CAPÍTULO 8 #2
Su corazón volvió a acelerar.
Esta vez Galo no estaba jugando.
Eso resultaba bastante peor.
Lia alcanzó a mirar su boca y después los ojos otra vez.
Galo la bajó.
Los pies tocaron el piso.
Ella tardó un segundo en soltarle la remera.
Don Silvio recogió una de las cajas.
—Estas eran para tirar.
Galo observó la pila.
Después se acomodó una manga que se le había subido durante el movimiento.
—Bien.
Nada más.
Lia se quedó mirándolo.
Él recogió otra caja.
La expresión ya había vuelto completamente a la normalidad.
—¿Dónde van?
Don Silvio señaló el patio trasero.
Galo empezó a llevarlas.
Como si no acabara de cruzar medio almacén en una fracción de segundo.
Lia permaneció quieta unos instantes.
Podía sentir todavía la presión de la mano alrededor de su cintura.
Había sido fuerte.
Muchísimo más fuerte de lo que mostraba cuando simplemente caminaba con las manos en los bolsillos o se apoyaba durante cuarenta minutos en su mostrador.
Lo sabía, obviamente.
Era vampiro.
Saber algo y sentirlo eran dos experiencias completamente diferentes.
Galo volvió.
Lia seguía en el mismo lugar.
Él miró las cajas restantes.
Después a ella.
Una pequeña sonrisa empezó a aparecer.
Lia lo señaló inmediatamente.
—No.
La sonrisa creció.
—No te rías.
Galo apretó los labios.
Lia vio cómo se le movían apenas los hombros.
Eso fue suficiente.
Se le deformó toda la cara.
—¡Vos también pensaste que estaban llenas!
Galo agarró otra caja.
Lia lo siguió dos pasos.
—¡Me levantaste del piso!
Él siguió caminando.
Ni siquiera se defendía.
—¡Casi me mandás a otra provincia por dos cajas de cartón!
Don Silvio apareció entre ambos.
—No pisen esa bolsa, que tiene botellas.
Lia frenó.
Galo aprovechó para seguir hacia el patio.
Estaba riéndose.
No fuerte.
Peor: ese movimiento mínimo de los hombros que indicaba que estaba intentando no hacerlo.
Lia agarró una de las cajas vacías.
Consideró seriamente tirársela.
Don Silvio la miró.
Lia volvió a dejarla.
Media hora después entró Male.
Encontró a Galo ayudando a Don Silvio a mover la estructura metálica para que no volviera a ocurrir.
Lia estaba en la caja.
Male saludó, miró hacia el fondo y sonrió.
—Mirá vos.
Lia siguió cobrando.
—No.
Male volvió hacia ella.
—¿No qué?
Lia terminó de darle el vuelto a un cliente antes de hablar.
—No te dejes engañar.
Male miró otra vez.
Galo sostenía un extremo de la estructura mientras Don Silvio medía el espacio.
Completamente servicial.
Completamente normal.
Male volvió la vista hacia Lia.
Lia tenía los labios apretados.
—Hace veinte minutos me secuestró.
Male miró a Galo.
Después a Lia.
Esperó.
Lia hizo un gesto frustrado con las manos.
—Pensó que me iba a caer algo encima y me levantó como si fuera un bolso.
Male abrió un poco los ojos.
—¿Estás bien?
Lia se quedó quieta.
Eso no era exactamente la reacción que necesitaba.
—Sí. Eran cajas vacías.
Male tardó.
La boca empezó a temblarle.
—No.
—No te rías.
Male se tapó la boca.
Lia sintió la indignación subirle por todo el cuerpo.
En ese momento Galo regresó.
Tenía un poco de polvo en una mano y nada en la expresión que permitiera sospechar que hubiese ocurrido un rescate vampírico ridículo.
Male lo miró.
—Lia me contó lo de las cajas.
Galo asintió con seriedad.
—Fue grave.
Lia abrió la boca.
Galo pasó junto a ella.
Male explotó.
—¡NO FUE GRAVE!
Galo siguió caminando.
Lia agarró una servilleta del mostrador, la hizo un bollo y se la tiró a la espalda.
No llegó.
Cayó al piso.
Galo ni siquiera se dio vuelta.
Male estaba apoyada contra el mostrador riéndose.
Lia contempló seriamente la posibilidad de cambiar de amigos.
Cuando terminó el turno, Galo ya no estaba.
Eso fue lo primero que Lia notó al salir.
No tenía ninguna razón para esperar que siguiera ahí.
Había pasado casi una hora desde que se había ido.
Se acomodó la mochila, bajó los dos escalones de la entrada y empezó a caminar hacia donde había dejado la bicicleta.
—¿Vas caminando?
Lia se giró.
Galo estaba sentado en el pequeño banco de la vereda de enfrente.
Había cambiado de lugar.
Nada más.
Tenía el teléfono en la mano y una pierna estirada.
Lia se quedó mirándolo.
—Pensé que te habías ido.
Galo guardó el teléfono.
—Me fui.
Aquello no aclaraba nada.
Se levantó.
Lia agarró la bicicleta por el manubrio.
—¿Y volviste?
Él se encogió apenas de hombros.
No parecía tener preparada una explicación brillante.
Eso era novedoso.
Empezaron a caminar.
Lia llevaba la bicicleta de un lado. Galo quedó del otro, las manos otra vez metidas en los bolsillos.
No preguntó si podía acompañarla.
Ella tampoco preguntó por qué lo hacía.
Hablaron primero de la película.
Después del perro de la foto de perfil de Galo.
Lia llevaba días conteniendo la pregunta y terminó perdiendo.
No era suyo.
Tampoco era de León.
Ni de Ortega.
—¿Entonces de quién es?
Galo pensó unos segundos.
—No sé.
