CAPÍTULO 12
GRANDES AVANCES
PARTE I
Male dijo que quizá habían exagerado lo del río cuando todavía tenía un solo ojo delineado.
Lia estaba frente al espejo, con el pelo separado en dos mechones y tres horquillas entre los labios, tratando de decidir cuánto quería recoger y cuánto quería dejar suelto. La miró por el reflejo.
—¿Exagerado qué?
Male hizo una pausa demasiado larga con el pincel suspendido cerca del párpado.
—Todo ese asunto de que viven de joda, se muerden entre todos, nadie sabe quién sale con quién...
—Eso último lo dijo León sobre su propia vida.
—Bueno, León no es una muestra estadísticamente seria.
Lia sonrió alrededor de las horquillas. Habían hablado bastante menos del tema de lo que cualquiera habría supuesto después de verles las caras en el río.
Male había hecho un comentario en el viaje de vuelta; Lia otro al día siguiente.
Después ambas habían tenido la prudencia de refugiarse en cosas más simples: ropa, trabajo, Teo comprando productos vencidos, Roberto aprendiendo a abrir una puerta que nadie quería que aprendiera a abrir.
Male terminó el segundo ojo y se inclinó hacia el espejo.
—Capaz llegamos y es una fiesta normal.
—Seguro.
Las dos se miraron por el reflejo.
Ninguna parecía convencida.
Lia soltó el pelo. Había elegido un vestido corto de satén oscuro, entre ciruela y vino según la luz, con el escote recto sostenido por tiras finas y la espalda abierta casi hasta la cintura.
Al caminar, una abertura pequeña en un costado dejaba ver más pierna de la que mostraba quieta.
Se lo había probado con otros dos y había vuelto a ése porque le gustaba cómo le quedaban la cintura y las piernas.
No había necesidad de fingir que la decisión había sido accidental.
Male llevaba negro: ajustado, espalda completamente descubierta y un aro dorado uniendo las tiras por detrás. Cuando se puso de pie para buscar sus zapatos, Lia la siguió con la mirada.
—Vos tampoco estás muy comprometida con la hipótesis de la fiesta normal.
Male se miró de costado.
—Yo me visto así para ir a comprar pan.
—Sí, claro.
No siguieron con el tema. Galo y León probablemente estaban en su casa acomodando hielo mientras ellas seguían decidiendo si el vestido negro necesitaba otros aros.
◆
Teo las esperaba afuera.
Lia tardó un segundo en reconocerlo como la misma persona que dos semanas antes había comprado un short con flamencos porque estaba en oferta.
Seguía teniendo el pelo rubio ceniza desordenado, casi blanco bajo las luces de la entrada, los ojos verde grisáceos medio dormidos y el colmillo derecho apenas visible.
La expresión somnolienta tampoco había cambiado.
Pero llevaba pantalón negro, camisa clara con las mangas remangadas y dos botones abiertos arriba, y la tela le marcaba los hombros de una manera que la ropa del taller solía ocultar.
Male se quedó mirándolo.
Teo miró primero a una y después a la otra.
—¿Qué?
Lia se acercó y le acomodó el cuello de la camisa, que se había doblado hacia adentro.
—Nada. Te felicito.
—¿Por?
—Viniste vestido.
Teo bajó la vista hacia sí mismo como si recién lo comprobara.
—Era esto o una remera.
Male respiró hondo por la nariz y empezó a caminar.
—No le arruinemos el logro.
◆
La Casa del Precipicio aparecía entre los árboles mucho antes de que terminaran de llegar.
La obra seguía ahí. Una ventana lateral continuaba protegida con madera, había materiales apilados bajo una galería y la pileta conservaba ese color que Ortega se negaba a llamar verde porque, según León, ya había empezado a llamarlo «problema químico».
De noche, sin embargo, la casa parecía otra.
Las ventanas estaban encendidas, había guirnaldas de luces en parte del jardín y una fila de autos ocupaba el camino hasta bastante antes de la entrada.
—León dijo algo chico —murmuró Lia.
Teo miró los autos.
—Capaz es chico.
—Para una boda.
Apenas cruzaron la puerta, la música les cayó encima.
Los bajos se sentían en el pecho y subían desde el piso de madera; alguna vibración vieja respondía en los vidrios cada vez que la canción golpeaba más fuerte.
Habían corrido muebles contra las paredes del salón principal y abierto casi todas las puertas, de modo que desde la entrada se veía un panorama de la casa que Lia nunca había tenido: gente en la escalera, grupos sentados en los brazos de los sillones, luces cálidas en las galerías, vasos alzándose por encima de cabezas y, al fondo, las puertas abiertas al jardín y la pileta sospechosa.
Humanos y vampiros se mezclaban sin que a primera vista hubiera demasiado que distinguir salvo algún colmillo demasiado largo o una piel que la iluminación volvía todavía más pálida. Después los ojos empezaban a acomodarse.
Una chica estaba sentada sobre el respaldo de un sofá con las piernas alrededor de otra.
Cerca de la escalera, un vampiro bebía de una muñeca mientras seguía participando de una conversación.
Alguien besaba a un chico contra una pared y le sostenía el pelo apartado del cuello con una mano que parecía tener planes para después.
