Zaragoza: El último confidente
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El hombre del canal
Tres meses después de escuchar la voz rota de David en aquel audio, un cadáver apareció flotando en el Canal Imperial de Aragón.
No me llamaron para verlo. Me llamaron porque el muerto llevaba mi nombre en el bolsillo.
El tren entró en Zaragoza-Delicias con un frenazo seco. La gente se levantó antes de tiempo. Maletas golpeando rodillas. Ruedas contra el suelo. Un niño lloraba dos filas atrás. Yo seguí sentado hasta que el vagón quedó casi vacío.
El móvil vibró otra vez.
Sergio. Lo miré. No contesté.
La pantalla se apagó. Volvió a encenderse. Esta vez era un mensaje.
No vayas solo.
Guardé el teléfono y salí al andén.
El calor me mordió en cuanto crucé las puertas de cristal. Zaragoza olía a metal caliente y gasoil. En la salida, un hombre con camisa azul esperaba junto a una máquina de café. No miraba a nadie. Por eso supe que me miraba a mí.
Me acerqué.
—Navarro.
El hombre levantó la vista.
—Barral.
No me ofreció la mano.
—¿Dónde está?
—Primero hablamos.
Pasé junto a él.
—No he venido a hablar.
Navarro me agarró del brazo. Lo hizo como quien prueba una cerradura.
Le miré los dedos.
—Quita la mano.
—Aquí no estás en Salamanca.
—Ni tú en mi expediente.
Sus dedos se abrieron. Primer error suyo. Demasiado pronto.
Salimos al aparcamiento. El aire rebotaba contra el asfalto. Un coche negro esperaba con el motor encendido. Navarro abrió la puerta del copiloto, pero yo me metí detrás.
Él se quedó quieto.
—¿No te fías?
—Conduces tú.
—Eso no es respuesta.
—Claro que es respuesta.
Navarro cerró con más fuerza de la necesaria y se sentó al volante. El coche arrancó. En la radio, una voz hablaba de tráfico en la Z-30. Él la apagó de un golpe.
—El muerto se llamaba Francisco Pardo.
El nombre me raspó por dentro.
No dije nada. Navarro me miró por el retrovisor.
—Veo que ya no hace falta enseñarte la foto.
Me apoyé contra el respaldo.
—¿Dónde apareció?
—Canal Imperial. Cerca de Casablanca.
—¿Quién lo encontró?
—Un corredor.
—¿A qué hora?
—Seis y veinte.
—¿Cuánto llevaba en el agua?
Navarro giró hacia una avenida ancha. Dos coches pitaron. No frenó.
—Eso iba a preguntártelo yo.
Sonreí sin ganas.
—Entonces vais mal.
El coche se detuvo junto a una cinta policial. Había dos patrullas, una furgoneta de científica y varios curiosos pegados a la valla. El agua del canal avanzaba despacio, verde, con bolsas de plástico atrapadas entre los juncos.
Me bajé antes de que Navarro quitara la llave.
—Barral.
No paré. Un agente me cortó el paso.
—No puede pasar.
Saqué la acreditación vieja.
La miró. Me miró.
—Esto está caducado.
—Yo también.
Intentó ponerse delante.
Le aparté el hombro con el mío.
—¡Eh!
Navarro llegó detrás.
—Déjalo.
El agente obedeció, pero no apartó la mirada. Mejor. La rabia mantiene despierta a la gente.
La lona blanca estaba junto a la orilla. Encima, Francisco Pardo parecía más pequeño que en mi memoria. El agua le había pegado la camisa al pecho. Tenía la boca abierta. Una mosca caminaba por su labio inferior.
Me agaché. El olor subió de golpe. Barro. Piel mojada. Sangre vieja.
Pardo tenía una cicatriz bajo la oreja izquierda. Una línea torcida. La recordé al tocarla con los ojos.
Un bar de carretera. Un paquete de tabaco. Un hombre diciendo que no quería problemas.
—¿Lo conocías? —preguntó Navarro.
Le levanté la muñeca al muerto. Pesaba poco. Demasiado poco. Las uñas estaban limpias. Los zapatos, no.
Barro seco en la suela.
—No murió aquí.
Navarro se agachó al otro lado.
—No te he preguntado eso.
—Pero es lo único útil que has oído desde que llegaste.
La mujer de científica dejó de fotografiar y me miró por encima de la cámara.
—¿Por los zapatos?
—Por los zapatos. Por las uñas. Por la camisa.
Navarro apretó la mandíbula.
—Explícate.
Cogí el cuello de la camisa con dos dedos.
—Si cae vivo al canal, pelea. Traga agua. Araña barro. Se hunde. Sale. Se golpea. Este hombre entró en el agua cuando ya no podía protestar.
La científica bajó la cámara.
Navarro no.
—¿Y eso cómo lo sabes?
Solté la tela.
—Porque Pardo protestaba siempre.
El nombre quedó entre nosotros.
Navarro se levantó.
—Así que sí lo conocías.
