Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

—Ni se te ocurra.

Él siguió caminando.

Ella alcanzó a ver la sonrisa de perfil.

—No fue miedo. Me sorprendió.

Galo levantó una mano.

No había dicho nada.

Lia hizo una mueca detrás de él.

Dio otro paso.

La tierra se abrió.

No hubo tiempo para entenderlo.

Primero sintió que el pie derecho bajaba demasiado.

Después el borde entero cedió debajo suyo.

Lia intentó agarrarse de algo y encontró únicamente tierra suelta.

El cuerpo se le fue hacia adelante.

Galo giró.

La agarró de la muñeca.

Durante una fracción de segundo quedó suspendida, medio cuerpo abajo de la pendiente, la mano de Galo cerrada alrededor de la suya.

Lia levantó los ojos.

—Galo—

La tierra debajo de él se quebró también.

Después todo ocurrió demasiado rápido.

El suelo desapareció.

Galo tiró de ella hacia su cuerpo.

Lia sintió un brazo alrededor de su cabeza, otro cruzándole la espalda, y después el mundo se convirtió en ramas, piedras, cielo, tierra y golpes que no consiguió ordenar.

Cayeron por una pendiente pronunciada.

Galo consiguió girarse.

El primer impacto fuerte lo recibió él.

Lia escuchó el golpe contra una roca debajo de ambos y el aire salirle del cuerpo.

Siguieron.

Una rama le raspó la pierna.

Después hubo otro desnivel.

Galo volvió a apretarla contra su pecho.

El segundo impacto fue mucho peor.

Y entonces se detuvieron.

Durante varios segundos Lia no supo dónde estaba.

Tenía los ojos abiertos.

Veía hojas.

Una parte de cielo.

Algo le presionaba la mejilla.

Respiró.

Le dolió el costado.

Volvió a respirar.

Movió los dedos.

Después las piernas.

—Galo.

Nada.

La palabra salió más baja de lo que quería.

Intentó incorporarse.

Entonces entendió que estaba parcialmente encima de él.

Galo estaba boca arriba sobre la tierra, con un brazo todavía alrededor de su cintura.

—Galo.

Se levantó rápido.

Demasiado rápido.

El mundo se movió y tuvo que apoyarse con una mano.

Tenía raspaduras en las piernas, una rodilla sangrando, un corte largo en la parte externa del muslo y un dolor fuerte en el hombro. Cuando apoyó bien el pie derecho, el tobillo protestó con una punzada que la obligó a cargar el peso sobre la otra pierna, pero podía moverse.

Galo no.

Lia se arrodilló junto a él.

—Galo.

Le tocó la cara.

Fría.

Ridículamente, su primer pensamiento fue que eso no servía para comprobar nada.

—Dale.

Los párpados se movieron.

Lia sintió que volvía a respirar.

Galo abrió los ojos.

Tardó en enfocarla.

—Hola.

Lia casi le pegó.

—¿Hola?

Intentó incorporarse.

La cara cambió.

Muy poco.

Pero Lia lo vio.

Una contracción seca alrededor de los ojos.

Galo volvió a apoyar la espalda.

—No te muevas.

—Estoy bien.

—No.

Lia empezó a revisarlo.

Tenía tierra en el pelo, varios raspones en los brazos y la remera rota sobre un costado. Cuando Lia apartó la tela vio sangre.

Bastante.

—Galo.

Él bajó la vista.

—Sí.

—Eso no es estar bien.

Galo no estaba mirando su propio costado. Tenía los ojos clavados en la pierna de Lia, donde la sangre del corte ya había bajado hasta la rodilla y se mezclaba con tierra.

Se incorporó con cuidado y empezó a sacarse la remera.

—¿Qué hacés?

El movimiento le tiró de la herida de las costillas y por un instante se le marcó la tensión en la mandíbula. Siguió igual. Cuando tuvo la remera en las manos, buscó una parte que todavía estuviera limpia y la rasgó de un tirón.

