Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 8 #5
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CAPÍTULO 8 #5

La mano libre subió lentamente hacia su pelo.

Lia lo siguió con los ojos.

Galo agarró entre dos dedos uno de los mechones que se le había quedado pegado al cuello por el agua y lo apartó hacia atrás, dejándole la piel descubierta. Los nudillos fríos le rozaron apenas debajo de la oreja.

Lia tragó.

La mirada de él bajó al movimiento de su garganta.

Aquello ya no se parecía demasiado al pasillo del almacén.

Galo dejó caer el mechón detrás de su hombro, pero los dedos no desaparecieron enseguida. Bajaron por el costado del cuello sin llegar a acariciarla del todo, apenas rozando la piel, hasta que el pulgar quedó cerca de donde latía la arteria.

El cuerpo de Lia reaccionó entero.

Un escalofrío le bajó por los brazos.

La respiración se le hizo más corta.

Y Galo lo estaba registrando todo.

El muy hijo de puta.

—Te estás divirtiendo —murmuró Lia.

La boca de Galo se curvó apenas.

Confirmación suficiente.

Ella habría podido apartarle la mano.

No lo hizo.

Galo inclinó la cara.

Lia mantuvo los ojos abiertos mientras se acercaba, aunque cada centímetro le exigía un poquito más de voluntad. Primero vio sus ojos. Después la nariz. Después la boca.

Uno de los colmillos apareció cuando separó apenas los labios.

Galo pasó junto a su mejilla.

No la tocó.

El frío de su piel era suficiente para saber exactamente dónde estaba.

La punta de su nariz rozó apenas el pelo junto a su oreja y Lia apretó los dedos contra la corteza detrás de sí. Toda la piel del cuello se había vuelto absurdamente consciente de existir.

—Galo.

Él siguió bajando.

Muy despacio.

La nariz pasó por debajo de su oreja.

Después por el costado del cuello.

No llegaba a besarla, pero estaba tan cerca que Lia sentía cada pequeña corriente de aire cuando respiraba.

Galo se detuvo justamente sobre el lugar que había señalado en el cine.

El pulso de Lia golpeaba debajo de su boca.

Ella lo supo.

Él también.

—Mirá cómo te ponés —dijo muy bajo.

La voz le vibró prácticamente contra la piel.

Lia cerró los ojos un segundo.

Mala idea.

Sin la vista, todo lo demás se volvió peor: la mano grande apoyada junto a su cabeza, los dedos fríos todavía cerca de su garganta, el pecho de Galo a centímetros del suyo, el olor de su piel mezclado con río y protector solar.

Abrió los ojos otra vez.

—Sos vos el que hace todo este circo.

Galo levantó apenas la cara.

Sus ojos estaban demasiado cerca.

—Yo pensé que era un vampiro peligroso.

Lia apretó los labios.

Ah.

Ahí estaba usando sus propias palabras.

—Y pervertido —agregó él.

La cara de Lia empezó a calentarse.

—Eso sí.

Galo sonrió.

No retrocedió.

Al contrario.

Su mano abandonó el árbol y fue a la cintura de Lia.

No la agarró con fuerza. Apenas apoyó los dedos allí, sobre la piel que quedaba descubierta entre el bikini y el short, como si estuviera probando cuánto hacía falta para que ella dejara de saber qué hacer con los brazos.

Resultó ser muy poco.

Lia miró la mano.

Después a él.

Galo estaba disfrutando descaradamente.

—Entonces dejame probar.

La frase le cayó directamente al estómago.

Esta vez no la dijo desde lejos.

La dijo con la mano en su cintura y la boca todavía cerca de su cuello.

Lia dejó de hacer cualquier cosa.

Galo bajó la cabeza de nuevo.

El cuerpo de ella quedó inmóvil contra el árbol.

Podía correrse.

Podía empujarlo.

Podía decirle que se dejara de joder.

En cambio, mientras él acercaba la boca a su garganta, Lia levantó apenas el mentón.

Un movimiento mínimo.

Tan pequeño que quizá habría podido fingir que no había ocurrido.

Galo lo vio.

La mano de su cintura se tensó apenas.

Fue el único indicio.

Después siguió acercándose.

Lia distinguió el roce frío de su labio contra la piel.

Tan leve que no estuvo segura de si realmente había sucedido.

El colmillo pasó junto a su cuello.

No clavó.

Sólo el contacto mínimo de una punta dura, suficiente para que Lia aspirara de golpe y sus dedos se cerraran sobre la remera de Galo.

Ahí sí se le escapó toda la compostura.

Galo se quedó inmóvil.

Lia también.

Durante un par de segundos nadie hizo nada.

Y Lia tuvo la certeza humillante de que, si él mordía, iba a dejarlo.

Entonces Galo retrocedió.

Ella abrió los ojos.

La sonrisa que encontró frente a sí era espantosa.

Pícara.

Satisfecha.

Triunfal.

Lia tardó en comprender.

Galo levantó una mano y le tocó suavemente la punta de la nariz con el índice.

—Tus caras son demasiado divertidas.

Silencio.

La cara de Lia atravesó varias emociones antes de encontrar una.

Galo vio cada una.

La sonrisa se le hizo todavía más grande.

—Vos...

Él ya estaba alejándose.

Lia permaneció contra el árbol con una mano todavía cerrada en el aire, donde segundos antes había estado su remera.

—Galo.

No se volvió.

Lia sintió que se le deformaban las facciones.

—¡GALO!

A varios metros, él levantó una mano.

Nada más.

Volvía hacia los demás con el mismo paso tranquilo con el que podía ir a buscar una gaseosa.

Lia se quedó mirándolo, roja hasta las orejas.

Después se llevó una mano al cuello.

Todavía podía sentir exactamente dónde había pasado el colmillo.

Y ésa fue la parte que decidió no pensar.