36 #2
—Suelo entrenar antes de cenar —expongo para hablar de algo y espantar mis ganas de él, de quitarle la ropa, de hacerlo sobre la encimera, la mesa…
, cualquier superficie me vale. No sé ni lo que estoy diciendo—.
Es el mejor momento para el gym. Denton duerme un mínimo de once horas, pero madruga mucho.
—Siempre te había gustado hacer ejercicio el amanecer. —Se coloca unas manoplas para agarrar la olla y llevarla a la mesa—. Correr a esa hora, pasarte un rato en el gimnasio, tomarte una taza de café mientras observabas cómo se despertaba el día…
¿Por qué cada uno de sus vocablos me provoca una descarga de deseo?
Evoco algunas de esas mañanas junto a él. En Elberta, en la casa del bosque, en la de Waco frente al lago. Fuimos felices en esos instantes, nos amamos, nos teníamos el uno al otro, pero había tantos secretos entre los dos, tanta rabia por su parte y tanto miedo por el mío…
—Todo eso pasó —susurro. Su expresión reconoce lo mucho que abarca esta afirmación.
Se ensombrece con dolor un segundo, pero enseguida lo reconduce—.
Ahora me gusta el atardecer, el ocaso, cuando el sol se pone y puedo correr, entrenar, tomarme una infusión frente a la ventana mientras nuestro hijo duerme. Es una forma genial de acabar el día.
—Las costumbres cambian, pero los sentimientos solo se hacen más fuertes.
Se quita el delantal y se sienta a la mesa invitándome a acompañarlo con un gesto de su cabeza. Lo hago, me coloco en una silla enfrente de él, con un jadeo que intento aplacar con decisión, aunque no lo logro y se vuelve audible.
No hablamos mientras Dorian sirve la comida en los platos.
Apenas presto atención al contenido del guiso, no puedo apartar la mirada de sus ojos, de sus movimientos, de cómo sus músculos trabajados se contraen y se relajan según el momento.
La tensión se pega a la piel, es casi palpable.
Él también me desnuda con la mirada, sus pupilas lanzan chispas que todavía electrifican más el ambiente.
Me llevo el tenedor a los labios para ocupar mi boca con algo que no sean sus labios, besarlo, devorarlo.
Suelto el aire contenido en mis pulmones de forma audible.
Él hace lo mismo. Durante unos larguísimos minutos solo se escuchan las exhalaciones, los tenedores adentrándose en los platos, la respiración acelerada de ambos.
—Dame una última oportunidad, Madison. Por favor —musita de repente—.
No voy a renunciar a ti nunca más, ni pienso rendirme.
Eres mi otra mitad, la única mujer que lleva años anclada en mi corazón.
Y no quiero seguir negándome a dar rienda suelta a mis deseos, ni continuar mirándote cuando en realidad quiero empotrarte contra la pared, arrancarte la ropa y…
Se detiene, pero las palabras flotan en el aire, surcan la distancia entre su mente y la mía y se reproducen a gritos en mi cerebro. Se desencadenan un millar de descargas en mi cuerpo.
La cabeza me dice una cosa, el cuerpo otra.
Mis hormonas se descontrolan, mis ojos insidiosos se quedan prendidos de sus labios, mi boca emite un gemido, me arde entre las piernas.
Adelanta un brazo y me roza la mejilla con los dedos.
Dejo escapar por la boca una profunda bocanada de aire, junto con un sonido de avidez que delata mis más íntimos deseos. Desliza el dedo hasta mis labios, los recorre con una lentitud desquiciante. Mi corazón parece a punto de perforarme el pecho, me palpita en lugares nada recomendables.
—Tampoco quiero pasarme la vida soñando contigo.
—Su voz es ronca y un poco susurrada—. Ni voy a dejarte escapar como un imbécil.
Quizás algunas veces me asustaré, otras me cabrearé, incluso la ira puede irrumpir en algún instante y llevarme a cometer alguna que otra gilipollez.
Pero ¿sabes qué es lo más importante? —Niego con la cabeza, con muy poca soltura porque sigo hechizada por el tacto de sus dedos, por la codicia perversa de envolverlos entre mis labios y lamerlos, por llegar hasta el final—.
Voy a luchar cada día por ser mejor persona, seguiré con la terapia hasta que sea preciso, me arrepentiré de mis errores pasados y me comprometeré a no cometer tantos en el futuro.
Voy a seguir luchando, Maddie. A hacerlo mejor. Por ti. Por Denton. Por mí.
Gimo. Esas frases, su tacto, la cercanía…
Detiene el movimiento de sus dedos, los aparta y se queda mirándome con una hebra de pesado anhelo en sus pupilas un poco dilatadas. Las mías se oscurecen.
—Tengo miedo —admito en voz baja—. Nos hemos fallado tantas veces…
—¿Y si esta sale bien? —Se levanta sin separar sus pupilas de las mías.
Mi cuerpo funciona por inercia, y lo imita—.
¿Y si podemos encontrar la felicidad juntos?
—Nos vamos acercando paso a paso, como si un magnetismo emergiera de cada uno de los dos cuerpos para llamar al otro—.
¿Y si al fin tenemos una oportunidad de verdad?
—¿La tenemos?
Nos detenemos a escasos centímetros, casi roznándonos.
Mantenemos las miradas conectadas, jadeamos, la temperatura de nuestros cuerpos alcanza casi la ebullición. Es como si no pudiéramos escapar a la fuerza de la atracción, como si un hilo invisible nos arrastrara a unirnos, a catarnos, a…
No sé quién realiza el primer movimiento, solo tengo claro que mi boca y la suya entran en contacto, que nuestras lenguas bailan al ritmo de los gemidos necesitados de ambos, que nuestras manos nos desnudan a una velocidad imparable y que no tardamos en sentir el chispazo de unir nuestras pieles desnudas.
Dorian me levanta a peso, yo enredo las piernas en su cintura, mordiendo y besando sus labios. Mis jadeos son una disonancia de ruiditos cargados de pasión, de avidez, de exigencia, de…
Me lleva hasta la encimera, me sienta encima y no tarda en entrar en mí.
Ambos exhalamos un gemido y empezamos a movernos con rapidez, sin detenernos, escalando hacia la cima sin dejar de proferir el goce a través de nuestras cuerdas vocales, con las bocas enredadas, los dientes dejando algunas marcas en la piel, las manos palpando cada rincón de nuestra anatomía.
Grito su nombre cuando el orgasmo me sobreviene. Es potente, devastador, increíble. Me rompe. Es tan intenso que un par de lágrimas se desprenden de mis ojos para resbalar impunes por mis mejillas.
Él sigue moviéndose en mi interior, sin perder el ritmo, ni la fuerza ni esas declaraciones calladas de intenciones. Y entonces se vacía en mi interior, acompañado de una cacofonía de gemidos de placer, entre los que se cuela mi nombre.
Nos quedamos abrazados, quietos, temblando. Sus labios buscan los míos, y le doy permiso para explorar mi boca con calma, cariño, mostrando en cada beso los sentimientos que nos unen más allá de la lógica, de esos gritos casi ahogados de peligro, de nuestra historia.
—Te quiero, Madison —susurra—. Estoy completa y locamente enamorado de ti.
Por favor, no te asustes ahora, no te escondas otra vez, no huyas.
—Me abraza con mucha fuerza, me estrecha contra su cuerpo, me muestra su pánico a perderme de nuevo a través del tono ansioso de su voz—.
Déjame demostrarme hasta dónde estoy dispuesto a dar por convertirme en el hombre que necesitas. No vuelvas a apretarte de mí.