Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Los días veinticuatro en Los Sauces se vendían más clavos.

No una cantidad absurda. Nadie vaciaba el almacén ni corría por la calle cargando tablones.

Era algo bastante menos dramático: un paquete de tornillos junto al pan, una traba nueva para una ventana, cinta aisladora, pilas, alguna linterna que probablemente llevaba seis meses haciendo falta y que todos recordaban ese día.

Lia estaba cobrando una bolsa de harina cuando doña Elvira dejó dos pasadores metálicos sobre el mostrador.

—¿Estos son buenos?

Lia los agarró.

—Sí. Los puso mi abuelo en la ventana del galpón.

—Entonces llevo cuatro.

—¿Cuatro?

—Tengo cuatro ventanas.

—Ah.

Doña Elvira la miró como si la respuesta fuera bastante evidente.

Lia metió los pasadores en una bolsa. Doña Elvira le sostuvo la mirada un segundo más con una expresión bastante fácil de traducir: nena, hoy estás ida.

Lia acomodó la cara de atención al cliente y siguió con el turno.

Afuera todavía faltaban varias horas para que oscureciera.

Don Silvio estaba cambiando una lámpara encima de la puerta aunque la había cambiado el año anterior y funcionaba perfectamente.

—Probala —dijo desde la escalera.

Lia prendió el interruptor.

La entrada quedó iluminada.

—¡Anda!

—Apagala.

Lia la apagó.

Don Silvio se quedó mirando la lámpara.

—Prendela otra vez.

Lia obedeció.

—¡Anda!

—Bien.

Bajó de la escalera satisfecho.

Lia no le señaló que acababan de comprobar dos veces una lámpara que él mismo había visto funcionar todas las noches. Los veinticuatro no se señalaban esas cosas.

Malena apareció cerca del mediodía. Se quedó afuera terminando un helado y mirando a Don Silvio colocar una segunda traba en la puerta del depósito.

—Todos los años hace lo mismo —dijo cuando finalmente entró.

—Sí.

—Todos los años dice que es una estupidez.

—También —dijo Lia mientras jugaba con el palito del chupetín que estaba comiendo.

—Mi mamá ya cerró la ventana del baño.

—Son las doce y media.

—Ajá —dijo Male, mordiéndose una sonrisa.

Lia siguió etiquetando unas botellas y Malena la observó un rato.

—¿Vos estás bien?

—Sí.

No sonó particularmente falsa. Malena tampoco hizo esa cosa insoportable de volver a preguntar de otra manera.

—A la tarde me quedo en casa —dijo—. Te aviso cuando cierre todo.

Lia asintió.

—Yo también.

—Teo dijo que su papá compró una alarma nueva.

—¿Otra?

—La anterior la devolvió porque Teo compró las pilas y creo que la quemó.

Malena empezó a sonreír.

—¿Las baratas?

—Las de la marca rara.

Lia cerró los ojos.

—Le dije.

—La alarma hacía un ruido como de microondas muriéndose.

Lia se rio.

A las cinco cerraron el almacén.

Don Silvio bajó la persiana antes de la hora habitual.

La tarde estaba despejada y calurosa; las chicharras se escuchaban fuerte.

Eso era lo peor de los veinticuatro: nunca parecían días en los que pudiera ocurrir algo.

Aun así, Lia sentía esa nostalgia rara que le aparecía todos los años antes de que bajara el sol.

Mientras caminaba hasta casa, Lia observaba los comportamientos de su pueblo: una mujer llamaba a sus hijos desde una vereda, dos hombres descargaban cajones frente a un bar y un perro dormía debajo de una camioneta. Pasó junto a la plaza y la iglesia marcó las cinco y media.

Lia dejó la mochila sobre una silla.

Su hermano estaba en el patio guardando unas herramientas.

—La puerta de atrás cierra medio mal —le dijo al verla.

Lia fue directamente hacia allí.

—La levantás un poco antes de trabarla —dijo él.

La probó.

Una vez.

Otra.

La madera rozaba abajo, pero la cerradura encajaba.

