CAPÍTULO 6
La plaza
El miércoles, Male llegó a la casa de Lia cuando todavía faltaba más de una hora para salir.
La hora de anticipación tenía poco que ver con una necesidad real de tiempo.
Eso quedó claro cuando abrió la puerta de la habitación, dejó una bolsita de gomitas sobre la cama y se sentó frente al espejo como si viviera ahí.
—Me traje dos perfumes porque no sé cuál quiero.
Lia estaba de espaldas, buscando un aro pequeño dentro de una cajita que guardaba otros veinte prácticamente idénticos.
Llevaba el jean puesto y solamente el corpiño arriba; había dejado tres tops extendidos sobre la cama, aunque hasta ese momento los tres le habían parecido perfectamente utilizables.
—El blanco.
—¿Perfume o top?
Lia miró hacia atrás.
Male levantó las dos botellitas.
—Perfume.
—El de tapa transparente.
Male se lo puso en una muñeca, esperó y olió. Lia volvió a su cajita hasta encontrar el aro que quería, se lo colocó en el segundo helix y recién entonces reparó en que Male la estaba mirando a través del espejo.
—¿Qué?
Male negó con la cabeza.
Lia sostuvo la mirada unos segundos, esperando.
Nada.
—No hagas eso.
—No hice nada.
Lia volvió hacia la cama y agarró el primer top. Era negro, de tiras finas, corto sin ser demasiado corto. Se lo puso, acomodó el pelo hacia adelante y se miró de frente, después de costado.
Male seguía ocupándose del perfume.
Mucho mejor.
En realidad no tenía ningún motivo especial para producirse.
Iban a la plaza. Había estado en esa plaza miles de veces con jean, short, ropa del almacén, pelo húmedo, pelo sucio, ojotas, buzo prestado y probablemente una vez con una remera que tenía una mancha de lavandina en el pecho.
Aquella noche simplemente tenía ganas de verse linda.
Se quitó el top negro y probó el color vino.
Male dejó de olerse la muñeca.
Lia la vio por el espejo.
—¿Este?
—El anterior.
—Pero éste me marca más la cintura.
Male inclinó la cabeza, reconsiderándolo.
—Entonces éste.
Lia sonrió un poco y empezó a acomodarse el pelo.
No hablaron de Galo.
Ni siquiera cuando el teléfono vibró sobre la cama y apareció el nombre de Teo.
estoy abajo
Male miró la hora.
—Llegó temprano.
—No. Nosotras tardamos.
Se terminaron de arreglar sin demasiada urgencia. Lia se puso perfume en el cuello y después, por puro hábito, un poco detrás de las orejas. Male le pidió prestados unos aros, volvió a cambiar de perfume y guardó las gomitas en el bolso.
Cuando bajaron, Teo estaba apoyado contra la moto con los brazos cruzados.
No dormía.
Pero tenía los ojos cerrados.
Male frenó en el último escalón.
Lia la miró.
Male señaló hacia afuera con una pequeña sonrisa.
—Ni una palabra —dijo Lia.
Teo abrió los ojos al escucharlas.
Las observó acercarse, primero a Male y después a Lia. Durante un segundo pareció que iba a comentar algo. Al final se limitó a incorporarse.
—Huelen mucho.
Male se miró el hombro como si el perfume pudiera verse.
—¿Mal?
Teo tardó un momento.
—No.
Lia agarró a Male del brazo antes de que intentara obtener una reseña más detallada y empezaron a caminar.
La plaza estaba bastante llena.
Los chicos ocupaban la zona de los juegos; alrededor de la fuente había adolescentes compartiendo gaseosas, y sobre el borde bajo de una jardinera varias personas habían apoyado motos y bicicletas.
Las noches de viernes tenían algo distinto de las de semana aunque Los Sauces siguiera siendo exactamente el mismo pueblo: más voces, más gente demorándose antes de volver a casa, alguien con música demasiado fuerte en algún punto que nunca terminaba de localizarse.
Compraron una bolsa grande de papas en el kiosco.
Teo había considerado también una marca desconocida que costaba casi la mitad, pero Male la había devuelto al estante antes de que consiguiera argumentar.
Se sentaron en el borde ancho de una jardinera, cerca de uno de los caminos internos. Male quedó entre Lia y Teo. Durante un rato hablaron de Roberto, que había pasado oficialmente su tercera noche en el patio de Lia sin que nadie en la familia aceptara todavía que lo habían adoptado.
—Mi abuelo compró alimento —dijo Lia.
Male abrió la bolsa de papas.
—Ya está.
—Dice que era para que no coma sobras.
Teo agarró una.
—Tiene cama también.
Lia lo miró.
—¿Cómo sabés?
—Me mandaste la foto.
Cierto.
Roberto tenía una cama.
También dos recipientes nuevos, una manta y un collar de tela que el abuelo había asegurado haber encontrado «por ahí» pese a que todavía conservaba la etiqueta de una veterinaria.
Lia se apoyó hacia atrás sobre las manos.
—Estamos buscando al dueño.
Male la observó un instante antes de llevarse otra papa a la boca.
Lia esperó la cargada.
No llegó.
Eso era peor, pero decidió dejarlo pasar.
Teo estaba mirando hacia uno de los caminos de la plaza.
Levantó una mano.
Lia siguió la dirección.
León venía hacia ellos.
Galo caminaba a su lado.
Male no necesitó preguntar cuál era cuál.
