CAPÍTULO 12 #6
No hablaron de lo ocurrido durante el baile. La incomodidad seguía ahí, más fina que antes, mezclada con todo lo demás que había pasado esa noche.
Galo miró hacia la puerta.
—¿Maneja Teo?
—Sí. Casi no tomó.
Asintió.
Lia se colgó el bolso.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Lia.
Ella salió.
Cuando abrió la puerta del auto, miró una vez hacia la Casa.
Galo seguía en la entrada.
Se encontraron los ojos desde lejos.
Lia subió al auto.
La música quedó atrás cuando Teo arrancó y las luces de la Casa desaparecieron entre los árboles.
12.2 Constelaciones 295
Male se quedó a dormir.
La decisión se tomó cuando Teo frenó frente a la casa de Lia y Male anunció que no tenía ninguna intención de explicarle a nadie por qué volvía a las cuatro de la mañana con una mordida en el hombro.
Una hora después estaban tiradas en el patio.
Habían tomado agua, comido algo, lavado parte del maquillaje y, cuando Male dijo que todavía no tenía sueño, Lia sacó dos almohadones y terminaron acostadas sobre una manta mirando el cielo.
Roberto dormía entre ambas.
Ocupaba más lugar que cualquiera de las dos.
—Me besó —dijo Male.
Lia siguió mirando las estrellas.
—Lo vi.
Male giró la cabeza.
—¿Qué viste?
—Lo suficiente.
—¿Qué es lo suficiente?
Lia sonrió.
—Te fuiste con un vampiro y volviste mordida.
—Vos hiciste exactamente lo mismo la semana pasada.
Lia dejó de sonreír.
Male levantó una mano hacia el cielo.
—Punto para mí.
Lia le empujó el hombro con el suyo.
—Callate.
Male se rio.
Pasaron unos segundos.
—Besa bien.
—Eso sí no lo vi.
—Una lástima.
Lia agarró una punta del almohadón y se la tiró encima de la cara.
Roberto abrió un ojo.
Decidió que no valía la pena intervenir.
◆
—Igual fue raro —dijo Male más tarde.
—¿Qué?
—Todo.
Lia entendió.
La casa. La sangre. Los besos. Personas cambiando de brazos con una naturalidad que a las dos todavía les resultaba difícil de leer.
—Eran promiscuos —dijo Lia.
Male empezó a reírse.
—Al final sí.
—Nosotras diciendo “capaz exageramos”.
—Dos pelotudas.
Lia levantó una mano hacia el cielo.
—En nuestra defensa, León lo contó como si hablara de sistemas tributarios.
Male volvió a reírse.
—Después entrás y hay una mina tomando de un muslo.
—Mientras el tipo besaba a otro.
—Y alguien le alcanzaba una servilleta.
Se quedaron calladas.
Después volvieron a reírse.
◆
—¿Y Nicolás?
Lia hizo una mueca.
—Lindo.
—Eso ya lo vi.
—Me invitó a salir afuera.
Male giró la cabeza hacia ella.
—¿Y?
—Nada. Hablamos.
Lia estiró una pierna y movió los dedos del pie debajo de la manta.
—Me agarró la muñeca.
Male levantó las cejas.
—¿Te mordió?
—No.
—¿Quiso?
Lia tardó un segundo.
—Me preguntó si me daba curiosidad.
Male esperó.
—Y me daba —admitió Lia—. Un poco.
—¿Pero?
—No quería hacerlo con él.
Male asintió como si aquello no necesitara más explicación.
—Bueno.
—Bueno.
◆
Durante un rato no hablaron.
El cielo estaba bastante despejado y desde el patio podían verse muchas más estrellas que desde el centro. Lia intentó encontrar una constelación que recordaba de chica.
No la encontró.
Male señaló tres estrellas aleatorias.
—Esa es Orión.
—No.
—¿Cómo sabés?
—Porque Orión tiene un cinturón.
Male señaló otras tres.
—Cinturón.
—Estás inventando.
—Todas las constelaciones fueron inventadas.
Lia se quedó pensando.
—Buen punto.
Male sonrió satisfecha.
◆
Después de un rato preguntó:
—¿Qué pasó con Galo?
Lia se acomodó sobre el almohadón.
—Me estuvo esquivando.
—Eso vi.
—Después hablamos.
Male esperó.
—Bailamos.
—También vi.
Lia se tapó un poco la cara con el borde del almohadón.
—Me hizo lo del cuello otra vez.
Male entendió enseguida.
—Ah.
—Pensé que esta vez iba en serio.
—¿Y?
Lia miró hacia arriba.
—Cerré los ojos.
Male se quedó callada.
—Y se apartó.
—Qué pelotudo.
Lia soltó aire por la nariz.
—Sí.
No hablaron mucho más de Galo.
Un rato después Male volvió a señalar tres estrellas distintas y aseguró que ésas sí eran el cinturón.
Lia le dijo que estaba inventando otra vez.
Roberto, aprovechando que ninguna prestaba atención, se adueñó de la mitad de la manta.
12.4 Cuatro días 298
El primer día, Galo decidió que no iba a ir al almacén.
La decisión le pareció razonable.
Había perdido el control mientras se alimentaba de Lia y, cuando intentó acercarse después, ella se había tensado.
Espacio.
Le iba a dar espacio.
A las cinco y media estaba acostado atravesado sobre uno de los sillones del salón, con una pierna colgando por el apoyabrazos y el teléfono sobre el pecho.
Abrió WhatsApp.
El grupo tenía cuatro mensajes.
Una foto de Teo.
Una estupidez de León.
Male había reaccionado con un sticker.
Lia no había escrito.
Galo cerró WhatsApp.
Cinco minutos después volvió a abrirlo.
Seguía igual.
◆
El segundo día pasó por el centro porque Ortega necesitaba tornillos y pintura.
El almacén quedaba a tres cuadras de la ferretería.
Galo caminó una.
Después otra.
En la esquina siguiente se detuvo.
Desde ahí podía verse parte de la vidriera.
Se quedó diez segundos junto a un poste.
Después dobló hacia otro lado.
Compró café que nadie había pedido.
Al regresar, Ortega revisó las bolsas.
—Falta la espátula.
Galo dejó las llaves sobre la mesa.
—No había.
Ortega levantó los ojos.
—No fuiste al lugar donde venden utensilios.
Desde el otro extremo del comedor, León levantó la cabeza.
—¿La espútula?
Galo siguió caminando.
◆
Aquella noche bajó hasta la pileta.
La rana estaba otra vez sobre una piedra.
Galo se sentó en el escalón.
La observó un rato.
—Vos no mordés gente.
La rana permaneció inmóvil.
—Fácil.
La rana saltó al agua.
◆
El cuarto día llegó el mensaje de León al grupo.
León: sábado hacemos algo acá
Male respondió casi enseguida.
Teo también.
Lia tardó un poco más.
Después:
Lia: dale
Galo leyó la palabra.
Una vez.
Otra.
El sábado todavía faltaban dos días.
Después resultó que no habían sido suficientes.