CAPÍTULO 12 #4
La siguiente canción terminó.
El primer acorde de Feel So Close empezó antes de que Lia pudiera reconocerlo del todo.
Un grupo en el centro gritó.
Male giró inmediatamente hacia ella.
—No me mires así —dijo Lia.
Male ya le estaba agarrando la mano.
—Vení.
La arrastró hacia el centro.
◆
Durante los primeros minutos Lia se olvidó de todo.
Male bailaba frente a ella, León apareció por un costado y Teo resistió exactamente lo necesario para que nadie pudiera acusarlo de no haber participado antes de escapar hacia una zona donde había comida.
El bajo atravesaba el piso y la gente; el vestido se pegaba un poco más a las piernas de Lia cada vez que giraba, y el pelo que había sujetado antes de salir empezaba a soltarse alrededor de la cara.
No estaba pensando en cómo se veía.
Galo sí la estaba mirando cuando ella lo encontró entre la gente.
Esta vez no la estaba evitando.
Lia levantó una ceja como si lo desafiara a hacer algo útil con esa información.
Galo sonrió y entró al grupo.
Bailaba bien.
Aquello la irritó de una manera muy poco seria.
No tenía la energía expansiva de León, que ocupaba espacio incluso cuando sólo movía un hombro. Galo parecía gastar poco y acertar igual: ritmo preciso, cuerpo relajado, una facilidad que probablemente venía de haber tenido demasiadas décadas para aprender cualquier cosa que quisiera aprender.
Lia lo miró una vez de más.
Él lo notó.
Se acercó.
Al principio fue juego.
Una mano en la cintura sólo para apartarla de alguien que venía hacia atrás. Un pequeño empujón de hombros. Lia copiando de manera exagerada un movimiento suyo y Galo devolviéndoselo peor. Ella se rio. Él también.
En algún punto dejaron de hacerse burla.
Lia no supo exactamente cuándo.
Galo levantó una mano que ella había agarrado casi sin pensar y la hizo girar. Cuando volvió, la recibió por la cintura. La distancia quedó más corta y ninguno la corrigió.
Siguieron bailando.
La mano de Galo descansaba baja, firme, sobre la cintura. Lia podía sentir la diferencia de temperatura incluso en el calor del salón. Él bajó la mirada un instante hacia su boca y volvió a sus ojos.
El corazón de Lia cambió el ritmo.
Galo lo escuchó.
Esta vez no sonrió como si hubiera ganado algo.
Eso hizo que Lia se quedara todavía más cerca.
◆
La canción siguió y después empezó otra sin que ninguno se alejara del todo.
En un momento Lia terminó de espaldas contra él, una mano de Galo sobre su cintura y la otra enlazada a la suya. Su pecho rozaba la espalda cada vez que el movimiento los acercaba.
Lia esperó el comentario.
La provocación.
Los colmillos.
No llegó nada.
Galo sólo bailó con ella.
Y Lia descubrió que aquello podía ponerla igual de nerviosa.
Tal vez más.
Esta vez no podía echarle la culpa a ningún truco vampírico. Galo bailaba demasiado cerca, con una mano en su cintura y una sonrisa genuina, sin voz de depredador ni colmillos usados como amenaza.
Lia volvió a girar.
Quedaron frente a frente.
Galo estaba sonriendo de verdad.
Ella también.
Durante un rato fue fácil.
◆
La mano de Galo subió por la espalda descubierta.
Los dedos fríos recorrieron despacio la línea donde terminaba el vestido y Lia aspiró sin querer.
Ahí apareció la mirada que conocía.
No hizo falta que bajara hacia su cuello para que ella supiera qué estaba pensando.
—Ya empezaste —murmuró Lia, acercándose para que pudiera oírla.
Galo inclinó la cabeza.
—¿Con qué?
Lia le dio una mirada que alcanzaba como respuesta.
La sonrisa de él cambió apenas.
La mano de su espalda quedó quieta.
—Si querés que pare, paro.
La frase, dicha sin juego, le quitó a Lia parte de la defensa que tenía preparada.
No se movió.
Galo se acercó un poco más.
La nariz le rozó el pelo, después la sien. Lia sintió su boca cerca de la mandíbula y el cuerpo entero recordó el árbol antes de que apareciera Barranco detrás.
Pero ahí no había herida.
Ni hambre.
Ni una razón urgente para ofrecer nada.
Sólo quería saber qué pasaría.
Galo bajó hacia el cuello.
—¿Y el vampiro pervertido? —preguntó junto a su oído.
Lia cerró los ojos apenas un instante.
—Sigue acá, parece.
Sintió la sonrisa contra la piel.
Los colmillos rozaron debajo de la oreja.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Galo llevó la boca hacia el lugar donde la marca del barranco ya casi había desaparecido.
Lia levantó un poco el mentón.
Él se detuvo.
Ella mantuvo la posición.
Entonces Galo siguió.
Lia llevó una mano a su nuca, metió los dedos entre el pelo oscuro y cerró los ojos.
Esperó la mordida.
◆
No llegó.
Pasó un segundo.
Después otro.
Galo seguía cerca, pero había dejado de avanzar.
Lia abrió los ojos.
Él se apartó con esa sonrisa pequeña y pícara que tantas veces había anunciado el final de una provocación.
Lia tardó un momento en entender por qué estaba sonriendo. Había esperado hasta que ella levantara el mentón y le metiera una mano en el pelo; recién entonces había decidido que seguía jugando.
La vergüenza le subió entera a la cara.
