Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

León negó.

—Una desapareció.

Galo no parecía considerar que eso refutara nada.

Male amplió la foto.

—Yo la dejaría.

León la miró como si acabara de recibir la primera opinión razonable en días.

—Gracias.

Se acercó para ver la imagen al mismo tiempo que ella y terminó con el hombro apoyado contra el de Male.

Ninguno se apartó. Male siguió pasando las fotos; León empezó a mostrarle otras partes de la casa, todavía medio destruida, y en menos de dos minutos estaban concentrados en el mismo teléfono mientras el resto había quedado un poco afuera de la conversación.

Lia los observó.

León había conocido a Male hacía media hora y ya estaba perfectamente cómodo admitiendo, mediante cada pequeña decisión de su cuerpo, que le interesaba.

Male parecía estar pasándola igual de bien.

Lia agarró una papa.

Qué gente extraña.

Cuando levantó los ojos, Galo estaba mirándola.

No supo cuánto tiempo llevaba haciéndolo.

Él desvió la vista hacia León y Male, después volvió a Lia.

Una pequeña sonrisa apareció de un lado de su boca.

Lia entrecerró los ojos.

Galo miró hacia adelante otra vez.

No había ocurrido nada.

Por supuesto.

La idea del cine apareció cuando Male vio un cartel digital en una historia.

Había una película que quería ver desde hacía días y todavía daban una función nocturna el sábado. León se interesó antes incluso de saber demasiado de qué trataba; Teo señaló que el cine tenía aire acondicionado, lo que para él parecía suficiente argumento, y Lia tampoco tenía otros planes.

Galo levantó la vista del teléfono cuando León le preguntó.

—Dale.

Sin entusiasmo.

Sin objeción.

Como si fuera exactamente lo mismo ir al cine con ellos que quedarse mirando las ranas durante tres horas.

León decidió después que el fin de semana siguiente podían ir al río.

Male empezó a explicarle cuál convenía según el clima y Lia intervino para decir que, si iban al más alejado, tenían que llevar todo porque cerca no había ningún lugar donde comprar. Teo recordó que su padre tenía una conservadora grande.

Para cuando terminaron de hablar, ya había dos planes que no existían media hora antes.

Fue León quien miró alrededor y se dio cuenta de lo evidente.

—Hagamos un grupo.

Sacó el teléfono.

No hubo ceremonia.

Male le dictó su número primero y él lo guardó mientras ella todavía estaba terminando de decirlo. Teo pasó el suyo. Lia también.

Galo ya estaba en los contactos de León.

Unos segundos después, el celular de Lia vibró.

León creó el grupo “GUIAS”

Male vio el nombre.

—Le falta tilde.

León agarró el teléfono otra vez.

León cambió el nombre del grupo a “GUÍAS”

Male pareció satisfecha.

Lia sonrió.

Galo ni siquiera había sacado el celular del bolsillo.

El grupo empezó a llenarse de contactos nuevos.

León.

Male.

Teo.

Y finalmente:

Galo

Lia vio la foto de perfil.

Se quedó mirando.

Era un perro.

O al menos la mayor parte de un perro.

La foto estaba tomada tan cerca que la nariz ocupaba casi media imagen y uno de los ojos parecía enorme por el ángulo. No era particularmente lindo ni feo. Simplemente parecía haber sido sorprendido en una circunstancia humillante.

Lia abrió la foto.

La amplió.

Fue un error.

La nariz se volvió todavía más grande.

Una risa pequeña se le escapó.

Galo, que estaba lo suficientemente cerca como para notarlo, volvió la cabeza.

Lia levantó la pantalla.

—¿Es tu perro?

Él se inclinó apenas para ver qué estaba mostrando.

La expresión que hizo fue curiosamente neutra, como si necesitara recordar su propia foto de perfil.

—No.

Lia esperó.

Galo volvió a acomodarse.

Ella siguió esperando un poco más.

Nada.

Miró nuevamente el perro.

Después a él.

Galo ya estaba escuchando algo que decía Teo.

Lia decidió que no quería saber.

Mentira.

Quería saber muchísimo.

Pero no iba a regalarle la pregunta.

Con más gente alrededor, Galo resultaba irritantemente normal.

Eso empezó a molestarle a Lia después de aproximadamente una hora.

No había intentado acercarse demasiado ni había utilizado su altura para dejarla encerrada contra absolutamente nada. No había mirado su cuello. No había tenido problemas repentinos para encontrar productos ubicados directamente enfrente suyo.

De hecho, cuando un chico pasó demasiado cerca de la jardinera y casi tiró la bolsa de papas, Galo la agarró antes de que cayera y se la alcanzó a Male.

Male le agradeció.

Galo sonrió.

Una sonrisa normal.

Hasta tierna.

