Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 8 #4
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CAPÍTULO 8 #4

Después hablaron del cine. Ninguno sabía demasiado de la película. León había mandado seis mensajes al grupo durante la tarde, Male otros cuatro y Teo había respondido únicamente con un pulgar arriba.

Con Galo caminando al lado resultaba extrañamente fácil hablar cuando él no estaba intentando convertir cada metro de distancia entre sus cuerpos en un experimento.

Lia se dio cuenta de que no conocía demasiadas cosas sobre él.

Sabía dónde vivía.

Sabía que era vampiro.

Sabía que podía cargarla con un solo brazo, aparentemente.

Sabía que tenía una foto de perfil de un perro desconocido.

Eso era casi todo.

—¿Siempre viviste en la ciudad?

Galo negó.

Le contó brevemente algunos lugares donde había vivido con su familia. Nada espectacular; mudanzas, temporadas, casas distintas. Lia preguntó algo más. Él respondió con un poco más de detalle de lo que acostumbraba en el almacén.

Por primera vez hablaron sin que ninguno necesitara estar ganando.

Y a Lia le gustó.

Mucho más de lo conveniente.

Llegaron a una esquina desde la que su casa quedaba a dos cuadras.

Galo se detuvo.

—Yo voy por acá.

Lia miró la calle que señalaba.

Era completamente distinta de la dirección que había señalado veinte minutos antes.

Después lo miró a él.

Galo sostenía la expresión más neutra del mundo.

Lia empezó a entender.

La sonrisa le apareció antes de poder evitarla.

—Bueno.

Galo sostuvo su mirada.

Quizá supo que ella había entendido.

Quizá no.

—Nos vemos mañana.

—Nos vemos.

Él empezó a alejarse.

Lia caminó unos metros hacia su casa.

Después giró.

Galo ya iba en dirección contraria, las manos metidas otra vez en los bolsillos.

No había tenido absolutamente ninguna razón para acompañarla.

Lia se quedó mirándolo un segundo.

Entonces él, sin darse vuelta, levantó una mano.

La había sentido mirando.

Lia puso los ojos en blanco y siguió caminando.

Pero llegó a su casa sonriendo.

Y Roberto, que salió disparado al patio apenas escuchó el portón, fue el único que la vio.

8.5 Misión bikini 158

Male necesitaba un bikini.

Lia también.

Teo necesitaba «algo para meterse al agua».

La diferencia entre esas tres búsquedas quedó clara a los siete minutos de entrar al local.

Male ya había elegido seis conjuntos para probarse. Lia llevaba cuatro colgados del brazo y había vuelto dos veces a buscar otro color. Teo sostenía un short negro frente a sí mismo y observaba la etiqueta.

—¿Cuánto sale? —preguntó.

Lia estaba revisando un bikini bordó con pequeñas tiras doradas en los costados.

—No sé.

—Treinta y ocho.

Male apareció detrás de un perchero.

—Probátelo.

Teo siguió mirando la etiqueta.

—Hay otro a veinticuatro.

—¿Te gusta?

Teo levantó la vista.

La pregunta pareció desconcertarlo.

—Sale veinticuatro.

Male cerró los ojos.

Lia se rio y lo empujó suavemente hacia el probador con el hombro.

—Andá.

Los probadores tenían cortinas demasiado pequeñas y un espejo enorme colocado bajo una iluminación diseñada, aparentemente, para que nadie volviera a sentirse seguro de su cuerpo.

Lia salió primero.

Había elegido uno negro, simple desde adelante pero con tiras finas que se cruzaban en la cintura. Se acomodó el pelo hacia un lado y se miró de perfil, después giró un poco la cadera para ver la parte de atrás.

Male asomó la cabeza desde el probador contiguo.

Se quedó mirándola.

—Ese.

Lia se observó otra vez.

—Me gusta.

No necesitaba fingir modestia. Le quedaba muy bien.

El negro hacía que el pelo granate pareciera todavía más rojizo y resaltaba la piel clara; las tiras marcaban la cintura sin cortarla y la parte de arriba sostenía bastante más de lo que parecía cuando estaba colgada en la percha.

Lia levantó los brazos para juntar el pelo arriba.

Male siguió mirándola.

—Sí.

—¿Mucho?

—¿Mucho qué?

Lia hizo un pequeño gesto hacia sí misma.

Male la miró con una paciencia infinita.

—Vamos al río, no a una audiencia judicial.

Lia sonrió.

—Bueno.

Volvió al probador.

Male salió después.

El suyo era verde oscuro, con la parte de arriba asimétrica y la bombacha alta sobre las caderas. Se miró durante varios segundos, acomodó una tira y giró hacia Lia justo cuando ella volvía a salir con otro.

Se miraron.

Silencio.

Male señaló a Lia.

Lia señaló a Male.

—Compramos los dos —dijo Male.

—Sí.

No había nada más que deliberar.

Teo salió diez minutos después.

Llevaba puesto el short barato.

Era azul eléctrico.

Tenía palmeras amarillas.

Y, cerca de una pierna, un flamenco rosa de tamaño considerable.

Lia se quedó inmóvil.

Male también.

Teo miró hacia abajo.

—Tiene bolsillos.

Male bajó muy lentamente el bikini que tenía en las manos.

Lia se tapó la boca.

El short era espantoso, pero Teo tenía las piernas largas, la cintura estrecha y suficiente cuerpo como para conseguir que incluso un flamenco rosa pareciera haber sido incluido deliberadamente en una campaña publicitaria.

