Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) Epílogo #2
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Epílogo #2

Cuando los jugadores salen al campo, se escucha un gran estruendo. Los vítores de los seguidores son atronadores y me arrancan carcajadas de emoción.

Imagino cómo debe vibrar Dorian en este instante, cómo su corazón se llena de un millar insólito de sentimientos repletos de felicidad, y lo acompaño en la distancia con mi gran admiración por él, por el gran cambio que ha impuesto en su comportamiento estos últimos años, por su forma de afrontar el pasado y construir un presente conmigo, donde la toxicidad no tiene cabida.

Nos ha costado, pero al final tenemos una relación sólida, cargada de buenos momentos y un futuro prometedor.

—Yo también estaré ahí un día. —Denton tira de mi manga para que lo mire. Tiene los mismos ojos que su padre, el mismo brillo, su mismo tesón—. Ya lo verás.

Sonrío y le doy un beso tras achucharlo, con su consabido: «mami, que ya soy mayor».

Ha salido a Dorian, está claro. Aunque no tiene sus arranques de ira ni hay nada que lo empuje a ser una persona cargada de dolor, porque lo tratamos con dulzura, le damos cariño y le marcamos los límites para convertirse en un hombre de provecho algún día.

Ashley se abalanza sobre mi pierna, la abraza bien fuerte y señala el campo, donde las cheerleaders están ofreciendo uno de los espectáculos más alucinantes de la temporada. Ellas también compiten a nivel nacional y llevan cuatro años arrasando con los trofeos.

—Mami, quiero ser como ellas —afirma con rotundidad—. La que manda. —Acompaña su discurso con un par de movimientos de baile que nos dispara la risa a todos.

Como no, su hermano se mofa de ella e inician una de sus interminables peleas, pero terminan abrazándose cuando su padre da un pequeño discurso y nos nombra a todos. Porque se quieren un montón.

El partido es emocionante. No tanto por el juego en sí, sino por lo que significa para todos nosotros y para los seguidores fieles a los Dallas Cowboys.

En el palco se instala una palpable y conmovedora emoción que nos une a todos, nos demuestra cuánto hemos caminado para llegar a crear este grupo tan maravilloso.

Vivimos cada minuto del partido con la sobrecogedora ilusión de compartir las jugadas, de estar juntos, de ofrecer nuestra unión para celebrar una victoria aplastante de Dorian.

El estadio vuelve a enloquecer al final.

Hay una lluvia de confeti, unos gestos de los jugadores para vitorear a su capitán, incluso lo hacen volar por los aires. Las animadoras nos ofrecen otro de sus números y la celebración se desata en las gradas y en el campo de juego.

Entonces la atención se concentra en las pantallas del estadio, en esa única palabra que aparece, en lo que significa para mí.

Dorian se ha ido por el túnel, solo queda el resto del equipo en el campo de juego y esa palabra…

Me excuso con una frase corta y salgo corriendo en dirección al vestuario. La necesidad de abrazarlo es imperiosa. Mis ojos están llenos de lágrimas de las buenas, de esas que dejan los momentos dolorosos del pasado a un lado para celebrar lo mucho que hemos logrado juntos, nuestro amor.

«Recuerda…».

Eso es lo que pone en la pantalla. Nuestra palabra estrella, esa que esconde un mundo plagado de instantes buenos, malos y brillantes.

Todavía ahora nos dejamos notas de ese estilo colgadas en la puerta para decirnos cuánto nos queremos y materializar la inmensa felicidad que nos abraza cada día.

Mientras recorro la distancia que nos separa, hago un pequeño recorrido por nuestra historia, por esos intervalos en los que el dolor me derruía el corazón y los que lo recomponía, por cada vez que he pisado un estadio para verlo durante estos últimos años.

Y no puedo evitar la sonrisa ni las lágrimas.

Porque somos nosotros quienes ocultamos la luz capaz de iluminar nuestras vidas, porque a veces nos ciega la ira y no vemos con claridad el camino de regreso a la felicidad, pero cuando conseguimos despejar las nubes y por fin vemos el sol, podemos abrazarla.

—Señorita Gardner. —Escucho la voz de Robert Dalon, uno de los jugadores novatos de esta temporada.

Se llena de ansiedad palpable; a pesar de llevar ya bastantes meses demostrando su valía, sigue temiéndome un poquito—.

El capitán me ha pedido que le entregue esto.

—Me tiende un sobre—. Se ha ido ya al vestuario.

—Gracias, Rob.

Cojo el sobre con muchísima curiosidad. Es extraño porque el resto del equipo se espera frente a la entrada del vestuario, sin entrar. Todavía están sudados, cansados y con la ropa de fútbol.

¿Por qué Dorian está solo en el interior? ¿Qué mosca le ha picado? ¿Y a qué vienen las sonrisitas del resto de jugadores?

Niego con la cabeza mientras saco una tarjeta con su letra.

«Recuerda… ya te olvidé».

Mi corazón da un vuelco al leer esas palabras.

Se las dije tantas veces…

Nunca fue cierto, nunca lo olvidé, ni jamás lo haré, pero leer esa frase despierta nuevas lágrimas, unas mucho más profundas que las anteriores.

Le doy la vuelta a la tarjeta con un temblor imposible en las manos, casi con taquicardia severa. Es una foto, una que consigue que mi corazón estalle en mil pedazos, que se desplome para volver a escalar hasta la cima del Everest.

¿De dónde la ha sacado?

El anillo de mi dedo anular de la mano izquierda me llama. Me lo ruedo un segundo, con ese brillante precioso y modesto iluminando mi alma.

Vuelvo la vista atrás, al día que se tomó esa fotografía, tras una carrera perfecta en el circuito de Warren.

Volví a ganar, como siempre; hay cosas que nunca cambian…

Bajé de mi Pontiac en la explanada, él se apeó del Mustang con una sonrisa, porque ya no le molestaba que yo fuera superior a él frente al volante, ya no se sentía intimidado por ello.

Llevábamos un par de meses viviendo juntos, nuestras vidas desde el regreso de Mallorca se habían ido uniendo hasta convertirse en una sola.

Éramos felices, y lo seguimos siendo.

Estábamos en el proceso de construir una rutina, de llegar a ser quienes somos ahora, una unidad con identidad propia, tanto juntos como separados, un equipo capaz de superar cualquier obstáculo.

Ese día Denton estaba en las gradas, junto a Tammy, Juls y Ralph. Y yo bajé del coche pletórica por mi rendimiento en la carrera.