Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

Male buscó la publicación donde lo había leído.

Una pareja de sangre, según aquello, era una persona que alimentaba habitualmente a un vampiro mediante un acuerdo más o menos formal.

Podía haber dinero, exclusividad o ninguna de las dos cosas; la expresión no decía por sí sola que fueran pareja romántica.

Lia miró a Teo.

—¿Vos tenés una?

Teo terminó, pasó la lengua rápidamente sobre las marcas por costumbre y soltó su brazo.

—No.

Lia miró los dos puntitos en la muñeca.

—Dame algo.

Teo agarró un trapo del banco.

—¡Eso no! Tiene grasa.

Él lo dio vuelta.

—Del otro lado no.

Male le alcanzó un pañuelo de papel. Teo abrió después un paquete de gasas, miró a Lia un segundo y se lo cambió por una limpia.

—¿Y yo qué soy? —preguntó ella mientras presionaba las marcas.

Teo tardó porque estaba cerrando el paquete.

—Lia.

Male dejó caer la cabeza hacia atrás. Lia sonrió y Teo volvió a sentarse frente a la moto con un poco más de color en la cara.

El portón se abrió un poco más y apareció la hermana de Teo con una bolsa de pan bajo el brazo, descalza y con un short enorme que probablemente no era suyo.

Tenía el mismo aire familiar sin parecerse demasiado: más pequeña, bastante menos somnolienta y con un colmillito visible incluso con la boca cerrada.

—Mamá dice que si otra vez compraste ese repelente de oferta te lo va a tirar.

Teo ni siquiera se dio vuelta.

—Funciona.

—Te picaron hasta en la frente.

—Fueron otros.

La chica saludó a Male y después vio a Lia. La abrazó apenas llegó, bajó la mirada hacia la musculosa que se le había subido al sentarse y una sonrisa apareció alrededor del colmillo.

—Estaba mirando la remera.

Male empezó a reírse.

—Porque es linda —agregó la chica con una inocencia que no ayudaba en nada.

—Las dos son unas pajeras.

Desde la moto, Teo dijo:

—Yo no.

Nadie le contestó.

Su hermana le robó a Lia el elástico de la muñeca, se ató el pelo y recién entonces vio la marca reciente.

—Ah. Solucionado.

—Compró sangre vencida —informó Male.

La chica cerró los ojos.

—Mamá lo va a matar.

—No estaba vencida cuando la compré.

—La compraste anteayer.

—Exacto.

Dejó el pan sobre una mesa. Teo ya estaba abriendo la bolsa cuando ella le pegó en la mano.

Lia volvió a acomodarse las pulseras. Teo podía tener sangre de ella todavía en la boca y seguía siendo Teo: el tarado que compraba bolsas vencidas, se dormía donde encontraba sombra y una vez había comido tierra aunque insistiera en que aquello no contaba.

Que fuera híbrido venía después, si es que venía.

Con los de la Casa todavía le pasaba al revés. Sabía que uno se llamaba León; del hombre del balcón apenas tenía una silueta, el pelo oscuro y demasiados rumores encima. Seguían siendo, antes que cualquier otra cosa, los vampiros de la Casa del Precipicio.

2.8 Después del turno  21

Al otro dia, cuando terminó su turno salió del almacén con hambre y un plan consigo misma como siempre hacia.

Mizes había anunciado esa mañana un postre nuevo en una historia: una especie de cuadrado de chocolate con crema de café, sal gruesa arriba y un nombre demasiado largo que Lia ya había olvidado.

Había pensado en probarlo desde que lo vio y, como todavía faltaba bastante para la cena, dobló con la bicicleta en la esquina contraria a su casa.

A mitad de camino vio al perro.

Era uno de esos mestizos amarillentos que aparecían por distintos patios del barrio y parecían pertenecer un poco a todos.

Estaba parado junto a un cesto de basura, con una bolsa de plástico enganchada alrededor del cuello y una expresión de absoluta resignación ante el rumbo que había tomado su vida.