Lia lo supo por la manera en que sus ojos fueron primero hacia León, después hacia Galo y finalmente, durante medio segundo, hacia ella.
No sonrió.
Tampoco hizo falta.
Lia agarró una papa.
—No.
Male seguía mirando hacia adelante.
—No dije nada.
—Ya sé.
Galo llevaba una remera negra amplia que caía recta sobre el cuerpo y un pantalón oscuro; nada particularmente llamativo, salvo por el problema recurrente de que todo en él parecía quedar mejor de lo que correspondía.
Tenía el pelo suelto aquella noche y algunos mechones le cruzaban la frente cada vez que soplaba viento.
Caminaba con las manos metidas en los bolsillos, medio paso detrás de León, como alguien que había aceptado salir pero se reservaba el derecho de hacer el mínimo esfuerzo posible durante la experiencia.
León vio primero a Teo.
Cambió de dirección sin dudar.
—Eh, taller.
Teo levantó otra vez la mano.
Galo recién entonces pareció reparar del todo en quiénes estaban sentados con él.
Sus ojos se detuvieron en Lia.
Ella sostuvo la mirada.
No ocurrió absolutamente nada.
Ni una sonrisa particular, ni un acercamiento extraño, ni esa expresión atenta que aparecía justo antes de que decidiera hacer alguna de sus estupideces.
Galo siguió caminando.
Impoluto.
Male volvió a mirar a Lia.
Lia masticó la papa con bastante más violencia de la necesaria.
León saludó a Teo como si se conocieran bastante más de lo que en realidad se conocían y después Lia hizo la única presentación que faltaba.
—Ella es Male.
León la miró.
Y ahí sí Lia vio algo.
No una transformación absurda ni un flechazo de comedia romántica. Simplemente la miró bien .
Male también.
León tenía esa clase de cara que parecía moverse con mucha facilidad: los ojos un poco más atentos cuando algo le interesaba, la sonrisa apareciendo antes de que terminara de decidir si quería sonreír.
Se tomó un segundo de más antes de saludarla y después se sentó en el borde de la jardinera cuando Male se corrió para dejar lugar.
Galo se quedó de pie un momento, mirando alrededor, hasta que Teo movió su mochila del lugar que ocupaba junto a él. Se sentó allí y estiró las piernas.
Teo lo observó.
Primero la cara.
Después a Lia.
Después otra vez a Galo.
La asociación ocurrió lentamente.
Lia lo vio ocurrir.
Teo dejó de masticar.
—Ah.
Lia cerró los ojos.
Galo giró hacia él con una leve arruga entre las cejas, desconcertado.
Teo siguió comiendo.
Eso fue todo.
Lia sintió alivio durante aproximadamente tres segundos.
Después vio que Male estaba haciendo un esfuerzo evidente para no reírse.
—Ni se te ocurra —murmuró.
Male agarró otra papa.
Galo no parecía saber de qué hablaban.
Qué conveniente.
León tardó poco en descubrir que todavía no sabía absolutamente nada de Los Sauces.
Había empezado preguntándole a Teo por un lugar donde conseguir algo para la moto y, veinte minutos después, la conversación ya había derivado hacia qué hacían ellos cuando querían salir sin tener que manejar hasta la ciudad.
Male fue quien empezó a enumerar posibilidades.
Al principio lo hizo sin demasiado entusiasmo, como quien explica algo obvio: Mizes, la plaza, el cine, el club cuando organizaba algo.
Después recordó las noches de música cerca de la ruta, el camping y dos zonas distintas del río; una donde iba todo el mundo y otra bastante más lejos, detrás de un camino de tierra que se ponía horrible cada vez que llovía.
Lia fue agregando alguna cosa cada tanto, especialmente lugares para comer, y Teo recordó un sitio donde alquilaban kayaks durante el verano pero no estaba seguro de que todavía existiera.
León había empezado la conversación medio apoyado sobre una mano y terminó completamente vuelto hacia Male.
Preguntaba.
Ella respondía.
A veces Lia agregaba algo y él la escuchaba, pero al minuto siguiente volvía a Male como si la conversación hubiese desarrollado su propio centro de gravedad sin consultarle a nadie.
—Entonces no es que no hay nada para hacer —concluyó Male después de un rato—. Ustedes no conocen nada.
León asintió con bastante seriedad.
—Necesitamos guías.
Male sonrió.
—Eso sale caro.
León se encogió de hombros.
—Me parece razonable.
Male simplemente se quedó sonriendo un poquito más.
Galo, en cambio, había estado escuchando buena parte de la conversación con la espalda apoyada contra el árbol detrás de la jardinera, y parecía bastante menos afectado por la posibilidad de estar desperdiciando su juventud vampírica.
Lia lo miró un momento.
—Vos parecés bastante conforme.
Galo abrió los ojos; los había tenido medio entornados mientras León hablaba.
—Estoy bien.
León se volvió hacia él.
—Discutimos cuarenta minutos por una rana.
Male dejó de comer.
—¿Qué rana?
Galo miró a León.
León miró a Galo.
Y Lia supo por las caras de ambos que aquello era probablemente mejor de lo que sonaba.
Male terminó viendo las fotos de la pileta.
También Lia.
Había agua verde, una reposera medio hundida, hojas, una planta que crecía donde no tenía que crecer y una rana encima de un pedazo de plástico.
En la siguiente foto aparecía León agachado junto al borde señalándola.
—Pensamos que había dos.
—Había dos —dijo Galo.