CAPÍTULO 5
El playón
Teo llegó cuando todavía faltaban diez minutos para que Lia terminara el turno.
No entró enseguida. Lia lo vio desde la caja estacionar la moto junto al cordón, quitarse el casco y quedarse ahí, sentado de costado sobre el asiento, mirando pasar un auto con una bolsa de pan colgando de una mano.
Cinco minutos después seguía exactamente igual.
Don Silvio también lo vio.
—¿Está esperando a alguien?
Lia siguió guardando monedas.
—A mí.
Don Silvio volvió a mirar hacia afuera.
Teo había bajado la cabeza. El pelo rubio ceniza le caía sobre los ojos y, desde el vidrio, Lia pensó primero que estaba mirando el teléfono. Cuando salió descubrió que tenía la vista clavada en una fila de hormigas junto al cordón.
—Tiene paciencia.
—Tiene sueño.
Eso parecía más probable.
Terminó de atender a una mujer que se había olvidado dos veces de llevarse el vuelto, cerró la caja y entró un momento al depósito para buscar la mochila. Cuando volvió, Teo ya estaba adentro.
Había encontrado una silla de plástico cerca de la puerta.
Estaba sentado.
Con los ojos cerrados.
Don Silvio pasaba a menos de un metro cargando cajas y ni siquiera parecía recordar que había un muchacho instalado ahí.
Lia apoyó una mano sobre el respaldo.
—Nos vamos.
Teo abrió los ojos.
Se levantó, agarró el casco que había dejado entre los pies y se lo alcanzó.
—Male va al playón.
—¿Desde cuándo sabés vos antes que yo?
Teo pensó un momento, como si realmente intentara reconstruir el origen de la información.
—Me escribió.
Lia se puso el casco.
No había más misterio.
Male ya estaba ahí cuando llegaron, sentada sobre una de las mesas de cemento con una botella naranja entre las piernas.
El playón quedaba detrás del club viejo y durante el verano se llenaba bastante más tarde.
A esa hora sólo había dos chicos pateando una pelota contra un paredón y un hombre caminando alrededor de la cancha con auriculares enormes.
Uno de los aros de básquet seguía sin red desde el invierno anterior.
Nadie parecía tener intención de arreglarlo.
Lia bajó de la moto y se quitó el casco.
—¿Qué estás tomando?
Male miró la botella.
—Durazno.
El líquido parecía radiactivo.
Lia se acercó y leyó la etiqueta.
—Eso jamás conoció un durazno.
Male le ofreció igual.
Lia tomó un sorbo.
El dulzor le ocupó toda la boca.
Hizo una mueca y se lo devolvió.
Male sonrió.
Teo dejó los cascos sobre la mesa y se sentó en el banco, estirando las piernas. Todavía llevaba la remera del taller, con una mancha negra cerca del hombro que ya probablemente no saldría nunca.
Durante un rato hablaron de cualquier cosa.
Una profesora que Male había visto discutiendo con una cajera.
Una moto que Teo tenía que terminar al día siguiente.
El nuevo postre de Mizes que Lia había probado y que, según ella, estaba bueno pero no tanto como para llamarse Experiencia moka salada .
—Encima ahora tengo perro —dijo mientras buscaba una foto.
Male dejó de beber.
—¿Qué?
Lia encontró la imagen.
Roberto estaba acostado debajo de la mesa de la cocina con las cuatro patas abiertas.
—No es mío.
Male agarró el teléfono.
—Está en tu cocina.
—Entró cinco minutos.
Teo miró la foto por encima de su hombro.
—Tiene collar.
Lia amplió.
Era una tira de tela que su abuelo había encontrado en un cajón y adaptado esa mañana.
—Eso fue mi abuelo.
Male pasó a la siguiente foto.
Roberto dormido junto a la bicicleta de Lia.
A la siguiente.
Roberto con la cabeza apoyada sobre una zapatilla de Lia.
Male levantó los ojos.
Lia extendió la mano.
—Dame.
Recuperó el teléfono antes de que apareciera más evidencia en su contra.
—Se queda hasta que aparezca el dueño.
Teo miró alrededor.
—¿Preguntaste si tiene dueño?
Lia guardó el teléfono.
—Estoy por hacerlo.
Male bajó la cara para esconder una sonrisa.
Lia decidió no investigar.
Fue Male quien mencionó a Galo bastante después.
Ni siquiera estaba relacionado con nada.
Lia estaba tratando de sacar con una uña el pedacito de etiqueta que había quedado pegado en la botella cuando Male dijo:
—¿Y el vampiro pervertido?
La uña de Lia se detuvo.
Teo levantó apenas los ojos.
Lia siguió rascando el plástico.
—¿Qué pasa con él?
Male tomó la botella otra vez.
—Nada. Me acordé.
La forma en que dijo me acordé era suficientemente falsa para que Lia la mirara.
Male no hizo nada.
Siguió tomando.
Lia terminó arrancando la etiqueta.
—Volvió.
La pequeña sonrisa de Male apareció contra la boca de la botella.
—Y ahora sí tengo pruebas.
Teo volvió a mirarla.
Lia se sentó sobre la mesa y les explicó.
No reprodujo la conversación completa. Hacerlo habría requerido admitir algunas cosas que no pensaba admitir, como cuánto había sentido el cuerpo de Galo detrás del suyo cuando alcanzó la espátula o el hecho absolutamente innecesario de que todavía recordara cómo se veía uno de sus colmillos cuando quedaron frente a frente.
Se limitó a contar que primero se había acercado por accidente y, días después, había fabricado prácticamente la misma situación.
—Sabía dónde estaba el azúcar —terminó.
Male la observaba con interés.
Teo tenía la misma cara que antes.
Lia esperó.
—Lo hizo a propósito.
