CAPÍTULO 2
Espionaje en la colina
Lia no había dormido demasiado. Se había quedado pegada al teléfono hasta la madrugada planeando con Male un “espionaje” a la Casa del Precipicio y ahora la mañana en el almacén se sentía eterna.
Tenía una energía eléctrica bastante poco compatible con quedarse detrás de una caja: iba de una góndola a otra, acomodaba latas que ya estaban acomodadas y, cinco minutos después, volvía a moverlas exactamente al lugar anterior.
Don Silvio pasó una vez por el pasillo, miró una fila de conservas perfectamente recta y después a Lia. Ella desplazó una lata medio centímetro.
—Estaba torcida.
Él siguió caminando.
En el almacén la convivencia entre humanos y vampiros se veía directamente en las góndolas.
Había papitas junto a sobres de hierro sabor frutilla, galletitas comunes arriba de unas barras proteicas para híbridos y, en la heladera del fondo, dos hileras de sangre sintética entre yogures y una bebida isotónica de durazno que nadie compraba desde hacía meses.
Don Silvio se negaba a ordenar por especie porque, según él, ya tenía bastante con ordenar por precio.
Esa mañana casi no entró nadie. Una vecina mayor compró verduras de la huerta familiar y se tomó su tiempo para elegir cada tomate mientras Lia intentaba no mirar el reloj más de una vez por minuto.
Faltaban quince minutos para el cambio de turno cuando Male apareció afuera con dos bicicletas.
Estaba estirada en uno de los bancos de cemento del playón, una pierna cruzada sobre la otra, revisando el teléfono como si no llevara toda la mañana mandándole mensajes a Lia sobre rutas de aproximación, ángulos muertos y una linterna que ninguna de las dos necesitaba.
Apenas el reloj marcó la hora, Lia salió con la mochila ya puesta.
—¡Tenés cara de que vas a hacer algo raro! —gritó Don Silvio desde la trastienda, bajando el diario.
—¡Para naaadaaa!
La puerta se cerró detrás de ella con un tintineo. Lia saltó olímpicamente dos cajones de madera apilados afuera que podría haber rodeado sin ningún problema y aterrizó de milagro en los dos pies. Male ya estaba sonriendo cuando le alcanzó la bicicleta.
No necesitaron discutir el plan. Subieron y arrancaron hacia la colina.
El viento de verano y el sol de la tarde sobre la piel se sentían como un mimo.
A ratos alguna estiraba una mano y abría los dedos para sentir el golpe del aire; el sol de las tres volvía sepias los caminos de tierra, los alambrados y las paredes claras de las casas.
Cruzaron el puente viejo con el agua brillando abajo, pasaron una fila de eucaliptos donde el olor cambiaba de golpe y, más adelante, una moto levantó suficiente polvo como para obligarlas a pedalear varios metros insultando con la boca cerrada.
Después la ruta dejó de parecer ruta. Los árboles se fueron cerrando y las raíces hicieron imposible seguir cómodamente en dos ruedas.
—¿Caminamos desde acá? —preguntó Male.
Dejaron las bicicletas escondidas debajo de un árbol enorme que marcaba el comienzo del bosque viejo.
Lia, acalorada por el trayecto, destapó la botella y tomó agua con tanta desesperación que varias gotas se le escaparon por la comisura.
Una le recorrió el cuello, otra siguió por la clavícula y terminó humedeciendo la tela liviana de la remera.
Se secó con el dorso de la mano y volvió a tomar.
Male se hizo una colita de pelo sin espejo, dejando mechones cortos sueltos alrededor de la cara. Le quedó bien de una manera irritante.
—¿Vamos?
Lia le devolvió una sonrisa pícara y empezaron a subir.
En algunas partes la pendiente era tan pronunciada que tuvieron que ayudarse con raíces gruesas.
Paraban cada tanto a recuperar aire, miraban por encima de los árboles para calcular cuánto habían subido y discutían si la reja tenía que estar “un poco más allá” o si ésa era una unidad de distancia completamente inútil.
Cuando por fin apareció entre la maleza un pedazo de hierro negro y oxidado, las dos apuraron el paso.
Treparon a una rama baja de un roble para ganar altura. Male cerró los puños y se llevó las manos a los ojos, armando unos binoculares improvisados con los dedos.
Lia la miró.
—Eso no aumenta nada.
—Me concentra.
—Ah.
Male entrecerró los ojos dentro de sus propios círculos y de pronto se quedó rígida.
—Hay gente.
Lia abrió mucho los ojos.
—No me jodas.
—Te juro.
Lia terminó llevándose las manos a la cara también.
—Corré un poco el dedo.
—¿Ves?
—Pará... sí.
Los binoculares no habían aumentado absolutamente nada. Igual ahora las dos estaban mirando por ellos.
A través de las ramas distinguieron a dos hombres saliendo por la puerta principal de la Casa.
Uno encendió un cigarrillo en el porche con una cara de frustración bastante visible incluso desde ahí; el otro se quedó cerca de la entrada.
Poco después una mujer salió y abrazó al segundo hombre por detrás, rodeándole la cintura.
Otra, de pelo muy claro, se asomó riéndose desde el interior.