Lia giró apenas la cabeza.
Male ya la estaba mirando.
Se acercó para que pudiera escucharla por encima de la música.
—Al final eran promiscuos.
Lia volvió los ojos hacia el salón.
Una vampira pasó frente a ellas con una copa en una mano y la otra metida en el bolsillo trasero del pantalón de una mujer que caminaba delante. Antes de perderse entre la gente, se inclinó y le dejó una mordida suave sobre el hombro. La mujer siguió hablando como si nada.
—Un poquito —dijo Lia.
Male la miró.
Lia aguantó la cara seria dos segundos y las dos se rieron.
Eso ayudó.
Por lo menos hasta que apareció León.
Llevaba pantalones oscuros y una camisa negra abierta arriba, con dos cadenas finas que desaparecían bajo la tela. Había hecho algo con el pelo, aunque la humedad ya empezaba a desarmárselo. Saludó a Teo con un golpe de mano y abrió los brazos hacia ellas.
—Llegaron.
—Difícil no darse cuenta —dijo Male, mirando el salón—. Hay una provincia acá adentro.
León estaba por contestar cuando una voz lo llamó desde un costado.
—¡León!
Él alcanzó a girar.
Una vampira morocha se le colgó del cuello, le dio un beso en la boca con la naturalidad de quien saluda a alguien que conoce hace años y siguió hablando sin soltarlo, preguntándole cuándo había vuelto y por qué no le había avisado.
El beso había sido breve. Lo bastante completo, sin embargo, para que Male parpadeara una vez.
Lia la miró de costado.
Male mantuvo la vista al frente.
La vampira se despidió apretándole una mejilla a León y volvió a mezclarse con la gente.
León regresó hacia ellos como si los últimos veinte segundos no necesitaran explicación.
Lia mordió el interior de la mejilla para no reírse.
La evidencia empírica había tardado menos de un minuto.
◆
Galo estaba al otro lado del salón.
Lia lo encontró casi sin buscarlo, quizá porque ya había aprendido demasiado bien la forma de su cuerpo entre otra gente.
Esa noche llevaba una camisa oscura de cuello abierto y un pantalón negro.
El pelo, suelto por primera vez en varios días, le caía sobre la frente cada vez que inclinaba la cabeza para escuchar a la mujer con la que hablaba.
Estaba hablando con una mujer alta de pelo cobrizo y un hombre que Lia no conocía cuando miró hacia la entrada.
La vio.
La mujer siguió hablando.
Galo perdió durante una fracción de segundo la expresión que tenía. No hizo nada evidente; apenas quedó inmóvil, como si una parte mínima del mecanismo hubiera dejado de responder y enseguida volviera a funcionar. Lia llegó a notar el corte, aunque no supo qué hacer con él.
León sí supo.
Pasó junto a su primo unos minutos después y, sin detenerse, dijo lo bastante bajo para que sólo él lo oyera:
—Cuatro días escondiéndote para quedar así cuando entra.
Galo lo siguió con la mirada.
León ya estaba ofreciéndole una bebida a Teo.
◆
Lia tardó menos de media hora en entender que Galo la estaba esquivando.
Al principio le concedió todas las explicaciones disponibles.
Era su casa. Conocía a mucha gente. Ortega lo detenía para preguntarle cosas de la cocina y de los autos; León le entregaba problemas sin ningún respeto por la jerarquía familiar; alguien necesitaba hielo, otra persona quería saber dónde podía dejar una campera, dos tipos lo atraparon en una conversación junto a las ventanas.
Cuando por fin quedaron suficientemente cerca, Galo frenó.
—Hola.
—Hola.
Lia había esperado ese momento más de lo que pensaba admitir. La última vez que lo había tenido enfrente estaban cubiertos de tierra, él tenía sangre en la boca y ninguno sabía muy bien dónde poner el cuerpo después de lo ocurrido. Ahora había perfume, música y una camisa limpia entre ambos.
Galo sostuvo su mirada un instante.
Luego una mano apareció sobre su hombro desde atrás y alguien le dijo algo al oído. Lia nunca supo si realmente necesitaban a Galo o si él aprovechó la oportunidad.
—Después te veo.
Se fue.
El después tardó.
Lia lo encontró más tarde junto a otras personas; después en la galería; después hablando con Teo sobre algo que tenía que ver con una moto. En una conversación grupal quedaron casi al lado y Galo, a los pocos segundos, terminó del otro lado del salón con una botella que nadie le había pedido.
A la cuarta coincidencia dejó de inventarle razones.
Se sintió bastante boluda.
Los cuatro días posteriores al barranco podía entenderlos. Él había perdido el control; ella se había tensado cuando intentó acercarse; probablemente Galo había interpretado eso como un límite. La interpretación podía ser imperfecta y aun así tener sentido.
En la Casa, rodeada casi por completo de gente del mundo de Galo, la distancia se sentía distinta: uno de los dos anfitriones que conocía parecía capaz de recibir a cualquiera menos a ella.
No sabía qué carajo le había pasado por la cabeza durante esos cuatro días. Tampoco podía adivinarlo mientras él se dedicara a desaparecer cada vez que ella se acercaba.
Así que dejó de acercarse.