36
MADISON
Gimo, grito, jadeo y me rompo en el orgasmo. Lo he añorado tanto…
Cuando termina de vaciarse dentro de mí, me abraza y coloca sus labios sobre los míos para besarme con ternura.
—Te amo mucho más de lo que te odio, Maddie —susurra entre sus besos codiciosos—. Muchísimo más. Siempre ha sido así, y seguirá siéndolo el resto de mi vida.
—Yo también te amo, Dorian. Pero…
No me deja acabar la frase, darles voz a mis miedos. Me silencia con gestos cargados de devoción, de una decisión inédita hasta este momento. Con un beso que no me deja espacio.
Mi cuerpo reacciona a sus caricias de una manera nada plácida, se excita con su contacto, se colma de ardor.
Todavía está dentro de mí cuando un par de gorgoteos de Denton nos separan. La realidad está llamado a la puerta, una donde debemos mantener una conversación sin dejarnos llevar por los sentimientos desbocados.
Le doy un beso rápido mientras me limpio con unos pañuelos de papel que hay sobre la mesilla y me visto. Él me imita sin dejar de observarme, con la ansiedad pintada en su expresión.
Paso el resto del día encallada en nuestro encuentro.
Entre los dos nos ocupamos del niño, pero actuamos como extraños, tensos, sin encontrarle el pulso a la situación.
Cada vez que se acerca a mí, jadeo. Me arde la piel.
Su voz me eriza el vello, me despierta un hambre voraz.
Y su aroma me embriaga como si estuviera cargando el aire de feromonas.
Hablar es imperativo.
Aclarar nuestra situación, decidir si todavía queda alguna posibilidad de intentarlo sin destruirnos.
¿Es posible?
La pregunta sigue ahí: «¿Y lo eres sin mí?».
No. Le he contestado la verdad. Ninguno de los dos es feliz sin el otro, pero no sé si podemos serlo juntos.
¿Hemos cambiado lo suficiente? ¿O volveremos a dañarnos?
Mientras él le da la cena a Denton, decido conectarme con Dallas para hablar con Juliette de cómo van las cosas por la compañía, del trabajo y, muy en el fondo espero el momento de atreverme a darles voz a mis dudas.
Me encierro en mi estudio, lejos de él, con privacidad.
Establezco una videoconferencia en el ordenador, y cuando mi amiga aparece al otro lado de las cinco pantallas, no hay trabajo ni nada capaz de engañarme acerca de la única razón de esta llamada.
Me derrumbo al segundo, empiezo a llorar, me sale de repente toda la tensión acumulada de la tarde, de los últimos años, de cada escollo de mi vida.
—Me he acostado con él otra vez —admito como si fuera un pecado—. He intentado resistirme. Pero no he tardado ni cinco minutos en caer. ¿Por qué no podemos estar cerca sin acabar así?
—¡Ya era hora! —exclama ella con una sonrisa, incluso aplaude—.
Ha cambiado, Maddie, de verdad. Solo el hecho de volar en tu busca, de desafiar a todo el mundo para llegar hasta ti, de no haberse acercado a ninguna otra desde su boda con Candy ha de darte una pista de cómo te quiere.
Y no podéis seguir negando vuestros sentimientos. Ninguno de los dos.
—Volverá a romperme…
—¿Y si no lo hace? ¿Y si esta vez es la definitiva? —Sus preguntas se insertan en mi corazón abriendo las alas de la esperanza—. ¿Podrías vivir sin haberlo intentado? Porque podría salir bien.
Cierro los ojos y dejo escapar un millar de lágrimas, junto a mi indecisión, a mi miedo, a mi dolor. Cuando los abro, la expresión de Juls es como una bofetada en plena cara. Está sonriendo, con una mirada nítida y brillante, segura de sí misma, feliz.
Recuerdo su boda, cómo no dudó en dejarle la puerta abierta a Reese, a pesar de todo cuanto había sufrido por su culpa.
Quizá no sale bien, pero, incluso así, mi amiga se ha arriesgado a empezar de cero.
Y él ha mejorado un montón, lo ha demostrado en el corto tiempo que lleva en contacto con ella.
La llamó con regularidad durante su luna de miel.
Desde su regreso a casa se han hablado cada día y, a pesar de que entre ellos todavía hay un arduo camino de regreso al cariño, están dispuestos a asentar las bases para recorrerlo juntos.
—¿Y si esta vez no salgo del pozo cuando me destruya? —inquiero, casi sin voz.
Resopla, como si le molestara esa última pregunta. Y sí, quizá le estoy dando demasiadas vueltas, pero el pánico a sufrir de nuevo una decepción es demasiado punzante. El peligro del miedo es que no es racional.
—Tú decides, Madison —suelta con un poco de dureza—.
Si no quieres darle una oportunidad, vale, no se la des.
Díselo, sé sincera con él y empieza a alejarlo de ti de verdad.
Ya basta de mentirte a ti misma, de no permitirte estar con Dorian y a la vez no acercarte a nadie más porque sigues anclada en él.
Es enfermizo, y lo sabes tan bien como yo.
—Espira con fuerza—. Estás acojonada, eso puedo entenderlo.
Pero deberías preguntarte qué te asusta más: intentarlo o dejarlo marchar, con todas las consecuencias que acarreará esa decisión.
