Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Eso abrió una discusión más larga. No importaba demasiado quién fuera dueño del inmueble; importaba que funcionara como hogar para alguien. Un lugar dentro de otro también podía adquirir cierta protección si era suficientemente propio: una habitación, por ejemplo. La invitación podía retirarse.

Lia miró a Galo.

Él ya la estaba mirando.

Recordó inmediatamente:

No vas a entrar a mi casa.

Galo no necesitó decirlo.

La cara le alcanzó.

Lia hizo una pequeña mueca y volvió hacia León.

Después vinieron las preguntas peores.

Male quería saber si los vampiros comían comida humana por gusto o por necesidad.

León explicó que podían comerla normalmente y que incluso tenían hambre de comida, aunque la sangre cubría una necesidad diferente.

Galo intervino alguna vez para corregir una exageración de su primo.

Teo, que técnicamente conocía gran parte de aquello desde que había nacido, escuchaba con una expresión cada vez más agraviada.

—Podían preguntarme a mí —dijo finalmente.

Los cuatro lo miraron.

Lia sonrió.

—Vos sos híbrido.

Teo bajó la vista hacia su hamburguesa.

La aceptó.

—Igual sé.

—Bueno, explicá —dijo Male.

Teo pensó unos segundos.

—Necesitamos sangre.

Silencio.

León empezó a reírse.

Teo siguió comiendo.

Era difícil discutir la precisión de la explicación.

La sangre animal podía sostener a un vampiro, aunque peor. La sintética había mejorado mucho pero seguía sin ser igual. La humana era óptima.

Male se acordó inmediatamente de las compras de Teo.

—¿Entonces las porquerías que compra él son todavía peores?

Teo levantó los ojos.

—No son porquerías.

Lia apoyó la barbilla en la mano.

—Compraste una vencida.

—La compré antes de que venciera.

Male cerró los ojos.

León miró a Teo con un respeto nuevo y difícil de interpretar.

—¿Vivís de eso?

Teo se encogió de hombros.

—No necesito tanto.

Era híbrido; su requerimiento era bastante menor. Bolsas, comida normal y, cuando realmente lo necesitaba, sangre fresca.

—Y Lia —agregó Male con absoluta naturalidad—. Cada tanto lo alimenta ella.

El movimiento de Galo fue mínimo.

Tenía un vaso en la mano.

Simplemente dejó de llevarlo hacia la boca.

Lia no lo vio.

León sí.

Teo tampoco pareció considerar que se hubiera revelado nada particularmente interesante.

—A veces —dijo Lia—. Si se queda corto.

Siguió comiendo una papa.

Galo dejó finalmente el vaso sobre la mesa.

Su expresión no había cambiado.

—¿Hace mucho? —preguntó León, más por curiosidad que por otra cosa.

—Desde siempre —respondió Lia.

Teo negó despacio.

—No desde siempre.

Lia intentó recordar.

—Bueno, desde que podés.

—Eso.

La conversación siguió.

O por lo menos para casi todos.

Galo pasó el pulgar una vez por la condensación del vaso y miró brevemente el antebrazo de Lia, allí donde las pulseras tapaban parte de la piel.

Después miró a Teo.

Teo estaba concentrado en decidir qué porción de torta quedaba más grande.

León volvió a apoyar la espalda en la silla.

Había visto.

—Entonces —dijo Male un rato después—, ¿morder es sexual o no?

Teo dejó la cuchara.

Lia también levantó la cabeza.

León pareció encantado con la pregunta.

Galo miró por la ventana.

La respuesta resultó bastante menos simple de lo que Male esperaba.

Podía serlo.

También podía no significar absolutamente nada.

Dependía de quién, dónde, cómo, qué vínculo existiera entre las personas y hasta del lugar del cuerpo elegido.

Había gente que donaba por dinero, contratos de alimentación, amistades, parejas, desconocidos, acuerdos exclusivos y otros que no lo eran.

Para algunos vampiros alimentar de determinada persona podía ser profundamente íntimo.

Otros trataban el asunto con la misma carga emocional que una consulta médica.

Lia miró a Teo.

Teo estaba raspando chocolate del borde del plato.

No le encontró demasiado erotismo.

—Claramente hay casos —dijo Male, viendo lo mismo.

Teo levantó la cabeza.

—¿Qué?

Male negó.

Nada.

León sonrió.

Galo seguía mirando hacia la calle.

La pregunta sobre la promiscuidad llegó inevitablemente después.

Male había empezado preguntando si los vampiros solían tener parejas humanas considerando la diferencia de longevidad.

León explicó que sí, aunque podía ser complicado.

De ahí pasaron a relaciones entre vampiros, relaciones abiertas y finalmente a si vivir muchísimo tiempo hacía que terminaran todos siendo más promiscuos.

León apoyó la mejilla sobre una mano.

—No todos.

La forma en que lo dijo hizo que Male sonriera.

