37
DORIAN
Cuando hace un par de días me subí a un avión para llegar a Mallorca, no tenía ningún plan definido, no sabía cómo recuperarla ni si lo lograría. Ni siquiera era consciente de hasta dónde estaba dispuesto a llegar por ella. Solo actué por instinto, por necesidad, por desesperación.
Había conseguido mi mayor meta: los Dallas Cowboys.
Estaba a las puertas de ese futuro con el que soñaba desde niño.
Todavía no había cumplido todos mis compromisos tras el draft .
Pero me dio igual. Ignoré las obligaciones con la prensa, con mi futuro equipo y con todo lo que venía después. E hice la maleta.
Desde ese beso en la boda de Juliette y Ralph mis únicos pensamientos habían sido tenerla de nuevo. Y ahora, tras hacerle el amor dos veces, sé que nunca voy a saciarme de mi necesidad de ella. Es mi mujer. Y no pienso renunciar a ella.
La espero en el salón, con la inquietud como compañera. Camino de un lado a otro. Me paso la mano por el pelo. No paro ni un segundo.
¿Qué va a pasar ahora? ¿Volverá a rechazarme? ¿Desaparecerá de nuevo?
Después de nuestro escarceo en la cocina ha puesto una excusa y ha subido a su habitación a ducharse otra vez, poniendo distancia entre ambos, condenándonos a sufrir de nuevo.
He leído indecisión en su mirada, miedo, dolor, pero también esperanza.
Y no sé a qué atenerme, no sé cómo actuar en este instante, ni siquiera si puedo permitirme soñar con un futuro juntos.
Pero tampoco soy capaz de imaginarme algo diferente.
Estoy jodido.
Ojalá la vida fuera más sencilla y se pudieran purgar los errores con un puto chasquido. Porque si la pierdo, me hundiré para siempre.
Sé lo que toca: hablar. Decirlo todo. No escondernos ni un segundo más.
La teoría está clarísima, pero cuando la tengo delante las hormonas toman el control. Debo controlarme.
Me detengo un segundo frente a la estantería. Hay una colección de fotos de Madison con Denton. Se los ve tan felices…
Paso cerca de media hora esperándola, al borde de un ataque de nervios, hasta que no puedo más y subo las escaleras dispuesto a irrumpir en su habitación y exigirle que no vuelva a escaparse, que enfrentemos de una vez por todas esa conversación, que nos demos la oportunidad de zanjar el asunto o de apostar por nosotros.
Aunque solo puedo suplicar por lo segundo, porque si me deja, si no lo intentamos, si lo nuestro se convierte en una historia del pasado, mi vida se acabará.
La música es mi primera descarga en el corazón. Eternal Flame termina y vuelve a empezar cuando alcanzo el final de la escalera.
Exhalo un jadeo.
Camino con pasos lentos hasta su puerta, la acaricio y coloco la mano en el picaporte. Mi respiración parece decidida a ahogarme.
Bajo la manija con una taquicardia de narices, y empujo.
La madera cede, se abre, me da acceso a su dormitorio.
Unas lágrimas traidoras se desprenden de mis ojos, mi piel hormiguea, mi corazón se descontrola.
Madison está sentada en la cama, apoyada en el cabezal, vestida con su pijama. Sus ojos se posan en los míos, los acarician y me producen un vahído en el corazón. Su expresión es una mezcla de ilusión y pánico, como si quisiera mostrar hasta dónde está dispuesta a dar de sí misma.
Avanzo hasta ocupar un lugar a su lado, busco su mano y entrelazo nuestros dedos. Madison no se aparta ni deshace el gesto. Su tacto me eriza la piel. Me recorre entero. Hasta hacerme sentir al borde del infarto por mi necesidad de ella.
Las palabras surgen de lo más profundo de mi alma. Quizá por eso empiezo por el principio, por ese que me fragmentó en mil pedazos.
—La primera vez que mi padre me pegó fue la peor.
—Siento unas ganas locas de compartir con ella mis execrables momentos, los desgarradores, los que me convirtieron en alguien capaz de herirla tantas veces—.
Siempre me había herido, pero esa primera vez con los puños…
—Suspiro—. ¡Dios, Maddie! Ese primer puñetazo me rompió.
Y ya no conseguí ser el mismo nunca más.
