Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

La decisión mejoró la fiesta de inmediato.

◆

Había alcohol suficiente para que la noche empezara a aflojarse sin que nadie pareciera haber abandonado por completo la capacidad de decidir. Ortega había distribuido agua, comida y vasos limpios por la casa con una eficiencia que hacía pensar que había planificado también las futuras resacas.

Lia tomó algo dulce que no supo identificar, bailó dos canciones con Male y consiguió arrastrar a Teo durante treinta segundos antes de que él volviera a una mesa como si acabara de cumplir un servicio obligatorio.

Ahí empezaron los problemas de Teo.

La primera chica se acercó mientras él comía una empanadita.

—¿Viniste con alguien?

Teo señaló vagamente hacia Lia y Male.

—Con ellas.

—¿Son tus novias?

—No.

La chica esperó.

Teo dio otro mordisco.

—¿Y tenés novia?

—No.

Ella sonrió.

—Entonces...

Teo siguió la dirección de su gesto hacia el centro del salón.

—¿Qué?

La chica lo observó durante dos segundos, como si esperara que apareciera una segunda persona detrás de sus ojos para ayudarlo.

No apareció.

—Nada.

Se fue.

Teo terminó la empanadita.

La segunda le ofreció un trago.

—Tengo —respondió él, levantando el suyo.

—Puedo traerte otro.

Teo miró el vaso, todavía por la mitad.

—Pero me queda.

La chica también se fue.

León, que había visto esa, se acercó lentamente.

—¿Vos hacés esto a propósito?

Teo levantó la vista.

—¿Qué cosa?

León lo miró unos segundos y decidió no gastar saliva.

La tercera fue más explícita.

—Sos muy lindo.

—Gracias.

—¿Querés bailar?

Teo evaluó el centro del salón.

—No mucho.

—Podemos ir afuera.

—Estoy esperando que saquen más comida.

La chica se quedó quieta.

León, a varios metros, se tapó la cara con una mano.

Finalmente una cuarta tuvo piedad de todos.

—Te estoy tirando onda.

Teo parpadeó.

—Ah.

Las tres escenas anteriores se reacomodaron dentro de su cabeza.

—Perdón —dijo—. No estoy buscando nada.

—Está bien.

—No me había dado cuenta.

—Eso noté.

La chica se fue riéndose.

Teo quedó mirando el lugar por donde había desaparecido.

—Ah —repitió, mucho más bajo.

◆

Lia se dejó llevar un rato por la gente que iba conociendo.

Terminó en una conversación sobre piercings con dos chicas de la ciudad, después escuchando una discusión absurda sobre cuál de los baños de la Casa tenía el peor espejo y, cuando quiso darse cuenta, llevaba bastante tiempo sin calcular en qué habitación estaba Galo.

Eso también le hizo bien.

◆

Male llevaba demasiado rato mirando a León.

Lo hacía con una discreción dudosa: un vistazo al vaso, otro al salón, conversación con Lia, de nuevo León. Él estaba junto a Teo y dos personas más, riéndose de algo que tenía que ver con una moto.

Lia esperó la tercera repetición.

Después le dio un empujoncito con la cadera.

—Andá.

Male se volvió.

—¿Adónde?

Lia la miró.

Male siguió sosteniendo la copa.

—No voy a caerle así.

—Male. Sos Male.

—¿Qué significa eso?

—Que te gusta hacer una entrada hasta para pedir una mesa y ahora estás acá fingiendo timidez.

Male abrió la boca.

Lia la empujó otra vez, más suave.

—Andá antes de que me dé vergüenza ajena.

—Sos insoportable.

Lia sonrió.

Male miró hacia León una vez más, se acomodó el pelo y fue.

Él la vio venir antes de que llegara. Algo se le iluminó en la cara y se corrió inmediatamente para hacerle lugar en el grupo. Teo, sin saber que estaba colaborando con nada, hizo lo mismo.

Lia comprobó que su intervención había funcionado y desapareció antes de convertirse en una madre orgullosa supervisando una primera cita que todavía no era una cita.

◆

León no necesitó inventar demasiadas razones para quedarse con Male después de que el grupo se dispersara.

Terminaron cerca de una de las puertas abiertas al patio, donde la música seguía atravesando las paredes pero permitía hablar sin gritar. Male tenía calor; el alcohol le había aflojado los hombros y le quitaba importancia a cosas que, sobria, habría pensado tres veces antes de decir.

León estaba contándole una historia cuando sus ojos se desviaron hacia una conservadora pequeña sobre un mueble.

Male siguió la mirada.

Bolsas de sangre.

—¿Tenés hambre?

—Un poco.

—¿Y por qué no tomás?

León hizo una mueca.

—Después.

Male miró nuevamente la conservadora. En el río habían hablado tanto de sangre que la propuesta salió con una naturalidad que la sorprendió después de escucharla.

—Si querés, podés tomar de mí.

León se quedó quieto.

La fiesta no se detuvo. La música siguió, alguien cruzó el patio riéndose, un vaso golpeó una mesa. Pero la soltura con que él se había movido toda la noche pareció concentrarse de golpe en algo mucho más pequeño.

—¿Estás segura?

—Sí.

León miró su muñeca y luego su cara.

—¿Tomaste mucho?

—No. Estoy bien.

Male extendió el brazo.

Él recién entonces le sostuvo la mano. Giró la muñeca con cuidado, examinando la piel interna, y preguntó:

—¿De qué lado te suelen sacar?

