CAPÍTULO 1 #3
Desde el río no se veía la Casa del Precipicio, aunque cualquiera de Los Sauces podía señalar dónde estaba sin pensarlo.
Ocupaba el punto más alto antes de que el terreno cayera hacia el barranco; en invierno, cuando los árboles perdían hojas, desde algunas calles se alcanzaban a ver el techo oscuro, una galería larga y los ventanales del piso superior.
La reja de hierro recorría una extensión absurda de bosque y cada tantos años alguien reparaba un tramo, cortaba la maleza o cambiaba una cadena.
Por eso los adultos rara vez aceptaban llamarla abandonada.
Vacía, sí. Abandonada, aparentemente no.
La propiedad había pertenecido durante generaciones a una familia de vampiros.
Tenía aleros demasiado profundos para una casa humana corriente, persianas exteriores pesadas y un subsuelo del que los chicos del pueblo aseguraban que había siete pisos; nadie había conseguido explicar de dónde había salido ese número.
La pileta de atrás aparecía en fotografías viejas de fiestas que circulaban cada tanto entre familias del pueblo, siempre limpia, enorme y rodeada de gente que Lia no reconocía.
Los vampiros, en cambio, no tenían nada de excepcional en Los Sauces.
La madre de Teo era vampira, él era híbrido y de vez en cuando alguno se instalaba unos meses, compraba en el almacén, discutía el precio de la nafta y desaparecía otra vez.
También estaba ese hombre mayor que Lia recordaba haber visto algunas veces durante su infancia y después durante años no.
Nadie armaba demasiado asunto alrededor de eso.
La Casa ocupaba otra clase de lugar en el pueblo.
Había estado allí desde antes de que nacieran sus abuelos y Lia ya casi no levantaba la vista cuando pasaba por una calle desde la que asomaba el techo.
Servía para dar indicaciones, para calcular si una tormenta venía desde el oeste y para asustar chicos cuando alguno proponía internarse demasiado en el bosque.
Lia sabía cómo se veía la reja, dónde empezaba el camino y qué techo aparecía entre las hojas en julio. No sabía quién tenía las llaves.
Male siguió hojeando la revista. Teo había vuelto a acostarse, ahora con la estrellita transparente todavía prendida en el pelo.
Lia dejó de mirar la colina.
***
Esa noche cenaron tarde. El comedor familiar olía a guiso de verduras y pan recién cortado, y su hermano habló durante casi toda la comida con esa elocuencia ruidosa que a Lia le recordaba, sin proponérselo, todo lo que estaba postergando.
Contó historias de profesores excéntricos, compañeros de residencia extraños, un vecino que cocinaba pescado a las tres de la mañana y una materia de derecho que, según él, había sido diseñada específicamente por un demonio para impedir la felicidad humana.
Su madre lo escuchaba mientras le servía otra porción; su abuelo discutía con él cada vez que generalizaba cualquier cosa sobre “la modernidad de la ciudad”, y Lia comía, se reía y dejaba que el ruido le pasara por encima.
En algún momento su hermano sacó el teléfono para mostrar fotos.
Lia pasó edificios altos, un bar con luces de neón, una biblioteca que parecía un palacio y una calle peatonal llena de gente a una hora en la que Los Sauces ya estaría bastante apagado.
Se detuvo en una foto donde él estaba sentado en el piso de una plaza con varios amigos, todos apretados para entrar en cuadro.
Pasó a la siguiente. Volvió hacia atrás.
Conocía dos nombres. A una de las chicas la había visto varias veces en videollamada; del chico que abrazaba a su hermano por los hombros no sabía absolutamente nada.
Igual era evidente que formaban parte de sus días, de esa clase de detalles que uno deja de contar por teléfono porque se vuelven rutina.
—Esta está linda —dijo.
Le devolvió el aparato antes de quedarse mirándola demasiado.
Después ayudó a levantar la mesa, discutió con su madre porque quería lavar los platos sola y perdió como casi siempre.
Terminó secando mientras su hermano seguía desarmando valijas y su abuelo prendía la radio en la cocina.
Cuando salió al patio trasero con un repasador todavía en la mano, algo brilló entre los árboles.
Lia se detuvo.
Desde ahí la colina apenas se veía por encima de los techos y de una línea oscura de sauces. Durante años la Casa del Precipicio había sido una forma negra contra el cielo. Esa noche una ventana estaba encendida.
Mientras miraba apareció otra. Después una tercera, más arriba. Lia caminó hasta el borde del patio. Detrás suyo, desde la cocina, su madre dijo algo sobre el frío y ella no alcanzó a contestar.
Otra ventana se encendió.
Sacó el teléfono y llamó a Male. Atendió después del tercer tono, con la voz pastosa de quien ya estaba medio dormida.
—¿Qué pasó, Lia? Son casi las once...
—La Casa del Precipicio, Male.
—¿Qué tiene esa ruina?
Lia siguió mirando las ventanas.
—Hay luces.
Del otro lado se escucharon sábanas y un golpe contra algo.
—¿Luces... luces reales?
—No, Male. Luces metafóricas.
—¡LIA!
—Sí. Luces luces.
Male empezó a hablar tan rápido que Lia tuvo que apartar un poco el teléfono de la oreja. Hiló teorías, descartó dos y volvió a la primera mientras arriba se encendían otras ventanas.
Lia dejó de contar.
—Mañana vamos.
Male se quedó callada apenas un segundo.
—Obvio.
En lo alto, otra ventana se encendió.