Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Lia siguió mirando la pantalla mientras terminaba de cobrar. Galo. El nombre se le quedó inmediatamente; tenía algo corto, un poco antiguo, que le quedaba demasiado bien para su gusto.

Ortega pagó. Lia acomodó los productos refrigerados aparte y empezó a distribuir el resto en bolsas. León agarró varias, Galo tomó las frías y Ortega revisó el ticket apenas un segundo antes de doblarlo y guardarlo en la billetera.

—Gracias.

—Gracias a ustedes.

León ya iba hacia la salida.

—Nos vemos, Lia.

—Chau.

Galo pasó detrás de él. Lia levantó la mirada justo cuando estaba por cruzar la puerta.

Y entonces se detuvo apenas lo suficiente para girar la cabeza hacia ella.

Tenía las dos bolsas frías colgando de una mano. Con la otra, sin cambiar la expresión, juntó pulgar e índice formando un círculo alrededor de un ojo. Después hizo lo mismo con la otra mano.

Binoculares.

Lia dejó de respirar.

Galo bajó las manos.

—Muy discreta.

Y salió.

La campanita de la puerta sonó detrás de él. Ortega salió último y la puerta se cerró.

Lia seguía mirando hacia adelante cuando Don Silvio apareció desde el depósito con una caja entre los brazos.

—¿Qué pasó?

—Nada.

Se agachó detrás del mostrador y empezó a mover paquetes que no necesitaban ser movidos. Don Silvio la observó un momento.

—Bueno.

Y siguió hacia el depósito.

***

Cuando Lia llegó a su casa todavía tenía calor en las mejillas. Dejó la bicicleta contra la pared del patio, entró por la cocina y encontró a su madre cortando cebolla mientras el abuelo miraba un programa de preguntas desde la mesa.

—Llegaste —dijo su madre.

—Sí.

—Hay milanesas.

—Después como.

El abuelo levantó un dedo sin despegar los ojos del televisor.

—¿Capital de Eslovenia?

Lia abrió la heladera.

—No sé.

—Liubliana.

—Bueno.

—¿Río más largo de Europa?

Lia sacó una botella de agua.

—Abuelo.

—Volga.

—Me alegro.

El hombre asintió, satisfecho consigo mismo, y siguió mirando. Lia tomó directamente de la botella.

—¿Cómo estuvo el almacén? —preguntó su madre.

Durante una fracción de segundo volvió a aparecer una mano frente a un ojo, después la otra. Muy discreta.

Lia cerró la heladera un poco más fuerte de lo necesario.

—Normal.

Subió a su habitación, tiró la mochila sobre una silla y se quedó parada en el medio del cuarto. Después se llevó las dos manos a la cara.

—Dios.

Había decidido durante todo el camino que no iba a pensar en eso.

Todos los días le ocurrían cosas vergonzosas que después dejaba de pensar: una vez una señora le había pedido medio kilo de queso y Lia había entendido medio kilo de yeso; otro día se había tropezado delante de cuatro personas y siguió caminando fingiendo que el piso había tenido un problema.

Lo de los binoculares iba a entrar en esa misma categoría. En algún momento. Quizá en diez años.

Se sacó la remera por encima de la cabeza y la dejó caer sobre la cama. Frente al espejo del placard vio el pelo aplastado por el calor, la marca de la tira del corpiño sobre el hombro y una manchita de polvo cerca del codo que no sabía de dónde había salido.

Lo que más le molestaba era que Galo ni siquiera había hecho demasiado.

Si hubiese sido cargoso, si se hubiera reído o le hubiera preguntado qué estaba haciendo frente a su casa, Lia habría podido defenderse.

En cambio había esperado, cargado bolsas, leído etiquetas y reservado los binoculares para el último segundo, cuando ya tenía un pie afuera y ella no podía devolverle nada.

Como un hijo de puta.

Lia agarró una gomita y juntó el pelo arriba de la cabeza. Su reflejo seguía teniendo una expresión ofendida.

—No importa.

Se metió al baño.

El agua salió demasiado fría al principio y la hizo dar un respingo; después la dejó correr hasta encontrar una temperatura soportable.