Lia frenó.

—Ay, no.

El perro retrocedió cuando ella dejó la bicicleta.

—No, no, vení. No te voy a hacer nada.

Se agachó despacio y extendió una mano. El perro la olió desde lejos. Lia esperó, hablando bajito, hasta que se acercó lo suficiente para que pudiera meter dos dedos entre el plástico y el pelo.

La bolsa estaba más enredada de lo que parecía.

—¿Cómo hiciste esto, tarado?

El perro movió la cola.

—Sí, vos.

Cuando consiguió romper el asa, él salió de ahí de un tirón y sacudió todo el cuerpo. Después se quedó mirándola.

Lia le rascó detrás de una oreja.

—Listo. Andá a tomar mejores decisiones.

El perro la siguió media cuadra.

—No.

Siguió.

—No me mires así.

Otra cuadra.

Lia frenó otra vez.

—Tengo dos perros en casa. No puedo aparecer con un tercero porque te metiste la cabeza en una bolsa.

El animal se sentó.

La miró.

Lia lo miró.

Cinco minutos después estaba entrando a Mizes y preguntando si podían darle un poco de agua en un recipiente descartable.

El perro bebió en la vereda mientras ella comía el postre junto a la ventana.

Estaba bueno. Lia probó otra cucharada y cerró los ojos un segundo, apenas por el gusto, antes de seguir comiendo junto a la ventana.

No tan bueno como para justificar el nombre que le habían puesto, pero sí lo suficiente para que Lia sacara una foto después del tercer bocado y se la mandara a Male.

Lia: aprobado

Male respondió con una foto de una media.

Lia esperó una explicación.

No llegó.

Lia: ??

Male: estoy eligiendo medias

Lia amplió la foto.

Lia: esa tiene un agujero

Male: por eso estoy eligiendo

Lia se rio sola.

Cuando volvió a salir, el perro seguía ahí.

Lia se quedó con una mano en el manubrio.

—No.

El perro movió la cola.

—Ya hablamos de esto.

Ella arrancó.

El perro arrancó.

Lia pedaleó despacio durante media cuadra, mirando cada tanto hacia atrás. Él venía trotando detrás con la lengua afuera y una tranquilidad ofensiva, como si la conversación anterior hubiera terminado exactamente al revés de como Lia recordaba.

—Andate a tu casa.

El perro aceleró para alcanzarla.

—No sabés ni dónde vivo.

Siguió.

Lia dobló.

El perro dobló.

Frenó frente a una casa con el portón abierto, esperó que pasara y volvió a avanzar.

—Era una oportunidad —le informó.

El perro no pareció arrepentido.

Para cuando llegaron a la cuadra de Lia, ella ya había dejado de ordenarle que se fuera.

Entró la bicicleta al patio. Antes de cerrar el portón miró hacia abajo.

El perro estaba sentado del otro lado.

—No.

Movió la cola.

—No hagas eso.

Lia miró hacia la cocina.

Después al perro.

—Entrás cinco minutos.

Abrió apenas.

El animal pasó antes de que terminara la frase y avanzó hacia la casa con la seguridad de alguien que acababa de escriturar.

—¡Cinco minutos!

Su madre apareció en la puerta de la cocina con las manos mojadas.

Miró al perro.

Miró a Lia.

Lia todavía sostenía la bicicleta.

—Tenía una bolsa en la cabeza.

Su madre siguió mirándola.

—No significa que sea nuestro.

El perro se echó debajo de la mesa.

El abuelo se inclinó para verlo.

—Es lindo.

—No ayudes.

—Tiene cara de llamarse Roberto.

Lia cerró los ojos.

—No le pongas nombre.

—Roberto —probó el abuelo.

El perro levantó la cabeza.

Lia lo señaló.

—Vos tampoco ayudes.

Esa noche Roberto durmió en el patio.

El nombre, para desgracia de Lia, también.