Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Male quería saber hasta qué punto la sangre y el sexo realmente se mezclaban entre vampiros cuando nadie estaba mirando una película humana intentando convertir cada mordida en una escena de seducción.

Teo aportó historias de su madre, que según él llevaba décadas sosteniendo que los vampiros de sangre pura tenían una capacidad extraordinaria para transformar cualquier necesidad biológica en una complicación social.

Galo dijo que la madre de Teo siempre había sido injusta con ellos.

—No mucho —respondió Teo.

León se rio.

A partir de ahí hablaron con una naturalidad que al principio resultó divertida.

Había vampiros que sólo bebían de sus parejas.

Otros que jamás lo hacían. Personas con varios donantes habituales, parejas de sangre que no se acostaban entre sí, amantes que no compartían sangre, relaciones abiertas donde la alimentación tampoco seguía las mismas reglas que el sexo.

Y después estaban, sencillamente, quienes no tenían demasiado interés por hacer coincidir ninguna cosa con ninguna otra.

—Cuando vivís tanto tiempo también pasás por épocas —dijo León—. Hay años que sos un monje y años que...

Dejó la frase abierta.

Male lo miró.

—¿Vos tuviste años de monje?

León sonrió.

La respuesta estaba bastante clara.

Lia soltó una risa.

—Pobre monasterio.

—No duró.

León parecía completamente cómodo admitiéndolo. Había tenido vínculos largos, otros breves y temporadas en las que ni siquiera habría sabido explicar con precisión qué relación tenía con determinada persona sin llamar antes a esa persona para ponerse de acuerdo.

Male seguía sonriendo.

Sólo que un poquito menos.

León no lo vio.

Estaba demasiado entretenido contando una anécdota donde él, dos vampiras y un humano habían pasado meses creyendo cosas distintas sobre una relación que ninguno había tenido la delicadeza de definir.

Teo lo escuchaba con genuina curiosidad.

—Eso suena agotador.

—Lo fue.

—¿Y no podían preguntar?

León se quedó callado.

Galo empezó a reírse.

Teo había conseguido resumir varios meses de decadencia romántica en una solución que aparentemente no se le había ocurrido a ninguno de los involucrados.

Lia estaba todavía sonriendo cuando León, quizá por venganza, señaló a su primo.

—Éste se ríe porque ahora está tranquilo.

Galo dejó de reír.

Lia bajó los ojos hacia su sándwich.

No sabía por qué.

Simplemente ocurrió.

León ya se había embalado.

—Pero tuvo sus años.

Galo le dirigió una mirada.

La mirada no amenazaba a León; le alcanzaba con informar.

León recibió la información.

Demasiado tarde.

—¿Qué años? —preguntó Male.

Galo siguió mirando a León.

—No importa.

—Importa un poco —dijo Male.

León hizo una pequeña mueca.

—No era precisamente un asceta.

Lia arrancó un pedacito de pan.

No tenía ninguna razón para que aquello le importara.

Galo tenía décadas de vida adulta. Era lindo, sabía que era lindo, sabía perfectamente cómo acercarse a alguien y probablemente la experiencia necesaria para que toda la escena del árbol que a Lia todavía le quemaba en el cuello hubiera sido, para él, una variación bastante modesta de algo que llevaba años haciendo.

Ah.

El pensamiento apareció solo.

No le gustó.

Galo la miró.

Ella seguía concentrada en el pan.

—¿Y ahora? —preguntó Teo.

León se encogió de hombros.

—Ahora es un viejo aburrido.

Galo le tiró la servilleta.

Teo la atrapó antes de que tocara el suelo.

La dobló.

La dejó al lado de la comida.

Y la conversación siguió.

Male empezó a hacer menos preguntas. Lia, sin proponérselo, también.

Lia tampoco.

León tardó todavía varios minutos en darse cuenta de que su brillante plan de pinchar a Galo probablemente había golpeado a otras dos personas durante el trayecto.

Cuando lo entendió, cambió de tema.

No de manera elegante.

Empezó a hablar de kayaks.

Después de comer fueron hacia una parte donde el agua cruzaba entre piedras.

No era profundo, pero la corriente aumentaba bastante en el centro.

Galo se quejó desde el primer paso.

—El sol está peor.

León ya estaba entrando.

—Son las dos de la tarde.

—Exactamente.

Galo llevaba la remera otra vez y los lentes oscuros puestos. Caminaba con las manos en los bolsillos hasta que el agua empezó a subirle por las pantorrillas y tuvo que sacarlas para equilibrarse.

Parecía profundamente maltratado por la excursión.

Sin embargo, cuando llegaron a la parte más fuerte de la corriente, ocurrió algo que Lia apenas registró al principio.

Galo adelantó a Male.

Se puso río arriba.

El agua empezó a golpear primero contra sus piernas antes de llegar a las de ellas.

No dijo nada.

Simplemente avanzó así.

Cuando Male pisó una piedra inestable, Galo le ofreció el brazo sin siquiera mirarla. Más adelante hizo lo mismo con Lia, sosteniéndola apenas por el antebrazo mientras cruzaba un espacio más profundo.

Su cuerpo cortaba buena parte de la corriente.

Lia levantó la vista hacia él.

Galo estaba mirando dónde apoyaba los pies.

Nada heroico.

Nada anunciado.

Cuando llegaron a la otra orilla volvió a meterse las manos en los bolsillos.

—Odio el río.

Lia sonrió.

No le creyó demasiado.

Lia estaba parada con el agua apenas por debajo de las rodillas cuando algo grande salió de los arbustos de la orilla.

Alcanzó a girar.

Galo apareció por un costado.

Una mano fría le dio en la cintura.