Lia lo observó.

Male también, aunque desde un lugar muy diferente.

Poco después, mientras León y Teo discutían sobre algo de motos, Male se acercó un poco a Lia.

—A mí me cae bien.

Lia giró despacio.

Male señaló muy discretamente hacia Galo.

Él estaba sosteniendo una de las bolsas mientras Teo se ataba un cordón.

Galo sostenía una de las bolsas con una expresión tan normal que resultaba ofensiva.

Lia miró de nuevo a Male.

—No te dejes engañar.

Male contuvo una sonrisa.

Lia bajó la voz.

—Es un pervertido.

A unos metros, Galo no hizo nada.

Lia lo siguió mirando.

Él continuó sosteniendo la bolsa.

Quizá ni siquiera había escuchado.

Entonces uno de sus colmillos apareció apenas cuando mordió una papa.

Y la esquina de la boca se le levantó.

Muy poco.

Lia se quedó dura.

Hijo de puta.

Male ya estaba hablando de otra cosa.

Un rato después Lia estaba mirando en el grupo la cartelera que Male había enviado cuando sintió a alguien detrás.

No necesitó darse vuelta.

El frío llegó primero.

Después el olor.

Y finalmente la voz de Galo, baja porque estaba prácticamente sobre su hombro.

—Eso no es mañana.

Lia dejó de mover el pulgar.

Su cara estaba demasiado cerca de la de ella; si giraba, sabía perfectamente lo que iba a encontrar. Lo sabía porque ya había cometido ese error en el pasillo del almacén.

Se quedó mirando el teléfono.

Galo acercó una mano, señaló con el índice la fecha en la pantalla y, al hacerlo, su brazo quedó junto al de Lia.

—Es la función de hoy.

Lia tragó saliva.

—Ya vi.

No se movió.

Galo tampoco.

Durante unos segundos continuó mirando el teléfono por encima de su hombro como si ésa fuera la única manera físicamente posible de consultar una cartelera.

Lia terminó girando apenas la cabeza.

Mala decisión: la boca de Galo estaba otra vez demasiado cerca.

A esa distancia podía distinguir el borde claro del colmillo bajo el labio superior. Sus ojos se desviaron un instante hacia él y, cuando volvieron a subir, Galo ya la estaba mirando.

La expresión no le cambió.

Pero demasiado atento.

Lia sintió el calor empezar en las mejillas.

La sonrisa de Galo llegó despacio.

Ah.

Ahí estaba.

Lia apretó los labios.

Galo se enderezó y se fue.

Simplemente.

Sin decir nada.

Lia quedó con el teléfono en la mano.

Male estaba a poca distancia.

La miró.

—Lo hizo de nuevo.

Male tardó un segundo en entender.

Miró hacia donde iba Galo.

Él acababa de llegar junto a León y ahora estaba escuchándolo hablar, las manos otra vez en los bolsillos y una expresión completamente normal.

Male volvió hacia Lia.

La cara que puso no fue exactamente de incredulidad.

Fue peor.

Una especie de mmm .

—Male.

Male se quedó muy quieta, con la cara de quien acababa de guardar una información importante.

Lia buscó a Teo.

Él estaba comiendo.

—Teo.

Teo levantó los ojos.

Lia señaló discretamente hacia Galo y después hacia sí misma, intentando comunicar una situación que para ella era evidente.

Teo miró a Galo.

Galo lo saludó con una pequeña inclinación de cabeza.

Teo hizo lo mismo.

Volvió a mirar a Lia.

Siguió comiendo.

A Lia se le deformó la cara.

Durante dos segundos contempló la posibilidad de haber elegido pésimamente a todos sus amigos.

Al otro lado del camino, Galo la vio.

Esta vez sonrió sin disimular.

Lia señaló hacia él desde lejos.

Galo se llevó una mano al pecho con una expresión de absoluta inocencia.

Male empezó a reírse.

Eso era una conspiración.

Definitivamente.

Más tarde terminaron todos sentados en el pasto.

Habían cambiado de lugar porque el borde de la jardinera empezó a quedar incómodo y porque León había comprado otra bolsa de papas, dos bebidas y algo dulce que nadie necesitaba.

La conversación perdió cualquier dirección particular.

Hablaron de la película del día siguiente, de un profesor de Teo, del perro de la foto de perfil de Galo —aunque Lia se negó a volver a preguntar de quién era— y de la posibilidad de que León organizara una fiesta cuando la casa estuviera un poco menos destruida.

—Podemos hacerla ahora —dijo León.

Galo lo miró.

La casa, según las fotografías, seguía con puertas apoyadas contra paredes, habitaciones llenas de cajas y una pileta ocupada por fauna local.

Male pareció encontrar justamente eso atractivo.

—Sería mejor ahora.