Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 12 #5
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CAPÍTULO 12 #5

La familiaridad entre ella y Galo era distinta de casi todo lo que Lia había visto esa noche.

Mara se acercó sin coqueteo ni ceremonia, le dijo algo que Lia no alcanzó a oír y le ofreció el brazo.

Galo respondió brevemente, sostuvo su muñeca y bebió durante poco tiempo.

Mara siguió conversando con una amiga mientras él tomaba, como si ambos conocieran de memoria la secuencia.

Lia apartó la vista enseguida.

Un rato después seguía acordándose de la boca de Galo en la muñeca de Mara.

Ella había visto durante toda la noche otras formas, mucho más cargadas, donde la sangre parecía sólo una excusa para acercar cuerpos.

Por primera vez se preguntó qué se sentiría ofrecerla sin hambre de por medio.

Que alguien mordiera porque ambos querían la mordida.

La idea le dio una mezcla bastante incómoda de curiosidad y calor.

No pensó en Galo.

Pensó en Galo inmediatamente después.

Pésimo intento.

◆

Male estaba con León otra vez.

Lia los vio desde el otro lado del salón y sonrió antes de darse cuenta.

La primera vez los había dejado cerca del patio, todavía con esa mezcla de curiosidad y precaución que hacía que Male midiera cada paso. Ahora estaban bailando pegados, bastante menos preocupados por la teoría.

León tenía una mano sobre la espalda desnuda de Male. Ella la apoyaba en su hombro y hablaba cerca de su oído. En algún momento dejó de hablar y lo miró a la boca.

Lia supo lo que iba a ocurrir antes que ellos.

Male se inclinó primero.

El beso fue breve al principio. León tardó una fracción de segundo en reaccionar y después la sostuvo de la cintura, devolviéndolo con una seguridad que hizo que Male se acercara todavía más.

Cuando se separaron no se alejaron.

Un rato después Lia volvió a mirar y vio la boca de León junto al hombro donde ya había una marca de antes, la mano de Male metida en su pelo. No supo si estaba bebiendo otra vez o sólo besando la zona.

Tampoco necesitaba saberlo.

Se alegró por ella.

Después me contará.

Y siguió caminando.

◆

Nicolás apareció cuando Lia ya llevaba un rato sola.

Lo había visto antes: alto, pelo castaño claro casi ceniza bajo las luces, ojos verdes y una camisa blanca abierta lo suficiente para dejar claro que tampoco había llegado a esa casa preocupado por la modestia.

Era vampiro.

Y era muy lindo.

—¿Lia?

Ella levantó la mirada.

—Sí.

—Nicolás.

—Sé quién sos. León te gritó como tres veces antes.

Él se rio.

—Eso me ahorra una presentación elegante.

—Podés intentarla igual.

Hablar con él resultó fácil. Nicolás conocía a León de la ciudad, había ido varias veces a Los Sauces y sabía de la pileta mucho más de lo que una persona que no vivía allí debería saber.

Después de unos minutos señaló hacia afuera.

—¿Querés tomar aire?

Lia miró el salón.

Male seguía con León. Teo había desaparecido en dirección a la ventana de las frutillas. Galo estaba en otra parte y, por una vez, Lia no quiso comprobar cuál.

—Dale.

◆

El jardín estaba bastante más fresco.

Caminaron hasta la pileta, donde el ruido de la fiesta llegaba amortiguado por las puertas abiertas. Lia vio una forma pequeña sobre el borde y se quedó mirando.

—No puede ser.

Nicolás siguió su vista.

—¿Qué?

—La rana.

—¿La conocés?

—A esta altura es dueña de la casa.

La rana permaneció inmóvil, indiferente a su ascenso inmobiliario.

Nicolás se rio y se apoyó en una pared baja. Le ofreció agua. Lia aceptó.

Hablaron un rato de cosas normales: la ciudad, la universidad, León, el desastre de la obra, si Los Sauces realmente era tan tranquilo como parecía.

Nicolás tenía una forma de coquetear bastante transparente y, quizá por eso, fácil de manejar.

No simulaba que las preguntas eran casuales ni convertía cada acercamiento en una prueba.

En algún momento miró hacia el piso superior de la casa.

—Podemos ir a un lugar más tranquilo si querés.

Lia siguió la dirección.

Entendió.

Durante un segundo aparecieron en su cabeza la rubia besando a Galo, la mano de otra mujer en su cadena, el beso en la muñeca, la desconocida ofreciéndole sangre.

Dios mío, qué promiscuos.

Le dio risa.

Nicolás la miró.

—¿Qué?

—Nada. Me acordé de algo.

Negó con la cabeza.

—Estoy bien acá.

—Acá entonces.

No hubo insistencia ni cambio de humor.

Eso le cayó bien.

◆

La conversación siguió.

Nicolás terminó mirando el brazo de Lia cuando ella apoyó el vaso. Las marcas de Teo todavía se veían, pequeñas, algo más arriba de la muñeca de lo habitual.

—¿Te alimentaron hoy?

Lia bajó los ojos.

—Un amigo.

—¿Pareja de sangre?

—No. Teo.

Nicolás pareció reconocer el nombre.

—El híbrido.

—Sí.

Hubo una pausa.

—¿Y siempre es así con ustedes?

Lia sabía a qué se refería.

—Práctico.

Nicolás sonrió.

—Muy práctico.

Lia se rio.

Él extendió una mano, pero no llegó a tocarla.

—¿Puedo?

Lia dudó apenas y le dio el brazo.

Nicolás sostuvo su muñeca con una delicadeza que volvió el gesto mucho más íntimo de lo que debería haber sido. El pulgar pasó cerca del pulso; sus dedos, fríos, cerraron alrededor de la piel y levantaron un poco la mano de Lia entre ambos.