Se lavó el pelo dos veces porque había usado el casco más tiempo de lo habitual, se puso mascarilla en las puntas y terminó quedándose bajo la ducha bastante más de lo necesario, con la frente apoyada un momento contra los azulejos.

Los dedos de Galo habían estado fríos.

El dato no tenía nada de novedoso. Los vampiros tenían una temperatura corporal inferior y Lia había tocado a Teo miles de veces: de chicos se habían quedado dormidos uno contra otro en el sillón, habían nadado juntos, se habían peleado y ella había sufrido sus manos heladas debajo de la remera cada vez que Teo consideraba legítima esa forma de terrorismo.

Aun así recordaba exactamente dónde la yema del dedo de Galo había rozado los suyos.

Lia abrió los ojos.

—Ah, bueno.

Terminó de enjuagarse el pelo.

No. Ni en pedo.

Salió, se envolvió en una toalla grande y volvió a la habitación dejando pequeñas huellas húmedas sobre el piso.

Afuera empezaba a oscurecer; por la ventana entraba la luz anaranjada de los últimos minutos de sol y desde abajo llegaba la voz de su abuelo respondiendo preguntas del programa antes que los participantes.

La cómoda estaba llena de cosas: crema para el cuerpo, aceite para las puntas, dos perfumes, aros sin guardar, una pinza de pelo, esmaltes, algodón y dos collares que llevaban semanas enredados.

Lia empezó por el pelo, peinándolo desde abajo para no arrancarse media cabeza.

Mojado, el granate quedaba mucho más oscuro, casi marrón rojizo, aunque donde alcanzaba la luz seguían apareciendo reflejos cereza.

Se puso aceite en las puntas, crema en los brazos y después se quedó mirando una uña saltada. Buscó el esmalte mientras encendía el parlante pequeño de la mesa y terminó sentándose en la cama con las piernas cruzadas.

El celular vibró.

Male: 👌👁️ 👁️👌

Lia lo miró durante varios segundos.

Male: muy discreta

Lia dejó caer el celular sobre la cama.

—La voy a matar.

El teléfono vibró enseguida.

Male: JAJAJAJAJAJAJAJA

Lia: te bloqueo

Lia: igual no dijo nada

Male: peor

Lia: por?

Male: pq esperó hasta irse

Eso ya lo sabía. Dejó el celular boca abajo y siguió pintándose las uñas.

Apenas cerraba los ojos volvía a verlos entrando.

León, casi matándose con un zapallito. Ortega, con esa cara de haber sido designado legalmente responsable de dos adultos que no lo merecían.

Y Galo, que se había paseado por el almacén como si tuviera derecho a ocupar tanto espacio sin hacer ningún esfuerzo, había hablado poquísimo y aun así había conseguido que Lia supiera dónde estaba durante casi toda la media hora.

Seguro era porque ya lo había visto en la Casa. Una cara conocida se encontraba más rápido entre otras; eso debía existir, tener algún nombre y probablemente hasta un estudio. Además Galo era lindo, lo cual tampoco constituía un fenómeno paranormal.

Lia dejó de soplarse las uñas. Bueno, era lindo. Tampoco iba a fingir demencia. León también era lindo. Teo era lindo. Había hombres lindos en todas partes.

Galo tenía el pelo oscuro, ojos raros y una boca bastante—

Lia abrió los ojos.

—No.

Agarró el celular otra vez. Tenía tres mensajes nuevos de Male y decidió que, por una vez, prefería eso.

Cuando las uñas estuvieron suficientemente secas, eligió un pantalón corto de dormir y una musculosa, se puso los aritos otra vez porque no le gustaba dormir sin nada en los agujeros nuevos y bajó a comer.

Durante la cena, su hermano habló casi cinco minutos de algo que había pasado con una bicicleta. Su madre se quejó del precio del tomate. El abuelo sostuvo que la milanesa había quedado mejor que la semana anterior y su madre le recordó que la semana anterior también la había hecho ella.

Lia comió dos, ayudó a levantar y volvió arriba.

La conversación del almacén empezaba a alejarse un poco, por suerte. Se acostó boca abajo, abrió Instagram y dejó pasar dos historias de Male, un video de un gato cayéndose de una mesa, una publicidad y una chica de la secundaria mostrando una torta.

Pasó un reel. Después otro.

Volvió atrás.