Fue el detonante para crear al Dorian vengativo.
Se mueve un poco hasta apoyarse en mi hombro. Desenredo nuestros dedos y la abrazo para acercarla mucho a mí.
—¿Cómo eras antes?
Su voz suave y casi susurrante me da alas para continuar, para vaciarme, para compartir con ella algunos momentos que únicamente he hablado con Charles.
—Solo tenía ocho años. —Cierro los ojos—.
No lo recuerdo del todo bien. Solo han perdurado las sensaciones.
El miedo. Cómo temblaba. —Sus dedos crean pequeños círculos en mi vientre, y me tranquilizan—.
Le hacía lo mismo a mi madre. Sabía de lo que era capaz.
Debería haberlo asumido mejor. Pero sentir los golpes en mi cuerpo…
Levanta la cabeza para mirarme a los ojos con una ternura infinita.
—Nunca fue culpa tuya —afirma—. Tu padre es un hombre despreciable.
El corazón se me dispara. Uno nuestras frentes para estar lo más cerca de ella posible. Le rodeo la cintura y la pego a mí.
—Madison, lo siento —suplico con el corazón encogido, como si de repente entendiera el grado de dolor que le he causado y el arrepentimiento barriera mi capacidad de sentirme sereno—.
Perdóname, por favor. —Ella suspira—. Sé que no valen solo las palabras, que es necesario demostrarlo con acciones, pero si no me permites estar a tu lado, ¿cómo voy a mostrártelo?
—Yo… yo… —Las lágrimas arrasan sus preciosos ojos y me contagian—. Necesito tiempo, asegurarme de que puedo confiar en ti, conocerte de nuevo.
—Lo entiendo —susurro—. Cariño, lo entiendo de verdad. Pero te necesito. La subo a mi regazo, a horcajadas, y la abrazo fuerte—. Hablemos, estemos juntos. Intentémoslo. Encontremos una manera de entendernos. Por favor.
—Te quiero, Dorian —declara con lágrimas en los ojos y la mirada turbada por mil emociones—.
No he podido dejar de hacerlo desde hace demasiado tiempo.
Pero no puedo volver a sufrir una rotura de corazón, podría ser la última.
—Aprieta los párpados un segundo, con una profunda inspiración.
Al abrirlos suelta el aire despacio y sus pupilas se dilatan—.
Llevo muchos años luchando por superar demasiado.
Necesito ser feliz, encontrar la paz, quitarme de encima tantísimo peso. Y contigo nunca ha sido posible.
Escucho cómo mi corazón se quiebra y mi alma se desgarra. Tiene razón, debo ser cien mil veces mejor para ella, ofrecerle amor y consuelo, no desgarro e ira.
—Confía en mí, por favor. —Mi voz se tiñe de súplica—.
Te quiero demasiado para volver a hacerte daño.
Créeme. Sé que me equivocaré algunas veces, que necesitaré continuar trabajando con Charles, que no puedo solucionarlo todo en un segundo.
Pero tú vas a ser mi prioridad siempre. Y Denton. Nuestra familia.
—Llevo tanto tiempo deseando escuchar algo parecido… —Se acerca a mi boca. Siento su aliento tan cerca que me desboca el corazón—. Vamos a tomárnoslo con calma, a conocernos de nuevo, sin mentiras, a avanzar como una pareja normal y a ver si podemos superar el pasado.
Nos besamos durante una eternidad. La toco, la abrazo, la siento.
—Lo haremos juntos —aseguro con una ilusión inmensa abriéndose paso en mi corazón.
—Estoy segura.
Se estira encima de mí, me pasa los brazos por la cintura y nos quedamos así, en silencio, un buen rato.
—Deberíamos empezar por contarnos cosas de nuestra vida —propone—. Aquellas que nunca han formado parte de nosotros.
—No sabes las ganas que tengo de saber más de tu rol en Reynolds Oil.
—Le subo un poco la camiseta del pijama para acceder a la piel de su espalda.
Le trazo dibujos con los dedos—, cuéntame cómo eres capaz de llevar así de bien una compañía millonaria a los veintidós…
Parece mentira, solo eres una mocosa, ¡y mírate!
Llevas casi cuatro años al mando y no se te ha resistido ni uno de esos tiburones con ganas de arrancarte la cabeza de cuajo.
