CAPÍTULO 12 #3
Un hombre tenía a alguien contra una pared, la boca hundida en su cuello y una mano tan abajo de la espalda que Lia decidió no investigar qué hacía la otra.
Ah.
Bueno.
◆
Lo que más la desconcertaba era que el exceso no parecía desorden.
Había gente muy tomada, sí, y en una galería flotaba un olor dulce que definitivamente no era tabaco alrededor de un grupo que se reía demasiado de una planta.
También había cuerpos que se tocaban con una libertad a la que Lia no estaba acostumbrada, pero pequeñas reglas empezaban a volverse visibles cuanto más miraba.
Una chica negaba con la cabeza y el vampiro que se había acercado se retiraba sin discutir.
Alguien preguntaba algo al oído antes de bajar hacia un cuello.
Una muñeca ofrecida era tomada; otra quedaba en el aire porque el destinatario no quería.
En algunas habitaciones se cerraban puertas.
En otras, precisamente porque permanecían abiertas, lo que ocurría adentro parecía formar parte del paisaje.
Lia empezaba incluso a entender por qué en el río León había hablado del tema con tanta poca solemnidad.
Entonces algo cruzó frente a ella demasiado rápido.
No llegó a ver qué era.
Una figura. Un cambio de aire. Un cuerpo que estaba a varios metros y de pronto aparecía junto a otra persona para sostener una bandeja que se había inclinado.
Fue una tontería.
El muchacho que había evitado que las copas se cayeran se rio. Alguien le agradeció. La conversación siguió.
Lia ya no estaba viendo eso.
Durante un segundo vio oscuridad entre árboles.
Una forma que se movía donde el ojo no alcanzaba a seguirla.
El borde de una puerta abierta.
Sangre sobre el suelo.
El corazón golpeó antes de que pudiera recordarse dónde estaba.
—Lia.
No respondió.
Un chasquido sonó delante de su cara.
Levantó los ojos.
Teo estaba ahí.
No sabía de dónde había aparecido. Tenía una botella de agua en una mano y la otra todavía levantada después de haber chasqueado los dedos.
—Sosteneme esto.
Le puso la botella en la mano.
Lia la agarró por reflejo.
Teo se agachó para atarse un cordón que no necesitaba particularmente ser atado y después volvió a ponerse de pie.
—¿Me la das?
Lia miró la botella.
Después a él.
El salón regresó entero: luces, música, perfume, una pareja riéndose cerca de la escalera.
Le devolvió el agua.
—Sos un idiota.
—Mhm.
No preguntó qué había visto.
Tampoco le dijo que se calmara.
Simplemente se quedó caminando a su lado un rato, como si ambos hubieran decidido casualmente ir en la misma dirección.
Cuando un vampiro pasó rápido otra vez unos minutos después, Lia alcanzó a sentir la contracción en el estómago, pero esta vez se aferró a la voz de Teo hablando de algo completamente inútil sobre una rueda y la sensación se fue antes de crecer.
Eso también era parte de aquella noche, aunque nadie más pudiera verlo.
◆
Llegaron a la cocina porque Teo dijo que tenía hambre.
La cocina era enorme, luminosa y mucho más tranquila que los pasillos. Sobre una mesa había platos abandonados, un cuchillo, medio limón y un bol lleno de hielo que se derretía lentamente. Teo abrió una heladera y se quedó mirando el contenido como si buscara una respuesta filosófica.
Lia se apoyó en la barra.
—¿Qué?
Teo no contestó de inmediato.
Sacó una bolsa de sangre, leyó la marca, la volvió a guardar y cerró la puerta.
—Nada.
—¿Tenés hambre o no?
—Sí.
Teo la miró.
Eso llamó la atención de Lia porque normalmente no había ceremonia entre ellos. Si tenía una bolsa, usaba la bolsa. Si ella le ofrecía, aceptaba o no. Nunca la miraba de esa manera, como si estuviera por pedir un favor.
—¿Me das?
Lia parpadeó.
—¿Yo?
Teo asintió.
Era probablemente la primera vez que él se lo pedía antes de que ella ofreciera.
—Sí, obvio.
Dejó el vaso sobre la mesada y se subió a la barra. El vestido se le corrió por los muslos y tuvo que acomodarlo con una mano. Extendió el brazo.
—Vení.
Teo se acercó.
La barra era demasiado alta para que pudiera acomodarse desde un costado, así que Lia abrió las piernas y él se colocó en medio con la misma naturalidad con que habría acercado una silla. Para ellos no había nada que interpretar.
Cualquiera que entrara a la cocina sin conocerlos habría leído otra cosa.
Teo sostenía el brazo de Lia con una mano y apoyaba la otra sobre su muslo para afirmarse.
La camisa clara se abría un poco sobre el pecho al inclinarse y el cuerpo de él quedaba encajado entre sus piernas.
Lia tenía una palma apoyada atrás sobre la piedra, el vestido recogido por la posición y el pelo cayéndole por la espalda.
—¿Acá? —preguntó Teo.
Lia miró dónde había puesto los dedos.
—Un poco más abajo solés.
Teo bajó la vista.
—Quiero probar ahí.
Era apenas unos centímetros más arriba del sitio habitual, todavía sobre el antebrazo.
Lia se encogió de hombros.
—Dale.
Los colmillos entraron.
La primera molestia fue conocida y se apagó rápido. Lia relajó el brazo. Afuera la música seguía golpeando a través de las paredes; en la cocina, por un momento, sólo se oía la heladera y la respiración de ambos.
Teo bebió.
