CAPÍTULO 11
La espútula
Al día siguiente, Lia se despertó con el cuello dolorido.
No fue lo primero que sintió.
Primero estaba Roberto, rascando la puerta del patio con una insistencia que su abuelo había decidido interpretar como una extraordinaria capacidad para comunicar necesidades.
Después el hombro, que protestó apenas intentó darse vuelta.
Después la rodilla, el tobillo hinchado y una molestia difusa en el costado que había quedado mucho más clara durante la noche, cuando la adrenalina de la caída terminó de irse.
El cuello apareció cuando se sentó en la cama y el pelo rozó la mordida.
Lia se quedó quieta.
Se llevó los dedos ahí.
Dos pequeñas heridas.
La zona alrededor estaba sensible y había empezado a formarse un moretón irregular que, según su madre cuando la vio llegar la noche anterior, necesitaba «algo frío, pero no hielo directo, porque te vas a quemar».
Afortunadamente, entre la caída, los raspones, la ropa sucia y la historia completamente verdadera de que Galo había terminado herido protegiéndola, nadie había prestado demasiada atención a dos marcas debajo del pelo.
Teo sí.
No había preguntado nada delante de los demás.
Durante el regreso tampoco dijo una palabra sobre el tema.
Roberto volvió a rascar.
—Ya voy.
Lia se levantó.
Frente al espejo del baño se apartó el pelo.
La marca parecía menos impresionante de lo que se sentía.
Se quedó observándola unos segundos.
La memoria apareció sola: la boca de Galo contra la piel, la primera presión de los colmillos, su mano cerrándose alrededor de la cintura, el cuerpo de Lia acercándose al suyo sin que nadie se lo hubiera pedido.
Después:
Ya está.
Y nada.
Galo, pará.
Lia soltó el pelo.
La marca desapareció.
Se lavó la cara.
Roberto seguía esperando.
Había cosas que hacer.
El almacén estaba particularmente tranquilo esa tarde.
Don Silvio había recibido mercadería temprano y buena parte del trabajo consistió en reponer cosas, revisar vencimientos y decidir dónde colocar una promoción de galletitas que ocupaba mucho más espacio del que merecía.
Lia trabajó normalmente.
Atendió.
Cobró.
Le explicó a una señora por qué el precio de la góndola no coincidía con el de otro tamaño del mismo producto. Subió una historia de los chocolates nuevos. Encontró una lata abollada detrás de otras seis y la dejó aparte.
A las cinco y veinte sonó la campanita.
Levantó la cabeza.
Era un hombre que compraba cigarrillos.
Lia lo atendió.
A las cinco y cuarenta entró una chica con una nena.
Después un repartidor.
Después nadie durante casi quince minutos.
Lia acomodó unos paquetes debajo de la caja.
No pensó en Galo.
Más tarde Don Silvio le pidió que buscara cinta en el depósito y, mientras caminaba hacia allí, Lia pasó junto al lugar donde habían caído las cajas unos días antes.
Se acordó de él levantándola del piso.
Siguió caminando.
Eso tampoco era pensar en Galo.
Era memoria espacial.
Completamente distinto.
Male llegó cerca de las seis.
Había visto a Lia desde la vidriera y entró con una bebida fría en cada mano.
—Te traje.
Lia agarró una.
—Te amo.
—Ya sé.
Male se apoyó contra el mostrador mientras Lia abría la botella.
La inspeccionó.
No de manera dramática.
Ojos, hombros, brazos.
Después el cuello.
Lia tomó.
Male siguió mirando.
Lia siguió el recorrido de sus ojos hasta el cuello.
Lia cerró los ojos.
Habían empezado todos con esa mierda.
Male esperó hasta que no hubiera clientes cerca.
—¿Te mordió?
Lia siguió mirando la etiqueta de la bebida.
—Necesitaba sangre.
—Eso no responde.
Lia levantó finalmente los ojos.
Male tenía la expresión seria.
No acusatoria.
Seria.
—Sí.
Hubo un silencio.
—¿Estás bien?
Lia asintió.
Ésa era la respuesta sencilla.
Male no insistió inmediatamente, así que Lia agradeció internamente haber elegido bien a su mejor amiga.
Se quedó dando vueltas a la tapa de la botella entre los dedos antes de agregar:
—Se pasó un poco.
La cara de Male cambió.
—¿Cómo que se pasó?
—Le dije que parara y tardó.
Lia vio cómo la información entraba.
—¿Cuánto?
—Nada. Un segundo. Capaz menos.
Male se quedó callada.
Lia también.
No quería achicarlo.
Tampoco quería convertirlo en otra cosa.
—Después frenó —dijo—. Se puso peor él que yo.
Male observó su cara durante unos segundos.
—¿Y vos?
Lia movió un hombro.
La pregunta era demasiado grande para una tarde entre detergentes y promociones de galletitas.
—Todavía no sé.
Male aceptó eso.
Después miró otra vez hacia la marca escondida.
—¿Te dolió?
Lia pensó.
La parte incómoda fue que tuvo que distinguir momentos.
—Al principio.
Male siguió esperando.
Lia desenroscó y volvió a enroscar la tapa.
—Después no.
No dijo más.
La cara de Male adquirió una comprensión lentamente peligrosa.
Lia señaló hacia ella con la botella.
—No.
Male apretó los labios para no sonreír.
—Ni una cara.
Male apretó los labios.
Lia la conocía.
—Male.
—Estoy siendo excelente.
—Estás pensando fuerte.
—No se puede prohibir.
Entró una clienta.
La conversación murió ahí.
Lia agradeció muchísimo a aquella mujer durante aproximadamente cuatro minutos.
Galo no apareció.
Eso estuvo bien.
