Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Barranco

A las seis y cuarto de la tarde, nadie quería caminar.

Teo había sobrevivido a su siesta, León había perdido oficialmente la competencia de las piedras aunque todavía discutía el resultado, Male llevaba casi veinte minutos acostada boca abajo sobre una toalla revisando las fotos del día y Galo había encontrado una franja de sombra entre dos árboles de la que parecía no tener intenciones de volver a salir.

Quedaban cosas por llevar hasta los vehículos.

Muchas.

La conservadora. Dos bolsos. La sombrilla. Una bolsa con basura. Las botellas que habían quedado metidas en el agua para mantenerse frescas. Las toallas. La ropa. El paquete de pan que nadie entendía por qué Ortega había considerado necesario comprar en tamaño familiar.

Nadie se estaba ocupando de eso todavía.

Habían llegado a esa clase de pausa en que todos sabían que debían empezar a ordenar, pero hacerlo implicaba reconocer que el día estaba terminando.

Lia estaba sentada sobre una piedra, secándose el pelo con una toalla, cuando miró hacia la parte alta del bosque.

El sol ya había empezado a bajar.

Entre los árboles llegaba una luz mucho más amarilla que la del mediodía y las sombras se estiraban sobre la arena. Desde donde estaban apenas podía verse el cielo hacia el oeste, tapado por la vegetación y la barranca.

Se acordó de algo.

—El mirador.

Nadie reaccionó.

Lia dejó de secarse el pelo.

—Che.

Male levantó un ojo del teléfono.

—Mhm.

—El mirador.

Teo estaba acostado otra vez, aunque esta vez sentado contra un bolso.

—¿Qué mirador?

Lia lo señaló.

—El que dijiste que estaba arriba.

Teo tardó un segundo en recordar.

—Ah.

Eso era prometedor.

—Dijiste que se veía todo el río.

—Sí.

—Quiero ir.

Teo miró hacia el sendero.

Después hacia Lia.

Después otra vez hacia el sendero.

Su cuerpo entero emitió una negativa antes de que hablara.

—Son como veinte minutos.

—Justamente.

—De subida.

Lia frunció el ceño.

—También dijiste que era fácil.

—Antes de nadar cuatro horas.

Male levantó el celular y enfocó a Teo desde abajo.

—Registrado: Teodoro rechazando una actividad porque requiere movimiento.

Teo le mostró un dedo sin abrir los ojos.

León estaba tirado sobre la arena con los antebrazos cubriéndole la cara.

—Yo iría —dijo.

Lia esperó.

No se movió.

—Gracias, León.

—Moralmente.

Male volvió al teléfono.

Lia miró alrededor con creciente decepción.

—Son todos unos viejos.

Desde la sombra, Galo abrió los ojos.

Lia lo vio.

Él llevaba varios minutos apoyado contra el tronco, con una pierna flexionada y la remera clara otra vez puesta. El pelo se le había secado a medias y lo tenía recogido bajo, mucho menos prolijo que al principio del día.

—Vos no opines —dijo Lia—. Sos literalmente el más viejo.

Galo sonrió.

No se defendió.

Lia volvió hacia el sendero. Sabía dónde empezaba; Teo se lo había señalado antes. Si realmente eran veinte minutos, podía subir, mirar el atardecer y regresar cuando los otros empezaran a cargar las cosas.

Se puso de pie.

—Voy igual.

Male levantó un poco la cabeza.

—¿Sola?

—Es un sendero.

Se agachó a buscar la camisa.

Galo salió de la sombra.

—Voy.

Lia levantó los ojos.

Él estaba poniéndose las zapatillas.

No hubo comentario.

Ni mirada significativa.

Nada.

Simplemente iba.

Eso le produjo una satisfacción pequeña que procuró no mostrar.

Teo abrió los ojos lo suficiente para señalar hacia arriba.

—Hay una bifurcación después de un árbol caído. Derecha.

Lia asintió.

—Derecha.

—Si llegan a una tranquera, se pasaron.

—Tranquera, mal.

Teo volvió a cerrar los ojos.

Male alzó una mano desde la toalla.

—Sacá fotos.

León seguía con la cara tapada.

—Si encuentran un kiosco, traigan hielo.

Nadie le respondió.

El camino empezaba detrás de una zona de árboles donde durante el día apenas se habían metido.

Al principio fue realmente fácil.

Subía de manera progresiva entre raíces y tierra seca, suficientemente marcado como para que no hubiera que pensar demasiado dónde pisar. A esa hora el bosque estaba más fresco y la luz entraba de costado, atravesando las hojas en franjas amarillas.

Lia iba adelante.

Galo caminaba detrás.

Durante los primeros minutos ninguno habló.

No era un silencio incómodo. Después de pasar prácticamente todo el día con otras cuatro personas, escuchar únicamente hojas, pájaros y el río cada vez más abajo resultaba agradable.

Lia todavía llevaba el bikini debajo de la camisa abierta y el short de jean.

El pelo, húmedo en algunas partes, se le pegaba ocasionalmente a la espalda.

Galo había recuperado su remera pero seguía en short de baño, combinación que de alguna manera no parecía molestarle en absoluto para caminar por el bosque.

Llegaron al árbol caído.

Lia señaló hacia la derecha.

—¿Ves que presté atención?

—Estoy impresionado.

Ella le dirigió una mirada por encima del hombro.

Galo continuó caminando.

Por primera vez desde lo del árbol, no parecía estar buscando ninguna forma de molestarla.

Eso resultaba sospechoso.

Lia esperó un poco.

Nada.

—Estás muy callado.

—Me pediste varias veces que dejara de molestarte.

