CAPÍTULO 9
El río
A las once y doce, Teo apareció con el short de flamencos.
Lia lo vio bajar de la moto y se quedó con la botella de agua a medio camino de la boca.
Había conservado una pequeña esperanza de que, durante las últimas veinticuatro horas, hubiese ocurrido algo capaz de modificar aquella decisión. Un incendio doméstico. Una epifanía. Que su madre lo hubiese visto. Que el propio flamenco hubiese adquirido conciencia y escapado.
Nada.
Azul eléctrico, palmeras amarillas, flamenco rosa.
Teo se quitó el casco.
—Buen día.
Male, sentada sobre una piedra baja junto al camino, bajó lentamente los lentes de sol.
—Lo compraste.
Teo miró su propio short.
—Sí.
Lia dejó la botella.
—Te queda peor de día.
No era verdad.
Ése era el problema.
Le quedaba irritantemente bien.
La tela terminaba varios centímetros por encima de las rodillas y dejaba al descubierto unas piernas largas y musculosas que hacían parecer deliberada una prenda que, colgada en el local, había sido claramente un delito.
Teo llevaba además una musculosa blanca vieja que se había cortado él mismo a los costados; al levantar los brazos para acomodarse el pelo, la tela se separó del cuerpo y dejó ver buena parte del abdomen trabajado y las líneas que bajaban hacia la cintura.
Male contempló la combinación completa.
—Qué desperdicio.
Galo y León llegaron con Ortega unos minutos después.
Ortega no iba al río.
Eso quedó bastante claro porque llevaba pantalón largo, camisa y una expresión de hombre que había aceptado transportar cosas únicamente porque nadie más parecía capaz de garantizar que llegaran completas.
Abrió el baúl.
Había una conservadora, dos bolsos, una sombrilla, varias botellas y un paquete enorme de pan.
León miró todo.
—Yo había dicho algo simple.
Ortega cerró el baúl.
—Usted dijo comida para seis personas y después no compró nada.
León asintió.
No encontró errores.
Galo salió del otro lado del auto.
Lia lo vio y por un momento dejó de prestar atención a Ortega.
Llevaba un short de baño negro, una remera clara bastante suelta y el pelo recogido atrás.
Nada más. Sin cadenas especialmente llamativas, sin camisa, sin la ropa oscura con la que solía aparecer en el almacén.
Tenía los brazos descubiertos casi por completo y la tela liviana de la remera marcaba de otra manera la anchura de los hombros.
Galo también la vio.
Lia llevaba el bikini negro debajo de una camisa blanca abierta y un short de jean muy corto; el pelo suelto, lentes oscuros sobre la cabeza y unos aritos pequeños que brillaban con el sol. Male se había puesto el verde asimétrico y un pantalón liviano encima.
La mirada de Galo bajó apenas.
Después volvió a sus ojos.
—Hola.
—Hola.
Lia sintió una satisfacción pequeña porque, aunque hubiera durado menos de un segundo, había mirado .
León saludó a Male con una familiaridad que ya empezaba a salirles sola.
Fue apenas un toque en el hombro antes de que ambos se agacharan a sacar cosas del auto.
El lugar elegido quedaba bastante más lejos que la zona del río a la que iban la mayoría de las familias.
Dejaron el auto y las motos cerca de un camino de tierra y caminaron unos quince minutos entre árboles. León cargó la conservadora durante los primeros seis y después se la pasó a Galo cuando empezó a quejarse del calor.
Galo la sostuvo con una mano.
—Pensé que eras fuerte.
León caminaba delante.
—Soy fuerte.
—Ah.
—También soy inteligente.
La conservadora siguió con Galo.
Lia caminaba unos pasos detrás con Male. Teo llevaba la sombrilla y dos bolsos porque, según él, distribuir mal el peso hacía que uno se cansara más.
Galo no parecía particularmente afectado por el peso.
Por el sol sí.
Cada vez que el camino salía de la sombra hacía una pequeña mueca y aceleraba hasta el próximo árbol.
—¿No que no se quemaban? —preguntó Male.
—Nos quemamos —dijo León—. No explotamos.
Galo se detuvo bajo una rama especialmente grande.
—Todavía.
Lia sonrió.
—Qué dramático.
Él la miró desde la sombra.
—Vos tenés melanina.
—Poquita.
—Tenés.
Eso, aparentemente, cerraba el argumento.
El río apareció entre los árboles de golpe.
Era una parte más ancha y tranquila, con una pequeña playa de arena oscura y piedras lisas cerca de la orilla.
Más adelante la corriente se volvía un poco más fuerte donde el cauce se estrechaba entre dos bancos de piedra.
Del otro lado había vegetación alta y, bastante más lejos, una barranca baja cubierta de árboles.
No había nadie.
Male dejó caer su bolso.
—Bueno. Esto sí.
León miró alrededor.
—¿Por qué no vienen todos acá?
—Porque hay que caminar —dijo Teo.
Eso explicaba una enorme cantidad de decisiones humanas.
Empezaron a instalarse.
La sombrilla dio problemas.
Primero no entraba bien en la tierra.
Después entró demasiado.
Después quedó inclinada.
León y Teo discutieron la orientación durante un rato hasta que Male la agarró, la giró unos veinte grados y se sentó debajo.
