Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

—Tenés linda letra.

Lia levantó los ojos.

Su cara estaba más cerca de lo necesario.

Por supuesto.

Los ojos ámbar estaban tranquilos, la boca también; apenas se veía la punta de un colmillo entre los labios, y a Lia le bastó con reconocer el patrón para sentir una mezcla bastante absurda de anticipación y fastidio.

Esta vez no iba a caer.

Volvió al papel.

—Gracias.

Galo se quedó.

Lia siguió anotando.

Él se inclinó un poco más.

Nada.

Lia empezó a sonreír.

No iba a mirarlo.

Dos segundos después sintió el aire frío de su respiración cerca de la sien.

El lapicero se detuvo.

Galo no dijo nada.

Lia cerró los ojos un instante.

Después dejó la birome sobre el mostrador y giró la cara muy despacio.

Ahí estaba.

Demasiado cerca otra vez.

La sonrisa todavía no había aparecido, pero Lia ya sabía que estaba detrás.

—Sos muy pesado.

No sonó verdaderamente molesta.

Galo ladeó apenas la cabeza.

Lia sostuvo la mirada con toda la dignidad que consiguió reunir mientras sentía perfectamente cómo empezaban a calentársele las mejillas.

Entonces él sonrió.

Poquito.

Y se enderezó.

La dejó ahí.

Lia lo siguió con los ojos mientras se alejaba hacia una góndola.

Ni siquiera había comprado algo.

Volvió el viernes.

A las cinco y cuarenta y dos.

Lia no conocía la hora porque estuviera esperándolo.

La conocía porque acababa de mirar el reloj.

Ésas eran dos cosas distintas.

Entró cuando el almacén estaba bastante lleno y esta vez llevaba una lista auténtica de Ortega, lo que Lia consideró una evolución importante en su relación con el comercio minorista.

Compró bolsas de residuos, limpiavidrios, dos paquetes de café y algo para destapar cañerías.

Todo perfectamente legítimo.

También se quedó treinta y cinco minutos después de haber encontrado el último producto.

Lia atendía.

Galo esperaba.

Cuando ella quedaba libre aparecía cerca.

Cuando entraba alguien, se apartaba otra vez.

A la tercera repetición Lia empezó a entender que aquello ya no tenía demasiado que ver con las compras.

Y la comprensión le produjo un calor distinto del que él conseguía acercándole la cara al cuello.

No quiso detenerse demasiado ahí.

Era más sencillo clasificarlo como vampiro molesto con demasiado tiempo libre .

Galo estaba apoyado en el lateral del mostrador cuando Lia terminó de cobrarle a una chica del barrio. Ella guardó el ticket, levantó la vista y lo encontró observando la puerta por donde acababa de salir la clienta.

Tenía una expresión tranquila.

Nada de juego.

Nada de sonrisa pícara.

Sólo estaba ahí.

—¿La Casa no necesita gente trabajando? —preguntó Lia mientras acomodaba unos billetes.

Galo volvió hacia ella.

—Hay gente trabajando.

Lia esperó.

Él pareció considerar suficiente la respuesta.

Ella bajó la cabeza para esconder una sonrisa.

—Claro.

Más tarde descubriría que, durante esa misma tarde en que llevaba casi una hora apoyado en su mostrador, Ortega estaba tratando de localizarlo porque debían decidir dónde iban dos muebles del salón.

Galo tenía el teléfono en silencio.

La primera vez que Lia vio moverse realmente a Galo ocurrió por una bolsa de harina.

Ni siquiera una bolsa particularmente grande.

Don Silvio había dejado varias cajas sobre una estructura metálica cerca del depósito mientras reorganizaban espacio.

Lia estaba sacando productos de abajo; Galo, que había vuelto a aparecer junto a ella con la excusa de mirar unas galletitas, estaba escuchando a medias algo que Lia le contaba de Roberto.

—Ya le compraron una chapa —dijo Lia, agachada.

Galo sonrió.

—Pero no es tu perro.

—No.

—Entiendo.

Lia salió con dos paquetes entre los brazos y le hizo una mueca.

Entonces algo crujió arriba.

Fue un sonido mínimo.

Lia apenas llegó a levantar los ojos.

Galo ya no estaba donde estaba.

Sintió primero una mano fría cerrarse alrededor de su cintura y, casi al mismo tiempo, el suelo desaparecer debajo de sus pies.

El movimiento fue tan rápido que el estómago le quedó atrás: un segundo estaba frente al estante y al siguiente tenía el cuerpo pegado contra el de Galo, un brazo firme rodeándola mientras él se había colocado entre ella y la estructura.

Un paquete cayó.

Golpeó el suelo.

Puf.

Harina.

La bolsa ni siquiera se rompió.

Silencio.

Lia seguía agarrada de la remera de Galo.

Galo seguía sosteniéndola.

Don Silvio apareció desde el depósito.

Los tres miraron la bolsa.

Después la estructura.

Después a Galo y Lia.

Había caído desde aproximadamente cuarenta centímetros.

Ni siquiera habría llegado a tocarle la cabeza.

Lia bajó lentamente la vista hacia el brazo que Galo todavía tenía alrededor de su cintura.

Volvió a subirla.

Durante el movimiento había alcanzado a ver algo distinto en él: las pupilas reducidas, los ojos mucho más brillantes, los músculos tensos y un colmillo completamente expuesto. Ahora, mientras ambos procesaban la magnitud real de la amenaza, aquella expresión empezó a desaparecer.

Galo miró la bolsa.

—Ah.

Lia todavía estaba prácticamente colgada de él.

—¿Ah?