—No dije ahora.

Galo la miró.

Lia siguió caminando antes de que pudiera aprovechar aquello. Escuchó una risa pequeña detrás y apuró un poco el paso.

Más arriba el sendero se estrechaba y el río empezó a aparecer entre los árboles, bastante más lejos de lo que Lia había calculado.

Se detuvo un par de veces para mirar.

La primera, Galo siguió unos metros antes de notar que ella no venía.

La segunda ya se detuvo junto a ella.

Desde ahí podían ver parte de la pequeña playa donde habían pasado el día. Las personas eran apenas manchas entre los árboles.

Lia reconoció a Teo por el short azul.

—Se ve el flamenco desde acá.

Galo siguió la dirección de su dedo.

—Increíble.

—Es fluorescente.

—Es útil si se pierde.

Lia soltó una risa.

Abajo, la mancha azul se movió.

Teo probablemente acababa de levantarse.

Continuaron.

La pendiente aumentó un poco y Lia tuvo que usar las manos en un tramo lleno de raíces. Galo subió detrás sin esfuerzo visible.

Cuando ella terminó de trepar, se sacudió las palmas y lo encontró esperándola.

—Ni una palabra.

Galo aceptó la advertencia con una expresión demasiado correcta para ser sincera.

Lia había empezado a conocer esa expresión.

Significaba que sí tenía una palabra.

Sólo estaba teniendo la enorme generosidad de guardársela.

El mirador no era realmente un mirador.

No había baranda, banco ni cartel.

Era simplemente una zona donde los árboles se abrían y la tierra formaba una especie de plataforma natural sobre la barranca. Alguien había acomodado algunas piedras cerca del borde y había restos de una fogata vieja bastante más atrás.

Pero la vista justificaba los veinte minutos.

El río se extendía abajo en una curva ancha, reflejando el cielo en partes naranjas y otras todavía azules. Desde ahí podían verse sectores que la vegetación ocultaba completamente desde la playa, incluso un pequeño brazo del agua que rodeaba una isla cubierta de árboles.

Lia se quedó quieta.

—Ah.

Galo llegó detrás.

Ella caminó un poco más hacia adelante.

—Valió la pena.

Sacó el teléfono.

Primero fotografió el río.

Después otra.

Cambió de ángulo.

Se agachó.

Volvió a levantarse.

Galo terminó sentándose sobre una roca un poco más atrás.

Lia siguió sacando fotos durante varios minutos.

En algún momento se dio vuelta y lo encontró mirándola.

Galo sonrió, sin molestarse en inventar una excusa.

Lia volvió hacia el paisaje.

El sol todavía no tocaba el horizonte, pero ya había empezado a colorear las nubes. Se sentó finalmente sobre una piedra y dejó el teléfono a su lado.

Galo seguía más atrás.

—Vení.

Él levantó un poco las cejas.

—Desde ahí no se ve igual.

Galo se levantó y terminó sentándose cerca, con los brazos apoyados sobre las rodillas.

Durante un rato solamente miraron.

Lia había esperado que él intentara alguna cosa.

Una frase.

Un acercamiento.

El juego habitual.

Nada.

Y, de manera inesperada, le gustó también eso.

—¿Te gustó Los Sauces? —preguntó después.

Galo tardó en responder.

—Sí.

—¿Así de fácil?

—¿Qué querés que diga?

Lia sonrió.

—No sé. Viviste en un montón de lugares.

Galo arrancó una ramita seca del suelo y empezó a romperla entre los dedos mientras pensaba.

Le contó que algunos lugares le habían gustado mucho al principio y poco después, otros al revés.

Había ciudades donde tenía todo cerca y jamás terminaba saliendo, pueblos donde no conocía a nadie y aun así encontraba enseguida un sitio al que volver.

Los Sauces le resultaba tranquilo.

Lia lo miró.

—León dice que se aburre.

—León se aburre sentado en un avión durante cuarenta minutos.

Eso era probablemente cierto.

Galo miró abajo, hacia donde estaban los demás.

—Acá pasan cosas.

Lia soltó una pequeña risa.

—¿Las ranas?

—Las ranas.

No agregó nada más.

Ella tampoco.

El silencio volvió.

Y por primera vez Lia pensó que quizá ésa era una de las cosas que le gustaban de estar con él: podía ser insufrible cuando quería, ocupar todo el espacio, hacerla sentir observada hasta en el latido del cuello; y después podía quedarse sentado a su lado diez minutos sin exigirle absolutamente nada.

No analizó la idea.

El cielo estaba demasiado lindo para arruinarlo.

Empezaron a bajar cuando el sol ya había tocado la línea de árboles más lejana.

Lia mandó una foto al grupo.

Tardó bastante en salir.

Lia: valió la pena vagos

León reaccionó con un pulgar abajo.

Male:

hermosoooo

Teo:

👍

Galo miró la pantalla desde al lado.

—Qué comunicativo Teo.

—Eso es prácticamente una carta.

Guardó el teléfono.

El camino de regreso parecía distinto con la luz más baja. No oscuro todavía, pero las sombras habían ocupado partes que antes estaban completamente iluminadas.

Llegaron a un tramo donde el sendero bordeaba la barranca durante unos metros antes de volver a meterse entre árboles.

Lia iba adelante.

La tierra ahí era más arenosa. Había raíces expuestas, pequeñas grietas y sectores donde la vegetación crecía casi hasta el borde.

Galo la pasó.

—Por acá.

Lia lo siguió.

No ocurrió nada raro.

Un pájaro salió de un arbusto.

Lia se sobresaltó.

Galo la miró.