—No —dijo Male al fin.

Teo metió las manos en los bolsillos.

—Son profundos.

Eso fue demasiado.

Lia tuvo que sentarse.

—Teo, tiene una palmera en el culo.

Él intentó mirarse por encima del hombro.

Male cerró los ojos.

—Eso no te preocupa lo suficiente.

Teo salió otra vez detrás de la cortina y regresó con el negro que habían elegido ellas.

Lia levantó la cabeza.

Mucho mejor.

Negro, sencillo, a mitad del muslo.

También dejaba bastante claro que el taller hacía más por el físico de Teo que cualquier gimnasio al que él jamás habría pagado una cuota.

Male contempló el resultado.

—Ese.

Teo miró la etiqueta.

Después desapareció otra vez detrás de la cortina.

Volvió con el flamenco.

—El otro cuesta catorce mil más.

Lia apoyó la frente en el hombro de Male.

Male le acarició el pelo como si ambas estuvieran atravesando una pérdida.

Pagaron.

Lia compró el negro y otro color vino que no necesitaba pero le había gustado demasiado como para dejarlo.

Male salió con dos también.

Teo salió con el flamenco.

Nadie consiguió detenerlo.

Además había encontrado unas ojotas en liquidación junto a la caja.

—Están buenas —dijo mientras caminaban por la vereda.

Una de las tiras tenía impreso SUMMER BOY .

Male dejó de mirar.

Lia llevaba las bolsas colgando de una muñeca y todavía se reía cada vez que recordaba el short.

El teléfono vibró.

Grupo.

León había enviado:

sábado 11?

Después:

lleven comida

Y casi enseguida:

y protector porque galo dice que no piensa compartir

Galo respondió:

no dije eso

León: dijiste “comprate”

Galo: exactamente

Male empezó a escribir mientras caminaba.

Teo miró por encima de su hombro.

—Tengo protector.

Lia y Male se detuvieron.

Lo miraron.

Teo siguió caminando dos pasos antes de darse cuenta.

—¿Qué?

Lia recordó la sangre vencida.

Las bebidas de oferta.

Las ojotas SUMMER BOY.

—¿Qué protector?

Teo metió la mano en la bolsa.

Male lo agarró del brazo.

—No.

—Ni siquiera lo viste.

—No necesito.

Teo sacó igualmente un frasco.

La etiqueta decía:

VAMPSUN ULTRA 500+

Un pequeño murciélago usaba anteojos de sol en una esquina.

Lia lo agarró.

Leyó la parte de atrás.

Había tres idiomas.

Ninguno parecía estar correctamente escrito.

Levantó lentamente los ojos hacia Teo.

Él extendió la mano para recuperarlo.

—Estaba en oferta.

Male se alejó unos pasos.

—Yo no pienso ir al hospital el sábado.

Lia guardó el protector dentro de su propia bolsa.

—Te compramos otro.

Teo la siguió.

—Ése está cerrado.

—Mejor.

—Me salió barato.

—Sí, Teo.

Lia sonrió y le pasó un brazo por los hombros aunque tuviera que levantarlo bastante para llegar.

—Justamente ése es el problema.

Teo miró hacia la bolsa donde había desaparecido su protector.

No parecía convencido.

Pero seguía teniendo el short con flamenco.

Alguna batalla tenía que ganar.

Lia estaba junto a uno de los árboles, sacudiéndose arena de los pies antes de volver a ponerse las sandalias, cuando la sombra de Galo cayó sobre ella.

No había escuchado que se acercara.

Levantó la cabeza.

Él tenía el pelo todavía húmedo, recogido de cualquier manera hacia atrás, y la remera clara se le había pegado un poco al pecho después de volver a entrar al agua. Se quedó frente a ella sin decir nada, suficientemente cerca como para que Lia tuviera que levantar bastante la cara para mirarlo.

—¿Qué?

Galo ladeó apenas la cabeza.

—Nada.

Lia siguió con la sandalia.

Ya conocía demasiado bien ese nada .

—Andá a molestar a León.

No se fue.

Lia pasó la tira alrededor del tobillo y, cuando volvió a incorporarse, descubrió que Galo había avanzado otro paso.

El tronco quedaba detrás de ella; no pegado a su espalda, todavía tenía lugar para correrse hacia cualquiera de los costados, pero la disposición empezaba a parecer sospechosamente elegida.

Lo miró.

Galo bajó los ojos hacia ella.

No sonreía.

Eso le produjo una alerta pequeña y automática.

—¿Qué hacés?

—Estaba pensando.

—Qué miedo.

Los ojos de Galo cambiaron apenas.

Ahí estaba.

Lia supo inmediatamente que había dicho exactamente lo que no debía.

Él avanzó.

Ella retrocedió por puro reflejo y la espalda terminó tocando la corteza.

Galo apoyó una mano en el árbol, junto a su cabeza.

No la encerraba realmente. El otro lado seguía abierto y Lia podía simplemente pasar por debajo de su brazo si quería.

Pero su cuerpo no pareció recibir esa información.

Se quedó ahí.

Galo la observó durante unos segundos, con esa paciencia insufrible que tenía cuando sabía que estaba consiguiendo algo. Después la mirada empezó a bajar.

Los labios.

La garganta.

El hueco entre las clavículas.

Lia sintió el corazón acelerar antes incluso de que él hiciera nada.

Y, peor todavía, sabía que lo había escuchado.

Galo volvió a sus ojos.

—Otra vez.

Lia frunció el ceño.

—¿Qué?

Él no respondió.