Male pestañeó.

—De ninguno.

León levantó los ojos.

—Nunca alimenté a un vampiro.

Lo dijo como quien aclara que nunca se hizo un tatuaje.

León soltó su muñeca.

—Perdón.

Male se quedó desconcertada.

—¿Por qué?

—Pensé que ya lo habías hecho.

—¿Y qué cambia?

Él pasó una mano por la nuca. Por primera vez desde que Male lo conocía, parecía estar eligiendo cada palabra en vez de dejarlas salir solas.

—Que habría preguntado antes. Te habría explicado.

La respuesta le tocó un lugar inesperadamente blando.

Male volvió a ofrecerle la mano.

—Entonces explicame ahora.

León miró la muñeca.

—Podemos dejarlo para otro día.

—No quiero dejarlo para otro día.

La miró.

Male sonrió apenas.

—Quiero verte tomar de mí.

Ahí sí se quedó sin respuesta un instante.

Después tomó su muñeca con las dos manos. Le explicó que iba a doler al principio, que podía sentirse un poco mareada y que no necesitaba aguantar nada para demostrarle nada. Male lo escuchó con una paciencia que se le estaba acabando.

—Dale.

León acercó la boca.

Los colmillos pincharon y Male aspiró de golpe, agarrándole el antebrazo. León se quedó completamente quieto antes de beber siquiera.

Male esperó a que el dolor se acomodara.

—Seguí —dijo, esta vez más bajo.

Entonces sintió la succión y el pulgar de León sosteniéndole la palma, la boca fría contra una zona del cuerpo que hasta ese momento no había tenido ninguna importancia. La escena duró poco. Él se apartó antes de que Male empezara a preguntarse cuándo iba a hacerlo.

—¿Ya está?

León levantó una ceja.

—Era tu primera vez.

Una gota apareció junto a una de las marcas. Él la limpió con el pulgar y se quedó sosteniendo la mano un poco más de lo necesario.

Male miró la marca.

Luego, sin pensarlo demasiado, se tocó el hombro y corrió apenas la tira del vestido.

—¿Y acá?

La atención de León bajó hacia la piel descubierta.

—También.

Male apartó el pelo hacia el otro lado.

—Probá.

Esta vez no hubo explicación.

León se acercó despacio. Una mano quedó atrás de su cuello y la otra en su cintura, no para inmovilizarla sino porque la distancia entre ambos se había reducido hasta que ya no tenía mucho sentido fingir que aquello era igual a la muñeca. Male apoyó una palma sobre su pecho.

La mordida llegó mientras todavía estaba consciente de su respiración cerca de la oreja.

Fue más suave, quizá porque León ya sabía cuánto presionar, quizá porque ella sabía qué esperaba.

Cuando empezó a beber, Male sintió que el cuerpo respondía por su cuenta: los dedos se le cerraron sobre la camisa de él y la cabeza se inclinó un poco más, ofreciéndole espacio.

León tomó apenas unos tragos.

Al apartarse no se alejó.

Male abrió los ojos y encontró los colmillos todavía visibles, su mano detrás del cuello, la otra firme sobre su cintura.

—¿Todo bien? —preguntó él.

Male asintió.

No hizo falta que nadie los interrumpiera. Permanecieron unos segundos así, demasiado cerca para volver inmediatamente a una conversación normal y demasiado conscientes para fingir que no había pasado nada.

León fue el primero en sonreír.

Male también.

El resto de la fiesta podía esperar un rato.

◆

Para entonces Lia ya se había internado bastante más en la Casa.

Y recién ahí entendió que lo de la entrada había sido la versión apta para visitantes.

Lia atravesó un pasillo donde dos personas se besaban contra la pared.

Nada extraordinario. En el salón siguiente, una vampira estaba sentada sobre una mesada con las piernas a ambos lados de una mujer que seguía sosteniendo una copa.

Se besaron, la vampira le apartó una cadena del cuello y bajó la boca.

Un hombre a su lado le sostuvo el pelo a la mujer para dejarle la piel libre y siguió contando una historia como si la escena no mereciera una pausa.

Lia disminuyó el paso.

En el río todo había sonado sorprendentemente ordenado. Alimentación. Sexo. Parejas. Donantes. Contratos. Personas que mezclaban algunas cosas y otras que las mantenían separadas.

Desde una toalla al sol se podía explicar casi cualquier cultura con palabras prolijas.

La práctica tenía bastante más muslo.

Un chico estaba recostado en un sillón con una vampira sentada entre sus piernas, de costado, bebiendo de la cara interna de uno de sus muslos. Detrás del respaldo, otra persona le besaba el cuello. Nadie alrededor parecía particularmente interesado en decidir a quién pertenecía quién.

Lia miró un segundo de más.

La vampira levantó los ojos.

Lia siguió caminando.

Un poco más adelante, una mujer de vestido verde estaba apoyada contra una columna mientras alguien bebía de su pierna con la falda levantada bastante por encima de la rodilla.

Ella sostenía una copa y discutía con otra persona sobre la música.

Cuando alguien pasó y le preguntó si estaba bien, levantó el pulgar sin interrumpir la discusión.

Lia tuvo que taparse la boca con el vaso para que no se le notara la risa.

No se reía de ellos. Su cerebro sencillamente estaba llegando al límite de cosas que podía procesar con naturalidad en una misma noche.

Capaz no era para tanto.

Cruzó otra puerta.