—Está bien.

Su hermano apoyó una herramienta contra la pared.

—Sí.

En la cocina su madre había llenado dos botellas grandes con agua. Había velas sobre la mesa y una linterna al lado.

Lia siguió recorriendo la casa. Ventana de su habitación, la de su madre. Baño. Habitación de su abuelo. Frente.

Cerrado.

Cocina.

Cerrada.

Salida trasera.

Funcionaba.

Su hermano estaba apoyado contra el marco cuando terminó.

—¿Ya?

Lia miró alrededor.

—Sí.

Se dirigió a la cocina.

Lia permaneció unos segundos más.

—Esperá.

Él se volvió.

Ella probó nuevamente la puerta.

Su hermano se quedó mirándola. No había burla en su cara.

Lia retiró la mano.

—Ya está.

—Sí.

Entraron.

La primera vez había sido diferente. La primera vez nadie sabía que tenía que prepararse.

Lia había llegado corriendo del bosque con un collar de cabra en una mano, la garganta seca y la respiración desordenada de tanto correr.

—¡Papá!

—¿Dónde estabas?

—En el bosque.

—Lia.

—Pero escuchame.

Su madre apareció desde la cocina.

—¿Qué pasó?

Lia dejó el collar sobre la mesa.

Habló demasiado rápido.

Un vampiro.

Una manzana.

La cabra.

Las ventanas.

No abrir.

La puerta de atrás.

Su hermano se había acercado para escuchar y a mitad del relato ya estaba sonriendo.

—¿Comía una manzana?

—Sí.

—Era vegetariano.

—¡Callate!

Su padre levantó una mano.

—Dejala terminar.

Lia terminó.

Su madre miró hacia la ventana.

Todavía había sol.

—¿Y te acompañó hasta el pueblo?

Lia asintió.

—¿Te hizo algo?

—No.

—¿Te mordió?

Lia negó con la cabeza.

Su padre tomó el collar.

—¿Y la cabra?

—Dijo que no la busque.

El padre y la madre intercambiaron una mirada.

—¡No estoy inventando!

—Lia...

—¡Dijo que cerremos todo antes de que oscurezca!

Su padre apoyó el collar.

—Bueno.

La facilidad de la respuesta la descolocó.

Su hermano dejó de sonreír.

—¡¿En serio?!

—No cuesta nada.

Su madre asintió.

—Y hoy nadie sale después de cenar.

Lia sintió el alivio tan rápido que casi le dolió.

Los había convencido.

A las diez de la noche alguien golpeó una puerta tres casas más abajo.

Lia estaba sentada en el piso del comedor.

Su padre escuchaba la radio.

Su hermano armaba algo con cartas sobre la mesa.

El primer golpe fue aislado.

Después vinieron tres seguidos.

Nadie en la casa habló.

La radio siguió sonando.

Desde la calle llegó una voz.

—¡Abrime!

Lia levantó la cabeza.

Reconoció a la mujer.

Vivía cerca de la plaza.

—¡Por favor!

Su padre se puso de pie.

Lia también.

—No.

Él fue hasta la ventana.

—Papá…

Apartó apenas la cortina.

Su madre se acercó.

—¿Qué ves?

—Nada.

La mujer volvió a gritar.

Esta vez dijo el nombre de alguien.

Pero el de ninguno de ellos.

El de la familia de la casa que estaba golpeando.

—¡Soy yo! ¡Abrime!

Lia agarró la mano de su padre.

—El hombre dijo que no.

Él bajó la vista hacia ella.

—No estamos abriendo.

En la casa de al lado se escuchó una cerradura.

Lia dejó de respirar.

Una puerta abrió.

Después alguien gritó.

No fue el grito de cuando uno se asusta, porque el sonido duró poco, se cortó en seco.

Su hermano se levantó de la silla.

La madre de Lia le agarró el brazo.

—Nadie sale.

El padre cerró completamente la cortina.

Lia seguía aferrada a su mano.

Durante la hora siguiente escucharon cosas que Lia tardaría años en ordenar.

Personas corriendo.

