Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) Epílogo #3
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Epílogo #3

Me cayó una buena bronca de Warren unos minutos después, pero había valido la pena arriesgar tanto y pisarle al acelerador en algunas curvas; ser atrevida a veces tiene sus recompensas, aunque mi amigo diga que eso no es ser osada sino temeraria…

Dorian se acercó a mí con una de esas sonrisas enigmáticas, cargadas de intenciones ocultas.

Dio cuatro pasos, hasta quedarse frente a mí, e hincó una rodilla en el suelo provocándome una carcajada.

Pero su mirada me detuvo. Era decidida, chispeante, emocionada.

Entonces descubrí la cajita abierta en su mano derecha, con el anillo que ahora atesora mi dedo dentro. Resplandecía.

—¿Te casas conmigo? —preguntó con rapidez, como si las palabras le quemaran por dentro—. Recuerda que siempre te he amado.

Me arrodillé frente a él, lo rodeé con mis brazos y lo besé con toda la pasión que me invadía, con un llanto precioso, con un millar de sentimientos desbocados.

No hizo falta nada más para escuchar una ovación de aplausos, para obtener abrazos de nuestros amigos, para montarnos en una nube de algodón. Pero unas horas después, a solas en nuestra habitación, cuando ya no teníamos público, le pedí algo de tiempo.

Todavía no habíamos dejado del todo atrás los malos periodos, ni habíamos superado del todo los traumas ni tenía la certeza absoluta de que no nos desmoronaríamos. Por eso le dije que me casaría con él cuando fuera el momento. Y, por una cosa u otra, nunca ha llegado ese instante.

Vuelvo al presente, frente a mi equipo, Y tiemblo.

—Adelante, señorita Gardner —me dice uno de los veteranos, señalando la puerta—. El capitán la está esperando.

Me guiña un ojo con una sonrisa socarrona.

Abro la puerta del vestuario con el corazón bombeando a toda velocidad.

Mi mente está elucubrando un sinfín de posibilidades, dándoles bombo a los siguientes minutos, pero nada me prepara para ver a Dorian vestido de traje y con una cajita de terciopelo en la mano.

Dentro hay dos anillos de oro, dos alianzas, una declaración en toda regla.

—Ha llegado el día —anuncia.

—Pero… —Me tapo la boca con las manos, incapaz de pronunciar ni una sola palabra más.

Dorian surca la distancia que nos separa, me abraza y me da un beso casto en los labios.

Huelo su aroma, esa colonia tan propia de él, el gel de baño.

Su hombría. Siento su calor, me embebo de su esencia, y cuando se separa de mí para mirarme con una expresión de auténtica devoción, siento cómo mi corazón se expande por mi cuerpo hasta ocuparlo por completo.

—Hoy vas a salir de este estadio como Madison Stone —anuncia—.

Así que ya estás tardando en prepararte.

Mi abuelo está listo para oficiar la ceremonia, y ya sabes cómo le molesta la impuntualidad; mi madre no ha parado hasta organizarlo todo en el estadio, con ayuda de Ralph.

Warren se ha ocupado de la parte legal. Y Ernesto y Rachel han preparado todo lo de las pantallas y esos rollos…

—Me da otro beso rápido y sonríe con emoción—. Ya lo ves, no tienes escapatoria.

—Te quiero.

—Yo a ti más. —Deshace el abrazo, me gira con sus manazas y me empuja un poquito hacia la puerta—. Ve a tu sesión de chapa y pintura, de eso se ha encarga Juliette, y cásate conmigo de una vez.

—Te veo en un rato —digo antes de salir.

—¡Más te vale!

La media hora siguiente es una auténtica locura.

Mi amiga me espera fuera del vestuario, donde todos los jugadores me animan.

Encuentro una maquilladora, una peluquera y una modista con un vestido de ensueño en uno de los despachos, que han habilitado para la ocasión.

Y mientras obran su magia para convertirme en la novia que nunca imaginé ser, todas las personas importantes para mí entran a darme sus bendiciones.

El estadio está vacío cuando camino por el túnel de salida al campo del brazo de Ralph. Va a ejercer de padrino, pero también me acompañará hasta Dorian.

Hay unas sillas blancas dejando un pasillo en medio que desemboca en un altar ataviado de flores, donde el reverendo me espera junto a Dorian.

Mis hijos van delante, abriendo camino, emocionados y haciendo de las suyas. El equipo al completo nos acompaña, junto al entrenador, las personas más importantes de mi vida y algunos de mis consejeros de Reynolds Oil.

Cuando el novio me recibe, me siento la mujer más afortunada del mundo. Miro un segundo al cielo, recordando a los que se han ido, y los imagino a mi lado, como si también me acompañaran en la travesía. Es como si por una vez condensara toda la felicidad del mundo en un solo instante.

La ceremonia es preciosa, los votos de Dorian me llegan al alma, yo improviso unos sobre la marcha, pero la voz me traiciona y apenas logro contener el llanto.

Nos deslizamos esas alianzas en el dedo, nos prometemos amor eterno y escuchamos el consabido: «yo os declaro marido y mujer. Puede besar a la novia».

—Madison Stone —susurra Dorian a mi oído—. Recuerda… Te amaré por toda la eternidad.

Nuestros labios se encuentran y desatan un huracán en mi corazón, lo impulsan hacia el universo y más allá, lo colman de una ilusión que perdurará para siempre.