Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Eso podía significar cualquier cosa. La señora, sin embargo, se fue convencida de haber aportado información confidencial.

A la tarde, don Ricardo dijo que uno era francés.

—¿Francés de Francia? —preguntó Lia mientras le alcanzaba un paquete de fideos.

Don Ricardo la miró por encima de los anteojos.

—¿De dónde va a ser francés?

Lia decidió no empeorar la conversación. Para cuando cerraron, el francés ya era un exiliado. Nadie sabía de qué.

Al día siguiente apareció la teoría de los ataúdes.

Una señora que compraba alimento para gatos contó en voz baja que habían descargado cuatro durante la madrugada.

Lia estaba bastante segura de haber visto esas mismas cajas desde la calle y de que una decía FRÁGIL — VAJILLA, pero la mujer recibió el dato con una expresión compasiva, como si Lia fuera demasiado joven para comprender hasta dónde podía llegar la capacidad de falsificación de una familia vampírica.

Don Silvio, que había escuchado media conversación mientras acomodaba bebidas, quiso saber por qué alguien transportaría un ataúd de pie.

Nadie supo responderle.

—Entonces era un mueble —dictaminó, y volvió al depósito.

A las cinco y media las cajas ya contenían tierra. A las seis, tierra de cementerio.

—¿De qué cementerio? —preguntó Lia.

—No sé, nena. Eso dicen.

Era imposible discutir contra una fuente así.

También se decía que la familia había comprado media ladera, que había traído empleados de la ciudad porque no confiaba en humanos de Los Sauces, que sí confiaba pero solamente para ciertas cosas, que uno había sido visto saliendo de Mizes con dos mujeres, que las mujeres eran donantes, que no eran donantes, que una sí, y que en la Casa habían instalado una habitación especial para guardar sangre.

Esa misma tarde pasaron dos camiones cargados de materiales por la calle principal y una camioneta detrás. Los tres doblaron hacia el camino de la Casa del Precipicio.

—Están arreglando en serio —dijo Don Silvio desde la puerta.

Lia tenía una capacidad bastante desarrollada para hacerse la boluda. Podía barrer la vereda con cara de estar pensando exclusivamente en polvo mientras archivaba qué vehículo había subido, quién lo manejaba y cuánto tardaba en volver.

Esa noche Male le mandó una foto de unos binoculares negros.

Male: estos sirven

Lia: NO VAMOS A VOLVER

Male: no dije para qué eran

Lia: son binoculares male

Male: también sirven para aves

Lia dejó el teléfono. Cinco segundos después volvió a agarrarlo.

Lia: cuánto salen

La respuesta tardó menos de un segundo.

Male: SABÍA

Lia bloqueó la pantalla.

Para el final de la semana, los habitantes de la Casa ya habían dejado de ser una aparición y habían adquirido una estructura social completa que probablemente ellos mismos desconocían.

Había un jefe, un heredero, una mujer peligrosa, dos hermanos que se odiaban, alguien casado con alguien, alguien engañando a alguien y uno que dormía bajo tierra.

El francés, mientras tanto, ya no sólo era exiliado: ahora había sido expulsado personalmente de Francia por motivos que nadie podía precisar.

Lo de las personas que vivían con ellos también evolucionó rápido. A las diez eran empleados. A las doce, donantes. A las tres, una clienta le informó a Don Silvio en voz baja que cada vampiro tenía dos.

Don Silvio siguió anotando una cuenta.

—¿Dos qué?

La mujer miró hacia Lia, volvió a acercarse y bajó todavía más la voz.

—Personas.

Don Silvio levantó la cabeza.

—¿Para qué?

La señora hizo una cara. Don Silvio siguió sin entender y Lia tuvo que alejarse porque se estaba riendo.

***

—¿Por qué de Francia? —preguntó Lia esa tarde en el taller del padre de Teo.

Male se encogió de hombros desde una silla plegable.

—No sé.

—¿Quién te dijo?

—Mi tía.

—¿Y a ella?

—Una señora de pilates.

Lia consideró la cadena de fuentes.

—Bastante sólido.

Male asintió, completamente seria.

—Yo diría que confirmado.

Habían terminado en el taller porque hacía demasiado calor para quedarse en el playón y Teo tenía que esperar a que su padre regresara con una pieza. El portón estaba abierto de par en par y un ventilador viejo trasladaba aire caliente de un lado al otro sin mejorar demasiado la situación.

Teo seguía debajo de una moto roja. De él sólo se veían las piernas, unas zapatillas viejas y una mano extendida hacia la bandeja de herramientas.

Al moverse, la remera blanca se le iba subiendo de a poco por el abdomen; él parecía no notarlo, aunque ya se veía buena parte de la panza plana y las líneas marcadas que bajaban hacia la cintura.

Era fuerte de esa forma engañosa que tenían algunas personas que jamás hablaban de entrenar: hombros anchos, cintura estrecha, brazos trabajados a fuerza de levantar motores, ruedas y cualquier cosa que su padre le hubiera señalado desde que tenía edad suficiente para resultar útil.

El pelo rubio ceniza se le había aplastado contra la frente por el calor y varios mechones largos le caían sobre los ojos.

La mano salió otra vez.

—Llave diez.

Male, que había bajado la vista un momento, le puso una herramienta en la palma.

Hubo una pausa debajo de la moto.

