CAPÍTULO 4
Vampiro pervertido
Galo volvió dos días después.
Esta vez Lia lo vio antes de que él la viera a ella.
Estaba agachada detrás del mostrador, acomodando una caja de chocolates que Don Silvio había decidido poner junto a la caja porque, según él, la gente compraba chocolate cuando esperaba.
Lia no sabía de dónde había sacado la teoría, pero desde que estaban ahí había vendido siete, así que había decidido no discutir.
La campanita sonó.
Lia levantó apenas la cabeza.
Galo entró solo.
Se quedó mirándolo desde abajo durante un segundo.
Llevaba una remera gris oscura, pantalón negro y el pelo recogido a medias, con algunos mechones sueltos alrededor de la cara. No parecía haberse esforzado demasiado y, como consecuencia profundamente irritante, se veía mejor que la última vez.
Lia volvió a agacharse antes de que pudiera descubrirla mirándolo.
—Buenas —dijo desde abajo.
Hubo un silencio.
—¿Estás escondida?
Lia cerró los ojos.
—Estoy trabajando.
—Ah.
Nada más.
Escuchó sus pasos alejarse.
Esperó un poco y volvió a incorporarse.
Galo ya estaba frente a la góndola de limpieza.
No miró hacia ella.
Perfecto.
Lia continuó con los chocolates.
Había decidido que la próxima vez que lo viera iba a comportarse con una normalidad aplastante. Nada de quedarse tiesa. Nada de pensar en binoculares. Nada de regalarle otra expresión que pudiera guardar para utilizar en su contra.
Era un cliente, muy lindo, sí, pero Lia había tenido clientes lindos antes; uno incluso tenía ojos verdes. Sobreviviría.
—¿Dónde tienen las espátulas?
Lia levantó la vista.
Galo estaba delante del mostrador.
—¿De cocina?
Él sacó un papel doblado del bolsillo.
—Supongo.
—¿Cómo que suponés?
Le extendió el papel.
Era una lista escrita con una letra diminuta, recta y bastante prolija hasta llegar a la última palabra, que parecía haber sido escrita dentro de un vehículo cayendo por una montaña.
Lia la acercó a la cara.
—¿Eso dice espátula?
—Ortega dice que sí.
—¿Y vos qué decís?
—Que dice “espátula” si ya sabés que debería decir espátula.
Lia volvió a estudiar la palabra.
Podía ser espátula o espuma; con suficiente mala voluntad también se parecía a espuela.
—¿Para qué la necesita?
—No pregunté.
—Qué eficiente.
Galo guardó el papel.
—Por eso vine.
Lia salió de detrás del mostrador.
—Hay de cocina al fondo. Si quiere otra cosa, es problema de Ortega.
—Qué servicio.
—No cobramos interpretación de jeroglíficos.
Caminaron hacia el pasillo del fondo.
Galo no contestó.
Lia giró apenas la cabeza.
Él venía detrás con las manos en los bolsillos, mirando los estantes con esa tranquilidad suya que empezaba a resultarle ofensiva por razones todavía difíciles de justificar.
—Me estabas mirando.
—Estaba comprobando que siguieras ahí.
Galo bajó un poco la mirada hacia ella.
—Metiche.
Lia se detuvo.
—¿Qué?
Él pasó a su lado.
—Metiche.
—¿Por qué soy metiche?
—¿Querés una lista?
—Sí.
Galo siguió andando.
—No traje otra hoja.
Lia hizo una cara a su espalda.
Él no podía verla.
Por suerte.
Llegaron a las cosas de cocina. Las espátulas estaban arriba de todo, porque Don Silvio tenía una relación misteriosa con la altura de las personas y había ubicado varios productos de uso cotidiano en lugares donde Lia necesitaba ponerse en puntas de pie.
—Ahí.
Galo miró.
—¿Cuál?
—No sé qué quiere Ortega.
—Yo tampoco.
—Entonces llevate una.
—Excelente criterio.
Lia estiró el brazo.
La primera estaba enganchada detrás de un colador.