—Galo, vos estás sangrando más que yo.

Él se arrodilló frente a su pierna. No contestó. Le pasó la tela alrededor del muslo sin tocar el corte directamente y ajustó el nudo con cuidado, comprobando después con dos dedos que no apretara demasiado. Sólo entonces miró el tobillo que Lia estaba evitando apoyar.

—Movelo.

Lia lo hizo y contuvo una mueca.

Galo alzó los ojos hacia ella. La expresión había perdido por completo la pereza de hacía diez minutos.

—Puedo caminar.

Él volvió a mirar el tobillo y dejó lo que quedaba de la remera junto a la roca.

Lia señaló su costado desnudo.

—Ahora vos.

La herida cruzaba un costado del torso, debajo de las costillas. No sabía con qué se había golpeado; una piedra, una rama rota, algo durante la caída. La sangre oscura le cubría parte del costado y seguía apareciendo.

Galo tocó alrededor.

Lia le agarró la muñeca.

—No metas los dedos.

Él la miró.

—No iba a—

—No sé qué hacen ustedes.

Galo dejó la mano quieta.

Eso ayudó.

Lia respiró.

Miró alrededor.

Habían caído sobre una especie de terraza natural mucho más abajo del sendero. Del lado de la barranca había una pared irregular de tierra y roca; hacia abajo, la pendiente seguía entre árboles hasta un cauce estrecho que apenas podían ver.

Arriba, el sendero ya no era visible.

Sólo una línea de cielo entre ramas.

—El teléfono.

Lia buscó el suyo.

No estaba en el bolsillo.

Recordó que lo había guardado.

Revisó otra vez.

Nada.

Galo sacó el suyo.

La pantalla era una red de grietas.

Intentó encenderlo.

Nada.

Lia lo miró.

Galo volvió a apretar el botón.

Nada.

—Bueno.

—No digas “bueno”.

—No dije que fuera bueno.

Lia levantó la cabeza hacia la pendiente.

—Voy a subir.

Galo la agarró de la muñeca.

No fuerte.

—No.

—Puedo—

—Se acaba de caer medio borde.

Lia miró arriba.

Tenía razón.

Odiaba que tuviera razón.

—Saben dónde estamos.

Galo respiró despacio.

—Saben que fuimos al mirador.

—Y que tendríamos que haber vuelto.

—Nos van a buscar.

Lia volvió hacia él.

—¿Cuándo?

Galo miró el cielo.

—Pronto.

Durante la primera media hora, aquello pareció manejable.

Galo consiguió ponerse de pie.

Lia lo ayudó aunque él insistiera en que no necesitaba ayuda. Caminaron unos metros por la terraza buscando algún punto donde la pendiente fuera menos vertical.

No lo encontraron.

Galo intentó subir por una zona de raíces.

Llegó bastante más alto de lo que Lia habría conseguido.

Después se frenó.

La mano derecha perdió fuerza.

Resbaló.

Lia sintió el corazón en la garganta.

Galo cayó apenas un metro y consiguió aterrizar de pie, pero cuando volvió hacia ella estaba más pálido.

—Basta.

—Puedo hacerlo.

—No.

—Lia.

Ella se plantó delante.

—No.

Galo la observó.

Tenía esa expresión que usaba cuando alguien le estaba dando una orden que no pensaba obedecer.

Lia señaló el costado ensangrentado.

—Estás dejando un rastro como un animal atropellado.

Galo bajó los ojos.

La sangre volvía a correrle por el costado.

Eso terminó la discusión.

Se sentaron.

La luz siguió bajando.

Arriba todavía quedaba naranja entre los árboles.

Abajo ya empezaba a ponerse gris.

Lia consiguió encontrar una botella pequeña que había quedado enganchada dentro del bolso liviano que llevaba cruzado; milagrosamente no se había roto. También tenía dos gomitas, una liga para el pelo, protector labial y exactamente ningún objeto útil para un accidente en un barranco.

