CAPÍTULO 7
A oscuras
Lia llegó al cine unos minutos antes de las nueve con Male y Teo.
Galo estaba hablando con León cerca de la entrada cuando los vio.
No dejó de hablar. Tampoco cambió de postura ni hizo ninguno de esos pequeños gestos que Lia ya había empezado a asociar con que estaba por molestarla. Solamente perdió durante un instante el hilo de lo que estaba diciendo.
Fue tan breve que León no pareció notarlo.
Llevaba un jean oscuro de tiro alto, sandalias y un top color vino que dejaba los hombros descubiertos; el pelo granate le caía suelto casi hasta la cintura, con las puntas más claras bajo las luces del hall, y había elegido unos aros pequeños que brillaban cada vez que giraba la cabeza.
No estaba vestida como para una ocasión especial. Simplemente se veía muy linda.
Galo terminó la frase un segundo después.
Para cuando Lia llegó hasta ellos, su cara era la de siempre.
—Llegaron —dijo León.
Male miró el cartel luminoso sobre las boleterías.
—Faltan diez minutos.
—Eso en mi familia cuenta como tarde.
—¿Vampiros puntuales?
—Mi madre.
—Ah.
León sonrió y empezó a contarle algo sobre una vez que había llegado siete minutos tarde a una cena familiar. Male se enganchó enseguida.
Lia los dejó hablar.
Miró a Galo.
Él también la estaba mirando.
Nada raro.
Nada de cuello. Nada de acercarse. Nada de sonrisa desagradablemente satisfecha.
—Hola —dijo Lia.
—Hola.
Y eso fue todo.
Curiosamente, la normalidad la descolocó un poco.
León había comprado las entradas.
También había elegido los lugares.
Esto sólo adquirió importancia cuando entraron a la sala y Lia descubrió que León se había sentado junto a Male sin ninguna ceremonia, Teo había ocupado el asiento del otro lado de ella y el lugar que quedaba junto a Lia era el de Galo.
Miró los números.
Después las butacas.
Después otra vez el número.
No había fraude evidente.
Se sentó.
Galo ocupó el asiento de al lado y dejó el vaso en el portavasos.
Las luces todavía estaban encendidas.
Lia se acomodó el pelo hacia un hombro para no aplastarlo contra el respaldo. Galo miró el movimiento apenas un segundo y después volvió hacia la pantalla.
No iba a pasar nada.
Era un cine.
Había personas alrededor.
Perfecto.
La película empezó.
A los quince minutos, el vampiro protagonista había entrado por la ventana de una mujer mientras ella dormía.
Lia giró lentamente hacia Galo.
Él seguía mirando la pantalla.
En la película, el vampiro avanzó hasta la cama con los ojos completamente negros.
Lia esperó un poco.
Después se inclinó apenas.
—¿Eso pueden hacerlo?
Galo no la escuchó.
O fingió no escucharla.
Lia se acercó un poco más.
—Entrar así.
Él giró la cabeza.
Como estaban en una sala de cine y ella había bajado la voz, la cercanía era razonable.
El problema fue que Galo se inclinó también.
—No.
La palabra quedó junto a su oído.
Lia sintió el frío de su respiración en la piel.
—¿No pueden?
—Si es un hogar habitado, necesitamos permiso.
Galo volvió a mirar la pantalla.
Lia tardó un segundo más.
—¿En serio?
Él asintió.
En la pantalla, el vampiro ya estaba prácticamente encima de la mujer.
Lia volvió a inclinarse.
—Entonces toda esta película está mal.
Galo miró la escena.
—Bastante.
Parecía genuinamente ofendido por la falta de rigor.
Lia sonrió y volvió a acomodarse.
Cinco minutos después apareció un crucifijo.
El vampiro gritó.
Galo suspiró.
Lia se tapó la boca para no reírse.
A su izquierda, Male ya estaba mirando alternativamente la pantalla y a León, esperando una reacción. León negó despacio con la cabeza.
El vampiro empezó a arder.
Teo agarró más pochoclo.
La película todavía tenía una hora y media.
La primera escena de alimentación llegó bastante después.
Era evidentemente una escena romántica. Música lenta, camisa abierta, respiraciones exageradas. El vampiro sostuvo a la protagonista por detrás, apartó su pelo y clavó los colmillos prácticamente debajo de la mandíbula.
Galo se movió a su lado.
Muy poco.
—Eso está mal —murmuró.
Lia lo oyó.
Lo miró.
—¿También?
Él señaló discretamente la pantalla.
—Muy arriba.
Lia volvió a mirar la escena.
No supo qué parte de la anatomía vampírica estaba evaluando.
Galo se inclinó otra vez.
—Le va a doler al pedo.
Lia sintió algo extraño en la panza.
La frase había sido completamente práctica.
El modo en que la dijo, no tanto.
—¿Dónde sería?
Galo giró hacia ella.
Lia se arrepintió de haber preguntado aproximadamente medio segundo después.
Él no respondió enseguida.
La pantalla iluminaba su cara por intervalos, dejando los ojos ámbar más claros cada vez que cambiaba la escena. Miró brevemente el cuello de Lia.
Después levantó una mano.
Ella se quedó quieta.
La yema fría de su índice tocó apenas el lateral de su cuello, más abajo de donde el vampiro de la película había mordido. No presionó. Simplemente encontró el punto.
—Más o menos acá.
Lia dejó de escuchar la película.
El dedo siguió ahí apenas un segundo.
Dos.
Podía sentir su propio pulso golpeando exactamente debajo.