Y la empujó.

Lia cayó de espaldas al río.

El agua le cerró sobre la cabeza.

Cuando volvió a salir, escupiendo y con el pelo completamente pegado a la cara, Galo estaba mirando hacia la orilla.

Un carpincho atravesó trotando el lugar exacto donde Lia había estado parada y se metió al agua unos metros más allá.

Silencio.

Lia apartó el pelo de los ojos.

—¿Me tiraste?

Galo siguió observando al carpincho.

—Venía hacia vos.

—¡ES UN CARPINCHO!

El animal nadaba tranquilamente río abajo.

Galo lo siguió con la vista.

—Venía decidido.

Lia se quedó mirándolo desde el agua.

Galo le extendió una mano para ayudarla a salir.

Ella la rechazó.

Y nadó en dirección contraria.

Diez minutos después, Galo estaba repartiendo sándwiches.

Como si nada.

Lia caminaba del brazo de Male por la orilla y lo miraba adelante, junto a Teo.

Galo llevaba la bolsa de comida sobre un hombro y una botella en la mano. Acababa incluso de devolverle a León unos lentes que había olvidado sobre una piedra.

Male suspiró.

—A mí me cae re bien.

Lia giró hacia ella con una expresión de traición.

Male siguió mirando hacia adelante.

—Es lindo. Ayuda. Trajo comida. Me salvó la botella cuando se cayó.

La cara de Lia se fue contrayendo mientras escuchaba.

—No sabés nada.

Male sonrió.

Lia bajó la voz.

—Es un pervertido.

Teo, varios metros adelante, levantó una mano sin darse vuelta.

Lia se quedó quieta.

Se acordó demasiado tarde.

Oído vampírico.

Galo giró apenas la cabeza.

No llegó a mirarla directamente.

Pero Lia vio la sonrisa de perfil.

—Inmundo —murmuró todavía más bajo.

Teo volvió a levantar la mano.

Lia abrió la boca indignada.

Male se agarró más fuerte de su brazo porque ya estaba riéndose otra vez.

Unos segundos después Galo estornudó de golpe.

Fuerte.

Se frenó y miró alrededor con el ceño fruncido.

Lia sintió una satisfacción mezquina e inmediata.

El universo todavía funcionaba.

La tarde bajó un poco y el sol dejó de resultar tan brutal.

Fue entonces cuando el juego cambió.

Lia estaba sola junto a un árbol, sacándose arena de un pie, cuando Galo apareció.

No lo había visto venir.

—¿Ya terminaste de denunciarme?

Lia levantó la cabeza.

Galo se apoyó contra el árbol de al lado.

—No me cree nadie.

Él hizo una expresión leve de sorpresa.

Perfectamente falsa.

Lia lo señaló.

—Eso. Esa cara.

Galo siguió mirándola.

—La de persona normal.

La sonrisa empezó a aparecer.

Lia volvió a ponerse la sandalia.

—Es actuación.

Galo se separó del árbol.

Lia siguió con el broche.

No prestó demasiada atención hasta que la sombra de él cayó encima.

Levantó la vista.

Galo estaba cerca.

—¿Y cómo tendría que ser?

Lia se quedó con una mano en el tobillo.

Él avanzó otro paso.

No había árbol detrás de Lia exactamente, pero sí un tronco caído y bastante vegetación como para que retroceder resultara incómodo. Galo no necesitó tocarla.

La diferencia de altura hizo el resto.

Lia se incorporó.

—No sé.

Galo inclinó un poco la cabeza.

La sonrisa desapareció.

Eso fue lo primero que la puso en alerta.

Después bajó la mirada.

No hacia sus ojos.

Hacia el cuello.

Lia había recogido el pelo porque seguía húmedo y toda esa parte de la piel quedaba descubierta.

El corazón le dio un golpe.

Galo lo escuchó.

Ella lo supo inmediatamente.

Los ojos de él volvieron a subir.

—¿Así?

La voz había bajado.

El frío le bajó por la espalda.

—Galo...

Él se inclinó.

Muy despacio.

Esta vez no había paquetes de azúcar, teléfonos ni estantes que sirvieran de excusa. Lia podría apartarse. Tenía espacio suficiente hacia un costado.

No lo hizo.

La punta de la nariz de Galo quedó cerca de su pelo.

Después de su mejilla.

Lia percibió el olor limpio de su piel, el frío que salía de él y, cuando Galo abrió apenas la boca, vio uno de los colmillos.

Su respiración se volvió más corta.

Galo miró otra vez hacia el cuello.

—Entonces dejame probar.

La frase le cayó directamente al estómago.

Lia dejó de respirar.

Por un instante estuvo completamente segura de que iba a hacerlo.

Y lo verdaderamente humillante fue descubrir que no sabía si quería impedirlo.

Galo acercó la cara.

Lia apretó los dedos contra el borde de la camisa.

Un centímetro.

Dos.

Su corazón latía tan fuerte que ya no tenía sentido intentar ocultarlo.

Galo podía escucharlo.

Probablemente podía escucharlo desde la Casa del Precipicio.

Lia sintió el aire frío junto al cuello.

Cerró apenas los ojos.

Y Galo le tocó la punta de la nariz con un dedo.

Lia abrió los ojos.

Él ya estaba sonriendo.

No una sonrisa pequeña.

Una sonrisa descarada, satisfecha, genuinamente divertida.

Lia se quedó dura.

Galo retrocedió.

Tardó un segundo en entender por qué estaba sonriendo. Había esperado a que ella cerrara los ojos.

La cara de Lia se desfiguró.

Galo empezó a reírse antes de que ella dijera nada.

—Vos...

Él se dio vuelta.