Male asintió lentamente.
La falta de indignación empezó a resultarle sospechosa.
—Para ponerme nerviosa.
Male volvió a asentir.
Lia abrió un poco las manos.
—Es un degenerado.
La boca de Male se torció.
No llegó a reírse.
Eso fue peor.
—No me mires así.
Male bajó la vista hacia la botella.
Teo se rascó una mancha seca de grasa en el antebrazo.
Ninguno colaboraba.
—Le puse vampiro pervertido —agregó Lia.
Esta vez Teo sonrió apenas.
—Le queda.
Lia se volvió hacia él, agradecida de encontrar por fin un aliado.
Teo continuó:
—Porque es vampiro.
Male soltó el aire por la nariz.
Lia lo miró durante unos segundos.
Después agarró una servilleta hecha un bollo que había sobre la mesa y se la tiró.
Teo la atrapó contra el pecho sin demasiado esfuerzo.
—Son insufribles los dos.
No siguieron hablando de Galo.
Y eso, en cierta forma, también la molestó.
Un poco.
Teo quiso ir al kiosco porque había visto desde lejos un cartel de ofertas.
Male lo siguió únicamente para asegurarse de que no comprara nada capaz de matarlo.
Lia fue detrás.
El kiosco tenía una canasta de plástico junto a la caja con productos próximos a vencer. Teo llegó hasta ella con la precisión de un animal guiado por el olfato.
Male se quedó a su lado.
Lia agarró agua de una heladera.
Cuando volvió, Teo estaba comparando dos bebidas energéticas.
Una tenía una ilustración de un tigre azul.
La otra no tenía ninguna marca que Lia reconociera.
—Esa no —dijo.
Teo levantó la del tigre.
—¿Cuál?
—La que estás considerando.
Él miró la fecha.
—Falta una semana.
Lia miró a Male.
Male ya había abandonado cualquier responsabilidad moral sobre la situación.
Teo dejó la del tigre y eligió la otra.
—Ésta falta nueve días.
Lia soltó un suspiro.
—Perfecto.
El dueño del kiosco cobró.
De regreso al playón, Teo abrió la lata.
La espuma salió hasta la mitad de sus dedos.
Se quedó quieto.
Lia también.
Una gota naranja descendió despacio por el dorso de su mano.
Male se tapó la boca.
Teo separó la lata del cuerpo para que no le ensuciara más el pantalón.
La espuma siguió creciendo.
Lia intentó aguantar.
No pudo.
Se le dobló la espalda de la risa.
Male apoyó una mano sobre la mesa y terminó riéndose también, ya sin ninguna intención de disimular.
Teo seguía sosteniendo la lata con expresión serena.
—Se sacudió en la moto.
Lia intentó hablar.
No le salió.
Teo esperó a que dejara de derramarse, limpió la parte superior con la remera y tomó un poco.
Su cara permaneció igual.
Eso hizo que Lia se riera otra vez.
—Está horrible, ¿no?
Teo miró la lata.
No respondió enseguida.
—Tiene gusto fuerte.
Male se giró para reírse hacia el otro lado.
Lia extendió una mano.
—A ver.
Teo apartó la lata.
Lia volvió a estirar el brazo.
Él la levantó un poco más.
No demasiado. Sólo lo suficiente.
Lia se puso de pie.
Teo la cambió de mano.
Male se sentó en la mesa y contempló el procedimiento con la misma atención que dedicaría a dos animales aprendiendo una conducta nueva.
—Dame un poquito.
Teo negó despacio.
Lia intentó agarrarle la muñeca.
Él era bastante más alto. También bastante más fuerte, aunque rara vez hubiera motivo para recordarlo.
Levantó el brazo.
Lia se agarró de su hombro y se puso de puntas.
No alcanzó.
Teo siguió bebiendo tranquilamente con la otra mano.
Lia empezó a reírse en medio del forcejeo.
—¡Dale!
Él bajó finalmente la lata.
Se la ofreció.
Lia tomó un sorbo.
La cara se le contrajo de inmediato.
Teo recuperó su bebida.
Male ya estaba sacando el teléfono.
—No.
Male volvió a bajarlo.
Lia tragó con esfuerzo.
—Eso tiene gusto a remedio.
Teo tomó otro poco.
—A mí me gusta.
Lia lo contempló, sinceramente preocupada.
—Eso explica la sangre vencida.
Él siguió tomando como si no hubiera escuchado.
Encontraron una pelota desinflada debajo de una de las mesas.
Male aseguró que no sabía jugar al básquet.
Lia tampoco demasiado.
Teo dijo que hacía mucho que no jugaba.
Cinco minutos después había metido tres tiros seguidos.
Lia se paró con las manos en la cintura.
Teo recibió la pelota cuando rebotó.
Ella lo observó largamente.
Él pareció entender la acusación igualmente.
Se encogió apenas de hombros.
Lia le quitó la pelota.
A la siguiente consiguió meter una desde bastante cerca.
Levantó los dos brazos inmediatamente y giró hacia Male.
Male aplaudió con entusiasmo desproporcionado.
—¡Viste!
Teo estaba debajo del aro.
Lia lo señaló antes de que abriera la boca.
—Ni una palabra.
Él cerró la boca.
Después de un rato Male empezó a encestar tirando de cualquier manera y festejaba incluso cuando la pelota apenas rozaba el tablero.
Lia terminó corriendo con ella por media cancha, ambas tratando de sacársela a Teo, que avanzaba caminando y cambiaba la pelota de mano cada vez que alguna se acercaba.
Cuando finalmente Lia consiguió robársela, la abrazó contra el pecho y salió corriendo.
Teo la alcanzó en cuatro pasos.
Lia chilló cuando sintió una mano agarrarle la parte trasera de la remera.