Vidrios.

Un perro ladrando hasta que dejó de ladrar.

Una moto arrancando.

Alguien llamando a su madre.

Otra persona pidiendo que la dejaran entrar.

Una voz masculina diciendo que estaba herido.

Había algunas que Lia reconocía…

El vampiro del bosque no le había dicho que las voces fueran falsas. Le había dicho que no abriera aunque las conociera.

Mucho después entendió por qué.

No hacía falta imitar a nadie si podías poner de señuelo a una persona real frente a la puerta.

Cerca de las once escucharon el nombre de su padre.

Una vez.

Después otra.

Él se levantó tan rápido que tiró la silla.

—¡Es Mauro!

Lia sintió que todo su cuerpo se enfriaba.

—No.

—Está afuera.

La voz volvió.

—¡Ayudame!

Su padre fue hacia la entrada.

Lia corrió detrás.

—Papá, no.

—Lia, quedate acá.

—¡No abras!

Su madre llegó desde la cocina.

—Esperá.

—Es Mauro.

—¡No sabemos!

—Lo escucho.

Lia se puso delante de la puerta.

Su padre intentó apartarla.

—Correte.

—¡No!

—Lia.

—¡Dijo que no salgamos!

La voz de Mauro volvió a escucharse desde la calle.

Más cerca.

Estaba llorando.

—Por favor.

Su padre miró la puerta.

Lia vio la decisión en su cara antes de que se moviera.

Se agarró de su camisa.

—No.

Él le tomó las muñecas.

—No puedo dejarlo ahí.

—¡Sí podés!

—Lia.

—¡NO!

Su padre la apartó. No con violencia. Esa sería una de las cosas que más recordaría: la forma cuidadosa en que la corrió hacia un costado. Como si creyera que dentro de unos minutos volvería a entrar y tendría que explicarle que a veces había que ayudar a alguien aunque diera miedo.

Abrió.

El aire de la noche entró de golpe.

Lia vio a Mauro tirado unos metros más allá.

Vio sangre.

Su padre dio un paso.

—Mauro.

Lo que salió de la oscuridad Lia nunca supo describirlo. Recordaba una sombra demasiado rápida y el cuerpo de su padre levantándose del suelo.

Y una boca. Eso sí volvía con una nitidez que el resto de la escena nunca tuvo: los colmillos demasiado largos, los otros dientes blancos manchados de sangre, la mandíbula abierta cerca de la cara de su padre mientras todo lo demás seguía siendo apenas una sombra.

Después el ruido.

Su espalda golpeó contra el marco.

Algo cedió dentro de él.

Lia vio abrirse su cuerpo donde no tenía que abrirse.

Vio sangre en la pared.

Vio una parte de su padre caer antes que el resto.

Durante un instante quedaron todos petrificados. Sus cabezas habían quedado en blanco.

La primera en reaccionar fue Lia. Cerró la puerta golpeándola con todo el peso de su cuerpo.

—¡LA LLAVE!

Su madre estaba inmóvil.

—¡MAMÁ, LA LLAVE!

Su hermano reaccionó primero.

Giró la cerradura.

Afuera algo golpeó e hizo temblar suavemente la puerta. La madre de Lia fue hacia la puerta y Lia se interpuso.

—No.

—Está afuera….

—No.

—Tu papá...

—¡NO!

Su madre intentó pasar.

Lia la abrazó por la cintura.

Su hermano tiraba de la ropa de su madre desde atrás.

Afuera volvieron a llamar. Podía ser Mauro otra vez o alguna otra persona usada de señuelo.

Su madre seguía mirando la puerta como si todavía no entendiera que, si salía, podía correr la misma suerte.

Lia empezó a gritar tan fuerte que la voz se le quebró.

—¡NO SALGAN! ¡NO SALGAN! ¡NO SALGAN!

Lo gritó tantas veces que dejó de saber a quién.

A su madre.

A su hermano.

A su abuelo, que había salido de su habitación sosteniendo un palo en la mano, temblando.

A sí misma.

A su padre, aunque ya no pudiera escucharla.