Me incorporé también.
—Fue confidente.
Un bombero que recogía una cuerda se detuvo. La científica volvió a mirar el cadáver.
Navarro dio un paso hacia mí.
—En sus antecedentes no aparece nada de eso.
—Los confidentes no aparecen donde deberían.
—No me des lecciones.
—No me hagas perder tiempo.
Navarro sacó una bolsa transparente de la carpeta y la levantó delante de mi cara.
Dentro había una fotografía antigua. No necesité tocarla.
Cuatro hombres en una mesa. Vasos bajos. Humo. Una lámpara amarilla sobre nuestras cabezas.
Yo estaba sentado junto a Francisco Pardo.
Más joven. Más duro. Más imbécil. En la esquina derecha, el cuarto hombre salía cortado. Solo una manga. Una mano. Un reloj de esfera azul.
La garganta se me secó.
—La llevaba doblada en el bolsillo interior —dijo Navarro—. Junto a esto.
Sacó otra bolsa.
Una tarjeta blanca. Mi nombre escrito a mano.
JULIO BARRAL.
Debajo, una dirección.
La mía. No la actual. La de antes de prisión.
Sentí el calor en la nuca.
—¿Quién tenía acceso al cuerpo?
—Bomberos, primer agente, forense, científica y yo.
—Alguien más.
—Cuidado.
—No. Cuidado tú.
Le quité la bolsa de la mano. Navarro reaccionó tarde y me agarró la muñeca.
—Eso es una prueba.
—Esto es un mensaje.
—Suéltala.
—Mira la dirección.
—Ya la he visto.
—No. La has leído.
Navarro tiró de la bolsa. Yo no la solté.
Durante un segundo, el cadáver quedó a nuestros pies y la escena cambió de dueño. Ya no mandaba él. Tampoco yo. Mandaba quien había metido aquella tarjeta en el bolsillo de Pardo.
Un grito rompió el aire.
—¡Ese hombre!
La científica señalaba hacia la valla. Un tipo con gorra gris bajó un móvil y echó a andar.
Corrí. La grava resbaló bajo mis zapatos. Salté la cinta. Un agente intentó frenarme y le golpeé el brazo al pasar.
—¡Quieto!
El hombre no corrió. Eso fue peor.
Caminó hacia una furgoneta blanca aparcada junto al camino. Abrió la puerta del copiloto. Dejó algo en el asiento. Luego giró la cabeza.
Me vio. Sonrió.
Llegué a la puerta cuando el conductor arrancó. Metí la mano por la ventanilla abierta y agarré la gorra. El hombre me atrapó la muñeca.
Tenía fuerza. Mucha. La furgoneta salió de golpe. Me arrastró dos pasos. El retrovisor me golpeó el hombro. Solté antes de caer bajo la rueda.
Caí contra el suelo. La grava me abrió la palma.
Navarro llegó detrás, jadeando.
—¿Estás loco?
Me levanté con la gorra en la mano. Dentro había una etiqueta cosida. No era una marca.
Era un número.
El mismo código que había abierto el archivo de Gijón.
Navarro me la arrancó.
—¿Qué significa?
No respondí.
Volví hacia la lona. La científica estaba de rodillas junto al cadáver. Tenía algo entre las pinzas.
—Inspector.
Navarro se acercó. Yo fui detrás. La mujer levantó un trozo de plástico transparente. Estaba metido bajo la lengua de Pardo.
Navarro palideció un poco.
—¿Qué es?
La científica lo puso sobre una bolsa limpia.
Era una tira de negativo fotográfico. Tres fotogramas. En el primero aparecía Pardo entrando en un portal. En el segundo, Pardo sentado en una cafetería con un hombre de espaldas. En el tercero aparecía yo.
No ahora. No en Zaragoza.
Yo, doce años antes, entrando en Topas con una carpeta negra bajo el brazo.
La mano me empezó a sangrar sobre la grava. Navarro miró la imagen. Luego me miró a mí.
—Tú no venías a identificar a un muerto.
Guardé silencio.
El móvil vibró en mi bolsillo. Sergio otra vez. Esta vez contesté.
—Habla.
Al otro lado no respondió Sergio. Respiración. Un ruido de vasos.
Una voz de hombre, baja, cerca del auricular.
—Pardo fue el primero porque todavía se acordaba de ti.
Apreté el teléfono.
—¿Quién eres?
La voz soltó una risa corta.
—El segundo te recordará mejor.
La llamada se cortó.
Miré a Navarro. Él había oído lo suficiente.
—¿Segundo?
Antes de responder, el móvil de Pardo sonó dentro de una bolsa de pruebas.
Todos nos giramos. La pantalla se encendió. Un mensaje nuevo.
NO LO SAQUÉIS DEL AGUA.
La científica retrocedió. Navarro abrió la bolsa con los dientes apretados y leyó el resto. Su cara cambió. Me quitó el teléfono de las manos y lo puso delante de mí.
Había una segunda línea.
JULIO SABE POR QUÉ.