CAPÍTULO 10 #3
—Tengo hambre.
—Sí, Galo. Ésa es toda la idea.
—No.
Se incorporó un poco.
Lia vio el esfuerzo.
—Tengo mucha hambre.
Ella dejó de moverse.
Galo sostuvo su mirada.
—Estoy herido. Gasté demasiado. Hace horas que puedo oler tu sangre y ahora estás sangrando al lado mío.
El pecho de Galo subió y bajó otra vez, más rápido. Los ojos se le escaparon hacia la venda del muslo y volvieron a Lia con un esfuerzo que ella alcanzó a ver.
La pequeña descarga que le recorrió la espalda no fue del todo agradable. Tampoco fue miedo exactamente.
Galo apartó la vista.
—No quiero que la primera vez que beba de vos sea así.
La frase quedó entre ambos.
Lia bajó lentamente la muñeca.
La primera vez.
El árbol volvió a su cabeza.
La boca junto al cuello.
El colmillo rozándole la piel.
Entonces dejame probar.
Esta vez no había sonrisa.
—¿Qué pasa si tomás?
Galo tardó en responder.
—Me va a costar parar.
Lia sintió que algo se le cerraba en el estómago.
—¿Pero podés?
Galo la miró.
No le gustó que no contestara enseguida.
—Sí.
—Entonces—
—Lia.
La voz fue casi un gruñido.
No fuerte.
Precisamente por eso la frenó.
Galo cerró los ojos y apoyó nuevamente la cabeza.
—No me ofrezcas sangre cuando estoy así.
El problema fue que seguir esperando tampoco lo mejoraba.
Lia intentó escuchar voces otra vez.
Nada.
Pensó en Teo.
A esa hora ya estaría mirando el sendero.
Male probablemente habría llamado.
León conocía a Galo suficientemente bien como para saber que no desaparecería dos horas sin avisar.
Los estaban buscando.
Estaba segura.
◆
Abajo, nadie los estaba buscando todavía.
León llevaba casi diez minutos intentando demostrar que era posible cargar la conservadora, dos bolsos y la sombrilla en un solo viaje.
La sombrilla se había trabado debajo de una de las asas y cada vez que la acomodaba se le caía otra cosa.
Male, sentada sobre una toalla, lo observaba con la seriedad de quien presencia un experimento cuyo resultado ya conoce.
—Podés hacer dos viajes.
—Puedo hacer uno.
La conservadora se inclinó peligrosamente. Male retiró su botella del radio de impacto.
Teo no estaba participando. Había empezado a guardar las cosas que sí podían guardarse y, cada tanto, levantaba la vista hacia la parte alta del bosque. Lo hizo una vez. Después otra.
El sol ya casi había desaparecido detrás de los árboles.
Miró el último mensaje de Lia en el grupo, la hora en que lo había mandado y después el sendero. Dejó lo que tenía en la mano.
—Voy a subir.
Male levantó la cabeza.
—¿Ahora?
Teo ya estaba buscando una linterna dentro de una mochila.
León consiguió ponerse de pie con todo encima.
—Galo está con ella.
Teo lo miró. La sombrilla se soltó, golpeó a León en el hombro y cayó a la arena.
Teo agarró la linterna.
—Sí.
Y se fue solo por el sendero.
◆
Eso no cambiaba al vampiro sentado a medio metro de ella.
Galo volvió a abrir los ojos.
La mirada bajó involuntariamente hacia la venda atada alrededor del muslo de Lia.
Después subió.
Él volvió a girar la cara.
Algo en ese gesto le dio más miedo que si hubiera mostrado los colmillos.
Lia tomó una decisión.
Se acercó.
Galo la sintió y abrió los ojos.
—No.
—Sí.
—Lia.
Ella se sentó a su lado.
Tenía el corazón demasiado rápido.
Esta vez Galo no necesitaba acercarse para escucharlo.
Lia se recogió el pelo hacia un costado.
Él se quedó inmóvil.
El cuello quedó completamente descubierto.
La expresión de Galo cambió.
Fue mínimo, pero por primera vez no consiguió esconderlo a tiempo.
Sus ojos bajaron.
La respiración se le detuvo un segundo.
—No hagas eso.
Lia sostuvo el pelo con una mano.
—Del cuello es más fácil, ¿no?
Galo no contestó.
Eso era un sí bastante claro.
—Lia.
—Me vas a decir cuándo alcanzó.
—No funciona así.
—Entonces te digo yo.
La mirada de Galo subió lentamente hasta sus ojos.
—¿Y si tardo?
La pregunta le produjo frío.
Lia tragó saliva.
Podía retirar la oferta.
Galo estaba literalmente dándole una salida.
La parte razonable de ella la vio.
También vio la sangre oscura en su costado, la forma en que apenas había podido levantarse, los colmillos que ya ni siquiera conseguía esconder.
—Parás.
Galo soltó aire por la nariz.
No era una risa.
—Qué confianza.
Lia pensó en decir algo.
No encontró nada.
Así que simplemente se acercó un poco más.
Galo cerró los ojos.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Después levantó una mano. Los dedos gélidos se apoyaron sobre la cintura de Lia, justo en la franja de piel que quedaba descubierta entre la camisa abierta y el bikini.
No era una provocación ni una caricia pensada; necesitaba sujetarse de algo.
Aun así, el pulgar quedó presionado contra su costado y Lia sintió con una claridad absurda cada punto de contacto.
Galo respiró hondo y el aire salió entrecortado contra su cuello. Lia podía ver de reojo cómo el pecho de él subía y bajaba, demasiado cerca ahora, y cómo la respiración se le desordenaba cada vez que el olor de la herida de su pierna quedaba entre ambos. La mano de la cintura se cerró un poco.