Lia frenó apenas.
Él siguió caminando.
—¿Cómo que no sabés?
Galo explicó, con una tranquilidad absolutamente incomprensible, que había visto al perro años atrás afuera de un restaurante, le había parecido gracioso y le había sacado una foto.
No conocía al perro.
No sabía su nombre.
Probablemente el animal ni siquiera estuviera vivo todavía.
Lia se quedó observándolo durante varios metros.
Había esperado alguna historia.
No la había.
Finalmente empezó a reírse.
Galo sonrió sin saber muy bien qué parte era tan graciosa.
Y la conversación siguió.
Esta vez hablaron bastante.
No de nada importante: lugares donde Galo había vivido, comida que le gustaba, por qué Lia trabajaba en el almacén, Roberto, el cine, alguna anécdota de León.
Sin el mostrador entre ambos y sin Galo empeñado en escucharle el corazón desde una distancia ilegal, era sorprendentemente fácil conversar con él.
Lia descubrió además que tenía una forma particular de contar cosas. Empezaba como si nada tuviera demasiada importancia y terminaba revelando que había hecho algo absurdo o exagerado sin cambiar nunca el tono.
Le gustaba escucharlo.
No pensó mucho en eso.
Al llegar a una esquina, Galo frenó.
—Voy por acá.
Lia miró la calle que señaló.
Después hacia atrás.
Durante casi veinte minutos habían caminado en una dirección que no le servía absolutamente para nada.
Volvió hacia él.
Galo mantuvo una expresión tranquila.
Lia no dijo nada.
Se quedó mirándolo hasta que la sonrisa empezó a aparecerle sola.
Galo la vio.
Por una vez no intentó aprovecharla para ponerla nerviosa.
—Nos vemos.
—Nos vemos.
Lia siguió con la bicicleta.
Después de unos metros miró hacia atrás.
Galo ya caminaba en dirección contraria.
Como si hubiese sentido la mirada, levantó una mano sin darse vuelta.
Lia sonrió otra vez.
Y mientras retomaba el camino a casa se le ocurrió, con una satisfacción bastante más grande de la necesaria, que al día siguiente probablemente aparecería otra vez.
La Casa del Precipicio debía estar consumiendo una cantidad extraordinaria de bolsas de residuos.
Lia volvió a don Ricardo.
—Era la tapita azul —decía él—. O verde.
—La otra vez llevó azul.
—Pero Cristina dijo que tenía olor.
Lia salió de la caja y caminó hasta la góndola de limpieza.
Don Ricardo la siguió despacio, explicándole nuevamente que su mujer no toleraba los productos con demasiado perfume.
Lia conocía a Cristina desde hacía años y recordaba el asunto; encontró el bidón que habían llevado la última vez, abrió apenas la tapa para comprobar que seguía siendo el mismo y se lo mostró.
—Éste.
Don Ricardo lo sostuvo con las dos manos y leyó la etiqueta.
—¿Estás segura?
—Si no, decile que fue culpa mía.
Eso pareció tranquilizarlo.
Mientras Lia volvía hacia la caja reparó en que Galo estaba al final del pasillo.
No tenía ningún producto en las manos.
Tampoco fingía buscarlo.
Estaba apoyado contra una góndola, mirándola.
Lia aminoró apenas el paso.
Galo no apartó los ojos.
Ella levantó las cejas muy poco, esperando quizá que señalara algo que necesitaba. Él siguió exactamente igual.
Lia terminó de pasar junto a él.
El frío de su cuerpo se percibió un instante al cruzarlo.
No dijo nada.
Don Ricardo pagó, guardó el bidón en una bolsa reutilizable y se quedó otro rato contándole a Lia que Cristina tenía una teoría nueva sobre el sarro del baño. Cuando finalmente se fue, Galo ya estaba apoyado en el mostrador.
Seguía sin nada.
Lia cerró la caja.
Lo miró.
Él la miró.
Pasaron algunos segundos.
—¿Necesitabas algo?
Galo pareció considerarlo recién entonces.
Giró la cabeza hacia las góndolas.
—Puede ser.
Lia sonrió sin querer.
—Avisame cuando lo descubras.
Y siguió trabajando.
Durante los siguientes diez minutos hizo exactamente eso: trabajar.
Repuso caramelos, anotó dos faltantes, llevó una caja vacía al depósito y atendió a una mujer con una criatura que quería tocar todos los chocolates al mismo tiempo. Galo permaneció cerca del mostrador, a veces mirando el teléfono, otras simplemente observando la calle por el ventanal.
No parecía aburrido.
Tampoco parecía tener apuro.
Lia empezó a ser demasiado consciente de él precisamente porque no hacía nada .
Cada vez que levantaba la cabeza estaba en algún punto ligeramente diferente: sentado sobre el borde de una heladera, mirando una etiqueta, otra vez junto a la caja.
Delgado, alto, demasiado prolijo para llevar veinte minutos merodeando un almacén sin propósito identificable.
La remera oscura le quedaba ajustada en los hombros y más suelta hacia la cintura; cuando cruzaba los brazos se marcaban los antebrazos debajo de las mangas cortas.
Tenía un pequeño aro en una oreja y el pelo oscuro atado bajo, aunque algunos mechones ya se habían soltado alrededor de la cara.
Era profundamente injusto que alguien pudiera perder el tiempo con tanta estética.
Lia estaba anotando precios cuando una sombra cubrió parte del papel.
No levantó la cabeza.
Galo se había acercado al otro lado del mostrador.
Después un poco más.
Su mano apareció junto a la de ella, apoyada sobre la madera.
Lia siguió escribiendo.
—¿Ahora sí sabés qué querés?
Silencio.
Ella terminó el número.
Galo se inclinó lo suficiente para mirar la hoja.