CAPÍTULO 14
A la salida
Dos días después, cuando Lia terminó de cerrar la caja, Don Silvio ya había apagado la mitad de las luces.
La tarde había sido tranquila. Un par de proveedores, gente comprando cosas para la cena, una discusión larguísima entre dos señoras sobre cuál suavizante duraba más y, durante la última media hora, prácticamente nadie.
Lia guardó el teléfono en el bolso, se puso la campera y ayudó a revisar que quedara todo cerrado.
—Hasta mañana.
Don Silvio levantó una mano desde atrás.
—Hasta mañana.
La persiana bajó detrás de ella.
Afuera hacía fresco.
Lia se acomodó el bolso sobre el hombro y recién entonces lo vio.
Galo estaba sentado sobre el borde bajo de una jardinera, unos metros más allá, mirando el teléfono.
No parecía llevar mucho tiempo ahí.
Tampoco parecía estar esperando a otra persona.
Lia frenó.
Él levantó la cabeza.
—Hola.
—Hola.
Galo guardó el teléfono y se puso de pie.
Lia miró alrededor por reflejo.
—¿Qué hacés acá?
—Te esperaba.
La respuesta fue tan sencilla que Lia tardó un poco más de lo necesario en reaccionar.
—Ah.
Galo empezó a caminar junto a ella.
Y Lia, después de un segundo, empezó también.
No hablaron de la fiesta.
Lia había imaginado alguna vez que, si volvían a encontrarse solos después de aquella noche, habría una conversación incómoda pendiente en alguna parte.
No apareció.
Galo le contó que Ortega finalmente había conseguido que cambiaran dos ventanas de la Casa y que una de ellas había llegado con las medidas equivocadas.
Lia quiso saber cómo alguien podía equivocarse midiendo una ventana que ya existía.
Galo dijo que ésa había sido exactamente la pregunta de Ortega, sólo que con bastante menos paciencia.
Hablaron de la obra.
De Roberto, que había empezado a robar medias y esconderlas detrás de una maceta.
De la rana de la pileta, que seguía viva y aparentemente había conseguido compañía.
—Hay dos ahora —dijo Galo.
Lia lo miró.
—No.
—Sí.
—Se están reproduciendo.
—No sé.
—En dos meses la Casa va a ser de ellas.
Galo pareció considerar la posibilidad.
—Sería barato.
Lia se rio.
Siguieron caminando y la normalidad resultó agradable, extraña sólo porque con Galo casi nunca duraba tanto.
Pasaron por la plaza.
Había poca gente a esa hora y las luces ya estaban encendidas entre los árboles. Lia caminaba con las manos dentro de los bolsillos de la campera. Galo iba a su lado, ajustando el paso al de ella sin que pareciera consciente de hacerlo.
En algún momento sus hombros se rozaron.
Ninguno se movió.
Lia se dio cuenta unos segundos después de que estaba sonriendo.
No por algo que él hubiera dicho.
Simplemente estaba contenta de que hubiera vuelto a aparecer.
La idea le produjo un poquito de vergüenza.
La dejó pasar.
En una esquina, mientras esperaban que pasara una moto, Galo le tomó la muñeca.
No fue brusco ni pareció especialmente pensado. La giró apenas hacia arriba y miró el interior, justo donde todavía quedaban las pequeñas marcas de Teo de la fiesta.
Lia abrió los ojos y lo miró, esperando alguna explicación.
Galo ya la había soltado. La moto pasó y siguieron caminando.
Ella tardó unos metros en entender.
La mano de Nicolás apareció en su cabeza: el pulgar sobre el mismo lugar, su pregunta, la posibilidad de una mordida que finalmente no había ocurrido.
Lia bajó la vista hacia su muñeca.
¿Galo había estado comprobando eso?
Volvió a mirarlo.
Él caminaba como si acabara de revisar la hora.
La idea no aclaró absolutamente nada.
Ya estaban a pocas cuadras de su casa cuando Galo habló otra vez.
—¿Qué hacés el sábado?
Lia pensó.
—Creo que nada.
—Ah.
Caminaron unos metros.
Lia esperó que siguiera.
Galo miró hacia adelante.
—Van a traer algunas cosas a la Casa.
—¿Qué cosas?
—Unos muebles. Una lámpara.
Lia recordó inmediatamente una lámpara del salón que había criticado la primera vez que la vio.
Era enorme.
Dorada.
Y parecía haber sido diseñada por alguien que odiaba los techos.
—¿Sacaron la horrible?
—Ortega la quiere sacar.
—Ortega tiene razón.
—Yo dije que no era tan fea.
Lia lo miró.
—Era espantosa.
Galo sonrió.
—Por eso.
Lia esperó nuevamente.
Él tardó un poco.
—Podrías venir.
La invitación llegó sin ceremonia.
Lia bajó apenas la velocidad.
—¿El sábado?
—Sí.
—¿A ver una lámpara?
Galo giró hacia ella.
—Hay más cosas.
—Ah.
—Podés criticarlas también.
Lia sonrió.
No sabía bien qué clase de invitación era ésa.
Pero quería ir.
—Bueno.
Galo pareció relajarse apenas.
Tan poco que Lia probablemente lo habría pasado por alto unas semanas atrás.
—¿Tipo qué hora?
—A la tarde. Cinco, seis.
—Dale.
—Te escribo.
Lia asintió.
Y siguieron caminando.
Cuando llegaron a su casa, Roberto ya estaba detrás del portón.
Los había escuchado desde media cuadra.
Empezó a mover la cola con tanta fuerza que todo el cuerpo se le doblaba.
—Mirá quién trabaja.
Galo se agachó apenas cuando el perro metió el hocico entre los barrotes.
Roberto lo olfateó.
Después intentó lamerle los dedos.
—Traidor —dijo Lia.
Galo le rascó la cabeza.
—Tiene buen gusto.
Lia sonrió.
Sacó las llaves.
Por un momento ninguno pareció apurado.
Galo volvió a ponerse de pie.
—Entonces el sábado.
—El sábado.
—Te escribo.
—Dale.
Lia abrió el portón.
Galo dio un paso hacia atrás.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Ella entró.
Roberto aprovechó la apertura para intentar salir, Lia lo frenó con una pierna y cuando consiguió cerrar otra vez, Galo ya estaba caminando hacia la esquina.
Lia se quedó unos segundos junto al portón.
Después entró a la casa.
Dejó el bolso sobre una silla.
Se sacó la campera.
Su madre dijo algo desde la cocina y Lia respondió sin escuchar demasiado.
Subió a su habitación.
Encendió la luz.
Dejó el teléfono sobre la cama.
Se sentó.
Y recién entonces la conversación volvió entera.
Galo había ido al almacén a la hora exacta en que ella salía. No había comprado nada: la había esperado, la había acompañado hasta su casa, le había preguntado qué hacía el sábado y la había invitado a ir a la suya.
Lia se quedó inmóvil.
Miró el teléfono, después la puerta, y terminó otra vez en el teléfono.
—Ah.
Pasaron unos segundos.
—Ah.
Se llevó las manos a la cara.
El sábado estaba bastante más cerca de lo que había parecido hacía cinco minutos.