CAPÍTULO 8
Enemigo habitual
El lunes Galo entró al almacén a las cinco y veinte.
Lia estaba acomodando paquetes de galletitas en una punta del mostrador y lo vio apenas sonó la campanita.
Aquella vez no sintió la necesidad de preguntarse qué hacía ahí.
La Casa del Precipicio llevaba semanas consumiendo detergente, bolsas, herramientas, comida y una cantidad sorprendente de productos que, según Ortega, alguien compraba y después nadie encontraba.
Galo podía necesitar cualquier cosa.
Levantó una mano a modo de saludo.
Él hizo lo mismo y siguió caminando.
Lia volvió a las galletitas.
Cinco minutos después seguía sin haber agarrado nada.
Lo encontró apoyado contra una de las heladeras, mirando el teléfono.
Pasaron otros cinco.
Una señora entró a comprar yerba. Después un chico pidió una gaseosa. Don Ricardo apareció con una lista escrita por su mujer y Lia tuvo que acompañarlo hasta limpieza porque, una vez más, no recordaba cuál era el producto que Cristina toleraba.
Cuando regresó al mostrador, Galo estaba ahí.
Había cambiado de lugar.
Tenía un codo apoyado sobre la madera y miraba hacia la calle, vestido con una remera negra de mangas cortas y un pantalón gris oscuro.
El pelo lo llevaba atado bajo, aunque varios mechones se le habían soltado cerca de las sienes.
Con la luz de la vidriera dándole de costado se le marcaba la línea recta de la nariz, la mandíbula limpia, la boca relajada; incluso quieto parecía demasiado deliberadamente bien compuesto para alguien que llevaba quince minutos en un almacén sin comprar absolutamente nada.
Lia dejó la lista de don Ricardo junto a la caja.
Galo volvió la cabeza.
Ella esperó un momento.
Él no dijo nada.
Lia empezó a acomodar el vuelto.
Un minuto después seguía ahí.
—¿Ortega te mandó por algo?
Galo pareció recordar que las personas solían tener motivos para entrar a los comercios.
Metió una mano en el bolsillo y sacó el teléfono.
Revisó una conversación.
—Bolsas.
Lia señaló con la barbilla el pasillo correspondiente.
Galo miró.
No se movió.
Lia lo observó otro segundo y terminó sonriendo mientras volvía a contar billetes.
—Están donde siempre.
Él guardó el teléfono.
Fue a buscarlas.
Regresó con un solo paquete.
Lo dejó sobre el mostrador.
Lia lo pasó por el lector.
—¿Una?
Galo miró el paquete.
—Sí.
—La otra vez llevaron seis.
Silencio.
Galo sacó la billetera.
Lia apretó los labios para no reírse.
No había nada que demostrar.
Cobró.
Él agarró la bolsa.
Y se quedó.
Eso empezó a repetirse.
No todos los días.
Lo suficiente.
Un día apareció con una lista real de Ortega y tardó veinte minutos en comprar cuatro cosas que Lia sabía perfectamente que podía encontrar solo.
Otra tarde entró por café.
Compró café.
Después permaneció junto al mostrador durante casi media hora.
Lia estaba ocupada, así que durante un rato Galo tuvo que conformarse con existir cerca.
Ella atendía gente, recibía proveedores, discutía con Don Silvio dónde iban unas cajas nuevas. Cada tanto, cuando levantaba la cabeza, lo encontraba mirando algo en el teléfono o recorriendo los estantes sin particular urgencia.
En una ocasión lo sorprendió mirándola a ella.
No apartó la vista.
Lia tampoco.
Se quedaron así unos segundos, separados por el ancho del local, hasta que entró una clienta y ella tuvo que volver a la caja.
Cuando terminó, Galo ya estaba al lado del mostrador.
No supo en qué momento había cruzado.
Lia abrió un cuaderno donde llevaba algunos faltantes y empezó a anotar.
Él quedó del otro lado, apoyado sobre los antebrazos.
No habló.
Lia escribió dos productos.
Pasó una hoja.
Todavía lo sentía ahí.
A esta altura ya reconocía con demasiada facilidad la temperatura de Galo incluso antes de que la tocara: aquel descenso pequeño en el aire cuando estaba cerca, especialmente evidente en las tardes pesadas de verano.
Continuó escribiendo.
Galo se inclinó un poco.
Lia siguió con la vista en el cuaderno.
No iba a darle el gusto.
Otro poco.
Ahora su cara debía estar a la altura del pelo de Lia.
Ella respiró despacio.
Galo tampoco dijo nada.
Lia escribió:
servilletas x 100
La letra salió ligeramente peor que las líneas anteriores.
La boca se le empezó a curvar.
No la de Galo.
La suya.
—Podés leer desde ahí —dijo sin mirarlo.
Él no se apartó.
—Puedo.
—Bien.
Lia siguió escribiendo.
La respiración fría le rozó apenas el costado del cuello.
La birome quedó suspendida sobre el papel.
Ahí sí.
Lia giró despacio.
Galo estaba demasiado cerca.
Otra vez.
A esa altura ya conocía bastante bien sus ojos; el ámbar alrededor de la pupila, las pequeñas variaciones de color según la luz.
Pero seguía costándole no mirar su boca cuando estaban así.
Los colmillos apenas se distinguían si Galo mantenía los labios relajados, y justamente por eso resultaban peores.
No parecían una prótesis monstruosa ni algo separado de él.
Eran simplemente parte de una boca que ya era bastante problemática por sí sola.
Galo bajó los ojos hacia ella.
No sonreía.
Lia sostuvo la mirada.
