CAPÍTULO 9 #3
Lia agarró la sandalia que todavía tenía en la mano.
—¡GALO!
Él siguió caminando.
Lia levantó la sandalia.
—¡SOS UN ENFERMO!
Teo apareció desde la derecha con una galletita en la boca.
Miró a Lia con la sandalia levantada.
Después a Galo alejándose.
Volvió a Lia.
Ella respiraba fuerte.
Teo mordió la galletita.
Lia señaló hacia Galo.
—¡ME ACABA DE—!
Se frenó.
No podía terminar la frase sin proporcionar información que no pensaba proporcionar.
Teo esperó.
Lia bajó lentamente la sandalia.
—Nada.
Teo asintió.
Siguió caminando.
Lia se quedó sola, roja, furiosa y con una cantidad francamente ofensiva de calor acumulado en lugares que no tenían absolutamente nada que ver con el sol.
A lo lejos, Galo se sentó junto a León.
Agarró una gaseosa.
Abrió el envase.
Empezó a hablar con él.
Normal.
Lia lo miró.
Él levantó los ojos desde la otra punta de la playa.
La encontró.
Y sonrió.
Lia se puso la sandalia con una violencia innecesaria.
Cuando regresaron, el grupo de WhatsApp empezó a llenarse de fotos.
León había sacado demasiadas.
Male también.
Había una de Teo flotando boca arriba que parecía una escena policial. Otra de León con medio cuerpo dentro del agua. Male riéndose con el pelo mojado. Lia sentada sobre una piedra, mirando hacia un costado sin saber que la estaban fotografiando.
Y Galo.
Una foto lo mostraba saliendo del río con el pelo completamente hacia atrás, agua sobre el pecho y una expresión medio fastidiada porque probablemente León acababa de decirle algo.
Lia abrió la foto.
La miró.
La amplió un poco.
Nada obsceno.
Solamente para verla mejor.
Volvió atrás.
Enseguida apareció un mensaje nuevo.
Galo: intrusa
Lia se quedó inmóvil.
Miró el grupo.
Él había respondido directamente a una foto donde Lia estaba agarrando la bolsa de comida de la conservadora.
Lia: qué
Galo tardó.
Galo: nada
Lia entrecerró los ojos frente al teléfono.
No iba a entrar.
No después de lo ocurrido con el árbol.
Dejó el celular.
Vibró.
Galo: ❤️
Lia lo agarró inmediatamente.
El corazón era una reacción a la foto de la nutria que León acababa de mandar.
Lia cerró los ojos.
Ese hombre iba a matarla antes de necesitar beber una sola gota de sangre.
Y lo peor era que, en el fondo, ya tenía bastante claro que estaba esperando la próxima vez que intentara hacerlo.
9.5 La piedra 195
La competencia empezó porque León dijo que podía hacer cinco rebotes.
Nadie se lo había preguntado.
Estaban todos cerca de la orilla, con las toallas extendidas detrás y el sol ya bastante más bajo.
Male buscaba algo dentro del bolso; Galo estaba sentado sobre una piedra grande secándose el pelo; Teo había desaparecido unos metros río arriba y Lia intentaba quitarse arena de entre los dedos de los pies.
León encontró una piedra plana.
La sostuvo entre dos dedos.
—Cinco.
Lia levantó la cabeza.
—A ver.
Eso bastó.
León acomodó el cuerpo, tiró de costado y la piedra tocó el agua una, dos, tres veces antes de hundirse.
Lia sonrió.
—Tres.
—La última casi cuenta.
—Se hundió.
—Pero con intención de seguir.
Lia ya estaba buscando una piedra.
Male se sentó para mirar.
Durante los siguientes veinte minutos, una actividad que ninguno habría considerado digna de planificación empezó a adquirir reglas, jueces y acusaciones de fraude.
Lia consiguió cuatro. León insistió en que uno de los suyos había llegado a cinco aunque nadie más hubiera visto el último rebote.
Male logró tres con una piedra horrible y utilizó el resto del tiempo para recordarles que lo había hecho con una piedra horrible.
Teo volvió mientras discutían.
Se agachó.
Recogió una.
Perfectamente lisa, ovalada, fina.
Los cuatro que estaban jugando la vieron.
León la señaló.
—Esa.
Teo la examinó.
La dio vuelta.
—No.
—¿Cómo que no?
Teo pasó el pulgar sobre la superficie.
Tenía una línea blanca que atravesaba la piedra de punta a punta.
—Está linda.
Y se la guardó en el bolsillo del short.
León se quedó mirándolo.
—Estamos juntando piedras para tirarlas.
Teo ya estaba buscando otra.
—Ésa no.
Lia empezó a reírse.
Cinco minutos después Teo tenía tres piedras guardadas y había contribuido exactamente cero al deporte.
Galo observaba desde atrás.
—¿Vos no jugás? —preguntó Lia.
Él hizo una pequeña mueca.
—Parece fácil.
Eso fue un error.
Male le hizo lugar inmediatamente.