No mordió.

Sólo miró las marcas.

—Nunca te mordieron por gusto —dijo.

Lia levantó la vista.

No sonaba exactamente a pregunta.

Pensó en el árbol.

En Barranco.

En Galo bajando la boca durante el baile y apartándose antes de hacerlo.

—No.

Nicolás deslizó el pulgar una vez por el interior de su muñeca.

—¿Te da curiosidad?

Ahí estaba la pregunta que ella misma había tenido hacía un rato.

Por unos segundos dejó que la imaginación avanzara.

La mano de Nicolás sosteniendo la suya.

Los colmillos entrando donde ahora descansaba su pulgar.

La boca en la muñeca sin hambre, sin necesidad, con la única finalidad de que ambos sintieran algo.

El estómago de Lia se apretó.

No era una idea desagradable.

Nicolás la estaba mirando y se veía muy bien bajo la luz del jardín. Si Lia decía que sí, él probablemente sabría exactamente qué hacer.

Eso mismo terminó de decidirla.

Retiró suavemente la mano.

—No.

Nicolás la soltó enseguida.

—Está bien.

Lia miró las pequeñas marcas de Teo.

—Nunca alimenté a un vampiro por placer. O... por algo así. Si lo hiciera ahora creo que me sentiría rara.

—Entonces no lo hagas.

La respuesta fue inmediata y tranquila.

Lia levantó los ojos.

Nicolás sonrió.

—Me gustó más eso que si me decías que sí porque sí.

—¿Que te rechace?

—Que sepas qué querés hacer con tu cuerpo.

Lia soltó una risa corta.

—Bueno. No te emociones tanto. Hace treinta segundos estaba considerando seriamente tu propuesta.

—Me alcanza para el ego.

Se quedaron un rato más junto a la pileta, hablando sin que la negativa volviera incómoda la escena.

Desde una de las puertas abiertas, Galo los vio una sola vez.

Nicolás tenía todavía una mano cerca de la muñeca de Lia y estaba inclinado hacia ella. Desde esa distancia, Galo no podía saber si había mordido o no.

Miró unos segundos.

Después volvió adentro.

◆

Nicolás se despidió antes de que Lia regresara al salón.

—Nos vemos, Lia.

—Nos vemos.

—Y si algún día cambia lo de la curiosidad...

Ella se rio.

—No abuses de una respuesta educada.

Nicolás reculó medio paso, todavía divertido.

—Anotado.

Se fue por el jardín.

Lia se quedó un momento mirando la pileta.

La rana seguía en el mismo lugar.

—Vos viste todo —le dijo.

La rana no asumió responsabilidad alguna.

◆

Teo, mientras tanto, había dejado de ser perseguido durante el tiempo suficiente para descubrir a alguien por su cuenta.

La chica estaba sentada en el borde ancho de una ventana abierta al jardín, con los zapatos en el piso y una pierna doblada debajo de la otra.

Tenía el pelo negro corto e irregular alrededor de la mandíbula, ojos claros y una cadena gruesa sobre una remera oscura.

Comía frutillas de un recipiente plástico mientras una amiga hablaba sin respirar.

Teo pasó.

Miró.

Siguió.

Dos minutos después volvió por el mismo sitio sin ninguna razón particularmente buena.

La chica levantó los ojos.

Teo apartó los suyos y siguió caminando.

Cinco minutos más tarde terminó cerca otra vez.

Esta vez ella estaba sola.

Teo miró las frutillas.

La chica siguió la dirección.

—¿Querés?

Teo se detuvo.

—¿Cuánto salen?

Ella quedó inmóvil.

Después empezó a reírse.

—No sé. Las trajo alguien.

Le alcanzó el recipiente.

Teo tomó una.

—Gracias.

—¿Sos el híbrido?

—Sí.

—Se nota.

Se señaló uno de sus dientes.

Teo tocó automáticamente el colmillo que nunca terminaba de retraerse.

La chica sonrió.

—Está bueno.

Teo se quedó mirándola un segundo más de lo necesario.

—Gracias.

La amiga volvió y la conversación terminó ahí.

Teo se fue.

Esta vez miró hacia atrás.

Ella también.

◆

La última hora fue más tranquila para ellos aunque la fiesta siguiera encendida.

Lia cambió definitivamente al agua. Male tenía el pelo algo desordenado, una marca en la muñeca y otra cerca del hombro que su vestido no hacía ningún esfuerzo por esconder.

Teo había recuperado energía de una forma misteriosa y cada tanto miraba hacia la zona de la ventana donde había estado la chica de las frutillas.

—Se llama Vera —dijo de pronto.

Lia giró.

—¿Quién?

Teo señaló vagamente.

—La chica.

Male y Lia lo miraron al mismo tiempo.

Teo frunció el ceño.

—¿Qué?

Lia sonrió.

—Nada.

Teo las observó con desconfianza.

Por una vez, las dos decidieron dejarlo vivir.

◆

Cuando empezaron a juntar sus cosas, León acompañó a Male hasta la entrada. No hicieron una escena. Él le preguntó cómo se sentía y ella le mostró la muñeca; León pasó un dedo cerca de las marcas y después miró el hombro con una atención que consiguió que Male se pusiera un poco más derecha.

—Te escribo cuando llegue —dijo ella antes de que pudiera pedírselo.

León sonrió.

—Bien.

Male se acercó y le dio un beso corto, esta vez sin la sorpresa de antes. Después salió hacia el auto con una cara que Lia decidió archivar para más tarde.

Teo fue detrás buscando las llaves.

Lia todavía estaba revisando debajo de una silla cuando Galo apareció con su bolso en la mano.

—Buscabas esto.

—Sí. Gracias.

Se lo alcanzó.

Los dedos se tocaron apenas en la correa.