—¿Vos?

León no tuvo ninguna crisis moral.

—Sí.

Simple.

Lia soltó una pequeña risa.

Male también.

León continuó explicando que había pasado por épocas distintas, que algunos vampiros eran muchísimo más conservadores que cualquier humano que conociera y que otros utilizaban tener décadas por delante como argumento para prácticamente cualquier decisión.

Male parecía cada vez más entretenida.

—¿Y él?

Señaló a Galo con la cuchara.

Galo giró lentamente.

Lia bajó los ojos hacia su postre con una rapidez que esperaba que nadie registrara.

León miró a su primo.

La pausa duró apenas lo suficiente.

—Galo tuvo sus momentos.

—León.

No hubo amenaza en la voz.

Sólo cansancio.

León sonrió y dejó el tema ahí.

Lia cortó un pedacito de torta.

No tenía ningún interés particular.

Absolutamente ninguno.

Galo, en cambio, la miró.

Lia siguió dedicándole toda su atención al chocolate.

Male hizo otra pregunta mientras esperaban la cuenta.

—¿Pueden saber si alguien está sangrando aunque no lo vean?

—Sí —respondió León.

Lia levantó la cabeza.

—¿Por olor?

—También.

Galo agregó, sin demasiado interés:

—Oído.

Lia lo miró.

—¿Oído?

Él asintió.

León explicó que podían escuchar respiraciones, movimientos pequeños, incluso el pulso de alguien si estaban lo suficientemente cerca y el ambiente ayudaba.

Lia se quedó inmóvil.

Muy despacio volvió hacia Galo.

Él estaba tomando agua.

Recordó el pasillo del almacén.

El azúcar.

La cara de él acercándose.

Su propio corazón descontrolándose.

El cine.

El dedo apoyado exactamente encima de la arteria del cuello.

Galo bajó el vaso.

Los ojos de Lia se habían abierto un poco.

Él la miró.

La sostuvo con la mirada hasta que Lia entendió que él también había entendido.

Lia sintió cómo empezaba a calentársele la cara.

Otra vez.

Y ahora sabía que él probablemente podía escucharlo .

La comprensión debió aparecer completa en su expresión porque la boca de Galo empezó a curvarse.

Muy despacio.

Lia entrecerró los ojos.

Galo se llevó otra vez el vaso a la boca y ocultó la sonrisa detrás.

Male estaba preguntándole algo a León.

Teo había encontrado el último pedazo de torta.

Nadie más parecía haber advertido el pequeño desastre que acababa de ocurrir.

Lia miró hacia adelante.

Después hacia Galo.

Él seguía tomando agua como una persona completamente normal.

Vampiro inmundo.

Afuera hacía bastante más fresco.

Salieron de Mizes después de las once, ya sin apuro. León y Male caminaron adelante casi desde el primer momento; él le estaba mostrando algo en el teléfono y ella llevaba la campera colgada del brazo. Teo iba unos pasos más atrás, terminándose unas gomitas que había comprado en la caja.

Lia quedó junto a Galo.

Durante media cuadra no habló.

Él tampoco.

Eso sólo empeoraba las cosas.

Finalmente Lia lo miró.

Galo caminaba con las manos en los bolsillos, tranquilo.

—Hace cuánto sabías.

Él volvió la cara.

Lia señaló vagamente su propia cara, su cuello, todo el conjunto de traiciones fisiológicas que llevaba días proporcionándole entretenimiento.

Galo entendió.

La sonrisa apareció.

Lia esperó.

Él siguió caminando.

No pensaba contestar.

—Sos horrible.

Galo bajó la cabeza un instante, riéndose por lo bajo.

Eso fue confirmación suficiente.

Lia hizo una mueca y aceleró para alcanzar a los demás.

Galo no intentó detenerla.

Cuando llegó junto a Male se agarró de su brazo.

Male giró hacia ella.

—¿Qué pasó?

Lia miró hacia atrás.

Galo venía caminando con Teo ahora, escuchando algo que éste decía sobre la moto.

Su cara era la imagen misma de la respetabilidad.

Lia volvió hacia Male.

—Nada.

Unos segundos.

—Es un pervertido.

Male miró por encima del hombro.

Galo vio que lo miraba y le sonrió educadamente.

Male volvió hacia Lia.

No necesitó decir nada.

La expresión alcanzó.

A Lia se le frunció toda la cara.

—No le creas esa cara.

Male empezó a reírse.

Más adelante, León preguntó de qué hablaban.

Lia no respondió.

Galo tampoco.

Y para cuando se separaron en la esquina, ya estaba otra vez comportándose como si hubiera pasado dos horas enteras sentado a una distancia perfectamente respetable.

Lo peor era que, desde afuera, probablemente había sido exactamente así.

Lia sabía otra cosa.

Y Galo sabía que ella lo sabía.

Con eso parecía alcanzarle.