Se puso en puntas.
No alcanzó.
Volvió a intentar.
La punta de los dedos rozó el mango.
—Esperá.
—Puedo.
Volvió a estirarse.
La remera se le levantó apenas sobre la cintura y Lia hizo un pequeño salto, intentando enganchar el mango con una uña.
Nada.
Un segundo después sintió una presencia fría detrás.
No llegó a girarse.
El brazo de Galo apareció sobre su hombro.
Pasó muy cerca de su cabeza.
Demasiado.
El pecho de él apenas rozó su espalda cuando se inclinó, y durante un instante Lia quedó encerrada entre el estante y un cuerpo que no estaba caliente como debería.
Galo agarró la espátula.
Fácil.
Lia se quedó inmóvil.
Había olido primero el perfume.
Algo limpio y oscuro que no supo identificar, mezclado con un olor que probablemente era sólo él y que su cerebro, completamente traidor, decidió registrar con lujo de detalles.
Galo retrocedió.
—Esta.
Lia giró.
—Sí.
Le salió demasiado rápido.
Él la miró.
Lia sintió subir el calor desde el cuello.
No.
Galo bajó los ojos apenas, como siguiendo algo que estaba ocurriendo en su cara.
Lia se acomodó un mechón detrás de la oreja.
Galo miró la espátula y después volvió a ella sin sonreír, perfectamente tranquilo.
Eso era incluso más humillante.
—Podías usar el banquito —dijo.
Lia siguió la mirada de Galo hasta el banquito, a menos de un metro, y volvió hacia él con una irritación cada vez más difícil de sostener con dignidad.
Lia sintió el impulso de pegarle con la espátula.
—No lo vi.
—Ya.
—¿Qué significa “ya”?
—Nada.
Lia le quitó la espátula de la mano.
—Andá a pagar.
Galo la dejó pasar.
Cuando volvió al mostrador, Lia notó que todavía tenía calientes las mejillas.
Se ocupó deliberadamente de otra cosa mientras él sacaba la billetera.
El lector de tarjetas tardó.
Por supuesto.
Galo estaba ahí adelante sin hacer nada.
Lia podía sentir que la miraba.
Finalmente levantó los ojos.
Lia levantó los ojos. Galo seguía mirándola.
—¿Vas a seguir haciendo eso?
—Vos preguntás mucho.
Lia apretó los labios.
El aparato aprobó el pago.
—Listo.
Galo agarró la bolsa.
Antes de irse se quedó mirando un momento los chocolates que ella había acomodado.
—¿Funcionó?
Lia parpadeó.
—¿Qué?
—La teoría.
Tardó un segundo en entender.
—Vendimos siete.
Galo agarró uno.
Lo dejó junto a la caja.
Lia lo miró.
—Ya pagaste.
—Cobralo.
—¿Lo querés?
—Ahora sí.
Lia lo pasó.
Él pagó otra vez.
Todo por un chocolate.
Cuando terminó, Galo guardó el recibo sin mirarlo.
—Nos vemos, intrusa.
Lia abrió la boca.
La campanita sonó antes de que pudiera decidir qué insulto correspondía.
Durante los dos días siguientes no apareció.
Eso le dio tiempo suficiente a Lia para decidir que lo ocurrido en el pasillo de cocina había sido un accidente y, más importante todavía, que su propia reacción había sido una traición fisiológica completamente independiente de su voluntad.
Uno podía ponerse colorado por calor, vergüenza, esfuerzo o vaya a saber qué problema circulatorio. Galo había estado demasiado cerca y su cuerpo había reaccionado; Lia decidió aceptar esa explicación porque le convenía.
El sábado, Lia estaba hablando con una nena que había venido a comprar caramelos con monedas contadas cuando volvió a sonar la puerta.
No miró enseguida.
—Esperá, te falta éste —le dijo a la chica, devolviéndole una moneda que se había pegado debajo de otra.
La nena contó de nuevo.
Galo entró.
Lia lo vio de reojo.