Galo retiró la mano.
Volvió a mirar la pantalla.
Como si acabara de indicarle dónde estaba una parada de colectivo.
Lia tardó un momento en hacer lo mismo.
La protagonista gemía.
El vampiro seguía bebiendo.
Lia se acomodó el pelo sobre el cuello.
Del otro lado, Male se había reído de algo que León le había dicho y no había visto absolutamente nada.
Teo estaba buscando los pochoclos que quedaban en el fondo del balde.
Galo tomó de su vaso y siguió mirando la pantalla.
Lia lo miró de costado.
Él no reaccionó.
Perfecto.
Estaba rodeada de traidores y uno ni siquiera sabía todavía que lo era.
Un rato después Lia metió la mano en el balde de pochoclos al mismo tiempo que Galo.
Sus dedos chocaron.
Ella estuvo a punto de sacar la mano por reflejo, pero se detuvo.
No iba a regalarle eso también.
Agarró un puñado.
Galo hizo lo mismo.
Por un instante sus manos quedaron juntas dentro del recipiente, demasiado grandes para el espacio disponible. El dorso frío de los dedos de él quedó contra los suyos.
Galo giró apenas la cabeza.
Lia siguió mirando la pantalla.
Él tampoco retiró inmediatamente la mano.
Ninguno hizo nada.
Finalmente Lia sacó los pochoclos.
Se comió uno.
Dos.
No sabía qué estaba pasando en la película.
Galo sacó los suyos después.
La sala continuó oscura.
Cuando encendieron las luces, todo volvió a ser ridículamente normal.
Ése fue el detalle que más molestó a Lia.
Galo se levantó, estiró las piernas y recogió los vasos vacíos. León estaba preguntándole a Male si el final le había gustado. Teo buscaba debajo de su asiento algo que se le había caído.
Lia buscó con la punta del pie la sandalia derecha.
No estaba.
Durante la película se la había quitado para doblar una pierna sobre el asiento y en algún momento el zapato había desaparecido hacia adelante.
Se inclinó para mirar debajo de las butacas.
Galo ya había visto el borde oscuro debajo de la fila.
—Esperá.
Se agachó, metió una mano entre los asientos y recuperó la sandalia por una de las tiras. La giró para acomodarla y la dejó frente al pie de Lia, sosteniéndola por el talón para que no volviera a correrse.
Lia deslizó el pie dentro.
Los dedos fríos de Galo le rozaron apenas el tobillo cuando soltó el zapato.
No hubo comentario.
Él se incorporó.
Lia se quedó sentada un segundo más.
Galo la miró.
—¿Venís?
La pregunta era completamente inocente.
Lia se levantó.
—Sí.
Él le dejó pasar primero.
Caballero.
Excelente persona.
No hacía quince minutos había tenido un dedo sobre su pulso.
Terminaron en Mizes porque Male quería algo dulce y Teo dijo que tenía hambre de algo «de verdad».
Consiguieron una mesa grande cerca de una ventana. León se sentó junto a Male otra vez, tan naturalmente que ya empezaba a parecer su lugar habitual. Teo quedó enfrente. Lia se sentó del otro lado y Galo terminó a su izquierda.
Otra vez.
Esta vez Lia no revisó ninguna numeración.
Pidieron varias cosas para compartir: papas, dos hamburguesas, una porción enorme de torta de chocolate que Male aseguró que alcanzaba para todos y un postre nuevo que Lia ya había probado unos días antes.
—Éste es el que te dije —le explicó a Male cuando llegó.
Male hundió la cuchara.
Lia esperó su veredicto.
—Está bueno.
—¿Viste?
—El nombre sigue siendo ridículo.
—Eso dije.
Teo agarró otra cuchara.
Lia le pegó suavemente en la muñeca antes de que destruyera la parte donde todavía había más crema.
—De ese lado.
Teo cambió de lugar sin protestar.
Galo observó el gesto.
La conversación sobre vampiros empezó porque León afirmó que la película había cometido suficientes errores como para ser ofensiva.
Male dejó la cuchara dentro de la torta.
—Bueno, entonces aclaremos.
León se acomodó en la silla, bastante dispuesto.
Galo pareció detectar peligro y se reclinó un poco más.
Teo siguió comiendo.
Male empezó por lo básico.
El ajo no hacía nada.
Los crucifijos tampoco.
Los espejos funcionaban perfectamente, cuestión que León consideró particularmente importante aclarar porque, según él, algunas personas parecían creer que los vampiros llevaban siglos arreglándose el pelo a ciegas.
Los ataúdes no eran necesarios.
—¿Nunca? —preguntó Lia.
León pensó.
—Alguno debe dormir en uno porque le gusta.
Eso era estadísticamente difícil de discutir.
El sol sí era un problema, aunque no convertía a nadie instantáneamente en ceniza. Los debilitaba, quemaba con exposición suficiente y podía ser realmente peligroso dependiendo del tiempo y de la persona.
Teo levantó un dedo sin dejar de masticar.
—A mí menos.
Lia lo miró.
—Vos sos híbrido.
Teo tragó.
—¿Y?
Lia contempló el pequeño colmillo derecho que nunca terminaba de esconderse, visible incluso con la boca cerrada.
—No sé. Sos una versión tramposa.
Teo siguió comiendo.
No parecía haberse sentido cuestionado en su identidad sobrenatural.
Male apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Y lo de entrar a las casas sí es verdad?
—Sí —dijo León—. Si realmente vive alguien ahí.