Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

León los siguió con la vista hasta la caja y se guardó el comentario, aunque la cara no colaboró demasiado.

Lia volvió detrás del mostrador con una energía completamente distinta de la que había tenido cinco minutos antes. Galo dejó el azúcar junto al café.

Ella lo pasó por el lector.

Mientras esperaba el pago, todavía tenía una pequeña sonrisa en la boca.

Galo la vio.

—No te pongas tan contenta.

Lia levantó los ojos.

No respondió.

Eso pareció molestarlo un poco más que si lo hubiera hecho.

Él pagó.

León apareció finalmente con tres paquetes de papas fritas y los agregó sin pedir permiso.

—Ya que estamos.

Galo le pasó la tarjeta a Lia otra vez.

León miró el azúcar.

—¿Desde cuándo usamos mascabo?

Galo guardó silencio.

Lia bajó la cabeza hacia la caja para que no se le notara la risa.

León agarró el paquete.

—Este ni siquiera es el que compra Ortega.

Lia se mordió el labio.

Galo lo miró.

—¿Querés las papas o no?

León soltó el azúcar.

—Sí.

Lia cobró.

Cuando se fueron, Galo salió con León como si la tarde hubiera sido perfectamente normal, sin otra provocación ni una mirada desde la puerta.

Pero Lia se quedó mirando el paquete de café que había olvidado sobre el mostrador.

—Eh.

Corrió hasta la puerta y la abrió.

—¡Galo!

Él ya estaba a varios metros.

Se dio vuelta.

Lia levantó el paquete.

—¡Tu café!

Galo miró su mano.

Hubo un silencio.

Después volvió caminando.

León siguió hacia el auto.

—Muy eficiente —dijo Lia cuando se lo dio.

Galo agarró el café.

Sus dedos no llegaron a tocarse esta vez.

—Estaba distraído.

Lia alzó las cejas.

Galo sostuvo la mirada sin apurarse.

—Qué raro.

Galo se fue.

Lia cerró la puerta.

Desde el otro lado del vidrio lo vio alcanzar a León.

Y recién cuando volvió al mostrador se dio cuenta de que seguía sonriendo.

Lo lindo ya no era novedad. Lo que la tenía sonriendo era haberlo descubierto haciendo todo aquello a propósito: por alguna razón todavía bastante estúpida, él también estaba jugando con ella.

4.5 Oferta limitada 48

Teo había salido a comprar protector solar.

Eso era todo.

Una hora y media después seguía sin protector solar.

Estaba parado frente a una góndola, sosteniendo dos tubos prácticamente idénticos.

Uno costaba doce mil.

El otro, siete mil novecientos.

Leyó ambos ingredientes.

Volvió a leerlos.

El de siete mil novecientos decía ULTRA SUN VAMPIRE PROTECTION 500+ y tenía dibujado un murciélago con anteojos de sol.

Teo lo miró durante varios segundos.

Lo puso en la canasta.

Afuera se untó un poco en el dorso de la mano.

Esperó.

Nada.

Bien.

Siguió caminando.

A los veinte metros, la crema empezó a formar pequeñas bolitas blancas.

Teo miró su mano.

La frotó.

Las bolitas aumentaron.

Se quedó quieto en mitad de la vereda, cubierto de pequeños pedazos de protector.

Una señora pasó junto a él.

Teo escondió la mano en el bolsillo.

Continuó caminando.

Entró a una farmacia.

—¿Tenés algo para híbridos que no salga una fortuna?

La farmacéutica puso tres productos sobre el mostrador.

Teo fue directamente al más barato.

Ella apoyó un dedo encima.

—Ese no te lo recomiendo.

Teo miró el producto.

Después a ella.

—¿Por qué?

—Tuvieron reclamos.

—¿Graves?

La mujer hizo una mueca.

—Depende.

Teo volvió a mirar el precio.

—¿Qué tan grave es “depende”?

Salió sin comprarlo.

Eso demostraba que sabía cuidarse.

Cinco minutos después encontró una sangre sintética a mitad de precio porque el envase estaba abollado.

La compró.

A las cuatro de la tarde estaba comiendo un alfajor en un banco.

También estaba feo.

Lo había elegido porque costaba ciento cincuenta pesos menos.

Teo lo terminó igual.

Tenía principios.

Al pasar frente a un bazar vio un cartel:

LIQUIDACIÓN FINAL

Se detuvo.

No necesitaba nada de un bazar.

Siguió caminando.

Retrocedió.

Entró.

Malena lo encontró cuarenta minutos después.

Había ido a comprar hebillas.

Pasó por el fondo del local y vio primero unas zapatillas conocidas sobresaliendo de detrás de una caja.

Se acercó.

Teo estaba sentado en cuclillas frente a un cajón enorme que decía:

TODO $2.000 — SIN CAMBIO

Tenía medio brazo metido adentro.

Había alrededor suyo una funda de celular, dos paquetes de medias, un cargador, una crema postsolar, algo que parecía un suplemento para vampiros y una linterna con forma de pato.

Male se quedó mirándolo.

—Teo.

Él levantó la cabeza.

Tenía el pelo cayéndole sobre un ojo.

—Hola.

—¿Qué hacés?

—Hay cosas buenas.

Male observó el cajón.

Teo volvió a hundir el brazo.

Sacó un paquete.

Lo miró.

Lo devolvió.

Sacó otro.

—Esto cuesta como quince mil normalmente.

—¿Qué es?

Teo leyó.

—No sé.

Male abrió mucho los ojos.

—¿ENTONCES PARA QUÉ LO QUERÉS?

—Está a dos mil.

Male se agachó a su lado.

—Eso no es una razón.

Teo ya estaba revolviendo otra vez.

Ella vio la bolsa que tenía detrás.

—¿Compraste todo eso?

—No todo.

Male sacó la linterna-pato.

—¿Necesitabas esto?

Teo la encendió.

El pato proyectó una luz sorprendentemente potente contra la pared.

Ambos la miraron.

Teo extendió la mano.

Male se la devolvió.

—Bueno. Esa sí.

Siguieron revisando.

Un minuto después, Male ya estaba metida hasta el codo en el cajón.

—Teo.

—Mhm.

—Encontré protector factor quinientos.

Teo se congeló.

Giró lentamente la cabeza.

Male sostenía un tubo intacto.

—Dos mil —leyó.

Teo se lo quitó de las manos.

Revisó la fecha.

Revisó el sello.

Revisó los ingredientes.

Su cara seguía completamente neutra.

Pero se puso de pie.

—Nos vamos.

Male lo miró.

—¿Estás feliz?

—No.

Agarró la canasta.

Male empezó a sonreír.

—Estás re feliz.

Teo caminó hacia la caja.

—Callate.

Ella fue detrás.

—¡Le voy a contar a Lia!

Teo se detuvo.

La miró.

Male siguió sonriendo.

Por primera vez desde que había entrado al local, Teo dejó la canasta en el piso y sacó el teléfono.

—¿Cuánto querés?

Male se quedó dura.

—¿Me estás queriendo sobornar?

—Sí.

—Teo.

—Tengo dos mil.

—¡SOS UN RATA!

Teo recogió la canasta.

—Era una oferta.

Y siguió hacia la caja.