Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Lia levantó la cabeza.

—¿Qué chisme?

—Después.

—No. Ahora.

—Estás trabajando.

Lia dejó el tomate que tenía en la mano.

—Puedo hacer dos cosas.

Su abuelo levantó la cabeza desde la huerta.

—¡No puede!

—¡Abuelo!

Su hermano ya estaba riéndose cuando entró a la casa y Lia fue detrás de él. La carpeta de la universidad quedó sobre la mesa.

***

A la tarde, Lia dejó la bicicleta contra el tronco de un sauce y se acercó por la orilla.

Teo estaba recostado sobre una piedra ancha junto al río, con una rodilla doblada y las manos detrás de la cabeza.

La camisa se le había abierto bastante más de lo que seguramente pretendía cuando salió de su casa: dejaba ver el pecho, el abdomen marcado y esa combinación un poco irritante de hombros anchos y cintura estrecha que él conseguía llevar con la misma falta de interés con la que llevaba todo lo demás.

El pelo rubio ceniza, tan claro que bajo el sol algunas puntas parecían blancas, se le había desarmado con el viento y le caía sobre los ojos.

Cuando abrió uno, el verde grisáceo del iris apareció apenas entre los mechones.

Uno de sus colmillos quedaba visible incluso con la boca relajada.

Había, además, tres hebillitas transparentes sujetándole el flequillo.

Lia frenó.

—¿Qué tenés en la cabeza?

Male levantó la vista de la revista. Estaba sentada con los pies dentro del agua, impecable dentro de lo razonable para una tarde de río: bob corto, más claro arriba y chocolate en las puntas, ojos azul verdosos todavía delineados aunque llevaba horas afuera.

Tenía la facilidad irritante de parecer arreglada incluso después de haber pasado media tarde sentada sobre una piedra.

—Se quejó de que el pelo le caía en los ojos.

Teo ni siquiera abrió los suyos.

—No me quejé. Dije “molesta”.

—Describió un hecho —tradujo Male.

Lia miró las hebillitas. Eran de Male; una tenía una estrellita diminuta.

—Te queda preciosa.

—Gracias.

Male cerró la revista sobre una pierna.

—Lo peor es que se las puso sin discutir.

Teo abrió un ojo.

—Funcionan.

Y volvió a cerrarlo. Lia empezó a reírse mientras se sentaba junto a Male y se sacaba las zapatillas. Así funcionaban muchas tardes en Los Sauces.

El agua estaba fría.

—Tu hermano volvió —dijo Male.

—Sí.

—Lo vi bajarse del colectivo.

—¿Y no me avisaste?

—Asumí que ya sabías que tenías un hermano.

Lia le tiró agua con el pie. Male protegió la revista contra el pecho.

—¡Animal!

—Fue un accidente.

—Moviste la pierna cuarenta centímetros.

—Un accidente largo.

Teo levantó apenas la cabeza.

—Peleen bajo.

—¡Dormite! —dijeron las dos.

Teo obedeció.

Durante un rato hablaron de una chica del pueblo que había vuelto con el novio después de jurar durante tres semanas que jamás iba a mirarlo a la cara, de que la panadería estaba vendiendo unas tortas demasiado caras y de si el pelo de Male se veía mejor atado o suelto.

La posibilidad de cortarse flequillo quedó descartada cuando Lia recordó su propio intento a los catorce años y mostró una fotografía que Male consideró material de extorsión.

La universidad apareció casi cuarenta minutos después. Male encontró en la revista una publicidad de residencias y giró la página hacia Lia.

—Esta queda cerca de donde estudia tu hermano.

—Síp.

—Está linda.

—En las fotos.

—Todo está lindo en las fotos.

Lia siguió mirando el agua. Había visto esa residencia antes; conocía el precio, la distancia hasta la facultad y hasta cuál de las habitaciones tenía una ventana más grande. Le molestaba un poco que Male pudiera señalarla al azar y que todo eso ya estuviera guardado en su cabeza.

—¿Vas a ir el año que viene?

No había reproche en la pregunta, y eso hacía más difícil responder.

—No sé.

Teo abrió un ojo. Sólo uno. Lia lo vio, pero él no dijo nada y volvió a acomodar la cabeza sobre los brazos.

Male pasó la página.

Y la conversación se terminó ahí.

Un rato después Teo se incorporó. Una de las hebillitas seguía en su lugar; las otras dos habían desaparecido.

—Tengo hambre.

Lia abrió la mochila.

—Tengo un durazno.

—Dame.

Se lo tiró. Teo lo atrapó con una mano, lo examinó y preguntó si estaba lavado. Cuando Lia dijo que no, se inclinó hacia el río y lo hundió en el agua.

Male bajó lentamente la revista.

—Eso no es lavarlo.

Teo sacudió el durazno una vez y le dio un mordisco.

—Ahora sí.

—Te vas a agarrar una peste —dijo Lia.

Él miró la corriente.

—Corre.

Male sostuvo su mirada unos segundos.

—Gran argumento sanitario.

Teo siguió comiendo. Lia esperó a que lo acercara a la boca otra vez y se inclinó para arrancarle un pedazo; una piedra húmeda se movió bajo su pie y Teo le puso una mano en la cintura sin mirar siquiera, sosteniéndola hasta que recuperó el equilibrio. Lia se quedó con el bocado igual.

—Era mío.

—Era de mi huerta.

Teo pensó aquello mientras masticaba.

—Entonces era tuyo.

Lia volvió a sentarse y miró hacia la otra orilla. Más allá de los árboles empezaba la elevación del terreno que terminaba en la colina.