Él pareció recordar que la tenía en brazos.

La bajó.

Bastante rápido.

Los pies de Lia volvieron al piso y tuvo que dar un paso para recuperar el equilibrio.

Durante aproximadamente tres segundos se había sentido como la protagonista de una historia particularmente cara, rescatada en el último instante por una criatura sobrenatural de velocidad imposible.

Ahora había una bolsa de harina en el suelo.

Don Silvio se agachó y la levantó.

—Ni se abrió.

Lia miró a Galo.

Él se acomodó la remera.

La expresión otra vez impecable.

Un mechón le había quedado fuera de lugar.

Era la única evidencia de que acababa de cruzar varios metros en una fracción de segundo para salvarla de un kilo de harina.

Don Silvio volvió al depósito con la bolsa.

Lia siguió mirando a Galo.

Él miró hacia donde había desaparecido Don Silvio.

Después hacia ella.

Y lentamente empezó a sonreír.

Lia sintió que la cara se le deformaba.

—Ni se te ocurra.

Galo se mordió apenas el interior del labio, conteniendo algo.

Eso fue peor.

—¡Yo no hice nada!

Galo puso una cara de inocencia que ya no engañaba a nadie.

Lia agarró uno de los paquetes que llevaba antes.

Durante unos segundos lo sostuvo contra el pecho con una indignación creciente, hasta que Galo terminó girándose porque ya se estaba riendo.

—¡Pensaste lo mismo que yo!

Galo se alejó.

Lia dio dos pasos detrás.

Él seguía riéndose.

—¡Pensaste que se caía todo!

Galo levantó una mano sin darse vuelta.

Lia hizo ademán de tirarle el paquete.

Desde el depósito apareció Don Silvio.

—No tires eso que se rompe.

Lia bajó el brazo.

Galo siguió caminando con los hombros moviéndose apenas de la risa.

Ella se quedó en medio del pasillo, roja hasta las orejas y con el corazón todavía demasiado rápido para una amenaza compuesta mayormente de harina.

Durante unos segundos había sentido su brazo entero alrededor de la cintura.

La fuerza.

La velocidad.

La forma en que su cuerpo se había vuelto duro y alerta antes de que Lia siquiera entendiera qué estaba pasando.

Eso tampoco pensaba analizarlo.

—Vampiro pelotudo —murmuró.

Galo, ya en la otra punta del pasillo, levantó un dedo.

La había escuchado.

Obviamente.

Lo verdaderamente ofensivo ocurrió diez minutos después.

Male entró.

Venía a buscar a Lia para preguntarle algo sobre la película del día siguiente y encontró a Galo ayudando a Don Silvio a volver a colocar las cajas.

Ayudando.

Como una excelente persona.

Male saludó y se acercó a Lia.

—Mirá —susurró Lia casi inmediatamente.

Male siguió su mirada.

Galo sostenía una caja mientras Don Silvio le indicaba dónde dejarla.

—¿Qué?

Lia miró a Male.

Después otra vez a Galo.

—Nada.

No podía denunciarlo por haberla salvado excesivamente de una bolsa de harina.

El problema era otro.

Unos minutos después Galo terminó, se sacudió las manos y se acercó.

Male le sonrió.

—Gracias por ayudar.

—No es nada.

Lia lo miró.

Galo le devolvió una expresión perfectamente amable.

Male empezó a contar algo sobre el cine.

Lia siguió mirándolo.

Él escuchaba.

Asentía.

Respondía cuando correspondía.

Una persona normal.

Un hombre educado.

La misma criatura que diez minutos antes había aparecido de la nada, la había levantado como si no pesara nada y después se había reído de su cara.

Lia apoyó ambas manos sobre el mostrador.

Galo la miró de reojo.

La pequeña sonrisa apareció sólo para ella.

Ahí estaba el hijo de puta.

Cuando terminó el turno, Male ya se había ido.

Don Silvio cerró una parte del local y Lia salió con la mochila, todavía acomodándose el pelo después de haberlo llevado atado toda la tarde.

Galo estaba afuera.

Sentado sobre el respaldo de un banco bajo que había junto al negocio, mirando el teléfono.

Lia frenó en la puerta.

Él levantó la cabeza.

No parecía estar esperando a nadie.

Lo cual habría sido una actuación bastante convincente si no llevara cuarenta minutos dentro del almacén antes de salir cinco minutos antes que ella.

Lia cerró la puerta detrás suyo.

—¿No te ibas?

Galo guardó el teléfono.

—Sí.

Se puso de pie.

Lia esperó.

Galo empezó a caminar.

Después de dos pasos se dio cuenta de que ella seguía parada y miró hacia atrás.

Lia terminó siguiéndolo.

—¿Adónde?

—Para allá.

Señaló vagamente una calle.

Era, por casualidad, la dirección de la casa de Lia.

Ella acomodó la mochila sobre el hombro y empezó a caminar a su lado.

La tarde estaba terminando. Todavía quedaba luz, pero el calor había bajado y en algunas casas ya empezaban a encenderse las lámparas de los patios. Pasaron frente a una señora regando plantas, un grupo de chicos jugando con una pelota y un perro que ladró desde detrás de una reja cuando Galo pasó.

Durante un par de cuadras hablaron de Roberto.

Galo quería saber por qué el perro se llamaba Roberto.

Lia explicó que había sido culpa de su abuelo y después tuvo que admitir, progresivamente, que Roberto ya tenía collar, cama, alimento y una cita programada con el veterinario.

Galo escuchó toda la evidencia.

No emitió sentencia.

Eso permitió que Lia conservara cierta dignidad.