Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El tratado del mostrador

Al día siguiente, poco después de las cinco, Lia estaba acomodando paquetes detrás del mostrador cuando sonó la campanita de la puerta. No levantó la cabeza enseguida.

—Buenas.

Entró más de una persona. Una voz masculina respondió el saludo y otra preguntó algo sobre una lista. Lia terminó de acomodar el último paquete, se enderezó y recién entonces miró hacia adelante.

Reconoció primero al hombre del balcón. De cerca era más alto de lo que había parecido desde la colina, aunque no de una manera desproporcionada; tenía el cuerpo largo y firme de alguien que podía parecer delgado con ropa hasta que uno miraba los hombros, la espalda y la forma en que la tela caía sobre el pecho.

Llevaba una camisa negra liviana, abierta en el cuello, las mangas recogidas sin demasiada prolijidad hasta los antebrazos, pantalones oscuros y unas zapatillas que Lia sospechó que costaban más que su bicicleta.

El pelo también era más largo de lo que había creído: oscuro, con mechones negros mezclados con algunos más cálidos que la luz volvía casi vino en las puntas, unos cayéndole alrededor de la cara y otros echados hacia atrás como si hubiese pasado una mano por ellos antes de entrar.

Tenía la piel muy clara y unos ojos color ámbar que, bajo las luces blancas del almacén, parecían más amarillos de lo normal.

Tenía algo demasiado bien puesto: la boca, las cejas oscuras, la nariz recta, incluso la expresión medio aburrida con la que observaba las góndolas. Parecía uno de esos hombres que habían descubierto bastante temprano que podían quedarse callados y dejar que la cara hiciera buena parte del trabajo.

El segundo vampiro ya estaba haciendo un esfuerzo considerable por destruir la impresión general.

—Cuidado con—

Lia no llegó.

León pisó uno de los zapallitos que se había escapado de una caja junto a la verdulería, abrió los brazos buscando equilibrio y consiguió evitar la caída agarrándose de un exhibidor de galletitas. Miró el zapallito, el exhibidor y después a Lia.

—Estaba ahí.

El vampiro volvió a mirar el piso como si esperara que alguien asumiera la responsabilidad.

Era también alto, aunque un poco menos que el otro, y más fácil de mirar porque toda su cara parecía acompañar lo que estaba pensando.

Tenía el pelo castaño oscuro, algo más claro en las puntas, despeinado pero peinado hacia atrás de una forma que probablemente había requerido esfuerzo aunque él quisiera hacer creer lo contrario; facciones finas, una sonrisa que aparecía rápido y ojos oscuros que recorrían el lugar con una curiosidad casi descarada.

Vestía mejor de lo necesario para comprar detergente en Los Sauces: pantalón claro, camisa abierta sobre una remera, anillos en dos dedos y una cadena fina que se veía cada vez que se inclinaba.

Enderezó el paquete de galletitas que había torcido.

—No pasó nada.

—Todavía —dijo el tercer hombre.

El tercero ni siquiera parecía pertenecer a la misma especie de situación.

No era vampiro; eso Lia lo notó enseguida, aunque hubiera resultado evidente sólo por el contraste.

Rondaría los cuarenta y tantos, quizá cincuenta, llevaba el pelo corto perfectamente acomodado, anteojos, una camisa celeste sin una sola arruga y un pantalón oscuro de corte impecable.

Sostenía una hoja doblada por la mitad y una lapicera, y daba la impresión de ser la clase de hombre que podía entrar en una casa incendiándose, revisar una planilla y preguntar quién había autorizado el fuego.

—¿Tienen carros?

Lia señaló hacia la entrada. El hombre se volvió; había pasado al lado de tres.

—Gracias.

León sonrió.

—Ortega tiene problemas con los objetos grandes.

Ortega tomó un carro.

—Usted casi se mata con una verdura.

—No me maté.

—Por eso dije casi.

El hombre del balcón ya había seguido caminando.

Lia lo vio detenerse frente a una góndola, leer una etiqueta y dejar el producto exactamente donde estaba, con una mano metida en el bolsillo y la otra relajada al costado.

No parecía particularmente interesado en lo que estaban comprando. Tampoco parecía interesado en ella.

Ortega desplegó la lista.

—Necesitamos jabón.

León miró la góndola llena.

—Tenemos.

Ortega levantó los ojos.

—Necesitamos comprar jabón.

—Ah.

Lia tuvo que bajar un poco la cabeza para que no se le notara la sonrisa.

Don Silvio estaba en el depósito y el almacén atravesaba esa hora rara en la que todavía faltaba para que empezara a entrar la gente que salía del trabajo.

Afuera hacía un calor pegajoso; adentro, el aire acondicionado luchaba con bastante dignidad.

Los tres recién llegados se repartieron por las góndolas como si nunca hubieran entrado a un comercio pequeño y no hubiera ninguna lógica visible en la manera en que buscaban las cosas.

Ortega tenía la lista, León tenía opiniones y el otro no parecía tener ninguna función. Cinco minutos después, Ortega comparaba dos marcas de limpiador, León había aparecido con un frasco de aceitunas que no figuraba en ninguna lista y el hombre del balcón seguía con las manos vacías.

Lia apoyó los codos sobre el mostrador y lo encontró mirándola. Esta vez ninguno apartó la vista inmediatamente. Una electricidad rápida le recorrió la espalda; él giró hacia otra góndola con la misma expresión con la que había entrado.