—Esta es doce.

Male miró el número estampado.

—Bueno, tampoco colaborás vestido así.

Teo dejó la llave en la bandeja.

—Llave diez.

Lia ya se estaba riendo cuando encontró la correcta.

—Hoy escuché que duermen todos juntos.

Male recuperó la dignidad lo suficiente para levantar la cabeza.

—¿Sexualmente?

—No especificaron.

—Entonces el rumor está incompleto.

Teo recibió la llave y siguió trabajando como si la conversación ocurriera en otro local.

—¿Y vos viste alguno? —preguntó Lia.

—Sí —contestó desde abajo.

Lia esperó unos segundos.

—Teo.

—¿Qué?

—El vampiro.

Teo salió finalmente deslizándose sobre la tabla con ruedas. Tenía una mancha de grasa cruzándole la mejilla y el pelo casi blanco donde la luz del taller le pegaba de frente.

—Vino uno ayer. Se le apagaba la moto.

—¿Quién?

—León.

El nombre no le dijo nada a Lia.

—¿Y cómo sabés que era de la Casa?

—Me dijo.

Male hizo un gesto para que continuara. Teo siguió limpiándose una uña con el trapo.

—¿Era lindo? —preguntó Lia.

Teo la miró por primera vez con verdadero interés, aunque sólo porque la pregunta parecía desconcertarlo.

—Normal.

Male soltó una carcajada.

—No le podés preguntar eso a Teo. Para él una persona es linda si tiene todos los dientes.

—No dije eso.

—¿Era alto?

Teo pensó.

—Más que vos.

—Eso no me sirve.

—Entonces no sé.

Lia apoyó la espalda contra la mesa. El hombre del balcón no se parecía demasiado a la idea que Teo tenía de alguien normal, pero tampoco sabía si era León.

Desde el árbol apenas había distinguido el pelo oscuro, la altura y esa facilidad irritante para convertir el acto de atarse el pelo en algo que ella había seguido mirando bastante más de la cuenta.

Teo ya estaba inclinándose otra vez hacia la moto cuando Lia reparó en el tacho junto a la pared. Arriba de todo había una bolsa vacía de sangre sintética con una etiqueta violeta que parecía diseñada en una computadora de 2004.

—¿Comiste?

—Sí.

Lia señaló la bolsa.

—¿Eso?

—Estaba en oferta.

Male giró lentamente hacia él.

—¿Cuánto?

—Treinta por ciento.

—Teo.

—Vencía ayer.

No era la primera vez. Ni siquiera estaba entre las cinco peores compras que Teo había hecho ese mes.

Lia ya había notado que estaba más pálido desde que entró; en él costaba verlo porque normalmente era claro, pero se movía un poco más lento, tenía los ojos pesados y el colmillo derecho asomaba más de lo habitual cuando relajaba la boca.

—Vení.

Teo levantó la vista.

Lia volvió a sentarse sobre la mesa y se quitó las pulseras de la muñeca izquierda. Male, que ya conocía la secuencia, corrió una caja para que apoyara mejor los pies.

—No le des mucho. Después se acostumbra.

—No soy un gato —dijo Teo mientras se levantaba.

—Los gatos tienen más dignidad.

Él se lavó las manos en la pileta del fondo, se secó con papel y volvió hasta Lia. Pasó el pulgar por el interior de su muñeca, buscando un lugar donde no hubiese una marca reciente.

—Más arriba.

Lia giró el brazo. Teo se sentó en el banquito que tenía al lado y quedó casi entre sus rodillas porque no había demasiado espacio entre la mesa y la moto. Le sostuvo el antebrazo con una mano; la otra terminó apoyada sobre la pierna de Lia para acomodarse.

Male los había visto hacer cosas bastante más íntimas que aquélla, o eso habría dicho si alguien le preguntaba.

Había visto a Lia dormirse encima de Teo en un colectivo, a Teo entrar al baño mientras Lia se maquillaba frente al espejo y a los dos cambiarse una remera en el mismo cuarto sin que ninguno considerara que el otro merecía ser expulsado.

A los quince, una tía de Male los había visto compartir una gaseosa y había dicho: «Ustedes dos harían linda pareja».

Lia y Teo se miraron durante cinco segundos; después discutieron por quién se había tomado más.

Teo bajó la cabeza. El pinchazo fue conocido: dos puntos precisos, una presión breve y después esa sensación tibia, un poco tirante, que Lia había aprendido hacía años a dejar de registrar.

Male los miró un rato.

—Ustedes tienen una capacidad impresionante para hacer que algo parezca íntimo sin enterarse.

Lia siguió su mirada: Teo entre sus rodillas, la mano apoyada en su pierna y la boca contra su brazo.

—Ay, por favor.

Male sonrió y volvió al teléfono.

Teo tampoco interrumpió lo que estaba haciendo. La única señal de que había escuchado fue una pequeña arruga entre las cejas. Lia le dio un golpecito con el pie y él levantó un dedo, pidiendo un minuto sin apartarse.

Afuera pasó una moto demasiado rápido. El ventilador volvió hacia ellos y durante unos segundos les movió el pelo a los tres.

—Hay otra teoría —dijo Male mirando la pantalla—. Que no son todos familia. Algunos serían parejas de sangre.

Lia giró hacia ella.

—¿Parejas qué?