Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

León se volvió hacia ella con interés renovado.

—¿Viste?

Galo se quedó solo contra la opinión pública.

No pareció afectarle demasiado.

Lia escuchó mientras Male y León empezaban a discutir qué hacía falta realmente para una fiesta y qué cosas podían ignorarse. En menos de cinco minutos habían llegado a la conclusión de que prácticamente todo podía ignorarse.

Teo se había recostado sobre los codos mirando el cielo.

Galo arrancaba pequeños pedazos de pasto sin darse cuenta.

Lia dejó caer la cabeza un poco hacia atrás.

Hacía dos horas no existía ningún grupo, ningún plan de cine, ningún río organizado ni ninguna posibilidad real de entrar a la Casa del Precipicio más allá de sus propias ganas de fisgonear.

Ahora tenía el número de Galo guardado en el teléfono.

Galo había llegado a sus contactos por el grupo; Lia no le había pedido el número.

Miró el grupo otra vez.

La nariz enorme del perro seguía junto a su nombre.

Se le escapó una sonrisa.

Cuando empezaron a volver, León caminó naturalmente junto a Male.

No hubo negociación.

Simplemente ocurrió.

Male le estaba mostrando algo en el teléfono y él inclinaba la cabeza para verla mejor; un rato después León empezó a contarle una historia del lugar donde había vivido antes y Male se enganchó enseguida.

Teo iba unos pasos más adelante.

Lia quedó caminando cerca de Galo.

No pegada.

Tampoco lejos.

Durante unos metros sólo se escucharon las voces de León y Male adelante, alguna moto pasando por la calle paralela y el ruido de las zapatillas contra la vereda.

Lia miró de reojo a Galo.

Él caminaba con las manos en los bolsillos.

Parecía bastante satisfecho consigo mismo.

Eso la irritó.

—Male cree que sos buena persona.

Galo volvió la cara hacia ella.

Lia esperó alguna defensa.

No llegó.

Él continuó caminando.

Unos segundos después:

—Male parece inteligente.

Lia frenó apenas.

Galo siguió.

Tardó un segundo en entender.

—¡Eso no tiene nada que ver!

Él ya iba unos pasos más adelante.

No se volvió.

Lia abrió la boca.

La cerró.

Male escuchó desde adelante y miró por encima del hombro.

Galo seguía caminando tranquilamente, como si nadie hubiera dicho nada.

Lia apuró el paso con una expresión cada vez más agraviada.

Teo, delante, giró apenas la cabeza.

Vio su cara.

Volvió hacia adelante.

Ni siquiera preguntó.

Ya estaba aprendiendo.

Y Lia empezaba a sospechar que ése iba a ser el verdadero problema con Galo: no solamente había descubierto cómo ponerla nerviosa.

Había descubierto que después podía caminar entre los demás como si jamás hubiera ocurrido nada.

Y parecía estar divirtiéndose muchísimo con eso.

León creó el grupo “GUÍAS DE LOS SAUCES”.

Male lo miró.

—Horrible.

León empezó a escribir.

Dos segundos después:

León cambió el nombre del grupo a “GENTE LOCAL DE CONFIANZA”

Male negó con la cabeza.

León cambió el nombre del grupo a “NO SOMOS TURISTAS”

Teo sacó el celular del bolsillo.

Bloqueó las notificaciones.

Lia empezó a reírse.

—Dejalo, ya está.

León decidió que NO SOMOS TURISTAS era definitivo.

Duraría menos de veinticuatro horas.

Lia estaba guardando el teléfono cuando apareció la notificación de un nuevo contacto sugerido por el grupo.

Galo.

6.5 La pileta y la rana  102

Ortega los había convocado al patio porque, según dijo, había que tomar una decisión con la pileta.

Galo llegó último y se encontró a León inclinado sobre el agua verde.

—Tenemos un problema.

Galo miró la pileta. Una reposera rota flotaba contra un borde, había hojas pegadas al fondo y algo que parecía una rama había empezado a echar raíces entre las baldosas.

—Tenemos varios.

León señaló.

Una rana asomaba la cabeza entre las hojas.

Galo la observó unos segundos.

—Sacala.

Ortega, que tenía una carpeta bajo el brazo, negó.

—Primero habría que determinar dónde reubicarla.

Galo lo miró.

León también.

La rana nadó hasta el otro extremo.

—Capaz ya vive acá —dijo León.

Ortega pareció considerar seriamente la posibilidad.

Galo se sentó en una reposera sana.

—Entonces ya resolvieron.

—Necesitamos vaciar la pileta.

—Cuando se vaya la rana.

Ortega abrió la carpeta.

—¿Y si no se va?

Galo cerró los ojos.

Llevaban varios días en la Casa y todavía había una ventana cubierta con plástico, tres puertas apoyadas contra una pared y cajas en el comedor que nadie recordaba haber puesto ahí. La pileta estaba exactamente igual que cuando llegaron, salvo porque ahora tenía una rana.

Quizá peor.

León se sentó a su lado.

—Che, ¿vos sentís que avanzamos?

Galo abrió un ojo y contempló la casa.

Desde adentro llegó un golpe fuerte.

Después alguien gritó:

—¡ORTEGA!

Ortega se fue.

Galo volvió a cerrar el ojo.

—Tenemos tiempo.

León asintió, satisfecho.

Pasaron unos segundos mirando la rana.

—Podríamos hacer una fiesta.

Galo giró lentamente la cabeza hacia él.

León hizo un gesto hacia la casa.

—Para festejar los avances.

Los dos miraron la ventana con plástico.

Las puertas sin colocar.

La pileta verde.

La rana.

Galo volvió a acomodarse en la reposera.

—Bueno.

Cuando Ortega regresó veinte minutos después, seguían sin saber qué hacer con la pileta.

La fiesta ya tenía fecha.