Su corazón, en cambio, había decidido traicionarla por cuenta propia.
Y ahora sabía que él podía escucharlo.
Eso era lo intolerable.
Los ojos de Galo se desviaron apenas hacia su cuello.
Volvieron.
No necesitó hacer nada más.
Lia sintió que las mejillas empezaban a arder.
La sonrisa apareció finalmente en la cara de él, pequeña y satisfecha.
Lia dejó la birome.
—Sos insoportable.
Galo se enderezó.
El muy desgraciado parecía haber conseguido exactamente lo que había venido a buscar.
Lia lo vio alejarse hacia la góndola de chocolates sin ninguna prisa.
Ni siquiera había pedido café aquella vez.
El miércoles decidió no prestarle atención.
No como estrategia.
Simplemente estaba ocupada.
Había llegado un pedido grande y Don Silvio necesitaba revisar varias cosas antes del cierre. Lia entraba y salía del depósito, acomodaba mercadería, atendía cuando sonaba la caja y todavía tenía que sacar fotos de algunos productos nuevos para subir a las redes.
Galo apareció cerca de las seis.
Lia lo saludó desde lejos.
Y siguió.
Durante los primeros diez minutos no pasó nada.
Después, cada vez que cruzaba el local, Galo parecía estar justo en algún lugar por donde necesitaba pasar.
Primero junto a la góndola de bebidas.
Después cerca del depósito.
Más tarde sentado en el borde de una heladera, con un chocolate en una mano que llevaba varios minutos sin abrir.
Lia pasó junto a él cargando una caja.
Galo siguió el movimiento con los ojos.
Ella volvió cinco minutos después con otra.
Esta vez él estiró una pierna apenas hacia el pasillo.
No bloqueándolo.
Sólo ocupando un poquito más de espacio del estrictamente necesario.
Lia se detuvo.
Lo miró.
Galo tenía la expresión más inocente que había visto en su vida.
Lia ladeó la caja y pasó igual, rozándole la rodilla con la cadera.
No iba a desviarse.
La sonrisa de Galo apareció después de que ya lo había pasado.
—Ridículo —murmuró Lia.
El oído vampírico funcionaba perfectamente.
No respondió.
Más tarde estaba sola detrás del mostrador, revisando las fotos que había sacado.
Galo apareció a su lado.
No enfrente.
Al lado.
Lia levantó la mirada.
Había entrado por detrás del pequeño espacio de caja sin que ella lo escuchara acercarse.
—¿Qué hacés acá?
Él señaló la pantalla.
—Esa está desenfocada.
Lia volvió a mirar la foto.
—Ya sé.
Galo se inclinó sobre su hombro.
Lia sintió inmediatamente el frío junto a la mejilla.
—La siguiente está mejor.
Ella pasó la foto.
Galo quedó mirando.
Demasiado cerca.
Otra vez.
Lia respiró por la nariz.
No iba a ponerse colorada.
No iba a—
—Hoy estás bastante valiente.
La voz, baja junto a su oído, le recorrió toda la espalda.
Lia apretó el teléfono.
Galo se enderezó antes de que pudiera reaccionar.
Ella giró.
Él ya caminaba hacia el otro lado del mostrador.
Impecable.
Lia lo siguió con una mirada que habría servido perfectamente para iniciar un incendio.
Galo agarró finalmente el chocolate que había dejado antes.
Lo abrió.
Y empezó a comer.
Lo del instinto protector ocurrió el jueves.
Don Silvio había acumulado cajas vacías sobre una estructura metálica junto al depósito para sacarlas más tarde. Eran grandes, de productos de limpieza y papel higiénico; desde abajo parecían bastante más pesadas de lo que eran.
Lia estaba agachada buscando un paquete detrás de otra caja cuando escuchó un golpe arriba.
No llegó a mirar.
En un instante estaba en otro lugar.
La mano de Galo se cerró alrededor de su cintura con una fuerza que le cortó el pensamiento. El suelo se alejó de sus pies y su espalda chocó suavemente contra un pecho frío mientras él se desplazaba varios metros de una sola vez.
Fue tan rápido que Lia ni siquiera tuvo tiempo de asustarse.
Cuando volvió a entender dónde estaba, tenía una mano agarrada a la remera de Galo y la otra apoyada sobre su hombro.
Él miraba hacia arriba.
No tenía la cara de siempre.
Los ojos se habían vuelto mucho más brillantes, las pupilas pequeñas, concentradas; el cuerpo entero estaba tenso alrededor del de Lia y uno de sus colmillos había quedado completamente expuesto.
Durante un segundo pareció otra persona, o quizá la misma sin todas las capas de pereza, ironía y aburrimiento que llevaba encima casi todo el tiempo.
Una caja cayó.
Después otra.
Pof.
La primera rebotó en el piso.
La segunda cayó encima.
Una tercera se abrió.
Vacía.
Silencio.
Don Silvio salió del depósito.
Miró las cajas.
Después a Galo.
Después a Lia, que seguía varios centímetros por encima del suelo.
—Estaban vacías —dijo.
Galo miró hacia abajo.
Lia también.
Estaban vacías.
Todas.
Durante tres segundos había sido rescatada con velocidad sobrenatural de una posible muerte por cartón.
Galo volvió a mirarla.
La intensidad de los ojos empezó a desaparecer.
Entonces pareció reparar en la posición en la que la tenía.
Una mano alrededor de la cintura.
El cuerpo de Lia prácticamente pegado al suyo.
Sus piernas sin tocar todavía el suelo.
Lia levantó un poco la cara.
Estaban cerca.
Muchísimo.
Por un momento nadie dijo nada.