CAPÍTULO 11 #2
No dolía demasiado.
Durante varios segundos se miró en el espejo.
Aquella parte le resultaba extraña. El moretón estaba desapareciendo y su cabeza seguía sintiendo con una precisión obscena lo que la piel ya empezaba a borrar.
La mano de Galo en la cintura.
La presión de la boca.
La forma en que había tragado.
El sonido que hizo.
Y después aquella otra versión de su cara cuando comprendió que no había parado a tiempo.
Lia dejó caer el pelo.
Agarró perfume.
Se puso un poco en las muñecas.
Dudó.
Después también detrás de las orejas.
El gesto la hizo quedarse inmóvil con el frasco en la mano.
—Dios.
Lo dejó sobre la mesa.
Galo tampoco apareció ese día.
A esa altura Lia ya estaba enojada.
No especialmente con él.
Con la situación.
Con haber empezado a reconocer el sonido de la campanita como una posibilidad.
Con levantar los ojos.
Con que una parte de la tarde se hubiera acostumbrado tan rápido a alguien que, semanas antes, no existía.
Había vivido perfectamente toda su vida sin Galo parado al lado de la caja, invadiéndole el espacio y comprando cantidades absurdamente pequeñas de productos.
Podía continuar.
Obviamente.
A las siete menos diez entró León.
Lia estaba atendiendo y le hizo un saludo con la mano.
Él recorrió el almacén, agarró hielo, dos gaseosas, bolsas de carbón y una cantidad de snacks que parecía incompatible con cualquier actividad sobria.
Cuando llegó a la caja, Lia pasó los productos.
—¿Fiesta?
—Sábado.
Lia levantó los ojos.
León sonrió.
—Grandes avances.
Lia miró las bolsas.
Después recordó la fotografía de la pared a medio pintar.
—Claro.
—Quedan pocas cosas.
—¿Como qué?
León pensó.
Lia siguió pasando productos.
—Paredes.
Bip.
—Puertas.
Bip.
—La pileta.
Bip.
—Algunas ventanas.
Lia frenó.
León añadió:
—Detalles.
Ella empezó a reírse.
—¿Y la rana?
—Invitada.
Lia embolsó el carbón.
León apoyó los brazos sobre el mostrador.
—Vengan todos. Male ya dijo que sí. Teo también.
Lia asintió.
—Dale.
Continuó cobrando.
No preguntó si Galo iba a estar.
No tenía sentido.
Era su casa.
León pagó.
Guardó el vuelto.
Antes de irse se quedó unos segundos más frente al mostrador, como si hubiera recordado algo.
Lia esperó.
—Está bien.
Ella supo inmediatamente de quién hablaba.
No movió la cara.
—Ya sé.
León asintió.
Eso podría haber terminado ahí.
Pero agregó:
—Está siendo un pelotudo.
Lia levantó una ceja.
León tomó las bolsas.
—Eso también está bien.
Ella sonrió apenas.
—¿Le dijiste?
—No.
León empezó a caminar hacia la puerta.
—Todavía.
Lia soltó una risa.
La campanita sonó cuando salió.
Lia siguió mirando la calle unos segundos.
El sábado iba a verlo.
La idea apareció sin ninguna resistencia.
Y recién entonces entendió que llevaba cuatro días contando.
11.5 Dos talles 256
Lia había ido al centro por medias.
Salió del primer local con un pantalón en la mano.
Todavía no lo había comprado.
Eso era importante.
Lo había visto desde afuera, le había gustado y había decidido probárselo porque mirar no costaba nada.
Pidió su talle.
Entró al probador.
El pantalón llegó hasta la mitad de los muslos.
Lia se quedó mirándose en el espejo.
Intentó otra vez.
Nada.
Abrió la cortina.
—¿Me das uno más?
La vendedora se lo alcanzó.
Lia volvió adentro.
El siguiente le pasó perfectamente por las piernas.
También por la cintura.
Y siguió.
Quedó tan grande que podía meter ambas manos entre la tela y el abdomen.
Lia volvió a mirarse.
Se sacó el pantalón.
Revisó la etiqueta.
Volvió a mirar la del primero.