La sonrisa de Galo desapareció cuando vio la expresión de ella.
—Lia...
Ella sacó la mano de su nuca.
No estaba para un berrinche ni para pegarle en el pecho y convertirlo en chiste.
—Algún día te vas a cansar de hacerme quedar como una pelotuda.
Galo quedó inmóvil.
La música seguía alrededor, demasiado fuerte para el tamaño que de pronto tenía el momento.
Lia retrocedió.
Él hizo el gesto mínimo de acercarse y se detuvo antes de invadir el espacio que ella acababa de recuperar.
Galo abrió la boca como si fuera a explicar algo. Lia no quiso escucharlo en medio de la pista y volvió hacia el salón, buscando a Male entre la gente.
Galo no la siguió.
◆
Tardó unos segundos en comprender qué acababa de ocurrir.
Lia no había aguantado el juego.
Esta vez no había herida ni urgencia que explicara lo ocurrido: Lia había esperado.
La imagen volvió con una precisión cruel: el mentón levantándose, los ojos cerrados, la mano en su nuca.
Galo se movió hacia un pasillo lateral y se apoyó contra una pared. Se cubrió la mitad de la cara con una mano, más por necesidad de esconderse que por cualquier otra cosa.
El pelo cayó hacia adelante.
Debajo, las orejas empezaron a ponerse rojas.
Después los pómulos.
La primera vez que su cuerpo lo traicionaba de manera tan evidente encontró a Galo solo, con la frente casi apoyada contra la pared, intentando recuperar una dignidad que nadie le había pedido que perdiera.
Lo peor era saber por qué se había apartado.
Si la mordía, ya no confiaba demasiado en que quisiera quedarse solamente ahí.
Y se lo había explicado a Lia de la peor manera posible: haciéndole creer que se había reído de ella.
PARTE III
Lia tardó unos minutos en volver a acomodarse dentro de la fiesta.
Encontró a Male cerca de la cocina y a Teo con una bolsa de papas abierta entre ambos. Male miró su cara, entendió que algo había pasado y no preguntó delante de él. Le alcanzó un vaso de agua.
Lia tomó.
Teo le ofreció papas.
Agarró un puñado.
Aquello tuvo un efecto sorprendentemente reparador.
—¿Querés irnos? —preguntó Male un rato después.
Lia miró hacia el salón.
La música seguía, la gente también. Había esperado esa fiesta durante días. Se había arreglado porque tenía ganas. Male estaba teniendo una noche que evidentemente requeriría un informe detallado más adelante y Teo, contra toda lógica, seguía despierto.
—No —dijo—. Quiero quedarme.
Male sonrió.
—Bien.
Teo levantó una papa.
—Yo tampoco tengo sueño.
Lia lo miró.
—Nadie te preguntó.
—Avisaba.
◆
Después de medianoche la casa cambió otra vez.
La ropa estaba menos prolija, la música más fuerte y las conversaciones habían dejado de competir por parecer ordenadas. Gente que al principio permanecía en grupos ahora cruzaba habitaciones de una persona a otra con una facilidad que Lia seguía encontrando fascinante.
Fue también cuando empezó el verdadero desfile alrededor de Galo.
No ocurrió todo junto.
Una mujer de pelo oscuro se acercó por detrás y le rodeó el cuello mientras hablaba con él; otra le tocó la cadena sobre el pecho como si tuviera derecho adquirido a hacerlo. Una humana muy linda le sostuvo el brazo durante una conversación y se quedó tan cerca que casi compartían el mismo vaso.
Lia no hizo comentario alguno.
Descubrió, en cambio, que podía saber dónde estaba Galo sin mirarlo directamente. La habilidad resultó tan irritante como involuntaria.
Un rato después vio la escena que terminó de molestarla.
Una vampira rubia se acercó a Galo, le sostuvo la cara y lo besó.
Fue rapidísimo.
En la percepción de Lia, no.
La boca llegó. Tocó la de él. El pelo de Galo se movió apenas.
Y se separó.
Galo no la había sujetado ni había respondido al beso. Lia lo vio. El dato entró completo.
No sirvió demasiado.
La mujer siguió hablando como si el saludo hubiese sido exactamente eso: un saludo de una intimidad que Lia no compartía ni entendía del todo.
Más tarde, otra intentó acercarse de la misma manera.
Galo la frenó antes.
—No.
La mujer sonrió, creyendo quizá que formaba parte del juego.
—Qué serio estás.
—Te dije que no.
El tono fue tan seco que la sonrisa de ella se borró un poco.
—Bueno, Galo. Entendí.
Se alejó.
Lia, que había escuchado desde bastante cerca, levantó las cejas.
La sequedad con que la apartó le dio a Lia una bronca incómoda. Ahí estaba una versión de Galo que no dejaba espacio para adivinar qué quería ni qué no; con ella había elegido otra cosa durante semanas.
◆
En otro momento lo vio con una mujer mayor que parecía conocerlo desde hacía mucho tiempo. Ella le ofreció la mano mientras hablaban; Galo la tomó por la muñeca y le dejó un beso breve sobre la piel interna, un gesto elegante y antiguo que hizo reír a la mujer.
Más tarde todavía, cerca de una puerta al jardín, apareció Mara.
Lia no la conocía. Era humana, de pelo castaño oscuro recogido en una cola baja, ojos claros y un vestido azul profundo; se movía por la Casa con la tranquilidad de alguien que sabía exactamente dónde estaba cada cosa y no necesitaba llamar la atención para hacerse lugar.