Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 10 #4
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CAPÍTULO 10 #4

Fue la primera vez que Lia lo escuchó decirlo sin humor alrededor.

Ella respiró.

Una vez.

Otra.

—Paraste.

Galo negó.

—Tarde.

—Un segundo.

—Tarde.

Lia no supo qué responder.

Galo se pasó una mano por la boca y miró la sangre que quedó en los dedos como si le produjera rechazo.

Después se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Te dije que podía pasar.

Lia levantó la mirada.

—No me estás echando la culpa.

Él la miró inmediatamente.

—No.

La respuesta salió tan rápida que cualquier otra interpretación quedó destruida.

—No.

Otra vez.

Más bajo.

Lia asintió.

Eso necesitaba escucharlo.

Se sentaron separados.

No demasiado.

Suficiente.

La sangre hizo efecto rápido.

Demasiado rápido como para que Lia pudiera fingir que no había sido necesaria.

La respiración de Galo se estabilizó. El color de los ojos empezó a normalizarse y, cuando revisó la herida del costado un rato después, los bordes ya estaban cerrando de una manera mucho más evidente.

Lia observó desde donde estaba.

—Qué asco.

Galo levantó la vista.

Ella señaló la herida.

—Eso.

Una pausa.

La boca de él hizo el principio de algo parecido a una sonrisa.

No llegó.

Pero Lia lo vio.

Y, extrañamente, ayudó.

Se apoyó contra la pared de roca.

Tenía la cabeza un poco liviana, aunque no estaba mareada. Galo le alcanzó el agua sin acercarse más de lo necesario.

Lia bebió.

Después le pasó la botella.

Él negó.

—Tomá vos.

—Acabás de tomar medio litro de mí.

La expresión de Galo se contrajo.

Lia se dio cuenta tarde.

—Fue un chiste.

—Malísimo.

—Estoy traumada.

Galo la miró.

Lia abrió un poco los ojos.

—También era un chiste.

Él cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la piedra.

Esta vez sí se le escapó una risa breve.

Lia sonrió apenas.

Galo miró la venda improvisada de su muslo. La mancha ya no crecía, pero estiró una mano y comprobó el nudo con un cuidado que contrastaba con el estado de sus propios nudillos. Después miró el tobillo.

—¿Te duele?

—Menos si no lo apoyo.

La mandíbula de Galo se endureció apenas. No dijo nada sobre la caída ni sobre el brazo que había puesto alrededor de ella antes de golpear contra las piedras. Volvió a mirar la pierna, como si estuviera repasando una cuenta que no le cerraba.

Un rato después Galo volvió a ponerse de pie. Esta vez no tuvo que apoyarse en la roca.

Giró el torso con cautela, probó el costado y respiró hondo. La herida seguía allí, cerrada a medias y bastante fea, pero el movimiento ya no le borraba el color de la cara.

—Podemos salir por abajo —dijo.

Durante la caída habían terminado sobre una terraza que continuaba unos metros hacia el norte. Galo había visto una pendiente menos abrupta detrás de los árboles; con la fuerza recuperada podían usarla para volver al sendero más abajo del derrumbe.

Lia se levantó. El tobillo derecho le recordó inmediatamente que tenía otra opinión. Apoyó, sintió la punzada subirle por la pierna y tuvo que agarrarse del brazo de Galo.

Él la sostuvo antes de que perdiera el equilibrio. Miró el pie y después se dio vuelta, agachándose frente a ella.

—Subí.

Lia parpadeó.

—Puedo caminar.

Galo siguió agachado.

Ella probó apoyar otra vez y la punzada fue suficiente para cerrar la discusión. Pasó los brazos alrededor de sus hombros y se acomodó sobre su espalda.

Galo se incorporó con una facilidad que, después de verlo apenas capaz de respirar una hora antes, resultó casi absurda.

Sus manos quedaron firmes debajo de los muslos de Lia, evitando la venda de uno de ellos.

Ella tuvo que apretar las piernas alrededor de su cintura y apoyar la mejilla cerca de su nuca para no balancearse cuando empezó a caminar.

No llevaba remera. La espalda estaba fría contra el calor de Lia, ancha y lisa salvo por los raspones nuevos. Cada movimiento de sus hombros se sentía debajo de los brazos que ella tenía enlazados alrededor de él.

—Avisame si te duele el costado.

—Avisame si te duele el tobillo.

Lia apoyó mejor la barbilla sobre su hombro y dejó la conversación ahí.

La salida era incómoda, pero existía. Galo subió primero por una franja de tierra entre raíces y piedras, usando una mano cuando necesitaba equilibrarse y manteniendo la otra debajo de la pierna sana de Lia. Ella se tensó varias veces esperando que el costado le fallara. No pasó.

Cuando por fin alcanzaron el sendero principal, Lia soltó el aire que no sabía que había estado guardando.

Vieron una luz entre los árboles unos minutos después.

Galo se detuvo. La luz volvió a aparecer, moviéndose a la altura de una persona.

—¡LIA! —gritó Teo desde más abajo.

—¡ACÁ!

Teo subió rápido los últimos metros. Llevaba una linterna en una mano y el short con el flamenco seguía siendo visible incluso casi de noche.

Se frenó cuando los vio. Primero miró a Lia sobre la espalda de Galo, después el costado todavía ensangrentado de él y la tela atada alrededor del muslo de ella.

—Tobillo —dijo Lia.

Teo asintió.

Sus ojos se quedaron en su cara apenas un momento más. Lia nunca supo en qué segundo había visto las dos marcas debajo del pelo; con Teo las cosas importantes funcionaban así. Un instante estaba mirando y al siguiente ya sabía. No preguntó.

—¿Dónde están los otros? —preguntó Galo.

—Abajo.

Lia levantó la cabeza.

—¿No venían a buscarnos?

Teo pensó.

—Yo vine.

—¿Y Male y León?

—León estaba tratando de llevar todo en un viaje.

Lia se quedó mirándolo desde el hombro de Galo.

—¿Todo?

—La sombrilla lo venció.

Se le escapó una risa. Galo también soltó aire por la nariz y, por primera vez desde que Lia le había pedido que parara, algo entre ellos se pareció un poco a la normalidad de antes.

Teo se dio vuelta y empezó a bajar delante con la linterna. Galo siguió cargándola aunque, cuando el terreno se volvió más fácil, Lia le dijo que podía probar a caminar. Él acomodó las manos debajo de sus piernas y continuó.

Desde bastante lejos escucharon la voz de Male.

—¡LIA!

Lia levantó una mano por encima del hombro de Galo aunque todavía no pudieran verla.

—¡ESTOY BIEN!

León gritó algo después que no se entendió.

Teo, sin darse vuelta, tradujo:

—Preguntó si encontraron el kiosco.

Lia dejó caer la frente contra el hombro de Galo y empezó a reírse otra vez.

El movimiento le tiró de la mordida. La sintió de inmediato: sensible, caliente, demasiado reciente.

Galo también lo notó; la espalda se le tensó apenas debajo de ella, pero siguió caminando.

Lia miró el camino iluminado por la linterna de Teo y dejó que una idea terminara de formarse sin obligarla a convertirse en conclusión. Había pasado años imaginando que, si alguna vez un vampiro la mordía, su cuerpo sabría exactamente qué sentir.

Miedo.

Había resultado bastante menos obediente.