Hijo de puta.

León apareció frente al mostrador con dos paquetes de jabón líquido, uno en cada mano.

—Necesitamos una opinión imparcial.

—¿De jabón?

—Ortega no acepta criterios estéticos.

Desde el fondo llegó la voz de Ortega:

—Porque es jabón.

León levantó uno de los paquetes.

—Este parece de hospital.

Lia miró ambos y preguntó para qué lo necesitaban. León abrió la boca, pensó un momento y terminó girándose hacia Ortega.

—¿Para qué lo queremos?

—Baños.

—Ah.

Lia señaló el de la izquierda.

—Ese. Es más barato, viene más y el otro tiene perfume fuerte.

León miró la etiqueta como si acabara de recibir información confidencial.

—¿Ves? Eso es información.

Ortega agregó dos unidades al carro.

—Es exactamente lo que dice la etiqueta.

La dignidad herida de León duró unos cuatro segundos.

—¿Vos trabajás siempre?

Lia tardó en darse cuenta de que le hablaba a ella. Él sonrió; tenía un colmillo apenas visible, pequeño y demasiado parejo para resultar amenazante.

—Soy León.

—Lia, mucho gusto.

—Ya sé. Teo.

A Lia le llevó un segundo unirlo con la moto del taller y otro más indignarse porque el híbrido inútil no había considerado relevante mencionar que su cliente era uno de los vampiros nuevos.

—¿Vos sos el de la moto?

—El de la moto soy yo. La moto es de otro.

—Teo dijo que eras normal.

León se quedó mirándola.

—¿Ésa fue toda la descripción?

—Más o menos.

Desde la góndola de enfrente se oyó una risa baja.

León giró.

—¿Te causa gracia?

—Un poco.

Era la primera vez que Lia escuchaba bien la voz del hombre del balcón. Más grave de lo que esperaba, aunque sin esa cosa impostada de algunos hombres que parecían hablar desde el fondo de una cueva por decisión propia. Sonaba tranquilo. Perezoso, incluso.

León regresó junto a Ortega murmurando algo sobre la reputación que Teo le estaba construyendo en el pueblo. Lia volvió a acomodar cosas junto a la caja y consiguió no mirar hacia la góndola del arroz durante unos veinte segundos. Cuando cedió, el vampiro ya estaba en la heladera del fondo.

Le molestó haberlo encontrado tan rápido.

Entraron dos clientas y Lia se ocupó de cobrarlas.

Después llegó un hombre buscando cigarrillos, aunque Don Silvio hacía meses que había dejado de venderlos y parecía tomárselo como una traición personal cada vez que alguien se enteraba de nuevo.

Mientras hablaba con él, Lia vio a los tres hombres cruzarse varias veces por el reflejo de la heladera.

Cuando terminó, Ortega empujó el carro hacia la caja. Detrás apareció el otro vampiro con dos paquetes de sangre refrigerada en una mano. Dejó uno en el carro, cambió de idea y agarró también el segundo.

Lia ya estaba pasando los productos por el lector.

—Esos también.

Él los acercó y los dos fueron a agarrar el mismo paquete.

Los dedos de Lia tocaron los suyos. El primer pensamiento fue que estaba frío, y no fresco por haber sostenido algo de la heladera: frío. La yema del índice de él rozó la parte interna de sus dedos y Lia levantó los ojos antes de decidir hacerlo.

Estaba bastante cerca. Los ojos eran definitivamente ámbar, miel oscura alrededor de la pupila y más claros hacia los bordes; de cerca también se veía mejor el borde pálido de un colmillo cuando entreabría apenas la boca.

Lia soltó el paquete.

—Perdón.

—Todo tuyo.

Él tampoco sonrió. Lia pasó la sangre por el lector y el paquete emitió un pitido alegremente doméstico.

Sangre humana, grupo mixto, estabilizada.

Lia miró el precio y pensó inmediatamente en Teo.

Galo —aunque ella todavía no sabía que se llamaba así— pareció notar la expresión.

Lia siguió cobrando. Él apoyó el paquete sobre el mostrador, pero no dejó de mirarla.

—Ajá.

Ahí estaba la primera molestia. No había hecho nada particularmente provocador ni parecía estar intentando caerle bien; sencillamente tenía la paciencia suficiente para quedarse ahí hasta que ella decidiera si quería sostener la cara o explicar de dónde había salido.

—Tengo un amigo que compra sangre —cedió Lia—. Si ve lo que sale esa, se desmaya.

Él miró el paquete.

—Entonces no se la muestres.

Lia resopló por la nariz y siguió pasando productos.

Ortega iba separando las cosas por categorías. León había encontrado unos caramelos junto a la caja y estaba leyendo los sabores.

—¿Qué es “frutos del bosque”?

Lia mantuvo la cara más seria que pudo.

—Frutos... del bosque.

León levantó la vista y dejó lentamente el paquete.

—Empiezo a entender por qué Teo viene acá.

El otro vampiro volvió a mirar hacia Lia un segundo.

Cuando terminó de cobrar, Ortega sacó una tarjeta.

—Galo.

El vampiro levantó la cabeza.

—¿Qué?

—¿Llevás las bolsas frías?

—Sí.