Afuera alguien volvió a llamar.

Esta vez con la voz de Mauro.

Después con otra.

Lia siguió gritando.

—¡NO AbrAN! ¡NO AbrAN! ¡NO AbrAN! ¡NO AbrAN! ¡NO AbrAN!

¡NO AbrAN!

¡NO AbrAN!

NO

NO

NO

NO

NO

La garganta empezó a arderle.

No paró.

En algún momento dejaron de golpear.

Eso tampoco ayudó.

El silencio podía ser una trampa.

Lia se quedó sentada contra la puerta con las rodillas contra el pecho.

Su madre estaba en el suelo, cerca de la mesa.

El abuelo tenía un brazo alrededor de su hermano.

Nadie hablaba.

La radio seguía prendida.

Una canción terminó.

Empezó otra.

Lia odiaría esa canción durante muchos años sin recordar nunca su nombre.

En la madrugada alguien caminó por la vereda.

Se detuvo frente a la casa.

Lia sintió que su madre levantaba la cabeza.

Ella negó inmediatamente.

Ni siquiera podía hablar ya.

Los pasos continuaron.

Mucho después empezó a entrar luz por los bordes de la cortina.

Nadie abrió.

Esperaron.

Y esperaron.

Hasta que escucharon vehículos.

Voces distintas.

Gente gritando nombres desde la calle.

El abuelo fue el primero en acercarse a una ventana.

Lia lo agarró del pantalón.

Él se detuvo.

—Voy a mirar nada más.

Ella negó.

Su abuelo se arrodilló frente a ella.

Tenía los ojos rojos.

—No voy a abrir.

Lia tardó en soltarlo.

Él cumplió.

Trece años después, alguien golpeó la puerta principal.

Lia abrió los ojos, sobresaltada.

Había estado sentada en el sillón sin mirar la televisión.

Su hermano levantó la cabeza desde la otra punta.

Volvieron a golpear.

Tres veces.

El cuerpo de Lia reaccionó antes que ella.

Su espalda se enderezó y los dedos se le cerraron alrededor del borde del almohadón.

Su hermano no se movió.

—¿Esperamos a alguien?

La madre negó desde la cocina.

El abuelo bajó el volumen de la televisión.

El teléfono de Lia vibró.

Malena.

soy yo boluda

Lia cerró los ojos.

Después llegó otro mensaje.

me olvide la campera ayer

Y enseguida:

NO ME AbrAS si te pone nerviosa, mañana la busco

Lia miró la pantalla unos segundos.

Se levantó.

Su hermano también.

—Voy yo.

—No.

Lia fue hasta la ventana lateral.

Apartó apenas la cortina.

Malena estaba afuera con los brazos cruzados, mirando el teléfono.

Lia abrió la puerta.

—Sos una pelotuda.

Malena puso cara de rendición, aunque no parecía arrepentida.

—Me acordé cuando ya estaba acá.

Lia la dejó entrar.

—Podías mandar mensaje antes.

—Sí.

—Antes de golpear.

—Sí.

—Hoy.

—Sí.

Malena la miró a la cara.

Ya no estaba sonriendo.

—Perdón.

La bronca de Lia se desinfló.

—Está bien.

Malena fue hasta su habitación por la campera. Cuando volvió, la madre de Lia le ofreció quedarse a cenar.

Aceptó.

A las once y media, Teo mandó una foto al grupo.

Una alarma abierta sobre una mesa.

Al lado, cuatro pilas hinchadas.

no eran tan buenas

Malena respondió primero.

NO ME DIGAS

Lia se quedó mirando la imagen.

Después empezó a reírse.

Su hermano miró desde el sillón.

—¿Qué?

—Teo.

Le mostró el teléfono.

Él no entendió por qué era tan gracioso.

Afuera, Los Sauces estaba en silencio.

Las ventanas cerradas.

Las puertas trabadas.

La luz de la cocina encendida.

Nada ocurrió aquella noche.

Y, aun así, Lia no se durmió hasta escuchar las primeras aves de la mañana.