En realidad, si hubiese aparecido al día siguiente como si nada, Lia probablemente habría querido meterlo de cabeza dentro de la heladera de los lácteos.
Necesitaba un poco de espacio.
Él también, evidentemente.
Aquella noche el grupo estuvo activo.
León mandó una fotografía de una raspadura que tenía en un brazo después de bajar parte de la barranca durante el rescate.
León: sobreviví
Male respondió:
Male: impresionante, héroe nacional
Teo:
Teo: te la hiciste con una rama
León:
León: una rama del barranco
Galo no escribió.
Lia miró su nombre entre los integrantes del grupo.
No tenía por qué escribir.
Más tarde León mandó otra foto.
La pileta de la Casa del Precipicio.
El agua seguía verde.
Una de las ranas estaba sentada sobre el borde.
León: avances**
Galo reaccionó con 👎.
Lia vio la reacción.
Así que estaba vivo.
Bien.
Bloqueó el teléfono.
El segundo día tampoco apareció.
Lia lo notó menos.
Eso se dijo a sí misma.
La tarde había sido bastante movida y durante una hora prácticamente no levantó la cabeza de la caja. Después tuvo que ayudar a Don Silvio con un proveedor, cambiar un cartel de precios y responder mensajes de Instagram.
Cuando finalmente tuvo un rato vacío, se apoyó en el mostrador.
Miró la calle.
Había una bicicleta apoyada contra un árbol.
Una señora cruzó con dos bolsas.
Un chico pasó corriendo.
Nada.
Lia agarró el teléfono.
El grupo tenía mensajes.
León estaba intentando organizar algo para el sábado.
No quedaba claro qué.
León: tenemos que festejar
Male: qué
León: los avances
Male: qué avances
León envió una foto de un ambiente de la Casa.
Seguía lleno de cajas.
Había una escalera en medio.
Una pared tenía solamente media mano de pintura.
Teo: avanzó la escalera
León: gracias teo
Lia sonrió.
Galo no había respondido.
Guardó el teléfono.
Unos minutos después entró un cliente y la tarde continuó.
Esa noche Teo fue a su casa.
No por Galo.
Había ido a devolver una herramienta que el abuelo le había prestado y terminó sentado en el patio con Lia mientras Roberto intentaba conseguir una parte del pan que él estaba comiendo.
El perro ya había aprendido que Teo constituía un blanco especialmente prometedor porque tardaba demasiado en reaccionar.
Roberto apoyó el hocico sobre su muslo.
Teo siguió comiendo.
El perro elevó lentamente la cabeza.
Teo miró hacia abajo.
—No.
Roberto mantuvo los ojos.
Teo arrancó una parte microscópica del pan.
Lia lo vio.
—No le des.
Teo frenó con el pedacito en el aire.
Roberto miró a Lia.
Después a Teo.
Después al pan.
Teo se lo comió él mismo.
El perro pareció devastado.
Lia sonrió y siguió mirando el teléfono.
Un rato después Teo habló.
—¿Galo está bien?
La pregunta llegó sin preparación.
Lia levantó la cabeza.
—Sí.
—Ah.
Teo siguió con el pan.
Lia esperó algo más.
Nada.
—¿Por qué?
Teo se encogió de hombros.
—León dijo que casi no salió.
Lia dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿León te dijo eso?
—Hablamos hoy.
Claro.
Teo y León ya hablaban por la moto.
No todo giraba alrededor de ella.
Lia agarró el vaso.
—Debe estar recuperándose.
Teo asintió.
Eso tenía sentido.
El silencio se instaló otra vez.
Roberto volvió a apoyar la cabeza sobre él.
Lia estuvo a punto de preguntar algo.
No lo hizo.
Teo tampoco.
Cinco minutos después estaban hablando de otra cosa.
El tercer día fue el peor por aburrido.
No sucedió nada.
A las cinco y media, Lia estaba colocando precios cuando sonó la puerta.
Levantó la cabeza inmediatamente.
Demasiado rápido.
Era Male.
Lia volvió a la etiqueta.
Male entró.
No comentó nada.
A las seis menos cuarto volvió a sonar.
Lia levantó la cabeza.
Una pareja.
A las seis y diez.
Una mujer mayor.
A las seis y veinte, Don Silvio abrió la puerta del depósito desde adentro y la campanita se movió ligeramente.
Lia levantó los ojos otra vez.
Se quedó mirando la puerta.
Don Silvio salió cargando un paquete.
Don Silvio la miró.
Él siguió.
Lia puso el precio con un poco más de fuerza.
Era ridículo.
Galo no trabajaba ahí.
No tenía horario.
Tampoco había prometido venir.
Había pasado tres días.
Tres.
Después de haber estado herido.
Después de haber perdido el control con ella.
Después de que Lia se tensara cuando intentó acercarse.
Probablemente estaba haciendo exactamente lo correcto.
El problema era que Lia empezaba a descubrir que lo correcto podía ser bastante molesto .
Más tarde, mientras buscaba algo en uno de los cajones, se acordó sin motivo de aquella lista de Ortega que Galo había intentado descifrar en el almacén.
Espútula.
La palabra apareció en su cabeza con la voz de él.
Lia se quedó quieta con el cajón abierto.
¿Estos días la Casa no necesitaría una espútula?
Se le escapó una risa pequeña.
Don Silvio levantó la cabeza.
Lia volvió enseguida a la etiqueta, fingiendo concentración.
Lia cerró el cajón.
El cuarto día la mordida ya casi no se veía.
Lia se dio cuenta mientras se arreglaba para salir al almacén.
Apartó el pelo.
Quedaban dos marcas pequeñas y un tono amarillento alrededor del moretón.
Las tocó.