Esta vez no estaba solo. León apareció detrás y se quedó mirando una exhibición de papas fritas mientras Galo avanzaba hasta el mostrador.
Lia siguió con la nena.
—Ahora sí.
Le dio la bolsita.
—Gracias.
—De nada.
La chica salió.
Lia recién entonces miró a Galo.
—¿Otra espátula?
—No.
—Qué pena.
Él dejó un paquete de café sobre el mostrador.
—Esto.
Lia lo agarró.
—¿Nada más?
—Por ahora.
Pasó el paquete por el lector.
Galo miró hacia el fondo del local.
—¿Tenés azúcar mascabo?
—Pasillo tres, arriba.
—¿Dónde?
Lia señaló.
—Al lado de las harinas.
Galo no se movió.
La miró.
Lia esperó.
—¿Qué?
—Mostrame.
Ella frunció el ceño.
—Está ahí.
—No sé dónde.
—Acabo de decirte.
—Soy nuevo.
Lia lo miró durante un segundo largo.
Algo no cerraba.
Galo había recorrido prácticamente todo el almacén la primera vez. Había encontrado solo la heladera de sangre, el arroz, los productos de limpieza y Dios sabía qué más.
Pero bueno.
Salió de detrás del mostrador.
—Vení.
Galo la siguió.
Lia llegó al pasillo tres y señaló hacia arriba.
—Ahí.
Había cuatro paquetes distintos a la altura de los ojos.
Galo se quedó a su lado.
—No veo.
Lia giró lentamente la cabeza.
Él tenía la vista fija exactamente sobre el azúcar.
—Está adelante tuyo.
—¿Cuál?
Lia señaló con el dedo.
—Ese.
Galo se inclinó.
No hacia el azúcar.
Hacia donde estaba ella señalando.
Su cara pasó cerca de la de Lia.
Otra vez ese olor.
Otra vez el frío extraño de su piel tan próximo a la suya.
Lia retrocedió medio paso por reflejo.
Sintió el calor subirle inmediatamente a las mejillas.
Galo agarró el paquete.
—Ah.
Lia lo miró.
Él observó la etiqueta como si acabara de resolver una búsqueda arqueológica.
Y entonces Lia vio algo.
No en su cara.
Galo seguía impoluto.
Era otra cosa.
La mínima demora antes de inclinarse.
La forma en que había esperado a que ella saliera de detrás del mostrador.
El hecho de que sabía perfectamente dónde estaba el azúcar .
Lia entrecerró los ojos.
Galo levantó la vista.
—¿Qué?
Ella siguió mirándolo.
Lia miró los cuatro paquetes a la altura de sus ojos y después la etiqueta que Galo fingía estudiar. La espátula volvió a su cabeza junto con aquella necesidad absurda de hacerla salir del mostrador.
Los ojos de Lia se iluminaron.
Galo lo vio.
Y, por primera vez desde que había entrado, pareció desconfiar.
—¿Qué?
Una sonrisa empezó a crecerle a Lia.
No pudo evitarla.
—Vos lo hacés a propósito.
Galo no respondió.
Eso bastó.
Lia abrió más los ojos, genuinamente encantada con el descubrimiento.
—¡Lo hacés a propósito!
León asomó la cabeza desde el extremo del pasillo.
—¿Qué hace?
Galo ni lo miró.
—Nada.
Lia se llevó una mano a la boca porque la sonrisa ya se le estaba escapando del todo.
Todo el bochorno de la primera vez se reorganizó en una satisfacción nueva y maravillosa.
No era ella haciendo el ridículo sola.
Este hijo de puta la estaba provocando .
Y acababa de proporcionarle una herramienta.
—Vampiro pervertido.
Galo parpadeó una sola vez, como si necesitara procesar el apodo. —Insoportable.
—Me gusta más que metiche.
—Intrusa, entonces.
Lia sonrió todavía más. —Ni siquiera entré a tu casa.
Galo empezó a caminar hacia la caja. —Y así va a seguir.
Lia fue detrás, riéndose.