Dos talles consecutivos.
Abrió la cortina.
—Perdón.
Desde el probador de al lado salió una mujer con exactamente la misma expresión.
—¿A vos también?
Lia levantó ambos pantalones.
—Uno no me sube y el otro me permite esconder una familia.
La mujer señaló el que llevaba puesto.
—Yo tengo éste en mi casa dos talles más chico.
Desde adentro de otro probador apareció una voz.
—¡YO TAMBIÉN!
Las tres se quedaron calladas.
La vendedora, que evidentemente había vivido aquella situación varias veces, suspiró.
—Esta marca viene rara.
Lia miró las etiquetas.
—¿Entonces para qué le ponen números?
La mujer de al lado levantó una mano.
—Gracias.
La tercera abrió la cortina.
En menos de cinco minutos había una pequeña asamblea frente al espejo.
Compararon dos marcas, cuatro pantalones y una pollera cuya tabla de talles parecía haber sido inventada por alguien que jamás había visto una cadera humana.
La discusión terminó cuando una señora mayor salió del último probador y anunció:
—Yo compro el que me queda bien y después le corto la etiqueta.
Silencio.
Lia la miró.
La señora acomodó la cartera sobre el hombro.
—A esta altura no voy a discutir con un numerito cosido por un desconocido.
Se fue hacia la caja.
Lia observó a las otras dos.
—Reina.
Quince minutos después salió del local.
No compró el pantalón.
Tampoco las medias.
Compró dos pares de aros, un broche enorme para el pelo y un esmalte color ciruela.
Se acordó de las medias cuando ya estaba a tres cuadras.
Siguió caminando.
Podían esperar.
11.8 El globo 259
El globo estaba atascado en un árbol.
Lia no habría hecho nada si el nene que lo miraba desde abajo no hubiese tenido la cara completamente destruida.
Era un dinosaurio verde inflado con helio.
Una rama lo sostenía por la cinta.
La madre intentó saltar.
No llegó.
Lia estaba pasando con un café en la mano.
Se detuvo.
—Esperá.
Le alcanzó el café a la madre sin explicaciones y saltó.
Tampoco llegó.
Un hombre que atendía el kiosco de la esquina apareció con una escoba.
La escoba tampoco llegó.
Una señora sugirió golpear la rama.
El kiosquero dijo que eso estaba haciendo.
La señora aclaró que lo estaba haciendo mal.
Cinco minutos después participaban seis personas.
Un repartidor sostuvo la escoba.
Lia se subió al borde de una jardinera.
La madre seguía sosteniendo su café.
Una adolescente grababa desde la vereda.
—Un poquito más a la izquierda —dijo Lia.
—¿Mi izquierda o la tuya?
—¡La del dinosaurio!
Nadie supo qué significaba.
El repartidor golpeó la rama.
El globo bajó.
Subió.
Se enganchó peor.
Toda la vereda hizo un sonido de decepción.
La señora tomó el mando.
—Dame eso.
Le quitó la escoba.
Dos intentos después, la cinta se soltó.
Lia la agarró antes de que el dinosaurio volviera al cielo.
—¡SÍ!
El kiosquero levantó los brazos.
El repartidor aplaudió.
La señora devolvió la escoba como una campeona olímpica que acababa de completar su disciplina.
Lia giró hacia el nene.
No estaba.
Miró alrededor.
Tampoco la madre.
La adolescente bajó el teléfono.
—Se fueron hace un rato.
Lia se quedó con el dinosaurio en una mano.
—¿Cómo que se fueron?
El kiosquero señaló hacia la esquina.
—La madre le compró otro.
Silencio.
Lia miró el dinosaurio.
El dinosaurio la miró con una sonrisa impresa demasiado feliz.
La señora le dio una palmadita en el hombro.
—Bueno. Ahora es tuyo.
Y se fue.
Diez minutos después Lia caminaba por el centro con un café nuevo y un dinosaurio verde flotándole sobre la cabeza.
No había comprado nada de lo que había salido a buscar.
Pero tres nenes la habían saludado.
Uno al dinosaurio.
El dinosaurio parecía estar teniendo una tarde excelente.