Galo bebió un poco de agua.

Lia se limpió la rodilla con lo que quedaba.

Después se sentaron otra vez.

Hablaron poco.

Cada tanto Lia levantaba la cabeza esperando escuchar voces.

Nada.

Una vez creyó oír algo y gritó.

El eco volvió extraño entre los árboles.

Nadie respondió.

Galo le dijo que conservara la voz.

Lia le dijo que no era momento para darle consejos.

Después se arrepintió porque él ya no tenía energía ni para reírse demasiado.

Eso empezó a preocuparla más que la sangre.

Galo siempre parecía guardar algo de sí mismo incluso cuando estaba cansado: una postura relajada, una mirada rápida, alguna expresión que dejaba claro que estaba siguiendo todo.

Ahora cada movimiento parecía deliberado.

La herida tampoco cerraba.

Había disminuido el sangrado, pero Lia había esperado algo mucho más espectacular de la regeneración vampírica.

—¿Por qué no se cura?

Galo tenía la cabeza apoyada contra la roca.

—Se está curando.

—Muy lento.

Él no contestó.

Lia lo miró.

La respuesta apareció sola.

—Necesitás sangre.

Galo abrió los ojos.

—No.

Lia se quedó quieta.

—No te pregunté.

—Yo sí te contesté.

Ella sintió una irritación inmediata.

—Galo.

—No.

La forma en que lo dijo fue distinta.

Sin juego.

Sin sonrisa.

Lia dejó de hablar.

Pasaron otros veinte minutos.

Quizá treinta.

El tiempo ahí abajo se había vuelto difícil de calcular.

El cielo era ya violeta oscuro y Lia empezaba a sentir frío en los brazos.

Galo estaba peor y Lia ya no necesitaba preguntarle nada para verlo. Tenía los ojos cerrados la mayor parte del tiempo; cuando los abría, el ámbar parecía más oscuro y los colmillos se le habían alargado lo suficiente para quedar visibles con la boca relajada.

Los colmillos le dispararon una imagen sin principio ni final: una boca abierta en la oscuridad, dientes húmedos, algo rojo entre ellos y un movimiento demasiado rápido para seguirlo.

El miedo le subió antes de que pudiera ordenar el recuerdo.

Lia parpadeó y volvió a verlo a él, pálido contra la roca, haciendo un esfuerzo evidente por mantenerse quieto.

La respiración también había cambiado. Lia podía ver el pecho desnudo subir y bajar en un ritmo irregular, demasiado profundo por momentos y demasiado corto al siguiente, como si sostener la calma se hubiera convertido en otra tarea física.

Galo apoyaba una mano contra la piedra y cerraba los dedos sobre la superficie cada vez que el dolor del costado aumentaba.

Lia bajó la vista hacia la venda improvisada de su muslo. Una mancha nueva había empezado a extenderse a través de la tela.

Galo abrió los ojos en el mismo instante. Tragó saliva, una vez, y la línea de su garganta se movió. Después la mirada bajó sola hacia la tela manchada.

Duró apenas un segundo. Galo giró la cara hacia el bosque y empezó a respirar por la boca.

Eso terminó de convencerla.

Se acercó.

—Tomá.

Extendió la muñeca.

Galo ni siquiera la miró.

—No.

—Teo—

Los ojos se abrieron inmediatamente.

Lia se detuvo.

No había sido la reacción que esperaba.

—Teo qué.

—Teo toma de acá.

Se señaló el antebrazo.

Galo cerró los ojos otra vez.

—Felicitaciones a Teo.

Lia habría sonreído en cualquier otro momento.

—Hablo en serio.

—Yo también.

Intentó acomodarse y una mueca de dolor le endureció la boca.

Lia perdió la paciencia.

—¿Cuál es el problema?

Galo la miró.

Por primera vez desde que habían caído, algo verdaderamente intenso apareció en sus ojos.