Galo se levantó con esa tranquilidad particularmente irritante de quien todavía no sabía que estaba a punto de exponer una debilidad frente a cinco personas.
Eligió una piedra.
León miró a Lia.
Lia miró a León.
Había cierta expectativa razonable. Galo podía moverse lo suficientemente rápido como para que a veces ella apenas llegara a verlo. Tenía una coordinación absurda cuando quería. Fuerza de sobra.
Galo lanzó.
La piedra voló bastante lejos.
Y entró directamente al agua.
Ploc.
Ni un rebote.
Silencio.
Lia bajó la cabeza.
No podía.
Galo miró el río.
Después la piedra que ya no existía.
León se pasó una mano por la boca.
Male dirigió los ojos hacia el cielo.
Galo buscó otra.
Eso empeoró todo.
Segundo intento.
Ploc.
Lia produjo un sonido ahogado y se dobló sobre las rodillas.
Galo la miró.
Ella levantó una mano pidiendo un momento.
Él agarró una tercera piedra.
—No, pará —consiguió decir Lia—. Tengo que mirar ésta.
Se sentó en la arena.
Galo afinó el movimiento.
Tiró.
La piedra rozó el agua una sola vez, dio un salto desproporcionadamente alto y se hundió.
Lia cayó de costado.
Ya no intentaba disimular.
Galo se quedó mirando el lugar donde había desaparecido.
—Le estás pegando muy fuerte —dijo Teo.
Galo giró.
Teo tenía otro canto rodado bonito en la mano.
—¿Vos cuántas hiciste?
Teo se lo guardó en el bolsillo.
—Ninguna.
Galo volvió hacia el agua.
Durante un segundo pareció evaluar si eso invalidaba el consejo.
No lo invalidaba.
Lo intentó otra vez.
Cuando levantaron las cosas más tarde, Lia vio a Teo vaciarse los bolsillos para cambiarse.
Había siete piedras.
Las acomodó cuidadosamente dentro del bolso.
No tiró ninguna.
9.8 No estaba muerto 199
Teo llevaba cuarenta y tres minutos sin moverse.
Male lo sabía porque, cuando se había acostado bajo el árbol, ella estaba respondiendo un mensaje y había mirado la hora.
Al principio nadie le prestó atención.
Dormirse en medio de una salida estaba dentro de las conductas esperables de Teo.
El problema apareció después.
Estaba boca arriba sobre una toalla, un brazo cruzado sobre el abdomen y el otro junto al cuerpo. Los lentes de sol le cubrían los ojos. El pelo todavía húmedo se había secado en posiciones extrañas alrededor de la frente.
No se movía.
Ni siquiera parecía respirar.
León pasó cerca con una botella de agua.
Frenó.
Miró a Teo.
Después siguió caminando.
Dos minutos más tarde regresó por el mismo lugar.
Volvió a mirarlo.
Male estaba sentada cortando una fruta con un cuchillito.
—Está vivo.
León la observó.
—No pregunté nada.
—Ya sé.
León miró otra vez a Teo.
Continuó hacia el río.
Cinco minutos después volvió acompañado por Galo.
Male levantó los ojos.
—No.
—No dije nada —dijo León.
Galo se quedó frente a Teo.
Lo observó un rato.
—Está durmiendo.
León cruzó los brazos.
—Hace casi una hora que está exactamente así.
Galo miró a su primo.
—Hay gente que duerme.
—Respira rarísimo.
Male señaló con el cuchillo.
—Es híbrido.
Aquello no tranquilizó demasiado a León.
Teo siguió muerto.
Lia llegó caminando desde la orilla con el pelo recogido arriba y una botella vacía en la mano. Encontró a los tres alrededor de la toalla.
Frenó.
—¿Qué hacen?
León señaló a Teo.
Lia miró.
—Está durmiendo.
—Eso dicen todos.
Lia lo contempló un segundo más.
Después siguió caminando hacia los bolsos.
—Teo.
Nada.
León abrió una mano como prueba.
Lia revolvió entre sus cosas.
—Están tocando tu moto.
Un ojo se abrió debajo de los lentes.
León dio un paso hacia atrás.
Teo levantó apenas la cabeza.
—¿Quién?
Lia encontró lo que buscaba.
—Nadie.
Teo se quedó mirándola.
Ella pasó junto a él con la botella nueva.
—Querían saber si estabas vivo.
Teo volvió lentamente la cabeza hacia los otros tres.
Male siguió comiendo fruta.
Galo se había llevado una mano a la boca.
León tenía una expresión agraviada.
Teo apoyó nuevamente la cabeza.
—Sí.
Cerró el ojo.
Y volvió exactamente a la misma posición.
León lo observó durante unos segundos.
—Qué tipo de mierda.
Desde la toalla:
—Te escuché.
Male empezó a reírse.
Galo se sentó bajo el árbol.
León se quedó parado un rato más, procesando la humillación.
Teo no volvió a moverse.
Pero a partir de ese momento ya nadie comprobó si respiraba.