Esta vez lo hizo con algo más de fuerza de la habitual.
La mano sobre el muslo de Lia apretó un poco. La otra cerró más firme alrededor del antebrazo.
—Teo.
Él aflojó de inmediato.
—Perdón.
No levantó la cabeza. Tomó un poco menos, más despacio.
Lia no hizo preguntas. Quizá había tenido más hambre de la que dijo; quizá la casa entera olía a sangre y eso afectaba incluso a alguien tan difícil de alterar como Teo.
Fue entonces cuando Galo apareció en la entrada.
◆
Teo lo vio primero.
No se apartó. No tenía ningún motivo.
Galo se quedó en el marco de la puerta.
Desde donde estaba, Lia parecía demasiado cómoda para la imagen que formaban: sentada sobre la barra con las piernas abiertas, Teo en medio, la mano de él sobre el muslo desnudo y la boca hundida en su brazo.
Su pulso seguía tranquilo. Mucho más tranquilo que cada vez que Galo se acercaba a su cuello.
La mirada de Galo pasó por la boca de Teo sobre el brazo de Lia y bajó hasta la mano apoyada en su muslo.
Después Lia siguió la mirada de Teo y lo encontró.
El corazón le dio dos golpes rápidos, una reacción que Galo escuchó con claridad.
Lia no retiró el brazo. Teo todavía no había terminado y ella no encontró ninguna razón para apartarlo sólo porque Galo estuviera mirando.
Galo sostuvo su mirada un instante.
La cara no le dio ninguna pista.
Luego se fue.
Lia frunció apenas el ceño.
Teo terminó de beber, soltó su brazo y retiró la mano del muslo.
—¿Qué le pasa?
Teo se limpió una gota de sangre del labio con el pulgar.
—No sé.
Lia bajó de la barra.
—Útil como siempre.
Teo le alcanzó una servilleta.
—De nada.
◆
Galo no llegó muy lejos.
León lo encontró en la galería exterior unos minutos después. No hizo falta que preguntara: había visto a su primo entrar a la cocina y salir con una rigidez poco habitual.
Pasó a su lado y dejó una sola frase mientras seguía caminando:
—Ahora entendés por qué pregunté en el río.
Galo no respondió.
Pero por primera vez en toda la noche, la distancia que había elegido empezó a resultarle bastante menos cómoda.
PARTE II
Pasó un rato antes de que Galo volviera a acercarse.
Lia estaba de nuevo en el salón principal, hablando con Male y otras dos personas, cuando lo vio entrar al grupo. Esta vez no hizo un rodeo extraño ni encontró una tarea doméstica de emergencia. Se quedó, respondió algo que dijo Teo y, unos minutos después, terminó al lado de Lia.
Ella lo miró.
Galo también.
Había demasiada música para sostener una conversación ahí.
Lia señaló con la cabeza hacia la galería.
Él entendió.
Salieron.
◆
Afuera seguía habiendo gente, pero el aire estaba más fresco y el sonido llegaba amortiguado por las paredes. Lia se apoyó contra la baranda. Galo quedó frente a ella.
Ninguno parecía saber muy bien quién había convocado a quién.
Lia resolvió el problema.
—¿Me vas a esquivar toda la noche?
La pregunta salió cansada, no filosa.
Galo bajó un poco la mirada.
—Pensé que era mejor darte espacio.
—Y estaba bien.
Él levantó los ojos.
Lia se acomodó un mechón detrás de la oreja.
—El primer día. Capaz el segundo. Pero desapareciste cuatro y hoy llegué acá y sentí que me habías dejado bastante sola en una casa llena de gente que es amiga tuya.
Galo quedó quieto.
Eso sí parecía no haberlo calculado.
—No quise hacerte sentir así.
—Ya sé. Creo.
Hubo una pausa.
—Después de abajo... —Galo apoyó los antebrazos en la baranda, a cierta distancia de ella—. Cuando intenté acercarme te tensaste.
Lia recordó la sangre en su boca, su propio cuerpo reaccionando cuando él quiso volver a tocarla.
—Sí.
—Pensé que no querías verme encima otra vez como si no hubiera pasado nada.
—No quería eso.
Galo asintió, como si confirmara una teoría.
Lia siguió antes de que la conversación cerrara demasiado fácil.
—Tampoco quería que te borraras.
Él la miró.
Esa frase sí llegó.
Lia dejó caer los hombros.
—Necesitaba un poco de tiempo. Si hubiese querido que no te acercaras más, te lo decía.
Galo tardó un segundo.
—Está bien.
No intentó defender la decisión. No explicó por qué había tardado cuatro días ni convirtió la conversación en un juicio sobre quién había interpretado peor a quién.
—Perdón —dijo.
Lia lo observó.
Era raro escucharlo disculparse sin sangre alrededor.
—Bueno.
Galo sonrió apenas.
La tensión entre ambos no desapareció por completo. Se volvió manejable.
Eso alcanzaba por esa noche.
◆
Volvieron al salón juntos.
No de la mano ni pegados. Simplemente entraron por la misma puerta y, por primera vez desde que Lia había llegado, Galo no encontró una razón para desviarse hacia otro grupo.
Male levantó los ojos al verlos. Lia le hizo un gesto mínimo con la boca que significaba después y siguió caminando.
La luz había cambiado. Algunas lámparas estaban apagadas y el salón parecía más profundo, con zonas de sombra entre cuerpos y reflejos que entraban desde el jardín. El alcohol había aflojado peinados, camisas y distancias. Lia tomó agua esta vez. Galo no comentó nada.