Yo nunca estaría con un vampiro CAPÍTULO 1
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Yo nunca estaría con un vampiro

Yo nunca estaría con un vampiro

Por Riri Seiko

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Campanas en el bosque

La cabra de su abuelo llevaba una campanita de cobre alrededor del cuello, así que durante un rato Lia pudo seguirla sin verla, guiándose por el tintineo que aparecía y desaparecía entre los árboles.

—¡Vení!

Tenía siete años y suficiente confianza como para considerar que eso alcanzaba.

Al principio reconocía partes del camino: una piedra grande junto a la que había pasado con su padre, un tramo donde los sauces se abrían y entraban pedazos anchos de sol, el olor húmedo de una zanja que su abuelo siempre le decía que rodeara.

Después dejó de reconocerlas. El bosque se hizo más fresco, las ramas empezaron a cerrarse arriba y la campanita sonó otra vez, bastante cerca.

Lia corrió hacia el ruido.

Encontró el collar.

Estaba tirado sobre el musgo, intacto, con el cascabel de bronce todavía enganchado al cuero. Lia lo levantó con las dos manos y lo hizo sonar una vez, por si la cabra tenía la amabilidad de contestar.

—¿Cabra?

Algo crujió detrás. Lia se dio vuelta tan rápido que la campana volvió a sonar, pero sólo alcanzó a ver un pájaro escapando entre las ramas.

—Estúpido.

—No creo que haya sido culpa del pájaro.

Lia habría jurado que ese árbol estaba vacío un segundo antes.

Ahora había un hombre apoyado contra el tronco, vestido demasiado oscuro para el calor, con la piel pálida y una manzana mordida en una mano.

No parecía esconderse. Tampoco parecía particularmente preocupado porque una nena acabara de encontrarlo en medio del bosque con el collar vacío de una cabra.

Dio otro mordisco a la manzana. Entonces Lia vio los colmillos.

El hombre notó enseguida que había dejado de mirar la fruta.

—Sí.

Lia frunció el ceño.

—¿Sos un vampiro?

—Sí.

La respuesta fue tan sencilla que no supo qué hacer con ella.

Humanos y vampiros vivían mezclados desde antes de que Lia naciera; había visto alguno en el pueblo, había hablado con ellos acompañada por adultos y sabía que también comían comida normal.

Nunca había estado sola con uno en un bosque donde acababa de encontrar el collar de una cabra posiblemente muerta.

—¿Comés manzanas? —preguntó.

El hombre pareció divertido.

—A veces.

Lia entrecerró los ojos.

—¿Y cabras?

Él miró el collar.

—Esta conversación se volvió acusatoria muy rápido.

—No encontré a la cabra. Y vos sos un vampiro.

El hombre sostuvo su mirada unos segundos y después levantó las manos en señal de tregua, una todavía ocupada por la manzana.

—Bueno, bueno. Pero si no me comí a tu cabra.

No parecía ofendido ni especialmente interesado en defender su honor, y eso hizo que Lia le creyera un poco.

—¿Cómo te llamás?

—Lia.

—Yo soy Baltasar.

Baltasar se separó del árbol. Lia retrocedió por reflejo y él se detuvo en el acto, sin hacerlo notar demasiado.

—¿Sabés volver sola?

Los dos miraron hacia el supuesto camino por donde ella había llegado. Había árboles, después más árboles y una cantidad de helechos que Lia no recordaba haber cruzado. A esa altura el regreso podía tener fuego y serpientes gigantes colgando de las ramas y le habría resultado igual de familiar.

—Sí.

Baltasar esperó.

—Sé.

—Perfecto. Entonces decime dónde queda tu casa.

Lia señaló con seguridad.

—Eso es el este.

Bajó el brazo y señaló hacia otro lado.

—Ahora señalaste el norte.

Baltasar volvió a morder la manzana mientras esperaba una tercera versión.

—Estaba viendo si vos sabías —dijo Lia al fin.

Él sonrió y los colmillos se le vieron enteros. Lia arrugó la nariz.

Baltasar tiró el corazón de la manzana entre unas raíces y empezó a caminar.

—Vení.

Durante un rato sólo se escucharon sus pasos y, de vez en cuando, la campana que Lia llevaba en la mano. Baltasar no parecía necesitar referencias: cruzaba entre los árboles sin detenerse, esquivando raíces y desniveles incluso cuando la luz empezó a bajar.

—¿Vivís acá? —preguntó Lia.

—Todavía no.

—¿Entonces por qué estás acá?

—Estoy viendo si quiero vivir cerca.

Lia apartó una rama que le quedaba a la altura de la cara.

—¿En el bosque?

—Cerca del bosque.

—Hay casas.

—Eso suele ayudar.

Lia aceptó la respuesta durante unos metros antes de empezar a contarle cosas que nadie le había pedido: que en su casa había gallinas, un perro viejo que roncaba, una huerta enorme y una madre que no dejaba entrar barro a la cocina aunque lloviera durante una semana.

Baltasar respondía de vez en cuando, hasta que preguntó quiénes vivían con ella.

Lia empezó a contar con los dedos.

—Mi mamá, mi papá, mi hermano y mi abuelo.

—¿Todos en la misma casa?

—Sí.

Baltasar dejó de caminar y Lia casi chocó contra su espalda. Él miró el cielo entre las copas; cuando volvió hacia ella, la expresión distraída había desaparecido.

—Escuchame atentamente, Lia. Cuando llegues, deciles que esta noche tienen que cerrar todo antes de que oscurezca: puertas, ventanas, postigos si tienen.