Male bajó apenas las manos.
—Ah, pero son unos promiscuos...
—Son vampiros... —contestó Lia con una seriedad que pretendía explicar una ley biológica completa.
Volvieron a enfocar.
El porche estaba vacío.
Lia parpadeó. Hacía un segundo había cuatro personas ahí.
La mano con la que se sostenía de la rama se cerró más fuerte antes de que pudiera pensarlo y durante un instante buscó movimiento entre los árboles, detrás de ellas, más abajo.
Esa velocidad le produjo una punzada vieja y desagradable que desapareció casi tan rápido como había aparecido.
Male se dio vuelta de golpe sobre la rama.
—No me digas que ahora aparecen atrás nuestro como en un manga de terror.
Miró hacia los costados y, por alguna razón, también debajo de sus propias zapatillas.
Lia soltó una carcajada.
—No creo que estén abajo tuyo.
—Uno nunca sabe, Lia.
—¿Entonces no nos va a perseguir un vampiro lindo, milenario y millonario? —preguntó Male unos segundos después, ya bastante más decepcionada que asustada.
Lia la miró con una ceja levantada.
—¿Eso era parte del plan?
—Me fui adaptando.
Siguieron observando un rato. Lia preguntó si podían acercarse un poco más a la reja trasera; Male, de repente comprometidísima con una teoría burocrática sobre espionaje profesional, decidió que una buena espía sabía retirarse antes de arruinar la misión.
Lia discutió lo suficiente para dejar constancia y finalmente aceptó volver antes de que bajara el sol.
Antes de salir de la rama miró una vez más hacia los ventanales.
Otro hombre acababa de salir al balcón del piso superior.
Desde esa distancia no podía verle bien la cara, pero sí la altura, los hombros firmes bajo la ropa oscura y el pelo negro, desalineado y lo bastante largo como para rozarle el cuello.
Se desperezó bajo la luz cobriza del atardecer con una pereza y una confianza que, aun de lejos, tenían una elegancia magnética.
Después levantó los brazos, juntó el cabello con dedos largos y se hizo una media cola en la parte alta de la cabeza.
Dos piercings helix brillaron cuando giró un poco la cara.
Había algo en su porte que volvía digno de apreciar cada movimiento, incluso uno tan cotidiano como atarse el pelo.
Los ojos lilas de Lia brillaron un poco más. Sus pupilas se dilataron sutilmente mientras seguía la escena.
Male la miró de reojo y una sonrisa pícara empezó a formársele.
—Je.
Lia giró hacia ella con las mejillas ya calientes.
—¿Qué?
Male mantuvo esa sonrisa insoportable hasta que Lia volvió a mirar el balcón.
Lia no era una asesina del romance ni una amargada.
Simplemente nunca había sido un tema que ocupara demasiado espacio en su cabeza.
Declaraciones no le habían faltado y había tenido algún intento de salir con gente del pueblo, pero casi siempre aparecía otra cosa que le interesaba más o la sensación de estar actuando un papel que no terminaba de entusiasmarla.
Incluso con Teo, después de años de confianza y de más de una persona diciéndoles que harían linda pareja, la idea había durado menos que las discusiones por quién se terminaba una gaseosa o quién manejaba la moto de vuelta.
La silueta del balcón, en cambio, la había dejado mirando cómo un desconocido se ataba el pelo desde una distancia ridícula. Eso sí le resultaba un poco humillante.
—Ya estás volando, Lia —murmuró para sí mientras empezaba a bajar del árbol.
Male bajó detrás, todavía con esa cara insoportable.
Cuando Lia miró una última vez entre las hojas, el balcón estaba vacío.
2.5 Lo que se dice 14
Durante los dos días siguientes, Lia no volvió a acercarse a la Casa del Precipicio.
Había trabajo, su abuelo necesitaba que pasara por la farmacia, Teo apareció una tarde con una rueda de moto que no explicó por qué llevaba encima y Male, después de jurar que no pensaba volver a hacer el ridículo detrás de ningún árbol, pasó buena parte del miércoles buscando binoculares usados en internet.
La Casa, de todos modos, encontró la manera de llegar hasta el almacén.
El primer día eran seis. A media mañana, una mujer aseguró que eran diez mientras Lia pesaba tomates.
—Mi hermana dice que más.
Lia levantó la vista. La mujer hizo un gesto hacia la colina, aunque desde ahí no se veía absolutamente nada.
—¿Tu hermana entró?
—No.
—Entonces capaz son nueve.
La mujer la miró, intentando decidir si se estaba burlando. Lia le alcanzó la bolsa con un kilo doscientos y siguió trabajando.
A la tarde ya eran quince. Uno había traído tres autos, otro tenía una moto y también había una mujer rubia. O dos rubias. O una rubia y un rubio. Nadie parecía haber visto a todos al mismo tiempo, detalle que no disminuía en absoluto la seguridad con que se informaban las cantidades.
—Dicen que son de una familia importante —le comentó otra clienta.
—Mhm.
—De vampiros.
Lia siguió acomodando el vuelto.
—Eso ya lo sabíamos.
—De los viejos.
Ahí sí levantó la cabeza.
—¿Viejos de edad?
—No. Viejos de familia.