—Hace veintidós años.
—¿Se investigó?
—Durante cuatro días.
—¿Y luego?
—Luego alguien archivó la desaparición.
La científica se acercó con una pequeña bolsa de pruebas.
Dentro había un objeto metálico. Una llave.
—Estaba cosida en el forro del pantalón —dijo.
Navarro la levantó hacia la luz.
La llave llevaba una placa ovalada con un número grabado.
Sentí un golpe seco en el pecho. La habitación del hotel de Sevilla. El juez. El audio de David. No era posible.
Navarro lo vio en mi cara.
—Esta vez no me digas que no significa nada.
Cogí la bolsa sin pedir permiso.
El número estaba arañado por los bordes, pero se leía perfectamente.
Debajo había dos letras diminutas.
T. S.
Tomás Salcedo.
Devolví la bolsa.
—El nombre que buscas no es el de Pardo.
—¿Cuál es?
Miré el cuerpo. Después la llave.
—El hombre muerto solo es el mensaje.
—¿Y quién es el destinatario?
El teléfono de Pardo volvió a encenderse dentro de la bolsa.
No sonó. No vibró. Simplemente apareció una fotografía nueva en la pantalla.
Un hombre mayor saliendo de la estación de Delicias. Cabello blanco. Camisa clara. Una cicatriz en la mejilla.
Debajo, una frase.
SALCEDO HA VUELTO.
Navarro leyó el mensaje por encima de mi hombro.
—¿Es él?
Amplié la fotografía con dos dedos. Habían pasado veintidós años. Pero reconocí los ojos.
—Sí.
—Has dicho que había desaparecido.
—Eso creía.
Navarro guardó el teléfono.
—¿Qué quería Pardo de ti cuando apareció en tu coche?
Miré de nuevo el canal.
Esta vez el recuerdo llegó completo. Pardo, sentado en la oscuridad. La cicatriz abierta. Las manos temblando.
Y una frase que yo había decidido olvidar.
Salcedo no ha desaparecido, Barral. Salcedo está eligiendo quién desaparece.
—Quería que lo protegiera —dije.
—¿Y lo hiciste?
El agua siguió corriendo detrás de nosotros.
—No.