Nadie volvió a tocarla.
Galo dejó la conservadora.
Se quitó la remera.
Lia estaba sacando una toalla del bolso.
La mano quedó dentro.
No fue una contemplación obscena.
Sólo... información nueva.
Galo parecía más delgado vestido. Sin la remera se veía claramente que no lo era: hombros amplios, pecho firme, abdomen marcado sin esa exageración de alguien cuya única ocupación fuera existir en un gimnasio, una línea de músculo limpia bajando hacia la cintura del short.
La piel muy clara hacía que cualquier sombra se notara más, y tenía un par de pequeñas marcas antiguas sobre un costado que Lia nunca había visto.
Él levantó los brazos para volver a acomodarse el pelo.
Los abdominales se tensaron.
Lia sacó finalmente la toalla.
Male estaba a su lado.
Lia no la miró.
Male tampoco la miró.
Ambas parecían haber llegado espontáneamente a un acuerdo diplomático.
Teo, entretanto, se había sacado la musculosa.
El flamenco seguía ahí.
La dignidad visual del grupo tenía límites.
Entraron al agua de a poco.
Estaba más fría de lo que parecía.
Lia llegó hasta las rodillas y se frenó.
—No.
Male venía detrás.
—Dale.
—Está helada.
Teo pasó entre ambas sin expresión alguna y siguió hasta que el agua le llegó a la cintura.
Lia lo miró.
—No sentís nada.
Teo se dio vuelta.
Su cara no ayudaba a determinarlo.
León entró de golpe y empezó a salpicar a Male antes de que ella llegara a prepararse. Male chilló, retrocedió y después se metió con toda la intención de asesinarlo.
Galo permanecía en la orilla.
Lia lo miró.
—¿Vos no entrás?
Él contempló el agua.
—Estoy evaluando.
—Es agua.
—Fría.
Lia levantó las cejas.
El vampiro, cuya temperatura corporal podía hacerla estremecer si le apoyaba la mano en la cintura, encontraba el agua fría.
Sonrió.
Galo lo vio.
Eso fue suficiente para que entrara.
Para el mediodía ya habían cambiado varias veces de actividad sin decidir ninguna.
Teo y Galo terminaron hablando de la moto de León mientras se secaban al sol; Galo sabía bastante más de motores de lo que Lia habría esperado de alguien que parecía esforzarse activamente por no hacer ningún trabajo físico si podía evitarlo.
León entraba y salía de la conversación mientras armaba sándwiches.
Male había encontrado una rama con una forma rara y la estaba usando para sacar una botella que había quedado flotando demasiado lejos de la orilla.
Lia fue la única que señaló que podían simplemente entrar al agua y buscarla.
Male continuó con la rama.
Era una cuestión de principios.
Más tarde jugaron con una pelota que alguien había llevado.
Teo resultó irritantemente bueno sin parecer particularmente interesado en ganar; León sí quería ganar y eso empeoró su desempeño.
Galo empezó diciendo que no jugaba, terminó jugando y protestó cada vez que alguien intentó utilizar fuerza vampírica como argumento para invalidar un punto suyo.
Male hizo equipo con Lia.
Perdieron.
Culparon reglamentariamente a los otros.
Cuando finalmente se sentaron a comer, los seis estaban cansados, mojados y bastante más hambrientos que antes.
Teo agarró dos sándwiches.
León lo observó.
—¿Tenés hambre de comida o hambre de las dos?
Teo levantó la vista.
—De las dos.
Lia señaló la conservadora.
—Tu bolsa está abajo.
—Ya sé.
Teo siguió comiendo.
Galo estaba abriendo una botella.
León lo miró apenas.
Y ahí se le ocurrió.
Lia no vio exactamente el momento en que decidió ser una mierda.
—¿Y si no trajeras bolsa?
Teo masticó.
—Lia.
Ella levantó la cabeza.
—No me metas.
—Preguntó.
—Podés decir «consigo después».
Teo pensó.
—Pero estás acá.
Para él, aquello cerraba perfectamente la cuestión.
León sonrió.
—¿Siempre muñeca?
Esta vez Galo sí levantó los ojos.
Muy poco.
León lo vio.
Lia no.
Teo observó la muñeca de Lia como si estuviera revisando una herramienta que conocía bien.
—Casi siempre.
—Antebrazo también —agregó Lia—. Según cómo estemos sentados.
León apoyó un codo sobre una rodilla.
—¿Cuello nunca?
Teo hizo una pequeña mueca.
—¿Para qué?
Male empezó a reírse.
—Gracias, Teo. Lograste devolverle a la alimentación vampírica el erotismo de una extracción de sangre.
Teo siguió comiendo.
—Es más cómodo.
León miró de reojo a Galo.
El experimento había funcionado.
Galo estaba perfectamente normal, salvo por la manera en que llevaba varios segundos despegando lentamente una esquina de la etiqueta de su botella.
Entonces Male hizo la pregunta que le arruinó a León la diversión.
—¿Y es común que alguien tome siempre de la misma persona sin estar en pareja?
—Sí —dijo León.
—¿Mucho?
León se acomodó mejor sobre la toalla.
—Depende de la gente.
La conversación habría podido terminar ahí.
No terminó.