Ella quedó de rodillas a su lado. Galo inclinó la cabeza y su nariz rozó primero el pelo, después la piel debajo de la oreja. El cuerpo de Lia reconoció el recorrido antes que ella: el árbol, la misma zona, la misma cercanía, aunque esta vez la boca de Galo no escondía ninguna sonrisa.
Los labios fríos se apoyaron un momento sobre su cuello. No mordió enseguida. Lia sintió cómo aspiraba cerca de la piel, cómo tragaba, el roce breve de un colmillo que todavía no entraba. La espera se volvió insoportable de una manera que no esperaba.
—Última oportunidad —murmuró contra su cuello.
Lia sintió la voz directamente en la piel.
—Dale.
Galo abrió la boca. Los colmillos tocaron primero y Lia se tensó; después entraron.
El pinchazo fue más fuerte de lo que esperaba: dos puntos de dolor limpio que la hicieron aspirar de golpe y agarrarse del hombro desnudo de Galo. La piel de él estaba helada bajo la palma y los músculos se tensaron de inmediato debajo de sus dedos.
Después el dolor se alejó y quedó otra cosa. La presión de la boca cerrada sobre su cuello, el tirón húmedo y rítmico de cada trago, la garganta de Galo moviéndose contra ella. Cada vez que succionaba, Lia sentía el pulso responder justo debajo de sus labios.
Galo la rodeó con el brazo y la acercó hasta que el pecho de Lia quedó pegado al suyo. El contraste de temperatura le arrancó un escalofrío entero: ella todavía caliente por la caminata y la adrenalina; él frío incluso después de haber sangrado tanto.
La mano que tenía en su espalda bajó primero a la cintura y después volvió a subir por el costado.
Los dedos encontraron el borde del bikini, siguieron sobre la tela y se cerraron sobre uno de sus pechos con una firmeza ciega.
Lia soltó un sonido corto contra su hombro y el cuerpo se le arqueó antes de que alcanzara a decidir si quería hacerlo.
Galo respondió apretándola más. El pulgar se movió una vez sobre la tela y Lia sintió un calor brusco bajarle desde el pecho, tan fuera de lugar que la vergüenza llegó tarde, mezclada con algo mucho más físico. Sus dedos se clavaron en el hombro de él.
Galo hizo un sonido bajo, casi imperceptible, sin despegar la boca de su cuello.
Lia abrió los ojos. Podía sentir la verdadera fuerza del cuerpo que la sostenía: el antebrazo cruzado detrás de su espalda, la mano firme sobre su pecho, los dedos de la otra cerrados alrededor de su cintura. Si Galo hubiera querido mantenerla ahí, ella no habría podido separarse usando fuerza.
La idea debería haberle dado miedo. Durante varios segundos no alcanzó.
Galo volvió a beber y Lia cerró los ojos otra vez.
Cada movimiento de su boca se había vuelto hipnótico; el tirón de la sangre, la presión de los labios, el frío que quedaba en la piel y el calor que le corría por dentro no terminaban de mezclarse de una manera razonable.
Una parte profundamente inoportuna de ella quería que siguiera.
La mano de Galo dejó su pecho y bajó hasta la cadera, donde se cerró con tanta fuerza que Lia terminó prácticamente sobre sus piernas. Él bebió otra vez, más profundo, y ella dejó escapar el aire.
Entonces algo cambió. Lia no supo ubicar el segundo exacto; sólo sintió que la fuerza del agarre aumentaba, que la respiración de Galo se volvía más áspera contra su piel y que ya no la estaba sosteniendo de la misma manera.
La presión de su boca aumentó.
Lia frunció el ceño.
—Galo.
Él siguió.
Un trago.
Otro.
La sensación agradable se quebró.
Lia abrió completamente los ojos.
—Ya está.
La mano de Galo se tensó.
No paró.
Fue apenas un instante.
Uno.
Pero existió.
Y en ese instante Lia sintió por primera vez la diferencia entre el juego y aquello.
No había una sonrisa esperando detrás.
No había un dedo que fuera a tocarle la nariz.
El cuerpo que la tenía agarrada era muchísimo más fuerte que el suyo y por un segundo Galo no estaba escuchándola.
Hasta entonces esa fuerza la había excitado más de lo que quería admitir. En ese instante dejó de ser una sensación y se volvió un dato: Galo podía inmovilizarla sin esfuerzo, y Lia necesitaba que eligiera soltarla.
Lia le empujó el hombro.
—Galo, pará.
Él se arrancó de su cuello.
Tan rápido que Lia casi perdió el equilibrio.
Galo retrocedió hasta golpearse contra la roca.
Respiraba fuerte.
Tenía sangre en la boca.
Los ojos brillaban de una forma que Lia nunca le había visto.
Durante un segundo se miraron.
Después Galo apartó la cara.
—Mierda.
Lia se llevó una mano al cuello.
Los dedos encontraron humedad.
Sangre.
No mucha.
Le temblaban.
Galo lo vio.
La expresión se le vació.
—Lia.
Ella no contestó inmediatamente.
Seguía sintiendo la boca de él.
Seguía sintiendo la fuerza con que la había atraído.
Y, debajo del miedo nuevo que había aparecido exactamente cuando no paró, seguía existiendo algo más que le resultaba bastante peor admitir.
Hasta ese momento había querido que continuara.
Galo intentó acercarse.
Lia se tensó.
Él frenó inmediatamente.
Eso pareció dolerle más que la herida.
Bajó la mano.
—Perdón.