Suelta una leve carcajada, y ese sonido aligera la tensión y riega mi alma de una forma que jamás imaginé posible.
—¿Sabes que hay José Cuervo en la despensa?
—pregunta en un tono distendido, como si mi intento de reconstruir lo nuestro ladrillo a ladrillo empezara a fructificar—.
Si quieres conocer los entresijos de cómo me convertí en una ejecutiva agresiva, estaría bien darle un poquito al tequila, ¿no crees?
—Voy a por él.
La beso en la punta de la nariz antes de levantarme para ir en busca de esa botella.
Para Madison es una tradición brindar por aquello doloroso, o para celebrar cualquier logro, con esa marca de tequila.
Y me hace mucha ilusión ser parte del ritual, recuperarlo a medida que voy acercándome más a la posibilidad de tenerla de nuevo en mi vida para siempre.
Sin cagarla. Sin asustarme. Sin darle alas a esa ira subyacente en mi interior para destrozarnos.
Solo demostrándole a cada segundo cuánto amor soy capaz de ofrecerle.
Cuando regreso a la habitación la encuentro sentada en la cama, apoyada en el cabezal, con una expresión más serena, los ojos exentos de lágrimas, la sonrisa intacta.
Sus pupilas se encuentran con las mías y me producen un chispazo de felicidad. Las comisuras de mis labios se elevan.
Sé que tengo mucho camino por delante para recobrar su confianza, mucho por demostrar, pero esa mirada tan brillante, esa expresión cargada de expectativas de construir un nosotros, es suficiente aliciente para no desfallecer nunca. Porque ella es mi destino y no voy a perderla otra vez.
Avanzo con mucha lentitud, sin separar mis ojos de los suyos. Ocupo el lugar de antes, a su lado, muy cerca de su cuerpo, rozándolo.
El tacto cálido de Madison es como una descarga de millones de iones en mi interior, activa un deseo sin precedentes, mis sentimientos se apoderan de mí y me hacen actuar como un adicto a ella, a sus sonrisas, a sus besos, a su cuerpo.
Dejo de pensar.
Utilizo la mesilla de noche para servir dos chupitos de José Cuervo.
Ella se separa del cabezal, cruza las piernas en plan posición india, agarra su móvil, le da vida a la pantalla y me muestra una colección de nuestras fotografías del pasado.
Y mis ojos se llenan otra vez de lágrimas.
Recuerdo cuando me contó su ritual con este tequila, cómo pasaba fotos de los seres queridos que había perdido y bebía a su salud.
—Hemos sido felices —susurra—. Muchas veces. Mira.
—¿Las has guardado todos estos años? —Voy pasando las imágenes con el dedo.
Son como un viaje al pasado, a cada uno de nuestros instantes maravillosos.
Me río ante algunas instantáneas, al verme en según qué situaciones.
Y descubro algo que no había visto hasta ahora—.
Hemos crecido juntos. Y sí, Maddie, quizá lo nuestro no ha sido un camino de rosas, pero hemos vivido tanto…
—Me detengo en una foto de esa escapada que hicimos con mi familia al lago, cuando mi madre nos confesó que sabía lo nuestro y lo aprobaba.
Hace tanto tiempo de eso… El brillo de su mirada era eléctrico, casi podría iluminar una ciudad entera—.
Vamos a quedarnos con lo bueno, con esta colección de fotos, y a superar lo malo.
Sigo desplazando el dedo por la pantalla, adentrándome en una historia compartida, en cada pedacito de nuestro pasado, deseando construir un presente, edificar un futuro, encontrar una estabilidad a su lado, darle amor, recibirlo, ser parte de mi familia para siempre.
—Lo haremos. —Se acerca a mí, me planta un beso que sabe a tequila en los labios y me abraza—. Voy a confiar en ti, Dorian Stone. Pero recuerda… Si me hieres, iré a por ti.
—No afiles las uñas tan pronto. —Le quito la camiseta de un movimiento—. Seré el mejor novio de la historia. —La coloco otra vez en mi regazo—. Y ni te digo cuando me convierta en tu marido.
—Uo, sí que te lo tienes creído.
—Cariño, contigo todo es poco.
La beso. Y me pierdo en ella. En mi mujer, en mi futuro. En mi felicidad.