Asiento con la mente enredada en las posibles secuelas de cortar de raíz toda esperanza entre Dorian y yo. Si le doy un adiós definitivo, podría acabar enamorándose de otra, formando una familia en la que no me incluyera a mí, viviendo su sueño con una persona que no sea yo.
Ese pensamiento me aguijonea con una fuerza implacable.
—Estoy enamorada de él —acepto—. Y creo que nunca dejaré de estarlo. No puedo ni imaginarme cómo me sentiría si lo viera rehacer su vida con otra mujer. Pero…
Chasca la lengua y mueve los brazos con gestos enérgicos.
—¡Déjate de peros! —Resopla—. Vale, habéis tenido una relación complicada.
Y no solo ha sido culpa suya, tú tampoco confiaste nunca en él, no te diste del todo, no le mostraste quién eres en realidad.
—Hincha las aletas de la nariz y suelta el aire despacio—.
Piénsalo, Maddie. Ya basta de ese bucle interminable. Cansa, de verdad.
—Pero…
—¡Y dale con el dichoso pero! —Pone los ojos en blanco—. Los dos habéis madurado, estáis en terapia, tenéis un hijo en común y nunca habéis dejado de amaros, ¿de verdad quieres dejar pasar la posibilidad de intentarlo otra vez? ¿No perdonarlo ahora que él se ha dado cuenta de sus sentimientos?
No le contesto, no puedo hacerlo sin escuchar cómo me rompo.
—Yo… —callo de golpe, limpiándome las lágrimas con las yemas de los dedos y escuchando el repiqueteo furioso de mi corazón ahogándome en el pecho—. Te quiero un montón, Juls. Es solo qué…
—Y yo a ti, tonta. —Me dedica un guiño de ojos y suaviza su expresión con una sonrisa—.
Te entiendo, pero no puedo seguir viendo cómo te consumes.
Aprovecha el momento. Dorian se escapó antes de hora, tras un draft en el que lo eligieron en primera opción.
Porque tú eras más importante. —Esa afirmación se me clava en el pecho—.
No te niegues a ser feliz por miedo, Maddie. Tú no eres así.
Le mando un beso antes de cortar la comunicación. Y me quedo un con la mirada puesta en las pantallas carentes oscuras.
Mis pensamientos son una furiosa avalancha que arrasa con todo a su paso, le dan vueltas una y otra vez a sus palabras, a mis emociones, al pasado, al presente a lo que quiero en mi futuro.
Cuando entro en la cocina unos minutos después, lo encuentro ataviado con un delantal, removiendo algo en una olla.
Ha puesto la mesa y un poco de música suave de ambiente.
Es una de esas listas que me preparó hace muchísimo tiempo para contestar a mi pregunta: «Si decidiera que no es tarde para aceptar tus disculpas, ¿qué sentirías?
». He visto la playlist en su teléfono y mi corazón ha dado un brinco salvaje.
Ese día, al escucharla por primera vez, por fin le contesté con Eternal Flame, de The Bangles, y al terminar me susurró una sola frase: «siento lo mismo».
Ignoro como puedo mis latidos acelerados, el nudo en la garganta y el cúmulo de sentimientos que me invaden, y camino hacia la nevera para coger una botella de vino blanco fresquito.
Necesito una buena dosis de alcohol en vena para anestesiar el deseo de olvidarme de todo y lanzarme a vivir solo de sus besos. De sus palabras. De su presencia. De nuestro amor.
Las frases de mi amiga desfilan por mi mente de una manera incisiva: «¿de verdad quieres dejar pasar la posibilidad de que salga bien?
». ¿Es eso? ¿Voy a negarme a intentarlo?
Porque, si lo hago, si lo rechazo con absoluta determinación, no sé si me quedaré enganchada de por vida a esa decisión. ¿O acaso lo olvidaré?
Me bebo dos copas de vino de una sola sentada.
Estar con él, respirar su mismo aire y tenerlo tan cerca después de haberlo catado otra vez me produce una legión de frustraciones y anhelos.
Observo cada uno de sus movimientos, ávida de ser parte de ellos. Cómo se le tensan los músculos del brazo al mover la cuchara, cómo se le marca el culo con esos jeans tan apretados, cómo…
—Se ha dormido enseguida —anuncia dándose la vuelta. Me sonrojo al instante cuando me descubre con una expresión donde se puede leer con claridad cada uno de mis pensamientos lascivos.
Su sonrisa me delata.
Tardo unos segundos en reaccionar.
Dormido … ¡Claro! ¡Habla de Denton!
Tiro de las comisuras de mis labios hacia arriba y asiento mostrándole el intercomunicador que hay sobre la repisa, desde el que no se escucha ningún sonido.
—Es como un angelito —susurro intentando quitarme de encima el aturdimiento hormonal que me produce estar cerca de él tras habernos acostado—. Un niño buenísimo.
¡Dios! El efecto de su sonrisa en mi cuerpo es devastador, inicia una fogata de dimensiones colosales, me humedece, me despierta un hormigueo de necesidad en partes dormidas hasta el momento. Pero debo cortar estas reacciones de raíz para centrarme y hablar con él.
Aunque el vino y mi avidez están haciendo de las suyas, porque mi mente y mi cuerpo no se ponen de acuerdo.
Para nada.
—Lo es —asevera volviendo a prestar atención al guiso.