CAPÍTULO 12 #7
12.6 Vampiros existencialistas 300
León estaba tirado en una reposera junto a la pileta, fumando algo que había conseguido esa tarde. Le alcanzó el cigarrillo a Galo.
Galo lo olió.
Volvió a olerlo.
—¿Qué tiene esto?
—Hierbas.
—Eso veo.
—Naturales.
Galo levantó los ojos.
—León, el veneno de cobra también es natural.
—No tiene veneno de cobra.
—Qué alivio que esa haya sido tu primera aclaración.
—Me lo dio un tipo.
Galo se quedó mirándolo.
—Cada respuesta empeora la anterior.
Y fumó igual.
◆
Un rato después León dio una pitada.
—¿Alguna vez pensaste que vivir mucho tiempo capaz te arruina la capacidad de desear cosas?
Galo seguía hundido en la reposera, con las manos detrás de la cabeza.
—Sí.
León giró la cara, sorprendido.
—¿Sí?
—Hace diez minutos quería que te callaras y ya se me pasó.
León lo miró.
—Qué hijo de puta.
Galo siguió contemplando el cielo.
◆
León se inclinó para mirar la pileta.
—Es enorme.
—Siempre fue así.
—No.
Galo miró también.
Se quedó observándola unos segundos.
—...capaz sí está más grande.
León giró hacia él con expresión triunfal.
Galo levantó un dedo.
—No uses esto en mi contra mañana.
◆
—Si te enamorás de alguien que va a vivir setenta años y vos podés vivir doscientos...
Galo miró el cielo.
—Ochenta y tres.
León frunció el ceño.
—¿Qué?
—Setenta me parece poco.
—Era un ejemplo.
—Bueno, hacé ejemplos menos deprimentes.
León se quedó mirándolo.
—¿Estás defendiendo la expectativa de vida de una humana hipotética?
Galo tardó demasiado en responder.
—Estoy defendiendo la precisión estadística.
León tomó otra pitada sin dejar de mirarlo.
Pasaron unos segundos.
—No tiene nada que ver con la chica del almacén —dijo Galo.
León giró la cabeza.
—Yo no dije nada.
Galo permaneció inmóvil.
—Lo ibas a decir.
León señaló el farol.
—Estaba pensando en polillas.
Galo siguió la dirección de su dedo.
Había una polilla golpeando alrededor de la luz.
—Ah.
Volvió a recostarse.
Pasó un rato.
—Igual no tiene nada que ver con ella.
León empezó a reírse.
Galo le sacó el cigarrillo de la mano.
◆
Ortega apareció desde la galería.
—Mañana viene el hombre de la bomba de agua a las ocho.
León quedó devastado.
—¿Ocho de la mañana?
—Sí.
Galo levantó una mano sin moverse de la reposera.
—Quiero dejar asentado que no estoy de acuerdo.
Ortega lo miró.
—No es una votación.
Galo bajó la mano.
—Entonces retiro mi participación institucional.
Ortega entró otra vez a la Casa.
La polilla volvió a golpear contra el farol.
León la siguió con los ojos.
—¿Pensás que las polillas saben que la luz las puede matar?
Galo miró el farol.
Pensó durante bastante más tiempo del necesario.
—Capaz saben y les parece que vale la pena.
12.8 La mosca 302
La noche del veintitrés, la mosca apareció durante la cena.
El abuelo de Lia la siguió con los ojos.
—Dejala —dijo Lia.
—No estoy haciendo nada.
La mosca se posó sobre su plato.
Él dejó lentamente el tenedor.
El hermano de Lia levantó la vista del teléfono.
—No.
—¿Qué?
—Ya te conozco.
El abuelo agarró el repasador.
Cinco minutos después, la cena había terminado de manera no oficial.
La mosca estaba en el techo.
El abuelo, de pie.
El hermano de Lia, todavía sentado pero claramente involucrado.
Lia comía.
—No llegás —dijo.
—Va a bajar.
La mosca bajó.
El abuelo lanzó el repasador.
Falló.
Una cuchara cayó al piso.
Silencio.
—Fue cerca —dijo.
El hermano volvió al teléfono.
La mosca desapareció.
Todos retomaron la cena.
Dos minutos después, el hermano levantó lentamente la cabeza.
—Abuelo.
—¿Qué?
—No te muevas.
La mosca estaba sobre su hombro.
El abuelo quedó rígido.
—Pegale.
—Está sobre vos.
—No importa.
—No pienso pegarte.
—¡A la mosca!
Lia empezó a reírse.
La mosca salió volando.
El abuelo se levantó.
—¡AHÍ!
Su hermano dejó el teléfono.
—A la cocina.
—¡Cerrá la puerta!
—¡Ya está cerrada!
—¡La otra!
—¿CUÁL OTRA?
Lia seguía sentada.
—Son dos contra una mosca.
El abuelo volvió del lavadero con una paleta matamoscas. El hermano lo miró.
—¿Teníamos eso?
—Sí.
—¿Y por qué estuvimos usando un repasador?
El abuelo no respondió.
La mosca se posó arriba de la heladera.
—Traeme una silla.
—No te vas a subir.
—No soy inválido.
—Tenés setenta y...
—No termines esa frase.
Lia ya había dejado de comer.
La cosa empezaba a ponerse interesante.
Su hermano terminó subiéndose él.
—¿Dónde está?
—Más a la izquierda.
—¿Mi izquierda o la tuya?
—¡LA IZQUIERDA NORMAL!
—NO EXISTE UNA IZQUIERDA NORMAL.
La mosca salió volando.
Lia atrapó la paleta por reflejo.
Los tres la miraron.
Después miraron la mosca.
Lia se puso de pie.
—Corranse.
Su hermano abrió mucho los ojos.
—Ah, bueno.
Cinco minutos después estaban los tres armados.
El abuelo con la paleta.
El hermano con el repasador.
Lia con una revista enrollada.
La madre de Lia entró a la cocina.
Se quedó mirándolos.
—¿Qué hacen?
Nadie respondió.
La mosca pasó entre ellos.
La madre levantó una mano.
Plaf.
La tiró a la basura.
—La comida está fría.
Y salió.
Silencio.
El abuelo bajó la paleta.
—La teníamos.
—Sí —dijo Lia.
Su hermano volvió a sentarse.
—Le faltaban segundos.
Y siguieron cenando.