Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

Después uno que Lia no sabía que se abría y que contenía dos pilas sueltas, una llave sin identificación, tickets del año anterior y un caramelo pegado al fondo.

—¿Qué buscás?

Don Silvio siguió revisando.

—Mi birome.

Lia miró la lapicera azul que tenía detrás de la oreja.

Volvió a mirar los precios que estaba acomodando.

—Ah.

Don Silvio cerró el cajón.

Fue al depósito.

Regresó.

Revisó arriba de la heladera.

Lia siguió trabajando.

Una clienta pidió medio kilo de pan rallado. Lia se lo alcanzó, cobró, dio el vuelto.

Don Silvio pasó detrás suyo.

—¿No viste una birome azul?

Lia levantó los ojos.

La birome seguía en su oreja.

—Azul...

—La mía.

—Mmm.

Don Silvio metió una mano debajo de la caja registradora.

—Siempre desaparece todo acá.

Lia se mordió el interior de la mejilla.

Él fue hasta una góndola.

Volvió.

Se palpó los bolsillos.

Frunció el ceño.

Lia ya había empezado a sentir una curiosidad genuina por cuánto podía durar aquello.

—Capaz la dejaste en el depósito.

Don Silvio giró inmediatamente.

—Ya me fijo.

Desapareció otra vez.

Lia apoyó ambas manos sobre el mostrador y bajó la cabeza.

No debía reírse.

Escuchó cajas moviéndose al fondo.

Después silencio.

Después otra caja.

Don Silvio volvió con una segunda birome en la mano.

—Encontré otra.

—Buenísimo.

Se acercó a la caja y empezó a anotar algo.

La primera seguía detrás de su oreja.

Lia aguantó aproximadamente treinta segundos.

—Silvio.

Él levantó la vista.

Lia señaló su propia oreja.

Don Silvio tardó.

Se tocó la izquierda.

Nada.

La derecha.

Encontró la birome.

Se quedó quieto.

Lia también.

Él la sacó y la miró.

Después miró la que tenía en la mano.

—Ah.

Lia apretó los labios.

Don Silvio guardó una en el cajón.

—Bueno. Ahora tengo dos.

Y siguió escribiendo.

Lia tuvo que darse vuelta.

5.8 Una foto normal  75

Male quería una foto normal.

No una buena foto. No una foto artística. No una foto que pareciera sacada para subir.

Una foto normal.

Por eso llevaba veinticinco minutos acomodando el teléfono.

Primero lo había apoyado contra una maceta en la ventana. Quedaba demasiado bajo.

Después contra tres libros.

Demasiado alto.

Sacó uno.

El teléfono se cayó.

Male lo levantó, limpió la pantalla contra la remera y agregó una caja de té debajo de los dos libros restantes.

Perfecto.

Se alejó.

Miró la pantalla desde donde pensaba sentarse.

Volvió.

Corrió todo cinco centímetros hacia la izquierda.

Lia, tirada boca abajo sobre la cama, levantó la vista del celular.

—¿No era una foto normal?

Male siguió ajustando la inclinación del teléfono.

—Por eso.

Lia volvió a bajar la cabeza.

Había aprendido que hacer preguntas sólo prolongaba el proceso.

Male se había puesto un top verde oscuro que le gustaba, un pantalón negro y dos collares finos. Nada especialmente elaborado. Justamente ése era el problema: si la foto parecía demasiado producida, había fracasado.

Activó el temporizador.

Corrió.

Se sentó en la silla.

Cruzó una pierna.

La descruzó.

Sonrió.

Demasiado.

Dejó de sonreír.

Peor.

La cámara hizo clic.

Male fue a verla.

Lia escuchó un suspiro.

—¿Qué?

Male le mostró la foto.

Lia la miró.

—Estás linda.

—Parezco una persona secuestrada demostrando que sigue viva.

Lia volvió a mirar.

Ahora que lo decía...

Male borró la foto.

La siguiente salió movida.

En otra cerró los ojos.

En otra el pelo se le había metido dentro del collar de una manera que, según Male, le hacía una cabeza «rarísima».

A la novena, alguien golpeó la puerta.

Teo entró cargando una bolsa del kiosco.

Se frenó al ver el montaje.

Dos libros.

Caja de té.

Maceta desplazada.

Una zapatilla puesta contra la base para que el teléfono no resbalara.

Male sentada muy derecha frente a todo.

Teo miró a Lia.

Lia negó despacio.

No había que preguntar.

Él dejó la bolsa sobre la cama.

—Compré dos por uno.

Sacó una bebida.

Male se levantó.

—Sacame una foto.

Teo miró el teléfono ya preparado.

Después a Male.

—Bueno.

Agarró el aparato.

Male volvió a sentarse.

Teo ni siquiera ocupó el lugar que ella había calculado. Caminó un poco hacia un costado, se agachó apenas y sacó tres fotos.

—Listo.

Male parpadeó.

—¿Listo?

Teo ya estaba abriendo su bebida.

Ella le quitó el celular.

Primera foto.

Se quedó callada.

Segunda.

Acercó la pantalla.

Tercera.

Lia levantó la cabeza al notar el silencio.

—¿Qué pasó?

Male giró el teléfono.

Las tres estaban perfectas.

La luz le daba bien en la cara. El pelo caía exactamente como quería. En una estaba mirando a cámara; en otra Teo la había agarrado justo cuando empezaba a sonreír por algo y parecía espontánea de una manera ofensivamente auténtica.

Male miró a Teo.

Él estaba leyendo la etiqueta de la bebida.

—¿Cómo hiciste?

Teo levantó los ojos.

No parecía saber qué había hecho.

Male volvió a mirar las fotos.

Después el dispositivo que había construido durante media hora.

Sacó la zapatilla.

Retiró la caja de té.

Guardó los libros.

—Odio todo.

Teo tomó un sorbo.

—¿Querés que saque más?

Male lo miró fijamente.

Cinco minutos después, Teo estaba parado junto a la ventana sacándole fotos mientras ella cambiaba de pose.

Como pago recibió la segunda bebida del dos por uno.

Había sido idea suya.