Los ojos lilas de Lia se abrieron un poco más.

—¿Por qué?

Baltasar tardó en responder.

—Hay vampiros pasando por esta zona.

Lia señaló sus dientes.

—Vos también.

—Sí.

—Entonces vos...

—Otros vampiros.

Eso alcanzó para callarla. Baltasar se agachó hasta quedar más cerca de su altura. No endulzó la voz ni la trató como si fuera demasiado chica para entender.

—Si escuchás algo afuera durante la noche, no salgas. Un animal, alguien golpeando, alguien pidiendo ayuda: quedate adentro.

Lia frunció el ceño.

—Eso está mal.

—Probablemente.

—Si alguien necesita ayuda hay que ayudarlo.

Baltasar la miró un momento.

—Durante el día, todo lo que quieras.

Lia caminó mucho más cerca de él durante el resto del trayecto.

Al rato una voz empezó a llamarla desde lejos. Lia reconoció a su padre antes de verlo y sonrió de inmediato.

—¡Ahí está!

El hombre volvía a llamarla desde algún lugar detrás de los cultivos. Lia levantó el collar como si él pudiera distinguirlo a esa distancia.

—¡Encontré el collar!

Ya iba a salir corriendo cuando se acordó de algo y volvió sobre sus pasos. Baltasar seguía en el límite de los árboles.

—¿Vas a vivir acá?

—Puede ser.

—¿Y te voy a volver a ver?

La pregunta pareció sorprenderlo más que todas las anteriores.

—Probablemente.

Lia sonrió y salió corriendo. Baltasar la observó atravesar el último tramo hasta que una figura adulta apareció entre los cultivos y fue hacia ella; sólo entonces volvió al bosque. La campanita del collar sonó varias veces mientras Lia corría.

***

Trece años después, Lia descubrió que una caja con dieciocho kilos de tomates podía vengarse.

—No la arrastres.

—No la estoy arrastrando. La estoy desplazando horizontalmente.

Su abuelo levantó la cabeza desde la otra punta de la huerta. Lia siguió tirando de la caja unos centímetros más para dejarla junto a la mercadería que después llevarían al almacén.

—Eso se llama arrastrar.

—Depende de la bibliografía.

—Le vas a sacar el fondo.

Lia miró la distancia que todavía le faltaba hasta la mesa, evaluó su dignidad y finalmente se agachó, metió las manos por debajo y levantó la caja con un esfuerzo bastante menos elegante de lo que le habría gustado.

Su abuelo sonrió satisfecho y volvió a lo suyo. Lia esperó a que le diera la espalda.

—Viejo vigilante.

—Te escuché.

Lia acomodó la caja con más fuerza de la necesaria.

La mañana había empezado temprano, como casi todas durante el verano.

A las nueve el calor ya se había instalado sobre Los Sauces y las plantas de tomate largaban ese olor verde y fuerte que quedaba pegado a las manos incluso después de lavarlas.

Lia llevaba la abundancia de pelo color vino recogida bien alta para trabajar; algunos mechones se le habían escapado alrededor de la cara y, cada vez que pasaba junto a la ventana, encontraba una excusa para acomodarlos mirando el reflejo.

Se había puesto una musculosa blanca, un short de jean y brillo en los labios.

El brillo ya casi no existía después de una mañana entre tierra, transpiración y el acto poco elegante de secarse la frente con el antebrazo; aun así, cuando el sol le daba de frente, los ojos lilas seguían llamando la atención antes que cualquier otra cosa.

—¡Llegó! —gritó su madre desde la casa.

Lia dejó los tomates.

Una mochila apareció primero por la puerta trasera, después una valija y finalmente su hermano, que llevaba apenas unas horas de regreso en Los Sauces y ya había conseguido ocupar medio comedor con pertenencias de la ciudad.

—¿Eso es todo? —preguntó Lia.

Él miró la segunda mochila que todavía tenía afuera.

—Casi.

—Te mudaste a estudiar. No colonizaste otro continente.

—Traje libros.

Lia abrió una de las cajas y encontró dos libros, una campera y un par de zapatillas.

—Qué académico todo.

Su hermano le quitó la tapa de las manos y, antes de que pudiera seguir revisando, la levantó de un abrazo.

Todavía olía un poco a colectivo, desodorante limpio y ciudad.

A Lia siempre le pasaba lo mismo cuando volvía: durante las primeras horas había algo distinto en él.

Tal vez la ropa, algunas palabras nuevas, o simplemente el hecho de que durante meses había tenido una vida entera que ocurría lejos de ese pueblo.

—Estás más flaca —dijo él al dejarla en el suelo.

Lia se apartó apenas.

—¿Sí?

Él vio demasiado tarde dónde se había metido.

—Creo.

—¿Creés o estoy?

Miró hacia la cocina.

—Mamá.

—No metas a mamá.

—Yo no pienso participar —avisó ella al pasar detrás de los dos con una bolsa.

Su hermano miró hacia la cocina, comprobó que no tenía aliados y volvió a las valijas.

Entre las cosas que dejó sobre la mesa había una carpeta con el logo de la universidad.

Lia la reconoció antes de leerlo. Sabía incluso qué había adentro porque él le había mandado fotos: residencias, fechas, un folleto de carreras, un mapa del campus que había ampliado más de una vez desde el teléfono.

Le daban ganas de abrirla. También le daban ganas de ponerle encima una bolsa de papas y no verla hasta la semana siguiente.

Fue a buscar la caja de tomates.

—Bueno —dijo su hermano detrás—. Después te cuento el chisme de la residencia.